Otras miradas

¿Por qué los llaman 'diputados' cuando quieren decir 'tránsfugas'?

Marta Suárez

Coordinadora del Grupo Parlamentario Ciudadanos en las Cortes Generales. Periodista y asesora política.

El presidente de la Comunidad de Murcia, Fernando López Miras, junto a las consejeras del gobierno expulsadas por Ciudadanos por no apoyar la moción de censura presentada por PSOE y Cs, momentos antes del inicio del pleno en la Asamblea Regional en Cartagena. EFE/Marcial Guillén
El presidente de la Comunidad de Murcia, Fernando López Miras, junto a las consejeras del gobierno expulsadas por Ciudadanos por no apoyar la moción de censura presentada por PSOE y Cs, momentos antes del inicio del pleno en la Asamblea Regional en Cartagena. EFE/Marcial Guillén

La primera vez que pisé la Asamblea de Madrid tenía 26 años. Fue en el verano de 2003, apenas unas horas después de que dos diputados electos del PSOE se ausentaran de la investidura de Rafael Simancas como presidente de la comunidad y saltara la bomba del tamayazo, uno de los casos de compra de voluntades más bochornosos de la historia de la democracia española.

Algunos de los periodistas más jóvenes de la crónica parlamentaria del Congreso (que no sabíamos ni siquiera situar en el mapa la Asamblea de Madrid) vivimos durante aquellos meses la política madrileña como el epicentro de la actualidad nacional. En aquel entonces no utilizamos eufemismos: eran dos tránsfugas. ¿Recompensados por quién? ¿Por dos constructores? El caso es que corrían los años de la caja B y la trama Gürtel, y finalmente el Partido Popular que lideraba Esperanza Aguirre se hizo con el Gobierno de Sol tras la obligada repetición de las elecciones autonómicas. La autoría de todo aquello nunca se aclaró.

Los corruptores consiguieron su objetivo. Los corrompidos, esos dos tránsfugas llamados Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, fueron considerados los apestados de la política, dos "judas" a los que llegaron a tirar monedas y cuya sola presencia en las instituciones se hacía insoportable hasta por aquellos a los que les había beneficiado su indigna deslealtad. Pasaron de recibir los votos de quienes confiaron en el PSOE a traicionarlos pasando a formar parte del Grupo Mixto.

Hoy recorren ese mismo camino de la ignominia los tres tránsfugas de Ciudadanos de la Región de Murcia que hace unos días acordaron y firmaron una moción de censura para acabar con la corrupción del Gobierno de Fernando López Miras (PP). Unos parlamentarios expulsados por Ciudadanos a los que algunos evitan llamar "tránsfugas" para que al Partido Popular no le ofenda ver retratada en los titulares la verdad de sus conductas mafiosas.

Pero ya que no quieren oír la palabra, repitámosla: tránsfuga. Tránsfuga es quien acude a unos comicios en unas listas cerradas bajo unas siglas y con unos compromisos y que decide robar el acta de un partido y largarse a otro a cambio de prebendas (y siempre con el dinerito bajo el brazo). Tránsfuga es quien firma una moción de censura contra la corrupción del vacunagate del PP y a las pocas horas se reúne con ese mismo PP y sale del encuentro con un coche oficial en la puerta y una consejería bajo el brazo. Tránsfugas, por lo tanto, son Valle Miguélez, Isabel Franco y Francisco Álvarez.

Con los años, aunque las prácticas mafiosas del PP no han cambiado, sí parece haberlo hecho la reacción de la opinión pública. El transfuguismo, que hace 18 años durante el tamayazo avergonzó a un país entero, ahora se presenta en público sin sonrojo, se exhibe con convocatoria masiva de medios para presenciar la toma de posesión de la indignidad y se alienta en el resto de España con la esperanza de acabar con el rival con el modus operandi de la oferta de sillones bien pagados. La moción de censura en Murcia está motivada por la corrupción del PP. Y, ¿cómo ha respondido el PP? Redoblando la corrupción: comprando voluntades y silencios con sueldos públicos y chófer oficial. Los hoy tránsfugas entraron en unas listas para, decían, regenerar Murcia. Nadie los habría votado si no hubieran ido en unas listas de Cs, sencillamente porque nadie sabía cómo se llamaban. Hoy sí lo saben: son quienes han traicionado a sus votantes por unas monedas.