Persona, animal o cosa

Millvina Dean. La última amarra

Berto Romero

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Esta semana falleció Elizabeth Gladys "Millvina" Dean (1912-2009), la última de los 705 supervivientes de la tragedia del Titanic que quedaba viva. Hasta el último momento, Millvina Dean, una adorable ancianita de 97 años que usaba las gafas bifocales más grandes que ha conocido jamás la industria de la óptica, seguía acudiendo a actos conmemorativos de la catástrofe. En ellos atendía a los asistentes, posaba en fotografías y les firmaba autógrafos.

Millvina vivió la tragedia siendo un bebé de apenas dos meses de edad y nunca recordó nada de lo sucedido. Sin embargo, este último dato nunca importó demasiado pues ella nunca ejerció de testimonio. Desde el pasado 16 de octubre, fecha en que murió Barbara West Dainton, la penúltima superviviente (otro bebé en el momento del accidente, en este caso de diez meses), su papel era otro. El de constituir el postrer cordón umbilical con el hecho histórico. Ejercía simplemente de referente vital. 

Un hecho histórico no es tal mientras conserva un vínculo humano vivo sobre la tierra. Sigue siendo una vivencia mientras genera una emoción de primera mano, aunque sea la emoción difusa de un bebé. En el caso del Titanic, acabamos de presenciar la suelta de su última amarra viva. A partir de ahora, el hundimiento más famoso de la historia de la navegación inicia el largo proceso que le llevará a convertirse en un suceso cada vez más distante, cada vez más ajeno. Hasta convertirse definitivamente en una anécdota lejana, en un recuerdo de segunda mano, en un mojón frío.  

La noticia de la muerte de la señora Dean coincide, en mi cronología personal, con el primer fallecimiento del padre de un amigo cercano. Haciéndome percibir así el eco de las primeras llamadas a filas a mi generación para ocupar la primera línea de fuego ante la muerte. Un llamado para nada trágico ni siniestro, ni tan siquiera seguro, pues en demasiadas ocasiones el proceso se salta pasos y ni siquiera respeta el orden natural, como ocurrió en 1912. Pero que pone sobre la mesa que no sólo nosotros mismos, sino también lo que nos ocurre, seguimos avanzando en el proceso que nos ha de convertir inexorablemente en mojones fríos de la historia del mundo. ¿Ven ese iceberg acercándose?