EXTRATERRESTRES – Que nos vean en chándal.

Berto Romero

Una de las primeras cosas con las que fantaseé desde que tengo uso de imaginación es con la llegada a la Tierra de una civilización extraterrestre amigable. No dudo que el visionado quizá un tanto prematuro de “ET” y “Encuentros en la tercera fase” ayudó algo a formar esta ensoñación. Pero sea mía o inseminada por Steven Spielberg, arraigó con fuerza en mi cabeza, donde se ha hecho fuerte. Unos cuantos años más tarde, y aún habiendo conocido ya a alienígenas menos amables en el cine y la televisión, aún sigo deseando no morirme sin conocer un Alf o un Starman. Al principio se trataba más de un morbo curioso, pero con el tiempo he conseguido descifrar el porqué de esta necesidad. Y lo descubrí el sábado pasado mientras estaba barriendo el piso.

Faltaba una hora para que viniera visita a casa. Como siempre ocurre en estas ocasiones, se declara el zafarrancho de emergencia. Barremos el suelo, ordenamos la pila de la ropa por planchar, sacamos la basura al contenedor, metemos en el cubo de la ropa sucia la ropa sucia que no estaba en el cubo (y sí en los rincones más insólitos), estiramos la funda del sofá, ordenamos en general y nos vestimos con ropa de calle.

En un momento dado, en la confluencia del pasillo con el comedor, observé que las pelusas (que en esa zona son gigantescas, Dios sabrá por qué) habían formado un remolino parecido a la Vía Láctea. Fue un momento de reminiscencias borgesianas. Caí del caballo y vi la luz.

La falta de visitas ha hecho que la humanidad se abandone. Es una gran comunidad de vecinos a la greña. Un 13 Rue del Percebe de dimensiones planetarias. Un piso de soltero eterno. Una habitación de adolescente orbitando entre Venus y Marte. Vi a la humanidad tirada en el sofá y vestida de chándal. Peor, con un pijama sudado y calcetines de tenis de raya roja y raya azul. Un enfermo de gripe incurable, atrincherado en un piso que huele a cerrado y enfermedad. Una familia mal avenida que no tiene vecinos que les llamen la atención cuando hacen ruido al pelearse, o cuando tiran la basura por la ventana, o cuando orinan en el rellano y ni siquiera lo limpian.

Y entendí que ardo en deseos de que vengan de fuera a afearnos la conducta. Era eso.