El repartidor de periódicos

Aznar y Page, dos patriotas

Se izó este miércoles a las tres de la tarde una gran bandera española a la entrada de una finca marbellí de la Guadalmina Baja. Resulta que los Aznar de toda la vida, los de la invasión de Irak y los fondos buitre, son de esos madrileños que huyen de la capital a las zonas costeras por miedo a la pandemia salvaje que está leproseando Madrid. No va con los Aznar el consejo, casi coercitivo, a los residentes en Madrid para que nos quedemos en casa y no vayamos extendiendo la plaga por geografías menos afectadas. Los Aznar están por encima de coronavirus y tribunales de La Haya. Y, por supuesto, de los gobiernos, más allá de aquel interludio cesarista con bigote que sufrimos entre 1996 y 2004. Si Aznar no fuera tan católico, Aznar sería simplemente dios.

Se le ha dado en los medios tradicionales escasa importancia, por no decir nula, a este irresponsable éxodo aznariano. Aunque, la verdad, pedirle ejemplaridad a Aznar sería como pedírsela a Juan Carlos I, que es el único español que, con el coronavirus, respira mejor que antes. Ha desaparecido de los papeles con su Corinna y su querido heredero en vida, Alexander Kyril zu Sayn-Wittgenstein, con sus 100 millones saudíes y con su campechanía de quesero suizo.

Aznar se compró el chalet en 2014 por unos dos millones de euros, según calcularon en su momento los expertos inmobiliarios de la zona. La parcela de 2.000 metros cuadrados parece ser suficiente para garantizar la integridad vírica de nuestro más eximio bocachancla, un estadista que puede presumir de haber gobernado con los pies por encima de la cabeza. Porque la mesa de su amigo George Bush, sobre la que posó los zapatos, significó para él el techo de su altura política.

Con esta huida, Aznar se cae del caballo glorioso de héroe que se había construido, y quizá su estatua ecuestre se deba ahora de esculpir a lomos de una acémila. Huir a Marbella a pesar de los consejos inmovilistas de los científicos y los gobiernos suena antipatriótico, por mucha rojigualda que ondees sobre tus palmeras marbellís.

Ya en 2007, gobernando José Luis Rodríguez Zapatero, Aznar demostró su talante insurreccional mofándose de las directrices de la DGT contra el consumo de alcohol al volante. Y lo hizo con el tono tabernario y la nariz colorada de quien acaba de libar con Baco a bragaquitada: "¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber? Déjame que las beba tranquilo mientras no ponga en riesgo a nadie ni haga daño a nadie. No podemos conducir por ti --farfulló la consigna de la DGT--.. ¿Y quién ha dicho que yo quiera que conduzcas por mí?".

Tampoco he visto en El País, que esta mañana le dedica un editorial al escaso sentido de Estado del PP, criticar como se merece la rueda de prensa vergonzosa que ofreció el presunto socialista Emiliano García Page este jueves. No sé si habéis visto el vídeo. Page parece un barrigón terrateniente toledano, en la taberna, arengando a los que están obligados a no cobrar su peonada. "Tan de riesgo es que los niños jueguen en un parque a que jueguen en un recreo, punto. Y hay que hablar claro a la gente, y sobre todo a la gente que lo que pretende es tener 15 días de vacaciones. No nos engañemos bajo ningún concepto. Ustedes verán que estoy intentando ser duro, claro y directo". Pocas horas más tarde de escuchar esta bella y australopiteca declaración, el Gobierno de su mismo Partido Socialista declaraba el estado de alarma.

No nos vamos a extender con lo de Pablo Casado, que acusó al gobierno de "parapetarse en la ciencia" para combatir la enfermedad. Lo de Casado no es criticable. Es cuestión de educación. Esas son las cosas que se estudian en Harvardavaca.

Son lo que votamos, así que no nos escandalicemos, parecen decir con su silencio nuestros viejos periódicos. Y llevan algo de razón.