¿Tendrá futuro la UE?

Y con la que está cayendo… ¿a quién le importa ahora el Brexit?

Personas con la 'Union Jack', la bandera del Reino Unido, celebrar el día del Brexit en frente del Parlamento británico, en Londres, el pasado 31 de enero. REUTERS/Simon Dawson
Personas con la 'Union Jack', la bandera del Reino Unido, celebrar el día del Brexit en frente del Parlamento británico, en Londres, el pasado 31 de enero. REUTERS/Simon Dawson

El episodio folletinesco que protagonizan los conservadores británicos en estos días a propósito de su futura relación con la UE, es una evidencia relevante de hasta qué punto nuestro mundo ha cambiado de manera radical. Han cambiado las prioridades y la percepción de los acontecimientos: la pandemia ha alterado la escala de valores, sin duda. Lo que hace unos meses hubiera sido titular indiscutible en casi todos los medios, se ha convertido en una noticia más notoria por el ruido que por el contenido.

También hay continuidades claro, y una de ellas, por lo que concierne a este artículo, es la perseverante constancia con que el proyecto del Brexit ha ido mostrando su cara más conservadora y elitista. La negociación sobre el acuerdo futuro entre RU (Reino Unido) y la UE se acerca peligrosamente a una fecha de imposible retorno: si el acuerdo no está culminado antes de finales de octubre simplemente no habrá tiempo para que pueda ser ratificado y entre en vigor a partir del 1 de enero de 2021. Siempre se puede buscar alguna fórmula imaginativa que dilate un poco el proceso pero hay pocas razones, ahora mismo, para pensar en eso. Por una parte porque la táctica de los conservadores británicos ha sido dilatar las negociaciones intentando presionar a la UE para que acceda a un mal acuerdo antes que a un no deal. Y eso, conociendo que Boris Johnson no ha dejado de expresar al equipo negociador de la UE su interés y compromiso con un acuerdo. Por otra parte, porque la UE tiene mucho que perder si arriesga un mal acuerdo que ponga en riesgo la cohesión de los socios en este proceso.

El 14 de agosto de este año, Michel Barnier el Jefe del equipo negociador por parte de la UE en llamaba la atención con mucha contundencia sobre la estrategia británica, sobre los riesgos que ambas partes corrían y sobre la amenaza real que pendía sobre las negociaciones. Ya Angela Merkel (más sabe el diablo por viejo que por diablo) había advertido al comienzo de la presidencia alemana de la UE de que había que prepararse para el escenario más probable de un no deal.

Bueno, el lío difícil de entender en el que se han metido los conservadores británicos el miércoles es la publicación de una Ley sobre el mercado interior en RU que vulnera abiertamente el acuerdo de salida de este país de la UE. Acuerdo firmado y ratificado por ambas partes. En este caso los ministros británicos no han negado la mayor, efectivamente el acuerdo es una ruptura de un Pacto Internacional. En palabras de Boris Johnson el objetivo es preservar puestos de trabajo y la calidad de vida de los trabajadores en RU. Retórica trumpiana para enmascarar otras realidades.

La ley aprobada vulnera el acuerdo en dos puntos: habilita a los ministros del gobierno de su majestad para que interpreten a su manera el intercambio de mercancías entre Irlanda del Norte y el Reino Unido. Un punto crucial para preservar la unidad del mercado único y para evitar la reintroducción de barreras físicas con Irlanda. El segundo aspecto es sobre las ayudas estatales en este período de transición hasta la culminación del acuerdo o no. El Reino Unido rompe cualquier vínculo con las interpretaciones de la Corte de Justicia Europea sobre este punto o con cualquier otro acto legislativo de la UE.

La UE ha contestado dando un plazo para rectificar esa ley o aplicará y demandará sanciones. Y Boris Johnson ha rechazado el ultimátum. Podría interpretarse que estamos ante un juego de trileros por parte del gobierno conservador para presionar a la UE en la negociación, pero parece más bien un movimiento que trata de rentabilizar políticamente lo que ya parece inevitable: que no habrá acuerdo entre el Reino Unido y la UE y por lo tanto la expectativa es la de un no deal.

Boris Johnson se encuentra atrapado políticamente en su pésima gestión de la pandemia. El calificativo de referencia que se ha extendido es el de "incompetente" y hay quien comienza a preparar sus exequias en el Partido Conservador. Quizá sea demasiado pronto para eso pero visto que Johnson se reforzó con diputados y ministros pro-Brexit en el Parlamento y en el Gobierno la idea de un acuerdo con la UE que implicara concesiones, o fueran vistas como tales, en el contexto de un desgaste importante por parte del primer ministro y sin un horizonte claro de salida o de recuperación económica para el país, no resultaba posible. Menos aún para alguien tan acostumbrado a los regates en corto y a las reglas cortesanas de la política.

La Unión Europea ha realizado propuestas que han salido al encuentro de lo que los conservadores consideraron tres líneas rojas: rechazar cualquier acuerdo que limitase su autonomía legislativa; ningún papel a la Corte de Justicia Europea y el tema de la pesca. En palabras de Barnier, la UE no ha recibido nada parecido de la parte británica en relación con las preocupaciones de la UE.

Dos ejemplos de los problemas que plantea esta negociación los encontramos en el tema de los datos y sus garantías jurídicas y en el transporte por carretera. En el asunto del transporte el Reino Unido pide libre acceso de los camiones ingleses en suelo de la UE pero se niega a cumplir con los estándares de seguridad que la UE exige para sus transportistas. Obviamente, es una condición inaceptable en cualquier negociación. En el tema de los datos, el 75% del tráfico de datos en el Reino Unido se realiza con alguno de los 27 países de la UE. El tribunal que garantiza la protección de derechos de los usuarios es la Corte de Justicia Europea que vela por un sistema europeo de protección de datos existente. Pero, una vez más, RU se niega a aceptar esta tutela jurídica y propone un sistema autónomo de protección de datos dando por hecho, claro está, que el uso y transferencia de datos entre el Reino Unido y el resto de países europeos se puede seguir realizando como hasta ahora.

Ambos casos ponen de relieve lo que ha sido la estrategia negociadora del Reino Unido desde el comienzo: beneficiarse del mercado único europeo sin aceptar ni los niveles de estandarización que este mercado impone a los otros 27 países de la Unión ni la tutela jurídica por parte del órgano encargado de realizarla. Es el famoso "cherry-picked" o elección al gusto que supondría, de aceptarse, una situación insólita e inasumible en cualquier club: un no-socio tiene mayores ventajas que los que pagan la cuota; o aún peor, los socios que pagan la cuota son los que garantizan los beneficios en el uso del club de los que no son socios. No parece muy razonable.

La cuestión crucial descansa en la gobernanza global del futuro acuerdo. Entre la UE y el Reino Unido hay más de 750 acuerdos en multiplicidad de sectores (transporte por carretera, aviación civil, agricultura, transferencia de datos, nuclear de uso civil, cooperación judicial, información, migraciones, investigación y desarrollo…). El acuerdo de retirada firmado y vigente no garantiza más que los derechos de la ciudadanía, la paz en Irlanda y el reglamento de compromisos financieros. Más allá de un acuerdo comercial de mínimos, la propuesta europea de un marco global de gobernanza que establezca principios generales para negociar de manera progresiva los otros compromisos después de diciembre de 2020, puede permitir evitar una situación de vacío jurídico. Pero el gobierno de Boris Johnson se niega a esta posibilidad y plantea una negociación sector por sector.

El Partido Conservador ha planteado una estrategia de proyección internacional llamada Global Britain, un intento, con viejas reminiscencias coloniales, de recuperar el esplendor comercial del viejo imperio. De los más de 50 acuerdos internacionales firmados por el Reino Unido hasta la fecha, los más significativos son con Noruega, Islandia, Suiza y Japón. Tres son miembros del Espacio Único Europeo y el cuarto mira con recelo cualquier litigio británico con la UE. Probablemente Boris Johnson y su gobierno han sobrevalorado las posibilidades de acuerdos comerciales internacionales que sustituyeran a la UE en un contexto de crisis del modelo globalizatorio neoliberal, regionalización de las cadenas de valor y confrontación comercial entre bloques estratégicos. Y mientras esto pasa, el Reino Unido exporta el 51% de sus mercancías a países de la UE e importa el 49% de estos mismo países. No es difícil deducir lo que significará, en términos económicos, un no acuerdo. En junio de este años, más de 100 jefes de las más importantes empresas británicas enviaron una carta a Boris Johnson recordándole los daños enormes para la economía británica que tendría un no deal.

Por su parte la UE no puede permitirse una estrategia de minimización de costes sin más, porque una buena parte de su fortaleza consiste en su capacidad de regulación de los mercados globales a través de la política de competencia, la protección medioambiental, la seguridad y garantías sanitarias de los alimentos, la protección de la privacidad o la regulación de los discursos de odio en los medios de comunicación. Lo que se ha llamado el "efecto Bruselas". En buena medida esta capacidad regulatoria descansa sobre la unidad del mercado único, un mal acuerdo con el Reino Unido que abriese alguna grieta en esa garantía podría ser no solo un contratiempo sino una merma significativa en tiempos de confrontación comercial global. Es un error creer que los únicos actores globales con capacidad de incidir en los mercados y, más allá de estos, en nuestras sociedades son China y Estados Unidos.

Frente a los previsiones apocalípticas del día después del referéndum que el Brexit ganó con el 51,8% de los votos, la UE no solo ha resistido razonablemente bien la situación sino que ha dado un paso muy relevante con la propuesta del Consejo Europeo de finales de julio pasado, una propuesta, por cierto, que no hubiera sido posible con la presencia del Reino Unido.

Pero la UE no vive un buen momento y la discusión de los presupuestos a finales de enero de 2020 puso de relieve lo encontradas y confrontadas que se encuentran las diferentes estrategias de pensar Europa. En los próximos meses se abre una Conferencia sobre el futuro de Europa que, en el nuevo contexto, puede ser una oportunidad para repensar los escenarios de una UE democrática, inclusiva y un actor internacional de cambio en el contexto de una crisis ecológica dramática. Buen momento para no sentarse a ver cuan de rápidos pasan los trenes.