Opinion · Rosas y espinas

Piolines contra la universidad

Los estudiantes de una decena de universidades españolas han decidido organizar una consulta el próximo día 29 de noviembre para votar si quieren o no seguir viviendo en monarquía. Yo creo que vamos a tener que sacar otra vez los piolines. Alegan estos sediciosos que dos tercios de la población española no votó la actual constitución, con sus igualdades, sus reyes, su modélica transición tejeriana  y sus cosas. Pues que hubieran nacido antes.

Hay una manía muy española de andar preguntando ideas y asuntos de Estado a la gente que no sabe. Nuestra democracia es tan sólida y ejemplar que no necesita preguntarse nada. Y menos entre los universitarios, pues son gente que más temprano que tarde van a terminar viviendo fuera de España. Son antipatriotas que, en cuanto tienen su titulillo bajo el brazo, renuncian a las posibilidades que ofrece nuestra patria de trabajar de camareros en Marina d´Or y se largan al extranjero a diseñar cohetes, bombas atómicas y curas contra el cáncer. No creo que a nadie le importe qué opinión pueda tener esta gente sobre nuestra concordia borbónica, sobre la “historia de la raza”, que diría el moderado Teodoro García, el hombre que escupe los huesos de las aceitunas que se come Pablo Casado.

Entre las universidades convocantes, eso sí es verdad, están algunas de las más prestigiosas de España: la de Zaragoza, la Universitat Pompeu i Fabra, la de Barcelona; la Carlos III, la Complutense y la Politécnica de Madrid; la Universidade de Vigo y la de Asturias. Supongo que después de la consulta se tendrán que hacer un puigdemont y esconderse en el extranjero, pero ellos al menos tienen la coartada del erasmus.

Todo esto es absurdo en España. Un referéndum sobre nuestra monarquía, ahora que Leonor ya lee, es como si se convocara un referéndum para saber si dios existe. Pues claro que existe, hostia. Y sobre el que convocare consultas al respecto caerán las siete plagas en forma de mefistofélicos togados.

Lucía Nistal, una de las impulsoras de este nuevo golpe de Estado encubierto, nos dice que se toma esta iniciativa “para visibilizar cuál es la opinión de la juventud acerca de ser súbditos de una institución anacrónica, corrupta y vinculada al régimen franquista”. Ya empezamos. La demagogia de siempre. De todos es sabido que Juan Carlos I dejó de ser franquista en cuanto se murió Francisco Franco, ese hombre. Nuestros universitarios, de tanto estudiar, han olvidado hacerse una cultura. Por suerte la ministra Celaá se reunirá el tres de diciembre con los obispos para pactar nuestra reforma educativa.

“El general Franco es una figura histórica y políticamente decisiva para España. Él es uno de los que nos sacó y resolvió la crisis de 1936. Después de esto jugó un papel político para sacarnos de la II Guerra Mundial. Para mí es un ejemplo viviente, día a día, por su desempeño patriótico al servicio de España, y por eso yo siento hacia él un gran respeto y admiración”, decía hace años nuestro emérito Juan Carlos a una televisión francesa.

Ahora nuestros universitarios quieren revisar aquel cuento de hadas, sin darse cuenta del primer principio académico de la españolidad borbónica: que los reyes son los padres. Los borbones pasaron de ser hijos de Franco a padres de la democracia en un suspirar, suspiro al que solemos calificar de modélica transición. No conviene darle más vueltas. Bastante carga estudiantil tienen ya nuestros jóvenes detestando a Hitler y a Mussolini como para ahora tener que detestar también al entrañable Franco y a su nieto in pectore Felipe VI. Lo dicho. Que manden los piolines a las universidades. Ya. Y que no olviden que lo del 36, tal como dijo nuestro rey emérito, fue una “crisis”. Nada más que una crisis. Pequeñita. Olvidable. A por ellos, piolines.