Opinion · Rosas y espinas

Lorca y Vox y el PSOE

Me hace cierta gracia la gente que se horroriza cuando se compara este tiempo con los prolegómenos de ciertas guerras civiles, cual la española. A mí me encanta frivolizar. Incluso de las viejas guerras. Los que no frivolizan, los que no tienen sentido del humor, suelen padecer de cierta incultura y se limpian el descerebro con banderas (yo no defiendo trapos, defiendo tierras y hombres y mujeres, y no de nadie). Y, oh casualidad, en general estos que carecen de sentido del humor son los que provocan las guerras. Como la de ahora contra la libertad de expresión. Las ofensas y tal. A mí mismo, un juez de Jaén me demanda por injurias o algo así por un artículo en el que no cito ni un solo nombre. ¿Cómo se puede injuriar a nadie sin citarlo? Eso no es injuria. Es poesía.

Me retraigo al guerracivilismo para explicároslo, ya que algunos de vosotros sois colegas. Esto es un fragmento de una entrevista que le hizo el periodista y escritor Antonio Otero Seco a Federico García Lorca, quien, como todos sabéis, murió en un accidente de fusiles. La entrevista, para los paletos que siempre decís que nos inventamos las cosas porque no aparecen en internet, fue publicada en el número 1.321 de la revista Mundo Gráfico. Todavía existía el papel, ese que aun no ha mancillado internet ni se ha acercado a vuestra inútil neurona. El papel todavía existe.

Decía así:

“Días antes de la marcha de García Lorca a Granada tuvimos ocasión de hablar extensamente con el gran poeta. Por entonces quedó inédita aquella conversación, por propio deseo del ilustre autor de Yerma. Hoy ya no hay por qué callar lo que nos dijo. ¿Testigo de aquella conversación? Su abogado. ¿Su abogado? Sí. Porque Federico García Lorca tenía por aquellos días un pleito muy curioso, que hasta ahora no ha trascendido al público.
He aquí las palabras de Federico:
–No lo vas a creer, de puro absurda que es la cosa; pero es verdad. Hace poco me encontré sorprendido con la llegada de una citación judicial. Yo no podía sospechar de lo que se tratara, porque, aun cuando le daba vueltas a la memoria, no encontraba explicación a la llamada. Fui al juzgado. ¿Y sabes lo que me dijeron allí? Pues nada más que esto: que un señor de Tarragona, al que, por cierto, no conozco, se había querellado por mi romance de la Guardia Civil española, publicado hace ya más de diez años en el Romancero Gitano. El hombre, por lo visto, había sentido de pronto unos afanes reivindicatorios, dormidos durante tanto tiempo, y pedía poco menos que mi cabeza. Yo, claro, le expliqué al fiscal minuciosamente cuál era el propósito de mi romance, mi concepto de la Guardia Civil, de la poesía, de las imágenes, del surrealismo, de la literatura y de no sé cuántas cosas más.
–¿Y el fiscal?
–Era muy inteligente, y, como es natural, se dio por satisfecho. El bravo defensor de la Benemérita se ha quedado sin lograr su propósito de procesarme”.

Después lo mataron.

Que cada uno saque sus conclusiones.

Sobre todo, si es poeta.

Si eres poeta.

No sé por qué coño os asusta tanto Vox, si ya lo érais (lo éramos). De Vox. No os he visto saltar a nadie, ahora que se puede, contra la ley mordaza. Sigue vigente. Mientras siga vigente la ley mordaza, seremos todos Vox. Sigamos matando a garcías lorcas que, como los toros, es nuestro deporte nacional.

Mientras, vosotros, nosotros, los de Vox, podréis seguir enjuiciando a raperos, a poetas, a niñas tuiteras tristes, a blasfemos contra alás y jehovás, y a poetas que dicen versos:

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

*

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vió y no te recuerda?
Ciudad de dolor y almizcle,
con las torres de canela.

*

Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido,
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento, vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche
noche, que noche nochera.

*

La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna, soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.

*

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.

*

Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo, se les antoja,
una vitrina de espuelas.

*

La ciudad libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.
En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios,
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

*

¡Oh, ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.

¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente
juego de luna y arena.

PS: Qué miedo me dais, españoles y catalanes eslovenos. Qué miedo nos damos. Matemos a poetas para ver si se nos pasa.