Transbitácora

Día catorce: un requisito legal, y una certeza

Señalización en una estación de montaña. Fotografía de Daniele Levis Pelusi (Unsplash).

Ya llevo dos semanas de proceso. Y haciendo balance, he aprendido más en estos días sobre mí que en los seis meses anteriores de rumiar a solas. Pasar a la acción te pone en la cuerda floja, pero también te impulsa a enfrentar verdades desnudas.

Hace unos días fui a ver al psicólogo de una asociación cercana de apoyo a las personas trans*.  Me habían hablado bien de su trabajo. 

Cuando llego me da la bienvenida un chico andrógino, de sonrisa franca y modos muy suaves. Nos acomodamos en los sillones de su sala. Y mientras abre la  libreta me fijo, como de soslayo, en cada uno de sus caracteres externos para saber a quién tengo enfrente, porque algo me resulta discordante y no sé qué es. Viste camiseta amplia y pantalón estrecho. Se sienta con una pierna cruzada sobre la otra de forma masculina. (Me encanta sentarme así, pero hay que tener las piernas delgadas para aguantar en esa postura de triángulo mucho rato. ¿Se quitará también las camisetas tirando de la parte trasera desde lo alto de su cabeza? Me fascina cómo los chicos suelen desvestirse así, de forma innata… hasta mis hijos, que no tienen referentes en casa. Céntrate, Terry, que te vas por las ramas). Sin pecho. Con barba incipiente. Pero su voz y sus manos hablan en femenino. En el minuto dos de este análisis disimulado, concluyo que se trata de un chico trans. Y que esta deducción acelerada que acabo de hacer, redondeando visualmente para llegar a un resultado final, es lo que me espera a mí en cada situación nueva el resto de mi vida.

El terapeuta me pregunta por mi nudo gordiano, el laberinto en el que sabe que ando. Y hablamos largo y tendido. La sesión no se enfoca en resolverlo. Más bien, en ayudarme a quererme como persona, en confiar en que lo que siento está bien, y ser capaz de permitírmelo. En resumen, en  integrar mi interior para vivir en paz. Porque me escucha debatirme en mil disquisiciones. Sin embargo él, con su verbo fácil y su sabiduría realza mi realidad. Quitándole valor a las miradas ajenas sobre mí, e incluso a mi propia mirada crítica. Es tiempo ya de entender que mi verdad va conmigo, aunque necesite seguir indagando para llegar a entenderla.

Porque sigo dando vueltas a los innumerables matices entre sexo y género. ¿No sería más fácil tener una tabla periódica de elementos y que la profe de química me dijera qué casilla es la mía?

Menos mal que, en la búsqueda de respuestas, he podido tener una interesantísima charla con Martina González Veiga. Una psicosexóloga gallega con un acercamiento joven y fresco a todas estas nuevas realidades. Nuestra conversación me abre nuevos horizontes, con planteamientos que me resultan lógicos y bien trabajados. Ahora entiendo que su agenda eche chispas: no para de trabajar, como profesional y como ponente, llevando su conocimiento y su visión a múltiples foros en toda España. A mí me suaviza como un bálsamo interpretar el galimatías de la diversidad en el que vivo con su lenguaje sencillo y concreto.  

Estos dos encuentros me han dado herramientas para ir avanzando. Porque ahora me enfrento al Tribunal de la Inquisición: llega mi cita con el psicólogo de la Seguridad Social. De su diagnóstico depende que pueda acceder a los tratamientos posteriores (hasta que se termine de tramitar la ley Trans*, recién aprobada como anteproyecto y que aún necesita una andadura de meses). La entrevista se me hace más cuesta arriba que las anteriores. Quizá porque es  un requisito, algo que siento como una cierta imposición. Quizá también por lo que me juego. 

Me encuentro, sin embargo, con un profesional empático y profundo. A sus cuestiones respondo que mi mayor problema en este momento es saber dónde situarme. ¿Soy una lesbiana que necesita masculinizar su aspecto? ¿Un hombre trans heterosexual que no se atreve a dar el paso de cambiar de sexo? ¿O una persona trans no binaria, ni hombre ni mujer, con orientación del deseo hacia las mujeres?

Él  me explica que la transexualidad es un hecho suficientemente estudiado por la ciencia como para que no haya duda de que las mujeres y los hombres trans existen biológicamente. Y que, en su opinión, los estadios intermedios (personas no binarias) pertenecen a otra esfera, la de un movimiento intelectual desarrollado a partir de la teoría queer.  

Así que, después de escucharme largo y tendido, de hacer las preguntas adecuadas, y de valorarme, me trata de forma natural como a un hombre. Como al hombre que él ve al otro lado de su mesa.

Ufff. Hombre.

Esto voy a tener que procesarlo.

Siento algo en mi interior derrumbarse como un castillo de naipes. De alguna manera, visibilizarme como persona de género neutro ante mis padres, ante mi mujer y prole es más fácil. Excéntrico, quizá, y hasta raro. Pero menos tajante. Quizá por eso en mi caso me he autodefinido así, me había autodefinido así, agarrándome a un clavo ardiendo. Asumir que puedo ser un hombre es enfrentarme a un choque de trenes a todos los niveles. 

Sin embargo, la manera directa en que el especialista me habla hace que reaccione. Esto es un hecho. Puedo elegir enterrarlo, pero eso no hará que no exista.

Salgo de la cita con una interconsulta a Endocrinología para agosto, y una sensación extraña en el estómago. Aunque hay científicos que dicen que la teoría queer es un  posicionamiento intelectual, soy muy libre de regirme por ella y de considerarme una persona no binaria bigénero, pangénero, de género neutro, fluido... o con cualquier otro de sus matices. Identidades claras para quienes las viven, las reconozca la ciencia o no. Pero en la consulta se ha producido un click dentro de mí. Una pieza maestra ha encajado, la clave de bóveda que equilibra las tensiones del arco entero, y de pronto siento que la verdad se desnuda ante mí. No una opinión ni un diagnóstico. Sino una realidad que no me atrevía a enfrentar. Lo sé, porque una nueva fuerza interior me invade, y viene cargada de risa nerviosa. Como en los veranos de la infancia, cuando jugando con tus primos explotabas a carcajadas que salían de dentro. Y no se debían a nada especial, sino a la alegría misma de estar vivos, al sol, salpicándonos con el agua fresca de una manguera. 

Esa sensación de cosquilleo interior me acompaña desde entonces. Como quien tiene un amor secreto, a pesar de que sea inconfesable. Aunque sospecho que cuando esta bomba estalle, muchas cosas de mi vida saltarán también en pedazos. 

Me preocupa mi mujer, que es lesbiana visible y convencida. ¿Le seguiré gustando si realmente soy un hombre? Y nuestra muchachada adolescente, ¿aceptará que su madre pase a ser su padre? ¿Qué pasará en el trabajo? ¿Y en la calle? ¿Qué pasará si comienzo un proceso de transformación física? ¿Me insultarán al entrar en el baño de mujeres? ¿O recibiré una paliza en el de hombres?

La noticia del escalofriante asesinato de Samuel nos ha roto de impotencia y de preocupación a todo el colectivo LGBTI+ español en estos días. Los discursos homófobos y tránsfobos en este país están calando, y cada vez más descerebrados actúan impunemente contra quienes somos diferentes. Por mucho que las leyes avancen, la extrema derecha va más rápido encendiendo la llama del odio. Es descorazonador.

Por mi parte ahora sé que las transiciones llevan tiempo: si finalmente tomo la decisión, harán falta uno o dos años para que mi cara, mi cuerpo y mi voz se armonicen. Eso supone largos meses hasta que pueda pasar desapercibido socialmente. Y no quiero acabar en una acera cosido a patadas. Cruzo los dedos para que mi entorno me acoja y para que, en la etapa que voy a empezar, nadie en la calle rompa mi futuro y el de mi familia en mil pedazos. 

Y con ese deseo hecho mantra dentro de mí a base de repetírmelo con fuerza, cojo aire, cierro los ojos y salto a la siguiente casilla.