Antes que el Crucificado, que la Virgen Dolorosa y que el Pollino vinieron, en todo caso, las flores. Las más bonitas en mucho tiempo, pues señalaban al hombre el regreso de la vida tras el durísimo invierno. Y el homo sapiens, que también era y es loquens y ludens –necesitado de vivir en sociedad y dado a los juegos- ideó en múltiples latitudes una serie de rituales para festejar la llegada de la primavera. Cuando estos ritos paganos comenzaron a celebrarse no existía una medida abstracta del tiempo: no había años, sino ciclos climáticos, y debía de resultar un alivio ver que la nieve dejaba de cubrir los caminos para dar lugar a una estación infinitamente más suave.
Concebir la Semana Santa como una gran fiesta primaveral nos permite abrirnos a un abanico de significados infinitamente más rico que el que obtenemos a partir de una mera interpretación político-religiosa. Si bien son muchos los creyentes que viven estos siete u ocho días con un fervor algo intransigente, no podemos limitarnos a descalificar esta puesta en escena como una afrenta más de la ultraderecha católica.
Si hay algo que en ciudades turísticas como Málaga o Sevilla caractericen a este intervalo festivo son las aglomeraciones. Un bullicio compuesto por enormes grupos de personas que, con sus mejores atuendos, acuden a “ver tronos”. En todo caso, pocas de ellas desean estar solas y utilizan estas fechas para encontrarse con familiares, todo tipo de amigos y, quizá, algún futuro amante. El tiempo favorece una alegría que puede quedar algo magnificada cuando cae la noche y ciertas bebidas ayudan a olvidar el dolor de piernas. Los bares abren hasta tardísimo. Los chicos y chicas de dieciséis y diecisiete años que dicen a su familia que salen a encerrar El Cautivo tienen esto último presente. Las procesiones religiosas acaban siendo en numerosas ocasiones una estación más de la larga noche.
Se podría decir que el catolicismo se apropió del rito pagano con intenciones de control y dominación –corrompiéndolo-, pero que las masas del Siglo XXI nos estamos vengando de esta opresión trascendiendo su significado y construyendo uno modificado o alternativo. La Pasión de Cristo queda sustituida por recuerdos apasionados de años anteriores, intereses artísticos, de ocio, esparcimiento, etc. Paradójicamente, esta semana presenció una manifestación mucho más religiosa que las de los nazarenos: ¿cuántos fueron los españoles que se reunieron para ver pasar la procesión de la final de la Copa del Rey el pasado miércoles por la noche?
En los años cincuenta, el sociólogo Robert Merton advirtió las funciones latentes de las manifestaciones religiosas: reunión, cohesión social, etc. Precisamente aquellas de las que los clérigos se apropiaron para transmitir el credo católico a las ansiosas masas. ¿Acaso no necesitamos un programa de principios morales unificadores en tiempos como estos, de aislamiento y alienación individual? ¿Por qué las izquierdas no levantan cabeza en medio de esta descomunal crisis económica? Quizá deberíamos aprender de las estrategias de comunicación religiosas para presentar alternativas creíbles que reúnan al suficiente número de personas como para provocar un cambio real en nuestras sociedades. Y no tendríamos que procurarnos ni siquiera un latigazo.
En la magnífica The eternal sunshine of the spotless mind –Olvídate de mí, en la traducción- un sorprendente Jim Carrey espeta a su inestable pareja: “¡Hablar sin parar no significa comunicarse!” Algo parecido sucede hoy día con la multitud de medios con los que contamos para informarnos. Resulta curioso que la película mencionada trate sobre una clínica dedicada a borrar los recuerdos desagradables de la gente… ¿Acaso no hacemos algo parecido cuando nos entretenemos con la radio o frente al televisor?
Para algunos expertos, como el sociólogo José Félix Tezanos, el actual orden informativo –concentración de medios en pocas manos, difusión de un solo tipo de ideas, muchos colectivos no representados, etc.- resulta funcional para la estructura de relaciones económicas vigentes, lo que algunos denominan “neoliberalismo”. Bajo sus reglas, los medios se convierten en fabricantes en serie de apatía, descontento, cinismo, anomia y, en definitiva, una serie de actitudes que favorecen que quienes se lo quieren llevar crudo lo sigan haciendo como si no pasara nada. La crisis que estamos atravesando es un ejemplo muy claro.
Podrían realizarse estudios sobre la relación entre la exclusión social que se está produciendo debido a las actuales relaciones de producción –alto desempleo, bajos salarios, flexibilidad laboral, endeudamiento…- y la desinformación o privación de la realidad que sufrimos a mano de los principales medios que han prosperado ampliamente en este marco económico.
De esta forma, al tiempo que se nos dificulta el acceso a una serie de bienes y servicios básicos, se nos fija semanalmente una agenda de temas políticos o económicos, que serán los únicos de los que podamos hablar y sobre los que tendremos que tomar partido, siempre a favor o en contra –con PSOE y PP como los únicos representantes políticos-. Paradójicamente, en el acto de la reflexión, de la opinión y de la implicación emocional se producirá la culminación de nuestra alienación, al estar moviéndonos y tomando decisiones personales en el terreno de la oferta y demanda de mercancías informativas. En un extremo, lo que sentimos, lo que nos preocupa o, peor, lo que nos hace sufrir rinde enormes beneficios para determinadas empresas.
Esta enajenación posmoderna, esta separación de nosotros mismos tiene la virtud de ser más confortable pero, al mismo tiempo, más difícil de reconocer y evitar: en las antiguas fábricas, el obrero era consciente de que constituía una pieza más de la cadena de montaje y así lo compartía con muchos de sus compañeros. ¿Qué sindicatos culturales nos defenderán de la narcotización que experimentamos durante todo el tiempo que estamos conectados?
¿Cómo podría contrarrestarse esta tendencia? Volvemos a Jim Carrey, esta vez en Mentiroso compulsivo: “¡Y lo único que puedo hacer es cabrearme, cabrearme y cabrearme!” Al igual que el filme mencionado al principio del artículo, el mensaje de esta película no es inocente para el tema en cuestión: la cinta trata de un individuo que, por un extraño hechizo, se ve forzado a decir lo que realmente piensa a todo el mundo. Y acaba teniendo problemas y ciertas recompensas…
Parece que los no muertos han pasado a formar parte de nuestro paisaje cultural. Como ha reflexionado Óscar Casado en Rebelion, “películas, videojuegos, incluso aclamadas series de televisión emitidas en horario de máxima audiencia nos revelan que los muertos vivientes han abandonado definitivamente la serie B” para pasar directamente a la primera división de los productos de ficción.
¿Se puede extraer algún análisis social relevante a raíz del éxito de estos productos? No tiene por qué: a veces una novela o una película triunfan y arrastran al éxito a un conjunto de obras similares; entonces, la industria cultural se orienta en esa dirección durante un tiempo para maximizar sus beneficios.
No obstante, merece la pena recordar que determinadas obras de terror han traído aparejado cierto significado de calado político en épocas anteriores. Por ejemplo, quizá el primer antecedente fílmico de los zombis, el sonámbulo Cesare, del film alemán El gabinete del Doctor Caligari (1919), representaba, según estudió el filósofo de la Escuela de Frankfurt Sigfried Kracauer, la conciencia hipnotizada del pueblo alemán, obediente ciego de la autoridad, que se había lanzado irreflexivamente a la Primera Guerra Mundial, con los resultados conocidos.
Kracauer vio en Caligari, El golem, Metrópolis y El doctor Mabuse, entre otras, lo que los cineastas expresionistas alemanes de los años veinte temían en el fondo: la llegada del tirano como una especie de necesidad social ante una autoestima arruinada; el caldo de cultivo para que la derrotada Alemania decidiese convertirse en un imperio sangriento.
Poco tiempo después, en los EEUU de los años treinta, el surgimiento cinematográfico de Drácula, Frankenstein, El hombre lobo o King Kong jugó un papel fundamental a la hora de entretener a las enormes masas de parados y empobrecidos que estaba dejando la Gran Depresión. Herederas de las sombras de los filmes alemanes, estas monstruosidades invitaban al público americano a una especie de exorcismo fílmico para después regresar integrados a una sociedad en crisis. La función de estos productos era justo la contraria a la de los anteriormente mencionados: adormecer y mantener el orden.
Volviendo a la actualidad, podemos comprobar en las series de zombis rasgos que quizá podrían decirnos algo de lo que está sucediendo fuera de la pantalla: bien estemos en una comunidad de vecinos (REC) o en un planeta desolado (The walking dead), lo que nuestros protagonistas necesitan a toda costa es, simplemente, no ser mordidos y pasar a ser como ellos. El terror reside sobre todo en la posibilidad de dejar de ser humanos y, de algún modo, en la humillante tragedia que eso supondría.
De esta forma, frente a quienes ya no tienen humanidad se encuentra el individuo que, todavía libre pero cada vez más inseguro, quiere por encima de todo conservar la vida para continuar pudiendo elegir. Estos personajes seguirán luchando hasta el extremo del suicidio para no caer en el statu quo de la putrefacción.
Que esto sea una muestra más del individualismo de mercado que se lleva estilando durante décadas o que, por el contrario, suponga una llamada semiinconsciente a que una inmensa minoría lúcida reconstruya un mundo más humano ante el actual caos es una cuestión que depende de distintos puntos de vista y, sobre todo, de quién tiene más poder para imponer su visión. Las salidas de la crisis económica mundial son precisamente esas dos: más liberalismo o más asociación. Y da la impresión de que una de las dos direcciones tiene en los poderes públicos y privados mucha más popularidad que la otra. No olvidemos que los zombis ganan fuerza cuando los todavía vivos deciden ir cada uno por su lado.
Muamar el Gadafi es, por méritos propios e intereses muy diversos, el inesperado sucesor de Saddam Hussein en el papel de “Enemigo Público Número Uno”. Su testarudez y su falta de respeto sobre la vida de las personas le han configurado un currículum imparable. La revuelta ciudadana y, en segundo lugar, los focos mediáticos que ahora hacen caja con esta nueva fase del espectáculo mundial han hecho el resto. Ya contamos con un nuevo malvado propio de las películas que tienen un final feliz, con el valor añadido –parafraseando a Jean Baudrillard- de que este asesina a la gente de verdad. Un producto inmejorable.
Llegados a este punto, todas las informaciones que vengan en la misma dirección serán casi siempre consideradas válidas. El filtro periodístico se relaja si lo nuevo que llega refuerza las tesis dominantes. El conjunto de todas estas informaciones nos revela que la mayoría de la ciudadanía libia parece haber ganado la batalla simbólica; solo falta saber quién se llevará esta vez el premio gordo -el mismo que en Irak-.
Si bien estamos en el estadio libio de las exitosas revueltas árabes -que en Túnez podrían dar lugar a un experimento progresista-, una mirada a la Historia nos llama a un casi obligado cinismo. Poco después de comenzar las protestas se fueron incorporando otros elementos e intereses. ¿Se les irá de las manos a quienes juegan a convertir la revolución en un producto al servicio del orden mundial? ¿Es preferible que estos pueblos escojan la modernización alternativa que supone una sociedad confesional islamista? Que haya muchos análisis e informaciones circulando no garantiza que nos den las respuestas a las preguntas cruciales. ¿Habrá que esperar años para saber lo que estaba ocurriendo de verdad en estos momentos?
Muchos esperamos ya la caída de la siguiente dictadura. No todos queremos ver lo mismo; la complejidad de lo que sucede nos permite construir y consumir realidades muy distintas: unos creeremos estar ante movimientos laicos que protestan por la libertad y una mayor equidad; otros solo prestarán atención al peligro islamista. De la falta de medios para saber lo que pasa, estamos ante una abundancia y un “hágase usted mismo su revolución”. Una súper empresa como Ikea propone algo muy parecido. ¿Es solo una coincidencia?
En La Conjura de los necios, Ignatius Reilly, admirador del clero medieval y ensayista frustrado, pasa una tarde entera frente al televisor cargando contra un programa de niños que quieren ser artistas de la canción. Este inquisidor de la cultura popular se retuerce de furia ante un contenido que cree nocivo, pero no consigue apartar la vista. Es, a su manera, un fiel seguidor de los programas que denigra.
¿En cuántas ocasiones nos hemos visto haciendo algo parecido? Podemos encontrar en España un alto porcentaje de ciudadanos que “no ven la televisión” pero están enterados de todos los últimos movimientos de Belén Esteban. Esto sucede porque han variado su hábito de consumo televisivo, pero aguantan como seguidores de estos formatos, favoreciendo probablemente que continúen fuertes en la parrilla.
Es difícil evitar cierta sensación de gratificación al pasar canales y detenernos durante dos minutos en Gran Hermano. Creemos identificarnos justo con lo opuesto, por lo que lo degradante de estos contenidos refuerza transitoriamente nuestra autoestima. Lo mismo sucede con las tertulias políticas en las que los periodistas discuten sobre si tenemos un Gobierno incompetente o bien un Ejecutivo criminal y terrorista. ¿Cuántos oyentes de Jiménez Losantos escuchaban su programa en la COPE “para reírse”? ¿Acaso los productores de estos formatos no anticipan esta especie de audiencia fantasma?
No nos vendría mal detenernos a pensar de qué mundo de ficción y entretenimiento queremos participar en nuestros ratos libres. Si el papel que cumple para nosotros el 80% de los canales TDT es el de hacernos pasar el tiempo mientras lamentamos la precariedad de sus contenidos, quizá haya llegado la hora de reducir el número de emisoras.
Decir que hoy día, con la oportunidad que Internet representa, un ciudadano civilizado no necesita más de cuatro o cinco cadenas de televisión no es ningún disparate. Tomado el Parlamento por los mercados y teniendo que dar gracias por poder trabajar, no estaría de más ejercer de vez en cuando la soberanía. Desintonizar la telebasura podría ser una forma cualquiera de hacerlo. Muchos la han probado con éxito.
El filme “La última cena” (1996) narra las peripecias de un grupo de estudiantes progresistas que invitan periódicamente a cenar en su casa a un miembro de la “caverna” norteamericana; si no consiguen hacer renegar al comensal de su conservadurismo, lo envenenan con una copa de vino.
La cosa se les va de las manos y acaban convirtiendo el jardín en un rebosante cementerio. La velada final tendrá lugar con un predicador televisivo ultra que los sorprende nada más comenzar, al negarse a bendecir la mesa: “Yo lo que hago es decirle a la gente lo que quiere oír; las voces extremas contribuimos a concentrar a los votantes en el centro. En realidad no hay apenas diferencias entre un bando y el otro”. Ante tal despliegue de cinismo, los universitarios se descolocan y terminan envenenados por su propia cicuta.
Aunque nos cueste creerlo, personajes como el falso predicador de la película campan a sus anchas entre la derecha mediática española, compartiendo plaza con los reaccionarios “puros”. Y esto sucede principalmente porque los medios de comunicación no dejan de ser empresas que venden mensajes para ser consumidos por una audiencia. El que consiga tener más seguidores es el que sobrevive con más garantías.
No se puede esperar moderación, imparcialidad y análisis funcionales para la sociedad cuando los lectores conservadores tienen que elegir en el quiosco entre El Mundo, ABC, La Razón, La Gaceta (y Expansión). Paralelamente a la “guerra de depósitos” de las entidades bancarias, muchos diarios responden con una constante batalla de portadas. Para colmo, como decía el sociólogo Pierre Bordieu, emplean el modelo de la “competencia por lo bajo”. ¿Acaso podríamos haber llegado a otro punto distinto por este camino?
Algo similar sucede en la radio, la televisión y los formatos de Internet. La intensa competencia lleva a muchos a aumentar el dramatismo de sus mensajes e incluso inventar historias atractivas para maximizar beneficios: las conspiraciones y los pactos oscuros se explican perfectamente a partir de este modelo. Aunque subyacen claras motivaciones políticas en muchos casos, quedaríamos mejor armados si concediésemos cada vez mayor peso al factor económico. Buena parte de quienes configuran la “realidad” tienen poco compromiso con esta y con sus consecuencias. No son elegidos cada cuatro años pero, paradójicamente, nos permiten votarlos en cada ‘zapping’ o en cada ‘click’. Y también podemos dar ejemplo para que los conservadores comiencen a hacerlo.
¿Alguien no ha identificado el tiroteo a la congresista demócrata con alguna escena del cine norteamericano? Cuna de las películas producidas por cadenas de montaje -“sistema de estudios”- y del “block booking” -hacernos tragar cuatro películas malas por cada buena-, parece como si a esta lucrativa nación productora, en crisis, se le hubiera ocurrido llegar más lejos que nunca en su imitación, o proyección, de la realidad.
Hay cierta relación entre Sarah Palin, el asesino (¿borrego?) y la decadencia que Estados Unidos está viviendo en las últimas décadas y años. El fenómeno del Tea Party es una respuesta, por supuesto, a las políticas de Obama, pero más que oponerse al intervencionismo keynesiano -la ortodoxia, desde Roosevelt hasta Bush-, berrea contra la réplica infantil del Welfare State europeo que el presidente demócrata ha querido construir, sin éxito.
Pero en la respuesta de los republicanos, y de Palin en especial, hay algo más: no es solo una reacción a ciertas políticas moderadamente progresistas. Representa, más bien, un residuo social del endeudamiento crónico de un imperio que ya no llega a financiar sus guerras, lanzadas, además, como huidas hacia delante. La vuelta a la caverna de los ultraconservadores se produce ante la constatación de un futuro que se les escapa: han tenido que salvar a unos bancos que ya no sirven a su economía. Por ello, a pesar de haber apadrinado la globalización, prefieren el regreso a la tribu, con la violencia y el miedo que eso entraña.
Coinciden sospechosamente las soflamas antisemitas de la lideresa de Alaska y el hecho de que la mayoría de los banqueros estadounidenses con cierto éxito -y sustento estatal para las malas horas- sean de esa etnia, la misma que la de la congresista Giffords. ¿Es una casualidad o un aperitivo de lo que está por venir?
Al final la Historia se repite: el flamante imperio de Carlos V y Felipe II, enfangado en extenuantes guerras y batallas, tuvo que claudicar al no poder remunerar a sus acreedores. ¿Quién tiene la deuda de EEUU? ¿No es acaso el momento de comenzar a ver cine chino?
El comienzo de esta semana nos mostraba a una Belén Esteban profundamente indignada: un presentador de la televisión canaria había tratado de contactar con el fallecido padre de la “Princesa del Pueblo” a través de una médium. “Sálvame” se encargó de narrar con todo rigor el desenlace del acontecimiento. La madrileña, que sorprendentemente volvía a ser noticia, terminó por interponer una demanda contra el impresentable comunicador insular.
Unas cuantas horas más tarde se publicaba un vídeo del programa “Alto y claro” de la cadena pública Telemadrid, en cuya pausa para publicidad, el columnista del diario EL MUNDO Salvador Sostres encabalgaba un interminable monólogo exponiendo las ventajas de los genitales de las adolescentes sobre los del resto de las mujeres; una clase magistral muy oportuna en las colas que se forman para el baño de los peores bares; un discurso que en estas desafortunadas circunstancias solo lleva a que se proyecte en la mente del receptor la imagen del ponente, sudoroso, en pleno disfrute de un autoservicio que probablemente ejecuta con enorme destreza.
Tanto un acontecimiento como el otro recibieron una cobertura importante en muchos medios de comunicación. Mientras Belén mantiene un cierto monopolio sobre los asuntos del corazón en determinadas cadenas privadas, a Sostres le tocó sustituir a Fernando Sánchez Dragó en la causa del ‘intelectual de vuelta de todo que disfruta poniendo a prueba la frágil estructura bienpensante española’.
Aunque muchos queramos resistirnos a aceptarlo, Belén y Salvador tienen mucho en común. Estas monstruosidades (dialécticas) no son más que un reflejo, un síntoma, una prueba más de lo que ocurre cuando se concede tanta libertad de acción y poder a unas empresas privadas cuyos productos finales configuran buena parte de nuestro tiempo de ocio. Lo que vemos por la televisión es un buen termómetro de cómo van las cosas por abajo, de las reglas y el modo de funcionamiento de una economía y una sociedad que, como afirmaba Guy Debord, prefiere seguir durmiendo.
Estos episodios nos sirven para ver más clara que nunca la creciente obsesión de estas empresas privadas –incluida la híbrida Telemadrid- por el sacralizado corto plazo: todo vale, con tal de que incremente o mantenga el número de espectadores. Los ejecutivos de los medios se ponen muy nerviosos cuando el total de seguidores decrece o no aumenta al ritmo esperado: es entonces cuando el “¡Más madera!” de los Marx toma todo su sentido. Y cuanto menos tiempo se tiene para pensar qué emitir o publicar, tanto más ubicuas resultan las apelaciones a los instintos más crudos: la muerte, el sufrimiento, la sexualidad, la perversión…
Con esta ley de supervivencia sancionada, los plató televisivos, las tribunas de los diarios y las emisoras de radio se convierten en un continuo casting para captar histriones capaces de mantener la atención de los consumidores hasta la llegada de los anuncios, impresos o enlatados. Y, si los actores “funcionan”, los ponemos a presentar las campanadas de año nuevo, el informativo o, llegados a un extremo, les dejamos las riendas del poder Ejecutivo: a Berlusconi también le van las jovencitas (por lo menos no es maricón, dice).
En 1947, Sigfried Kracauer publicó “De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán”. En este completísimo análisis del cine germano de los años veinte y treinta, el filósofo de la Escuela de Frankfurt nos muestra al temible Doctor Caligari, al vampiro Nosferatu, al inquietante Doctor Mabuse o al singular Golem, como aperitivo cinematográfico de los tiempos que estaban por venir. Finalmente, estos monstruos se quedaron cortos. En España la crisis continúa y se profundiza; al mismo tiempo, los mensajes que se publican y los personajes que los emiten son cada vez más espeluznantes. ¿Quién se supone que nos espera a la vuelta de la esquina?
Todo parece indicar que “el final de ETA está más cerca que nunca”. Una especie de ‘macropantalla’, compuesta por lo que ofrecen los principales medios de comunicación al respecto, nos convierte en espectadores privilegiados de una narración que promete ser continua a lo largo de las próximas semanas, eclipsando otros asuntos. Cualquier tipo de disidencia intelectual será políticamente incorrecta, ya que hemos aprendido hace mucho que el terrorismo en nuestras fronteras es un problema de primer orden. Y así está previsto que lo vivamos e incluso sintamos; ha muerto muchísima gente por este conflicto, pero existe otra razón incómoda de recordar, pero que no por ello está ausente: es un tema que “funciona”.
No en vano, se trata de uno de los asuntos en el que los medios de comunicación han invertido más dinero a lo largo de las últimas décadas: crónicas, reportajes de investigación, entrevistas, análisis, especiales… De tal modo que no queda demasiado claro si el “nuevo escenario” se genera solo a raíz de pasos políticos -detenciones, nueva postura de la izquierda abertzale, cambio de Gobierno, etc.- o también porque determinados intereses han decidido que este es el momento indicado para situar el conflicto en ‘prime time’, exigiendo ahora la máxima atención por parte de los espectadores.
En el marco que se nos ofrece, se plantea la posibilidad de un diálogo entre dos partes que tendrán que llegar a algún acuerdo, pero se obvia oficialmente el papel de los medios de comunicación, que son los únicos que lo tienen totalmente claro: es la ocasión para narrar en directo “cómo se hace la Historia”. Y esta tercera parte interesada imprimirá una presión tal que hará avanzar a los acontecimientos, marchando, en muchas ocasiones, por detrás de las noticias.
De ahí que contemos ya con toda una ‘sintomatología de los procesos de paz’: según algunas “fuentes”, el PSE ya habría traicionado al PP reuniéndose con Batasuna; el superministro y vicepresidente Rubalcaba estaría atando cabos para legalizar a la izquierda abertzale; muchas víctimas del terrorismo planean manifestarse en contra de lo que está sucediendo (¡¿pero qué está sucediendo?!)… Los protagonistas del proceso cuentan ya con todas estas historias paralelas a la hora de actuar, por lo que lo ficticio se convierte en real y condiciona el desarrollo de los acontecimientos -podemos imaginarnos la siguiente afirmación por parte de algún dirigente gubernamental: “Esto no lo podemos decir así: EL MUNDO lo llevaría inmediatamente a la portada”-. En la práctica, la negociación y el diálogo se producen a tres bandas, puesto que la realidad también puede ser objeto de regateo.
¿Quieren el Ejecutivo y Batasuna acabar con el conflicto? ¿Y qué se proponen los medios de comunicación? Los hay que seguirían persiguiendo etarras aun con las armas entregadas: violencia callejera, nuevas escisiones, “traiciones” a las víctimas del terrorismo, entrada a las instituciones de quienes apoyaron a los asesinos en el pasado, etc. ¿Quién decide el final de este largometraje? ¿Por qué no se nos cuenta también que ETA es, para muchos, un producto demasiado valioso como para abandonarlo definitivamente?
Los treinta y tres mineros chilenos, nuestros “héroes” mientras se nos muestren como tales, han sido extraídos de la mina para, acto seguido, quedar encerrados en una descomunal caverna de cristal, extraordinariamente flexible pero muy difícil de destruir. En principio, las condiciones de esta nueva residencia serán mucho mejores que las de la gruta de San José, pero hubiera sido mejor no quedar atrapados en ninguna de las dos. Tampoco tenían elección.
Por tanto, la vida de estos trabajadores de clase humilde no vuelve precisamente “a la normalidad”, como afirman con hipocresía algunas emisoras. La “normalidad” para ellos murió cuando pasaron a ser actores de un ‘reality’ global, el primer concurso bajo tierra con aspirantes obligados a participar, en el que todo, hasta la muerte, estaba permitido, y del que han salido como teóricos vencedores.
Nuestra insaciable demanda de espectáculo va a determinar el futuro de estos ciudadanos ‘escogidos’. Satisfecha temporalmente gracias al éxito del fatal concurso, esta mirada exigirá de los mineros un perfil acorde con los personajes que han representado sin saberlo: líos entre esposas y amantes, engaños, motines, sufrimiento, enfermedades, gestas… No será raro que los medios “revelen” un día que alguno que otro de los integrantes del encierro no era tan buena persona como “en un principio podría creerse”. Esta orgía especulativa que es la televisión y sus familiares no entiende de puntos medios…
Va a ser difícil que obreros de la extracción cultural de los retenidos en la mina escapen de este secuestro mediático: ¿resistirán o se transformarán definitivamente en lo que los focos, el público o la recompensa en forma de dinero prefieran? ¿Olvidarán su pasado precario y hasta miserable para encarar un presente glorioso pero ajeno? ¿Quién se preocupará de su bienestar cuando dejen de ser rentables, o cuando otro desastre seleccione a actores más adecuados para la pantalla?
Como una atracción abandonada por vieja y obsoleta, escondida tras las sombras del parque temático, quedará el espectáculo que estos mineros habían conocido hasta estos días: la explotación del hombre por el hombre; la mina como último recurso para ganarse la vida, a riesgo de perderla; un Estado insensible a lo social y solo pendiente de las cámaras, etc. Estos temas ocuparán mucho menos espacio, pues son poco funcionales para los tiempos que corren y, por tanto, no tienen por qué ser “reales”. Tendremos que seguir esperando. Que la salud les acompañe en lo que les queda de viaje.