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Opinión a fondo

Dos años de Macri: el horizonte en el retrovisor

17 Dic 2017
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Javier Franzé
Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid

Macri acaba de cumplir la mitad de su mandato en un escenario que compendia bien lo que ha sido su gobierno.

El Congreso de los Diputados iba a debatir una ley que recorta las pensiones (jubilaciones), contra la cual se produjo una masiva manifestación. El gobierno dispuso un inédito operativo de seguridad que militarizó el Parlamento. Como era de prever, acabó en una represión también desconocida —en circunstancias similares— desde la recuperación de la democracia. A la vista de todo el mundo, diputados fueron atacados con gas pimienta y periodistas y manifestantes con balas de goma disparadas a bocajarro e indiscriminadamente por efectivos de Gendarmería —la misma fuerza que reprimió ilegalmente la protesta en la que participó Santiago Maldonado y que acabó costándole la vida—.

Todos los gobiernos desde el retorno a la democracia en 1983 utilizaron sus dos primeros años para tomar las decisiones que definirían su perfil. Alfonsín buscó consolidar la democracia sustentándola en los derechos humanos, para lo cual impulsó el Juicio a las Juntas militares y a las cúpulas guerrilleras. Menem transformó la estructura social en clave neoliberal a través de la llamada reforma  del Estado. Néstor Kirchner reparó la cohesión social y política recuperando el rol del Estado frente al mercado y reimpulsando la política de derechos humanos.

El gobierno de Macri no ha presentado ninguna medida de proyección positiva, fundacional. Más bien ha procedido por la negativa: sólo ha sido capaz de defender sus políticas presentándolas más o menos implícitamente como opuestas a “los últimos doce años” (del kirchnerismo). A diferencia de los gobiernos precedentes, que abrieron de inicio un horizonte, su hazaña ha consistido en reubicar el horizonte atrás.

Lo que esto pone en juego trasciende el contraste entre dos gobiernos. Este gobierno ofrece a la ciudadanía la promesa de que se verá librada de todo proceso de reconocimiento y amistad con las clases populares por parte del Estado. Las clases populares, sus demandas, valores y representaciones volverán a ser invisibles, desplazados de la escena. No osarán sentirse parte decisiva y autónoma de la comunidad política. No se les otorgará más ese derecho, porque no lo tienen ni les corresponde. Volverán a ocupar su lugar: la casilla del fondo en el campo, el cuartito de atrás en la casa.

Este imaginario moderno de provincias carece de envergadura política. Es incapaz de insuflar a la comunidad ni siquiera los tradicionales valores conservadores: orden, sentido de Estado, autoridad. La política, ese artístico desafío cotidiano de construir legitimidad, le viene holgada, le exige una finezza que lo supera.

Hay represión porque el horizonte está puesto en un retrovisor. Ni siquiera exclusivamente para que sea posible un plan de ajuste neoliberal. Hay algo más profundo: el desconocimiento del país que se gobierna, la fisonomía de sus actores, su politización y luchas históricas. En definitiva, el tesoro democrático que significa la pasión por la igualdad que vertebró la Argentina de masas, en la que el último de la fila se siente y se sabe sujeto de derechos democráticos y sociales como el primero. La comunidad política que en 2018 celebrará los cien años de la Reforma Universitaria; ciento dieciocho de la Revolución del Parque; setenta y tres del 17 de octubre de 1945; y treinta y cinco del Juicio a las Juntas militares, por citar alguno de sus hitos clave.

El problema del gobierno de Macri no es que sea de derecha o neoliberal —nadie podía esperar otra cosa—, sino que no encarna una derecha nueva. Nueva significaría capaz de entender la comunidad que gobierna, que es tal ya no por su perdida cohesión social, sino porque sus sujetos se sienten parte de ella por derecho propio en términos políticos, sociales y de derechos humanos. Un proyecto de derecha puede aspirar a reordenar eso, y hasta sería lógico para sus intereses que lo hiciera. Pero ello le demandará un talento reñido con el patrimonialismo y la soberbia de clase: conocer el suelo que se pisa. Se diría que el drama de este gobierno es que no sabe cómo ser lo que ambiciona.

Macri encabeza un gobierno que no puede ir más allá del corporativismo: han venido a cobrarse lo poco que han dejado de ganar en los últimos doce años. Y confían en hacerlo con la fuerza desnuda. Ese choque entre aspiraciones y escenario encierra un drama político de brutalidad social e incierto resultado.


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