Estas noches de verano tengo de nuevo pesadillas con tecnócratas y expertos, así que republico este artículo del 23 de noviembre de 2011 sobre los “gobiernos de nadie”.
“Consideramos un gobierno tecnocrático de unidad nacional la mejor opción para llevar a cabo las reformas y mantener la confianza de los inversores, con una composición que abarque izquierda y derecha del espectro político y cuente con líderes de confianza (…) Luchando como están las democracias modernas maduras con la crisis de la deuda soberana, los gobiernos tecnocráticos, ‘apolíticos’, pueden ser una opción imperiosa, conforme decae la confianza pública en los políticos, se afianza la resistencia a las reformas estructurales y los partidos sienten pavor por las consecuencias en las urnas de aplicar reformas dolorosas” (Tina Fordham, Citigroup)
A diario suceden mil cosas, pero ¿cómo descifrar cuáles son señales de las transformaciones que vienen? ¿Cuáles son huellas o ecos del pasado, y cuáles anuncian tendencias sociales decisivas? ¿Cómo saber cuándo hemos traspasado un umbral histórico? Me lo he preguntado estos días pensando sobre los “gobiernos técnicos” que se han impuesto en Grecia e Italia. Los veo como signos de muy mal agüero, fórmulas en experimentación que podrían luego reproducirse, rápido. Prototipos.
La verdad es que ahora mismo no me cuesta demasiado imaginar un gobierno técnico a escala europea, que se presente y justifique como única alternativa posible a un crash total inminente o incluso como el menos malo de los gestores posibles en caso de un desastre ya en curso (un corralito general, por ejemplo). Un gobierno “de transición”, sin políticos de por medio, compuesto enteramente por expertos y gestores que saben lo que hay que hacer y no tienen miedo a llevarlo a cabo, ya sin ningún vínculo por débil que fuese con la ciudadanía (voto, etc.). ¿Pesadilla?
Grecia e Italia serían los laboratorios del futuro. El experimento no va mal. Para empezar, se puede hacer. Estos dos golpes de Estado bajos en calorías militares no han provocado el escándalo en la opinión pública “demócrata”. Así me lo parece al menos. Nadie ha elegido a Monti ni a Papademos. Nadie votó los programas que van a llevar a la práctica, pero los parlamentos han refrendado ambos gobiernos y en general se percibe un clima de resignación, cuando no de entusiasmo. ¿Por qué no? Si lo que hay es lo único que puede haber, pues que al menos lo gestione alguien capaz, sin extravagancias y que sepa de cuentas, ¿no?
Hannah Arendt llamaba “Gobierno de Nadie” al dominio de la burocracia y comentaba al respecto: “no es necesariamente un no gobierno, bajo ciertas circunstancias incluso puede resultar una de sus versiones más crueles y tiránicas”. ¿Por qué? Sencillamente porque “no podemos considerar responsable de lo que ocurre a nadie, no hay auténtico autor de las acciones y de los acontecimientos. Realmente es sobrecogedor”. Lo que sigue son sólo algunas intuiciones y citas que me vienen más o menos desordenadamente a la cabeza al pensar en los gobiernos técnicos de Monti-Papademos. Notas de una pesadilla.
El Gobierno de Nadie es hijo de la crisis de la representación
“La falta de políticos nos facilita las cosas” (Mario Monti)
“Papademos nunca estuvo involucrado en política. Sabe lo que hay que hacer” (Thanos Papasavvas, jefe de Investec Asset Management)
El contexto de globalización ha hecho trizas los atributos clásicos de la soberanía del Estado-nación: fronteras, moneda, defensa, cultura, etc. Los estados se limitan cada vez más a gestionar en un territorio concreto las necesidades de la economía global. A izquierda y derecha del espectro parlamentario, se defienden en general los mismos intereses, las mismas ideas sobre el crecimiento y la competitividad. La permeabilidad de las instituciones a la participación ciudadana está bajo mínimos. A estas alturas todo esto son banalidades, secretos a voces. No son los anti-sistema, sino todo tipo de personas quienes se lanzan a la calle al grito de “lo llaman democracia y no lo es” y conspiran en la Red para hackear como pueden el sistema electoral (voto nulo, voto a los partidos minoritarios, etc.).
Los gobiernos técnicos se asimilan muy bien sobre este fondo social: rechazo masivo de la política de los políticos, inoperatividad absoluta del eje izquierda/derecha, hartazgo generalizado de la corrupción y los políticos-estrella (tipo Berlusconi), etc. Monti-Papademos anuncian gobiernos post-políticos y post-ideológicos, de pura gestión técnica. Ellos mismos sólo son máscaras como las de Anonymous, pero bajo las cuales no hay nadie de carne y hueso, sólo el poder abstracto e impersonal de los mercados financieros. No son de izquierdas o de derechas, de hecho lideran gobiernos nacionales de concentración izquierda/derecha. No son políticos, menos aún políticos-estrella, sino simples gestores, ingenieros, expertos. No están atados por fidelidades torpes a una ideología, a la gente que les votó, a su ambición personal. Aspiran a rentabilizar por su cuenta el rechazo de los políticos: son el reverso tenebroso de la crisis de la representación.
El Gobierno de Nadie, un gobierno racional
“Monti promete ser, en fin, un primer ministro mucho más normal y “aburrido” que Berlusconi. Pero lo que de él se espera es seriedad y eficacia. La fiesta ha terminado” (La Vanguardia)
“Cinco palabras definirían el programa de Monti: eficacia, urgencia, crecimiento, rigor y equidad” (Paso a paso).
A Mario Monti le llaman Il Proffesore. Tanto él como Papademos sólo hablan de eficacia en la gestión. Ambos aseguran no tener ideología: simplemente ejecutarán “lo que debe hacerse”. Lo que debe ser.
Según toda una venerable tradición filosófica que va desde Platón hasta Kant, actuar “libremente” es actuar “por deber”, es decir “necesariamente”. Es la teoría platónica de un “gobierno de la filosofía”: un gobierno de las ideas universales y necesarias, lo que debe hacerse en tanto que es racional y justo, independientemente de lo que opine o desee cada quien. Es la teoría kantiana de un “agente libre”, es decir un agente que actúa “por deber”, esto es “racionalmente”. El Gobierno de Nadie se presenta como un gobierno técnico e instrumental: pura aplicación de las verdades de la ciencia económica. Un gobierno sólido, en tanto que no actúa o decide por prejuicios o intereses privados, sino “desinteresadamente”. Un gobierno eficaz donde mandan los que saben, no los que más brillan en los medios de comunicación o los que mejor ponen la zancadilla en los pasillos del poder.
“El Gobierno de Nadie es el más tiránico de todos ya que no se puede pedir cuentas de sus actuaciones a nadie (…) es imposible localizar al responsable o identificar al enemigo” (Hannah Arendt). Quien disiente del Gobierno de Nadie no es un adversario con razones o intenciones respetables: sólo puede ser un loco o un ignorante. Porque sólo un loco o ignorante pelea contra la fuerza de la gravedad. Sería también de locos o de ignorantes pedir la opinión al pueblo sobre las políticas a ejecutar, como si la verdad de una formulación matemática pudiese elegirse por mayoría en unas elecciones. “¿Qué sabrá la gente sobre lo que le conviene?” Lo que dice la gente no puede ser más que ruido o furia. Es inútil, absurdo y altamente pernicioso escucharlo.
Por el contrario, la racionalidad del Gobierno de Nadie es la “inteligencia de lo necesario”: descifrar las leyes que rigen el mundo y actuar conforme a ellas. Pero se trata de leyes bien diferentes de las que pensaban Platón o Kant. El “imperativo categórico” de Monti-Papademos es simplemente la obediencia a las necesidades y exigencias de Goldman Sachs y los mercados financieros. Esa es hoy nuestra fuerza de la gravedad.
El Gobierno de Nadie como “potencia de salvación”
“¿Nos salvaremos? Absolutamente, sí” (Corrado Passera, súper-ministro a cargo de Desarrollo, Infraestructuras y Transportes).
“Vamos a la carrera” (Mario Monti)
“Para salvar a Italia hay que apostar por la credibilidad y la responsabilidad. Hay que ser prudentes con ir a las elecciones” (Franco Frattini, ministro de Exteriores).
El Gobierno de Nadie es el poder que nos promete el rescate de la catástrofe. El cometa de la crisis se acerca imparable a la tierra, los medios de comunicación anuncian su inminente llegada (ibex 35, prima de riesgo, calificaciones), los ciudadanos de a pie miran boquiabiertos el cielo. Sólo un puñado de héroes decididos entienden lo que pasa y actúan en consecuencia. Seguro que no pueden salvarnos a todos, eso por descontado. Hay gente que corre muy lento. Pero quién sabe, igual a mí sí, confiemos…
El poder de salvación ya no se justifica en nombre de tales o cuales valores (democracia, etc.), sino de nuestra pura y simple supervivencia como especie. Poder pastoral que vela y garantiza nuestra conservación como rebaño. Poder médico: si te rebelas contra él firmas tu propia sentencia de muerte. Poder providencial, como explica el filósofo francés Maurice Blanchot: “nuestro destino está ahora en el poder: no un hombre históricamente destacable, sino cierto poder que está por encima de la persona, la fuerza de los más elevados valores, la soberanía, pero no de una persona soberana, sino de la soberanía misma, en cuanto que se identifica con las posibilidades reunidas en un Destino”. El gobierno técnico no es una dictadura, un poder tiránico personal: “un dictador no deja de desfilar; no habla, grita; su palabra tiene la violencia del grito, del dictare, de la repetición. (El soberano) se manifiesta, pero por deber. Incluso cuando aparece resulta como extranjero a su presencia: está retirado en sí mismo, habla, pero secretamente…”. Frente al show berlusconiano, la discreta “aparición por deber” de Il Proffesore (y señora).
Blanchot explica que el poder de salvación impone siempre una “muerte política” a cambio de la seguridad que ofrece. El soberano debe ser incuestionable, de modo que se cancela toda posibilidad de disenso (a la que se acusa además de complicidad con la catástrofe). Delegamos en el soberano todas nuestras capacidades (de expresión, pensamiento, acción) y la política queda proscrita. Porque en realidad el Gobierno de Nadie no hace política. Ni actúa, ni decide: sólo gestiona. Es decir, modula como puede un poder que le rebasa y precede. Una máquina hiper-compleja orientada por intereses económicos. Un poder inhumano que no se puede alterar, gestionar o modificar, sino simplemente obedecer lo mejor posible. Es el poder de lo automático, de lo necesario. Es nuestro Destino.
La danza de los nadie contra el Gobierno de Nadie
¿Cómo despertar de esa muerte política? Los discursos “ilustrados” que aún identifican nuestras democracias con la racionalidad política libre, voluntaria y organizada suenan cada vez más a chiste pesado. Pero todavía habrá quien aconseje, ante la amenaza del Gobierno de Nadie, que recuperemos la confianza en el sistema de partidos, la representación política, el eje izquierda/derecha, etc. Más aún. Habrá voces que responsabilicen con toda seguridad a la revolución anónima que se extiende ahora mismo por el mundo de haber allanado el terreno al Gobierno de Nadie. “Mirad, ahí está el resultado de vuestro ‘no nos representan’”.
En realidad es todo lo contrario. Entregando todo el poder a los mercados financieros, blindándose contra todo atisbo de participación ciudadana, convirtiéndose en simples gestores de lo Inevitable y lo Necesario, los políticos han cavado su propia tumba. Ya pueden quejarse todo lo que quieran Papandreu, Berlusconi o Rajoy cuando le toque: los poderes a los que se ataron han decidido de pronto prescindir de sus servicios y poner en su lugar a otros ingenieros de más confianza. Punto.
El único despertar posible de la muerte política es lo que Hannah Arendt pensó como “acción”. Actuar es interrumpir el dominio de lo automático, lo contrario de obedecer o repetir. También en la vida personal: interiorizamos los automatismos cuando hacemos lo que debemos hacer, vemos lo que tenemos que ver, decimos lo que hay que decir y pensamos lo que está prescrito pensar. Arendt lo llamó “conducta”: un comportamiento normalizado, previsible y predecible. Por el contrario, cuando actuamos “nos unimos a nuestros iguales y empezamos algo nuevo”, salimos del aislamiento y la impotencia, nos volvemos capaces.
La “política del cualquiera” de movimientos como el 15-M no es equivalente ni simétrica al Gobierno de Nadie: no confía el mando a los que saben, sino que parte del principio de que todos podemos pensar; no tiene rostro, pero precisamente para que quepan todos y cada uno de los rostros singulares; no gestiona lo que hay, sino que inventa colectivamente nuevas respuestas para problemas comunes.
Pluralidad, invención, pensamiento: así es la danza de los nadie contra el Gobierno de Nadie.
** Gracias, Ester, Álvaro, por la lectura y los comentarios!
Conocí a Diana Eguía en la Comisión de Pensamiento de la Acampada Sol. Diana es filóloga y especialista en el Siglo de Oro. Me la volví a encontrar en marzo de 2012 en la Universidad de Filadelfia donde vive y estudia ahora. Charlando durante una cena surrealista, me explicó cómo algunas prácticas que hoy se considerarían atentados piratas contra la cultura promovieron la explosión creativa del Siglo de Oro, poniéndome sobre todo el ejemplo de Quevedo. Le animé a escribir sobre ello y aquí está el resultado. Agradezco a Javier de la Cueva su lectura y sugerencias.
Diana Eguía Armenteros, doctoranda de la UAM
Uno de los argumentos esgrimidos con frecuencia por los últimos Ministros de Cultura del Gobierno de España, así como por la Sociedad General de Autores, es la lapidaria amenaza de muerte que persigue a la cultura si no se pone freno a la copia. Sin los derechos de autor, cánones digitales, cierres de páginas de descargas, persecución policial de cibernautas, etc. los autores que producen cultura, nuestros artistas, morirán irremediablemente de hambre, devolviendo al homo hispanicus a un primitivo y peligroso estado precultural. Cabría preguntarse quiénes son estos autores y qué entienden por cultura, aunque este debate mejor se ubica en otro momento y lugar. De lo que voy a tratar aquí es de recordar someramente a uno de los artistas más alejados de cuestionamientos valorativos: don Francisco de Quevedo y Villegas, Caballero de la Orden de Santiago y Señor de la Torre de Juan Abad. Irónicamente, la SGAE reclama a esta villa castellano-manchega, que fue propiedad de don Francisco, el impago de los derechos de las canciones de su romería y del órgano barroco de su iglesia, donde se interpretan piezas de los siglos xvi y xvii.
Desde tiempos inmemoriales la cultura ha sido considerada como “peligrosa”; no, como nos quieren hacer creer, en peligro de desaparecer, sino peligrosa por su capacidad de expandirse, de multiplicarse, de llegar a aquellos que podrían manejarla “peligrosamente”. Cuando el cauce por el que discurría era la letra manuscrita, Mundo Antiguo y Edad Media, la cultura quiso primero ser preservada de los metecos, las mujeres y los esclavos, para restringirse posteriormente a la exclusividad de élites monárquicas y religiosas. En la Edad Moderna, por el contrario, los caminos de la cultura se dispararon de un modo que podríamos considerar similar a lo que ocurre en la actualidad. Esto produjo una explosión escrita sin precedentes conocida como el Siglo de Oro de las letras españolas.
Con el libro impreso bien establecido, la cultura manuscrita no solo no desapareció, sino que empezó a ser utilizada para hacer circular textos de un modo más libre y, frente a lo que pueda parecer, rápido. La copia de mano en mano podía tener un efecto que hoy llamaríamos viral, puesto que permanecía exenta del control legislativo que operaba sobre el libro impreso. Es el caso de las dos obras en prosa más populares de Quevedo, a las que me referiré en seguida. No obstante, el género que circuló con más soltura de forma manuscrita fue el poético, debido a su extensión y facilidad de memorización, pero también gracias a algunos subgéneros nuevos: recuérdese por ejemplo el desafío que la poesía satírico-burlesca supuso no solo para las costumbres religiosas, también para la política del Imperio. Aún hoy, tras dos décadas de world wide web, los textos breves se mueven y se comparten mejor en internet que los extensos. Al tiempo, la cultura oral adquirió si cabe más energía al hibridarse con la llamada poesía culta, que corría de mano en mano y de boca en boca en los foros públicos. Debe puntualizarse que la lectura silenciosa era considerada aún por muchos casi un rasgo de extravagancia, por tanto, toda literatura demandaba ser compartida simultáneamente por un grupo de personas para existir.
La imprenta asimismo introducía en el tablero todo un nuevo mundo de posibilidades. La copia impresa pirata no fue infrecuente. El mismo Lope de Vega se hartó de ver Madrid inundado de sus comedias pirateadas y decidió ejercer un activo e infrecuente rol en la moderna industria editorial, la publicación de sus propias obras, convirtiéndose en lo que denominaría uno de los primeros poetas auto editados de Europa.
La prueba histórica de la peligrosidad del nuevo formato nos la da la prohibición de imprimir en los Reinos de Castilla “libros de comedias, nouelas ni otros deste género” de 1625 a 1634. La literatura en general, pero sobre todo el teatro, estaba viviendo una verdadera revolución, uno de esos desafíos que asustan. ¿Aplacó la medida tomada por Felipe IV dicha explosión cultural? El ejemplo del Rey Planeta (la Ley Habsburgo, que apodaríamos por imitación a la Ley Sinde-Wert) serviría de inspiración para nuestros políticos si no fuera porque los impresores se limitaron a cultivar su oficio en otros reinos, como el de la vecina Corona de Aragón, en ocasiones incluso sin trasladarse, simplemente, falseando los datos del pie de imprenta. En conclusión, la prohibición sirvió para aumentar la piratería. (Del mismo modo, la Ley Sinde no afecta a proveedores extranjeros de servicios, por lo que las páginas piratas pueden migrar para seguir funcionando).
Vayamos al caso particular de Quevedo. El primer Sueño, El sueño del Juicio final, debió redactarse en Valladolid, adonde se había trasladado el joven autor, en 1604 y el último, El sueño de la muerte, en 1628. También por 1604 y en la misma ciudad, comienza a correr manuscrito el Buscón. El éxito y el escándalo explican la veloz difusión de ambas obras. Lógicamente, en el proceso de la copia, el lector-copista se torna co-autor, reescribiendo el texto, engordándolo, democratizándolo, exactamente igual que ocurre en la red. Conservamos como ejemplo curioso la anotación de un estudiante que mientras duplicaba la parte de El Alguacil alguacilado en que se habla de la falta de pretendientes de las feas, añade: “pues vénganse a Salamanca y no tendrán hambre”(1).
¿Sabía Quevedo que los textos de los Sueños y del Buscón iban a ser alterados cuando los puso a circular? Podemos especular que conocía lo suficiente los circuitos de la cultura como para utilizarlos en su favor, por tanto, además de ser consciente de las posibles consecuencias de lanzar un texto manuscrito al bullicio copista-lector, las avivó. ¿Qué mejor manera de burlar los flujos inquisitoriales que con el astuto tráfico manuscrito? Por otro lado, las diez primeras ediciones de los Sueños fueron pasadas a las planchas sin su autorización, a cargo de editores que hoy recibirían la categoría de impresores piratas o hackers de la imprenta. La primera de ellas, en Barcelona, 1627, es decir, tras 13 años de carreras manuscritas. La versión autorizada de estos textos, Juguetes de la niñez, ve la luz en 1631, no siendo más que un pacto con la Inquisición. Aún hoy los editores modernos se dividen entre quienes editan la tradición manuscrita, aunque tratando de eliminar todo lo que no se cree original del autor, y los que publican la versión inquisitorial. Personalmente como lectora me pregunto qué preferimos leer: ¿la adaptación de los lectores o la de la Iglesia Contrarreformista?
¿Quiere esto decir que Quevedo era un autor jocoso que solo se movía en círculos alternativos? Nada de eso, Quevedo supo identificar qué canal convenía a cada ocasión, exactamente igual que un autor contemporáneo juega con los formatos de blogs, Facebook, libro en papel, ebook, Twitter, etc. en función del contenido que desea transmitir. Algunos de sus textos religiosos fueron a las planchas con total ortodoxia. La vida de Santo Tomas de Villanueva constituye su primera publicación en letra de molde. Otros, como la Carta al Serenísimo Rey de Francia, fueron mandados copiar a todo lujo por calígrafos profesionales con el fin de regalar escogidamente a personajes influyentes de la corte o al mismísimo monarca. Curiosamente, el modo en que se propuso ante la pléyade como autor serio fue el de la traducción de Anacreonte y Focílides, sin que esto quiera decir que se considerase un traductor como lo entenderíamos hoy. Traducción, imitación y plagio no cargaban en la época con las pesadas fronteras de la actualidad. Si para componer su aspiración poética más importante, las silvas, hubiera tenido que pagarles derechos de autor a los descendientes del poeta latino Estacio, la poesía carecería de algunos de sus más significativos ejemplos. ¿Se imaginan qué hubiera pasado de haberse podido registrar legalmente las formas estróficas? ¿Qué hubiera ocurrido si el soneto en castellano les hubiera pertenecido legalmente a Garcilaso y a Boscán? La diferencia es que el diálogo artístico entre los clásicos se llama estudio de fuentes en el ámbito académico, mientras que para la SGAE y referido a autores contemporáneos el mismo vaivén se tacha de plagio. Y no solo eso, algunos poemas quevedianos no son otra cosa que traducciones, véase el caso del poema Le pinceau del francés Belleau y El pincel de nuestro poeta, por poner solo un ejemplo(2).
Quevedo fue un ávido lector, se preciaba de ejecutar una lectura humanista, es decir, una lectura intertextual, en la que se cotejan diferentes textos a la vez registrando activamente, interpretando, ordenando, relacionando, catalogando y aderezando materiales para un uso futuro, donde las citas (con referencia expresa o no) son obligadas para cualquier intelectual del momento que se precie. Veamos un ejemplo del google books de la época en esta rueda atril inventada por Agostino Ramelli en 1588.
(Tomado de Peraita)
Otra faceta destacable que confirma la imagen del escritor como agitador cultural es la del Quevedo editor. A él le debemos la publicación de la poesía de Fray Luis de León y de Francisco de la Torre. Sin este trabajo ambos poetas hubieran quizá caído en el olvido.
Manuscritos, impresos, copias piratas impresas, copias piratas manuscritas, oralidad, etc. Lo interesante aquí es como, a pesar de los intentos por controlarlo, la multiplicación de los canales, sus combinaciones, juegos y posibilidades resultó en una explosión cultural como nunca se había vivido antes y de la que aún debemos estar agradecidos.
La pregunta que algún candidato a carteras ministeriales tendrá en mente será la de qué relación guardan los hábitos de escritura, lectura y difusión de los textos en la Edad Moderna con la necesidad de proteger el derecho económico de los autores, o dicho de otro modo ¿vivían nuestros artistas del Siglo de Oro de su obra? La respuesta inmediata es que el dinero no era aún el motor de la maquinaria cultural. En el supuesto imaginario de que alguien le hubiera preguntado a don Francisco si consideraba su arte un trabajo, además del anacronismo incomprensible, hubiera contestado quizá con una sátira contra los oficios. No olvidemos que aquellos susceptibles de enriquecerse con las nuevas profesiones liberales, tales como taberneros, sastres, médicos, cerrajeros, buhoneros, alguaciles, escribanos, etc. fueron blanco predilecto de sus críticas. Debe entenderse por tanto que el desafío era otro, fundamentalmente político y moral, no económico, y en este sentido podemos decir que los grandes pusieron toda la carne en el asador. Quevedo, Lope, Cervantes, Fray Luis, San Juan, incomparables artistas y biografías, aunque con dos circunstancias en común: todos vivieron en la distintiva España de los Austrias y todos sufrieron la cárcel o el destierro por una razón u otra en algún momento de su vida.
Entonces, ¿qué papel jugaba el dinero? ¿de qué vivieron nuestras plumas áureas? Lo cierto es que cada uno se buscaba los maravedíes como podía, exactamente igual que hacen hoy la amplia mayoría de los artistas. ¿Cuántos escritores viven de los royalties? No planteo la vuelta al mecenazgo como forma de patrocinio artístico, idea tan rocambolesca como la de poner frenos legales y económicos a la libre difusión de la propia obra. Desde mi punto de vista la disputa ha sido desplazada con los siglos del contenido a la forma. Los Sueños y el Buscón se copiaron para evitar la Inquisición porque su mensaje se antojaba desafiante a las instituciones. Por el contrario, ahora cualquier contenido es bienvenido por más antisistema que parezca, no así el medio que se escoja para difundirlo. Es en esto donde encuentro en los clásicos un ejemplo de valentía doble por cuanto no tuvieron miedo de retar ambos tejidos. Por ello, creo que determinados políticos deberían preguntarse si no están contribuyendo a estancar el mismo proceso que dio origen a la identidad cultural de la que tanto hacen gala, y con cuya defensa se llenan la boca, a pesar de que en mi opinión tienen un pobre conocimiento de la misma.
J. O. Crosby, La tradition manuscrita de los Suenos y la primera edicion, West Lafayette: Pardue University, 2005, p. 9.
R. Cacho Casal, “La silva ‘El pincel’ de Quevedo y Remy Belleau”, en Studies in honor of James O. Crosby, Newark: Juan de la Cuesta, 2004, pp. 49-68.
La ilustración se atribuye a Alonso Cano y se supone que la realizó cuando murió Quevedo para la publicación de su poesía.
Llegué ayer un poco tarde a la mani que estaba dándose el ya típico y azaroso paseo indignado por el centro de Madrid, por el centro de la mismísima Castellana, cortando la circulación, como solemos hacer desde el 15M de aquel año que vivimos peligrosamente junt@s….
Lo primero por mi parte, tremendo alivio: muchas caras nuevas, mucha gente desconocida para mí con aspecto de gran disposición, de energía.
Saludo a los primeros compañer@s que encuentro pero noto algo raro, un rictus. Están un tanto envarados, la sonrisa extraña que pone alguien a quien le están mirando, en realidad, una sonrisa de bendito desconcierto, como si pillas a un conocido en un simpático aprieto, una sonrisa que dice entre dientes, pues ná, aquí me tienes (con los pantalones bajados, por ejemplo, o vestido de abeto de Navidad en un supermercado, qué sé yo).
Lo demás saltaba a la vista, estábamos rodeados de cuadrillas de tipos musculosos, muchos músculos por todos lados. Cambia notablemente la fisionomía de una mani si es de ciudadanos al azar, de estudiantes, de “indignados” o de bomberos, claro. Pero también cambia mucho si es de policías.
Esta sí que es buena, después de tantos kilómetros recorridos por Madrid desde que comenzaron las movilizaciones masivas tras aquel 15 de mayo de 2011 y las posteriores mareas de todos los colores, tras tantísimos episodios de acampada, asambleas de barrio, desahucios, caceroladas, sentadas, manis y paseos nos vemos ahora andando al lado de tipos que llevan camisetas en las que se puede leer POLICÍA y la consiguiente banderita de la policía nacional.
Sólo hace un par de días recibí el terrible sms de mi amigo Carlos en el que se leía un lacónico: Me han detenido. Nada más. Le llamé y hablé con él desde el furgón. Carlos es médico y pasaba por Sol en sandalias a la vuelta de estar jugando y haciendo dibujos que llevaba en la mochila con niños rumanos del Gallinero. Acabó detenido según llegar a Sol. A otros compañeros les cayeron hostias, porrazos, multas y disparos de pelotas.
De eso hace dos días y hoy estamos manifestándonos junto a un verdadero montón de polis nacionales, los mismos, entendemos nosotros, que nos suelen dar de hostias, identificar, multar, detener, etc. Pero también hay policías municipales, como los que nos identifican y levantan una lectura de poesía en la asamblea de las Letras, pongamos por caso, se identifican por sus camisetas y sus gorras, y me temo que soldados, puede que algún legionario (¡tremenda camiseta!) y hasta algún guardia civil.
Reconozcámoslo, el mundo ha enloquecido total y definitivamente. Y nosotros, pobres, sólo podemos asistir estupefactos. Las cuadrillas de policías dando su paseo indignado, son un cuadro, valga la redundancia. Andan despacio en grupos de compañeros bien reconocibles, muchos traen a sus novias que van arregladas como para ir al cine un domingo. También hay alguna mujer policía nacional con su distintivo. Estos grupitos andan con un difícil aspecto de normalidad, andan entre bromas de compadreo, de compañeros de trabajo que bajan de volumen cuando se cruza por el grupo un elemento ajeno. Hay una cierta violencia en los cuerpos (valga de nuevo la redundancia) al ir paseando en una mani, la sensación de una cierta vergüenza mal disimulada por la chulería, seguros de lo que están haciendo pero en conflicto con los cuerpos, que no acaban de saber estar.
Quizás simplemente se trata de gente no muy acostumbrada a manifestarse, quizás debutantes en esto de la street politic… o quizás la extrañeza provenga de nosotros, los perroflautas.
Tengo la sensación desde que llego de que estamos ante un momentazo, de estar asistiendo, una vez más, a un imposible. Lo imposible además de ser inesperado, no puede ser. No puede ser en el mundo que conocemos, precisamente en el mundo que no nos acaba de gustar…
El joven musculoso que lleva una camiseta en la que se lee www.materialpolicial.com (si entras en el link, te cagas…), como quizás el resto de funcionarios, bomberos, enfermer@s, sanitarios, maestros y un largo etcétera han bajado a la calle por su paga extra, el mundo estabilizado y perfectamente despolitizado, desproblematizado, estático al que pertenecen la mayoría de ciudadanos-de-bien de un país, se ha resquebrajado, ciertas fuerzas tironean lo suficiente como para mover a cualquiera, para descolocar y acabar… en la calle, dándose un paseo indignado.
¿Qué significa este bendito desconcierto?
Para mí la alegría es inmediata, no pasa rápidamente por el análisis sino por algún sector de la epidermis. ¿Somos de golpe el 99% por ciento tan querido, de hecho? ¿Somos el-pueblo-unido-jamás-…? ¿Somos el Todos-junt@s-podemos que se lee en los cartelotes?
Los discrepantes explican que esto no significa nada, que son coincidencias accidentales, gente que va a por lo suyo, cosas de la crisis, etc. La discrepancia dice que no quieren a un poli a su lado en una mani hasta que no dejen de pegar o de desahuciar. La discrepancia dice que esto son cosas de twitter y de deseos…
Yo creo que importa poco lo que diga la discrepancia o lo que diga yo mismo porque hace rato que las cosas ocurren con nuestra participación pero sin que absolutamente nadie pueda embridarlas y dirigirlas. Con nosotros, no por nosotros. Las cosas que de hecho ya están pasando.
Cualquiera nos hemos preguntado qué hacíamos perdiendo el tiempo durante tantas horas en una asamblea interminable de barrio o de un grupo de trabajo del 15M o de lo que sea. Mucha gente nos ha dicho que al final, no se ha conseguido nada, bla bla.
A estas alturas sabemos que vivimos sobre una barcaza que se va deshaciendo a cada golpe de crisis, que vivimos en un mundo que emite sus relinchos de animal moribundo. Todo cambia a toda prisa, los antiguos consensos (si los había) se esfuman. Y nadie va a venir a solucionar el paro y la sangría social.
¿Me pregunto dónde deberían haber acabado los policías indignados tras su enfado? ¿Dónde habrían acabado las-gentes-de-orden de antaño en otro país, en otras circunstancias?
Se me hacen muy fáciles varias opciones: en la calle pero detrás de Le Pen en Francia, en Jobbik en Hungría, con Berlusconi en Italia, Manos limpias y España 2000 en España hoy, en manis del PSOE en España hace cinco minutos, como quien dice, o detrás de grandes banderas de sindicatos y líderes sindicales, o detrás de las terceras vías tipo UPyD, recicladores genéticos del sistema. O quién sabe, quemando coches y escaparates rabiosamente como en París o Londres.
Puede que cualquiera de estas cosas aún vayan a suceder, pero hoy mismo no. Puede que a los agentes de la policía municipal con los que voy a hablar les den igual los rollos del no-nos-representan y de estas-son-nuestras-armas, sin embargo, de facto, han empezado su movilización amenazando con una acampada en el Congreso, convocando a través de las redes de manera bastante anónima (junto a algunas plataformas) y se han liado a hacer la primera perroflautada que han visto en algún lado, andar por las calles sin permiso, dar vueltas y vueltas al Congreso acorazado, visitar la sede de los partidos mayoritarios.
Si los empollones no se equivocan y las prácticas y los códigos significan algo, si el lenguaje con el que nos expresamos, también el de los cuerpos, el de una mani, dice algo de nosotros, entonces esta manifestación de gentes que quizás ingresan en la movilización o en una cierta politización activa, han acabado ocupando el espacio generado durante tanta movilización y tanta activación previa, llamémosle 15M, 99% o como se quiera.
Digamos que lo que pasa se parece mucho más a una fuerte energía procivilizatoria que a una reacción conservadora, que a una masa enfurecida en turbamulta, que a un país dividido en claras líneas de colores donde cada una va a encontrar la casilla que alguien le ha pintado previamente, un 1936, donde el enemigo está inmediatamente identificado, donde se es policía y gente-de-orden o todo lo contrario.
Claro que todo esto sólo son detalles, que los antidisturbios que nos custodian durante el rodeo al Congreso decidieran no identificar hasta ultimísima hora sólo son detalles, que los antidisturbios se quitaran los cascos y se produjera un auténtico brote de entusiasmo sólo son signos, símbolos y detalles. Que los policías junto a los bomberos, junto a las enfermeras y sanitarias gritaran lemas 100% perrofláuticos como sí-se-puede con todas sus fuerzas (ejem), que gritáramos todos hijos-de-fabra son detalles. Detalles como aquellos de los claveles y Grándola… Detalles de los que llenan el mundo, nuestro mundo construido precisamente a base de signos y lenguaje.
Pregunto a varios polis y quizás (se confiesa, lo tienen muy prohibido) a un guardia civil… Hablo con ellos, pero les hago una única pregunta: qué sienten al manifestarse con compañeros de paseo como nosotros. Única respuesta: muy a gusto, nos veremos más.
Entrevista con Wu Ming 4, por Amador Fernández-Savater y Javier Lucini
En Estrella del alba, la novela de Wu Ming 4 que ha publicado recientemente Acuarela Libros, los cuatro personajes principales son escritores y han luchado como soldados, en las arenas del desierto árabe o las trincheras de la primera Guerra Mundial. Sus nombres son bien conocidos: T.E. Lawrence (o Lawrence de Arabia), J.R.R. Tolkien, Robert Graves y C.S. Lewis. Entre diferentes flashbacks bélicos, Wu Ming 4 novela sus encuentros y desencuentros en el Oxford de 1919.
Si Tolkien, Graves y Lewis se preguntan cómo seguir escribiendo después de vivir desde dentro la gran carnicería, Lawrence se dispone a escribir por su lado la historia de la revuelta árabe, que es al mismo tiempo la historia de sus hazañas. Pero no es tarea fácil, mil dudas le atraviesan como flechas. No quiere escribir una crónica fría de los hechos, sino encontrar el lenguaje para convertir la experiencia en una historia inspiradora: un mito. Pero para alcanzar una palabra creíble debe guerrear primero consigo mismo, afrontar sus propias ambigüedades y claroscuros.
Teniendo en cuenta que el autor de la novela forma parte desde hace años de un colectivo de escritores y activistas organizados en torno a la confianza incondicional en la fuerza transformadora de las historias, podemos leer (también) Estrella del alba como una (auto)reflexión sobre las relaciones entre escritura, mito y acción, como una pregunta incluso sobre el mismo significado de una escritura política.
¿Cómo contar un movimiento colectivo y anónimo de transformación? Apenas hemos visto aparecer, en torno al 15-M, nuevos modos de (d)escribir la acción política, siguen predominando los formatos codificados, como por ejemplo el análisis más o menos pedagógico, el texto de agitación más o menos propagandístico o el canto lírico más o menos idealista. Las dudas de Lawrence siguen siendo aún las nuestras, interrogamos a Wu Ming 4 desde ahí.
¿Cómo fue tu encuentro con las obras de los cuatro autores protagonistas de Estrella del Alba? ¿Cómo surge la idea de ficcionar sus encuentros como trama de una historia? ¿Qué problemas y cuestiones te permitía plantear?
WM4. Conocí a los cuatro autores protagonistas de Estrella del Alba a lo largo de los años, pero la idea de hacer que “se encontraran” en una novela la concebí en un cierto momento muy concreto, a mediados de la última década. Me di cuenta de que la figura ambigua y controvertida de Lawrence de Arabia encerraba en sí misma todas las contradicciones del héroe. Al situar a Lawrence en el centro era posible contar esas contradicciones, reflexionar narrativamente sobre ellas, utilizando como “observadores” a otros escritores importantes de su generación. Robert Graves fue en el mundo real un gran amigo suyo, mientras que J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis se encontraban en Oxford en aquel mismo periodo. La coincidencia era perfecta. Cualquiera de estos tres podía encarnar un punto de vista sobre Lawrence y, por tanto, sobre el héroe histórico y mítico.
Al comienzo de la novela, nos encontramos a Lawrence preguntándose de qué sirve escribir la historia de la revuelta si los árabes siguen luchando por su independencia, ahora contra los ingleses, sus antiguos aliados. ¿No sería mejor volver al frente y entrar de nuevo en acción? Graves le responde: “estás escribiendo la historia de la revuelta. Eso también es combatir”. ¿En qué sentido piensas que la escritura es o puede ser la continuación de la política por otros medios? Es decir, ¿qué aporta la escritura a la acción?
WM4. En ese caso concreto Lawrence contó la historia de la Revuelta Árabe (1916-1918) para mostrar lo que la guerrilla de los beduinos había aportado a la victoria inglesa sobre el imperio otomano. Como la historia la escriben siempre los vencedores, el hecho de que en ese caso el vencedor fuera un oficial inglés amigo de los árabes representó un obstáculo a la marginalización de las tribus terminada la guerra. Por lo menos Lawrence trató de obstaculizarla actuando narrativamente. Sin embargo, al escribir Los Siete Pilares de la Sabiduría Lawrence hizo algo más: escribió un moderno manual de guerrilla, el primero del siglo XX. Un manual narrativo que representa aún hoy uno de los momentos de reflexión más avanzados sobre la guerra irregular, entendida también como metáfora política. La escritura no podrá nunca sustituir a la acción, pero puede inspirarla, ayudarla y, sobre todo, narrarla, dándole así una consistencia mítica, o sea perdurable. Porque los gestos pasan, pero las historias quedan.
C.S. Lewis asiste en el libro a una clase de traducción del profesor Murray en la que reflexionan sobre las palabras iniciales de la Poética de Aristóteles. “Hablaremos del hacer en sí y de sus especies, de la potencia propia de cada una, y de cómo es preciso construir los mitos si se quiere que el hacer resulte bien”. Tolkien escribió el poema Mythopoeia como respuesta a una pregunta de C.S. Lewis en la que se cuestionaba si los escritores de cuentos no se dedicaban a “dorar mentiras”, viniendo a ser los mitos “sólo mentiras susurradas a través de plata”. Para escribir su historia, Lawrence se acerca a los poetas de Oxford: a través de Graves conoce a Sassoon, Blunden o Masefield. ¿Qué está buscando? Es decir, en general y más allá de Lawrence, ¿por qué la poesía, el mito? ¿Qué relación tienen con la verdad?
WM4. Una de las pocas cosas que unen a los autores protagonistas de Estrella del Alba es que creían en la verdad de la poesía y el mito. Creían que la poesía y la mitología podían aprehender aspectos parciales de la verdad sobre la naturaleza humana, sobre la vida, sobre el bien y sobre el mal. Ninguno de ellos afirmaba de forma fideísta: “Esta es la verdad” (si bien C.S. Lewis, en edad madura, estuvo demasiado cerca de hacerlo, y eso marcó su gran limitación con respecto a los otros), sino que sentían que los grandes autores y mitopoetas del pasado habían sabido contar algo universal. Algo que hablaba todavía a la humanidad acerca de sí misma. Frente a la ironía modernista que negaba la posibilidad de aspirar a tanto, aquellos autores fueron a contracorriente e intentaron aún la vía de la mitopoiesis.
El espectáculo teatral de Lowell Thomas (que aparece al comienzo de la novela) ha convertido a Lawrence en una leyenda, pero de cartón piedra. Algo muy similar a lo que el colectivo Wu Ming llama un “mito tecnificado”. ¿Qué es un mito tecnificado?
WM4. El mito tecnificado es un instrumento de poder. Es una historia originariamente producida y compartida por una colectividad, que es capturada por un aparato de poder, transformada en base a exigencias apologéticas y cristalizada, petrificada por quienes la custodian. Un ejemplo de ello puede ser el mito de la revolución proletaria en la Unión Soviética estalinista. O el redescubrimiento filológico del folklore germánico que se transforma en mito de la raza y Kulturkampf en el Tercer Reich hitleriano.
En un libro reciente, el filósofo Alain Badiou habla de la “importancia decisiva de los nombres propios en toda secuencia de la política revolucionaria, desde Espartaco a Müntzer pasando por Blanqui y Lenin. Cada uno de ellos simboliza históricamente, en la forma de un individuo, la acción anónima de millones de insurrectos”. Pero el precio a pagar es muy alto: Lawrence vive crucificado en su imagen de héroe (y un héroe, como le explica Nancy Nicholson a su marido Robert Graves, “no tiene amigos, sólo admiradores y amantes”). ¿Es ese peso el que lleva a Lawrence a decir en algún momento a alguien “mi nombre se ha convertido en algo condenadamente incómodo, olvídelo”? ¿Son necesarios esos nombres propios para representar (simbolizar, transmitir y contagiar con fuerza) la lucha colectiva? ¿Alguien tiene que pagar necesariamente con su vida personal el precio que exige la Historia?
WM4. Un nombre propio puede siempre convertirse en un nombre colectivo. Quizás sea precisamente esto lo que permite mantener abierto el margen de su uso: el hecho de que el nombre se convierta en una especie de firma/icono múltiple. Sin embargo, el nombre como apelativo del héroe puede acabar siendo un pesado lastre, como en el caso de Lawrence. El héroe en cuanto tal es siempre símbolo de la colectividad y al mismo tiempo está separado de ella. Es una figura ambigua, amado por todos, conocido por nadie (es verdad, este es uno de los temas de Estrella del Alba). Lo cual vale tanto más en el caso de Lawrence, que fue la primera pop star contemporánea. Por lo que respecta al “precio que exige la Historia”, no creo que nadie pueda establecerlo. Es verdad que la ética del coraje heroico prevé que el héroe muera en el ejercicio de sus funciones, es decir en batalla, en acción, salvando a la colectividad, pero precisamente el ejemplo de Lawrence y la reflexión de un autor como Tolkien demuestran que existe una posibilidad de vida post-heroica. En este segundo momento, el héroe se convierte en narrador de sí mismo y deja la propia historia en herencia a los que vengan más tarde.
El sinólogo François Jullien explica que la cultura china carece de mitología porque entiende que las transformaciones son procesos siempre subterráneos y silenciosos que se pueden cuidar y cultivar, pero no catalizar ni guiar. No hay relato mítico porque no hay héroe-conductor ni acontecimiento decisivo, sino proceso anónimo. En un sentido tal vez parecido, Lawrence confiesa en determinado momento de la novela: “en realidad las cosas ocurren, nosotros sólo podemos hacer todo lo posible por no caernos de la silla”. Y Tolkien advierte sobre los peligros de creerse “Turambar, Amo del destino”. ¿Cómo conciliar entonces la épica con la revuelta? ¿Cómo narrar (políticamente) lo no excepcional?
WM4. En la antigüedad pagana, el pecado del héroe trágico era la “hybris”, es decir, el hecho de creerse liberado de toda ley, de todo deber de reconocimiento, dueño del propio destino. Era un insulto hacia los dioses, que generalmente castigaban al héroe con algún terrible suplicio. La frase que citas proviene realmente de una carta de Lawrence a un amigo escritor en 1930 (y que yo he fechado diez años antes). Es una especie de contramelodía, o visión crítica, de la propia obra Los Siete Pilares de la Sabiduría. En aquella obra Lawrence se describe a sí mismo como la inteligencia y el motor de la revuelta árabe, poniéndose siempre en el centro de todo. Sin embargo, en la carta, en un momento de intimidad, fuera de la construcción del propio mito, Lawrence habla con franqueza: dice que en realidad él solo lo ha hecho lo mejor que ha podido y más que conducir la marea ha tratado de cabalgarla sin perder el equilibrio. Siempre tenemos que conservar la conciencia de que no todo depende de nosotros. Navegamos en un océano, entre corrientes, tifones y bonanzas que impactan inevitablemente contra las rutas que trazamos. Ni somos los dueños absolutos de nuestro destino ni los movimientos de revuelta pueden serlo de los destinos colectivos. Hay alquimias que se nos escaparán siempre. Además lo excepcional y lo ordinario se entremezclan. Dentro de un evento excepcional siempre están también nuestras historias ordinarias y no es posible contar solo el uno o el otro de estos dos momentos. Se dan juntos.
“Espero que logre volcar en las páginas sus contradicciones. Resultaría una obra muy interesante”, le dice Nancy Nicholson a Lawrence. Las historias que se escriben con las contradicciones y los claroscuros de la vida son efectivamente bien interesantes, pero ¿pueden ser un mito, galvanizador de voluntades, llamada a la acción? ¿Cómo ha evolucionado la mitopoiesis de Wu Ming ?
WM4. Al estudiar el concepto de “mito tecnificado” elaborado por el mitólogo italiano Furio Jesi (1941-1980) hemos afinado nuestro discurso sobre la mitopoiesis. Los mitos se utilizan a conciencia, o manteniendo siempre abierto el margen de la alegoría, sin la pretensión de cerrarla, de hacer que mito y realidad sean perfectamente coincidentes. Es un problema también literario, obviamente. Mientras se narra una historia se reflexiona también sobre el hecho de narrar historias, indagando en los límites; se trata de estar dentro de la narración sin dejarse determinar en exceso por ella pero sin pretender tampoco dominarla. En suma, frente a los mitos conviene tener una actitud que no sea ni escéptica ni fideísta, sino crítica, dialéctica. Y claro, se antoja mucho más difícil crear mitos de revuelta basándose en las contradicciones y en los claroscuros. La revuelta parece necesitar de narraciones heroicas puras y simples. ¿Puede existir una figura heroica más parecida a nosotros, comunes mortales, con nuestra carga de contradicciones, miedos y titubeos? Según Tolkien, por ejemplo, sí. Su respuesta literaria son los Hobbits. Hombres comunes que son capaces de responder a la llamada de la acción porque carecen precisamente de toda prosopopeya heroica. Y sin embargo son héroes a todos los efectos, también (y acaso justamente por eso) porque tienen bien presente que el fracaso es posible. Héroes en la Tierra Media y héroes en nuestro imaginario contemporáneo. Por lo tanto, quizás tenga sentido trabajar en esta dirección.
Otro de los personajes, C.S. Lewis, quiere desmontar el mito de Lawrence, ver qué hay detrás, así que investiga su vida privada. Su gesto recuerda el del pensamiento crítico: sospechar de las apariencias e interrogarlas hasta hacerles confesar la verdad. Desmitificación contra Poética. ¿Se podría hablar de una tensión, en el seno del pensamiento crítico, entre el discurso que contrapone los hechos a los mitos (representado aquí por Lewis) y otro discurso que busca más bien redefinir y redescribir (poéticamente) los datos de la realidad (Lawrence)?
WM4. Exactamente. El encuentro -del todo imaginario- entre Lewis y Lawrence en Estrella del Alba es precisamente esto. El personaje de Lewis encarna un cierto tipo de críticos que consideran a Lawrence un fanfarrón y un mitómano. Y en efecto, Lawrence fue tanto mitómano como mitopoeta, por lo que solo uniendo todos los puntos de vista es posible comprender algo de su personaje. Lewis representa evidentemente el enfoque racionalista y demistificador de los mitos. Pero al final lo único que sucederá es que acaba rindiéndose a la evidencia de que una parte de sí mismo no es racional, de que existe el inconsciente y la felicidad pasa también a través de la aceptación de sí, de los propios puntos débiles. Y sobre todo, que la imaginación y la fantasía nos ayudan a vivir.
Tolkien, Graves y Lewis, huyendo del horror de las trincheras, encontrarían salida finalmente en la fantasía (en el caso de Graves en la mitología clásica). En más de una ocasión se les acusaría por ello de escapismo, de huida de la realidad. Ursula K. Le Guin habla de la “profunda desconfianza puritana por la fantasía de quienes confunden la fantasía, que en sentido psicológico es una facultad universal y esencial de la mente humana, con el infantilismo y la regresión patológica”. Y Tolkien, en su ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, responde a esta cuestión de la Evasión y el Consuelo con estas reflexiones: “He alegado que la Evasión es una de las principales funciones de los cuentos de hadas y, puesto que no los desapruebo, está claro que no acepto el tono peyorativo o condescendiente con el que tan a menudo se emplea hoy en día el término Evasión… ¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión, intenta fugarse y regresar a casa? Y en caso de no lograrlo, ¿por qué ha de despreciársela si piensa y habla de otros temas que no sean carceleros y rejas? El mundo exterior no ha dejado de ser real porque el prisionero no pueda verlo. Los críticos han elegido una palabra inapropiada cuando utilizan el término Evasión de la forma en que lo hacen; y lo que es peor, están confundiendo… la Evasión del prisionero con la huida del desertor”. ¿Qué opinión te merece este rechazo de la fantasía como evasión e infantilismo, aún muy presente en los ámbitos “críticos”? ¿En qué puntos se cruzan los caminos de escritura que tomaron los cuatro autores protagonistas de Estrella del alba?
WM4. Las palabras de Tolkien en su famoso ensayo están entre las más eficaces que se han escrito sobre este tema. Evadirse no significa desertar. Imaginar un mundo fantástico no significa rechazar el mundo real en el que se vive, sino que por el contrario bien podría ser la actitud necesaria para intentar cambiarlo de arriba a abajo. Criticar el ejercicio de la fantasía en literatura no tiene más sentido que criticar el uso de las piernas para caminar. Fantasear forma parte de la naturaleza humana, y si nadie lo hubiera hecho nunca probablemente viviríamos aún en los árboles. Añado que conservar un poco de la sana maravilla infantil ante una buena historia es una cualidad que pocos autores tienen.
Lo que es seguro es que los cuatro autores protagonistas de Estrella del alba la tenían. Si creían en el poder de las historias quizá fuera también por esta razón. Creían que las historias podrían servir para hacer cosas. Y en ciertos casos hasta para hacer que se hagan las cosas justas.
15M:Cuando las cabezas no saben qué hacer, hay que recurrir a los cuerpos. (Gandalf)
Todo empezó la semana pasada, el mismo día que el 15M celebraba su primer aniversario. De buenas a primeras, un grupo variado de hobbits indignados abandonamos el campamento de plaza Cataluña -llámale Hobbitón si quieres-, y nos dirigimos hacia Mordor, las dos torres negras de La Caixa situadas en la avenida Diagonal de Barcelona. La travesía por la Tierra media de la clase media, fue larga y ardua, no pocos peligros nos asaltaron.
Lo primero que hicimos al llegar a las puertas de Mordor, fue organizar un juicio; un juicio popular contra la banca. Se le acusaba de estafar a la gente corriente, hobbits de a pie, como tú y como yo, de expulsarles de sus casas, de dejarles sin trabajo y sin futuro. Varios fueron los testimonios presentados: un jubilado que sufre corralito, un estudiante de la universidad pública que para seguir estudiando ha pedido un crédito, cuatro miembros de una familia que desde hace un mes no tienen donde caerse muertos… ¿El veredicto? Culpable. Muy culpable. ¿Y la pena? Cacerolazo a la banca. Ruido día y noche sin cesar, hasta que el ojo del Mal quede definitivamente sellado. ¡Occupy Mordor! Nos quedamos aquí, pues.
16M:El coraje se encuentra en sitios insólitos. (Gandalf)
¿Que cómo es Mordor? Mordor es oscuro, tenebroso, da muy mal rollo. No hay término élfico, en lengua Ent o de los hombres para describir este horror. Estar allí, a los pies de La Caixa, armado tan sólo con una cacerola, no es algo que uno elegiría como fiesta de cumpleaños, te lo aseguro. En esas dos torres habitan las fuerzas del Mal, los agentes financieros que nos han traído esta crisis. Esta estafa. Los hobbits que han dormido aquí aseguran que nunca antes habían habitado lugar tan inhóspito. Toda la noche la han pasado rodeados de Orcos d´Escuadra, vigilados por el ojo incansable de Nazgul, el helicóptero de Sauron.
Con los primeros rayos de sol, a eso de las 8 de la mañana, han llegado refuerzos y avituallamiento: agua y alimentos, sacos de dormir, paraguas y también cacerolas. Eso ha sido lo mejor: las cacerolas, que no han dejado de sonar desde ese momento hasta bien entrada la noche. Toda la mañana, toda la tarde, cientos y cientos de personas haciendo ruido contra la banca.
Hermano, acércate, este sitio empieza a no ser tan terrorífico.
17M:No habrá amanecer para los hombres. (Saruman)
Saurón no se ha quedado de brazos cruzados, claro, ¿cómo iba a tolerar que un puñado de hobbits, seres insignificantes, acampásemos a nuestras anchas en pleno corazón de Mordor? Hoy, a eso de las cinco de la madrugada, en el momento más oscuro de la noche, los Orcos d´Escuadra han desmontado el campamento.
No ha habido detenidos. Frodo, Sam, todos seguimos aquí; y las cacerolas siguen sonando más fuerte que nunca, y también las farolas, los semáforos, las barandillas…, por arte de magia todo metal es ahora ruido, «la fuerza del metal», dice Aragorn.
Aparecen las primeras pancartas: «Ladrones», «Culpables», «Rescatad a las personas y no a los bancos». La comunidad de la cacerola lejos de verse debilitada por el desalojo, se ha multiplicado por dos. Son las ocho de la tarde, formamos un corrillo y empieza la asamblea, nuestro concilio particular. Miro a mi alrededor y estamos todos: hobbits, elfos, parados, estudiantes, ents, jubilados, trabajadores precarios, todos.
Me pregunto cómo acabará esto. A saber. «Ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos», me dijo una vez Gandalf.
18M:Donde la vista falla, la tierra puede traernos algún rumor. (Aragorn)
Nos despertamos con el sonido mortecino de un Smartphone. Ring, ring, riiiing… Línea directa con el infierno. A cada tono el suelo tiembla bajo nuestros pies. Alguien descuelga por fin:
-¿Quién es? -Soy Saurón en cuerpo y sin alma.
Esto pinta mal, hermano, pero que muy mal.
-Escúchame bien, no lo pienso repetir dos veces. Todo aquél que publique algo, cualquier cosa, acerca del cacerolazo hobbit, conocerá el poder de Mordor en sus propias carnes. Retiraré mi publicidad de todo medio de comunicación que ose mencionar este suceso, ¿entendido?
¿Qué te pasa? ¿A qué viene esa cara? ¿Acaso creías que señalar a Mordor como responsable de nuestras miserias no iba a traer consecuencias? El poder de Sauron es grande, hermano, muy grande. Más de lo que piensas. CaixaBank es acreedor de unos medios de comunicación cada día más y más endeudados, y ahora ha llegado el momento de utilizar esa baza a su favor. Si alguno de ellos abre la boca, quebrará y nunca más volverá a levantar cabeza. Así de sencillo. ¿Qué harías tú si estuvieras en su pellejo? ¿Te arriesgarías?
Silencio absoluto. Que nadie abra la boca. Los hobbits y su cacerolas no existen.
Pero, sin embargo, todo el mundo nos ve. Los habitantes de Facebook, los de Twitter, y los miles y miles de coches que pasan por la Diagonal cada día.
Por la noche, durante el concilio, un elfo alto y rubio tiene una idea genial: «No cortemos el tráfico. Dejemos circular a los coches. Cuantos más coches pasen, más gente sabrá lo que aquí está sucediendo. Convirtámoslos en nuestro medio de comunicación.».
Dicho y hecho. ¡Qué listos son los Elfos!
19M:No todo lo que es oro reluce, ni toda la gente errante anda perdida. (Aragorn)
«Si a ti también te roban, toca el pito», esa pancarta fue lo primero que vi al día siguiente, y lo segundo, cientos de coches pitando sin parar. Si el ruido de las cacerolas era estrepitoso, las cacerolas más los pitidos, ni te cuento. Te juro que por un momento pensé que se iban a derrumbar todos los paraísos fiscales del mundo. Clank-clank-clank. Piii-piii-piii. ¡Tiembla Mordor, tiembla!
Por si fuera poco, el jefe de prensa de Artur Mas (un orco de los de antes) había enviado un tweet en el que tildaba de Fill de puta a todos los hobbits que andaban manifestándose a los pies de Mordor. Pocos minutos después borró el mensaje de su cuenta, pero ya era demasiado tarde, todos lo habíamos leído. Te puedes imaginar la reacción: los pitidos se multiplicaron por cien. Mordor se convirtió en un auténtico Pitódromo, ¡Piii-Piii-Piii-Piiiiiiiiiiii…!
A La Caixa le traen sin cuidado Mas y sus orcos, para ella son sólo criaturas que sirven como soldados, poco más. Lo que a la Caixa le mantenía intranquila de verdad, es algo que por entonces los hobbits todavía desconocíamos. En apenas tres días, el martes 22 de mayo, se iba a celebrar en sus torres negras la reunión anual del consejo de administración, un auténtico concilio del Mal, y eso, por supuesto, no podía coincidir con nuestro cacerolazo.
Al enterarme salté de alegría, ¡menudo regalo nos brindaba el enemigo!, y es que como bien dijo Gandarlf: «la magia nunca llega tarde, tampoco temprano. La magia llega cuando llega el momento». Y parecía que nuestro momento estaba a punto de llegar, tan sólo teníamos que aguantar hasta el martes, tres días nada más. Suena fácil, lo sé, pero no te lleves a engaño, todavía faltaba resistir a un domingo entero, y eso siempre causa muchas bajas.
20M:Que las estrellas brillen para ti hasta el final del camino. (Gildor)
Domingo y además nublado. Misión imposible. Cuando salí del metro esperaba ver un grupo muy reducido de hobbits, los más tenaces, y juntos a ellos unos pocos elfos de esos todoterreno, nada más. Pero no fue así. Para mi sorpresa y la de mis compañeros, tras seis días de cacerolazo seguidos, la comunidad de la cacerola se mantenía casi intacta. Además, si antes eran muchos los coches que pitaban a la banca cuando pasaban por Mordor, ahora eran prácticamente todos. Algunos incluso traían preparada la cacerola de casa y al pasar por las torres negras bajaban sus ventanillas y la golpeaban con fuerza, «¡banqueros a la cárcel!».
La prensa continuaba sin decir ni mu y, sin embargo, aquí seguíamos nosotros, más vivos que nunca. «Ya casi lo hemos logrado», me repetía una y otra vez mientras golpeaba mi cacerola con fuerza. El martes está a la vuelta de la esquina y todo el sector de la enseñanaza saldrá a manifestarse por las calles. Está confirmado: guarderías, colegios, institutos y universidad, en huelga contra los recortes. Si conseguimos que vengan hasta Mordor y que hagan ruido con nosotros, tumbaremos estas jodidas torres.
A eso de los nueve, las cacerolas dejaron de sonar. Los pitidos en cambio no cesaron en toda la noche.
21M:¡Mi tesoro! (Golum)
Hoy todo el mundo habla de mañana. Mañana es el gran día. Mañana.
Una hobbit muy simpática se ha fabricado un sello y está imprimiendo #lacaixaesmordor en cientos de billetes. Parece como si ya nadie tuviera miedo de estar aquí, como si nos hubiésemos olvidado de que estamos en Mordor, ese lugar que hace tan sólo una semana tanto nos atemorizaba. El abuelo del corralito cuyo testimonio escuchamos el primer día, sonríe ahora como un niño a punto de comerse su pastel preferido. Y el estudiante endeudado también. Todos sabemos que la batalla por la Tierra Media no ha hecho más que comenzar, y que muchos peligros nos acechan todavía (todos los cuentos buenos vienen siempre cargados de oscuridad y peligro), pero nadie quiere hablar de eso ahora.
Hemos llegado lejos, mucho más lejos de lo que imaginamos cuando echamos a caminar y dejamos atrás la plaza Cataluña. Nos merecemos celebrarlo, eso es lo único que importa hoy.
Un montón de cosas extrañas me esperan en los lindes del bosque capitalista. Cosas buenas y malas, lo sé; algo dentro de mi me llama a descubrirlas, y ya no hay vuelta atrás. A todos los que me han acompañado esta semana en Mordor, les digo lo mismo que Frodo le dijo a Sam al final del camino: «Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas».
22M:Solo atravesando la noche se llega a la mañana. (J.R.R. Tolkien)
Hasta la persona mas pequeña puede cambiar el curso del futuro. Esa es la lección principal del Señor de los Anillos.
¡Vamos!
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Estas dos fotos (1 y 2) son de Bárbara Boyero. En su cuenta de flickr puedes encontrar otras fotos estupendas de las protestas en Mordor.
he leído tus notas sobre el 12-15M, qué bueno que recojas todas esas voces… aunque confirman la sensación de vacío, de falta de fuerzas, de repetición de la jugada en un escenario lastrado por la destrucción imparable de todo lo que conocíamos, esperábamos y sabíamos.
Me impactó mucho el contraste chirriante entre la situación de estar en la calle, en manifestación y en asamblea, mientras las conversaciones con cada una de las personas, amigas, que reencontraba tras tiempo de no verlas, eran una y la misma repetidas: cambios laborales, proyectos de fuga al extranjero, malestar personal, sobrevivencia límite, giro drástico en las expectativas… Conversaciones en primera persona en un escenario (¿sólo un escenario?) colectivo. Conversaciones de sobrevivencia individual en un escenario de lucha (¿lucha?) colectiva. Las conversaciones que se repiten antes y después de los días de mayo (ya no se puede hablar de otra cosa) no se interrumpieron durante las jornadas de lucha. Este año no fueron una interrupción, no estaba empezando nada. Viví el 12M con mucha angustia.
Fue definitivo bajar a la plaza, al día siguiente, con una mesita de camping y los Pressentiments. Nos plantamos allí, con las palabras y pensamientos que habíamos estado cocinando todo este invierno, impresas, como puñetazos sobre la mesa, como regalos para tantos silencios ya cansados de decir una y otra vez la misma cosa. La mesita llena de papeles invitaba al acercamiento. Tímido, porque no se entendía bien de qué iba el juego: ni comisión, ni plataforma, ni asamblea, ni iniciativa legislativa, ni reivindicación. ¿Quién sois? nos preguntaban. ¿Qué son estos papeles? Y ante la imposibilidad de responder con palabras reconocibles, se iniciaban conversaciones nuevas, insólitas. La mesita de los pressentiments abría un agujerito para conversaciones no expertas, allí no se podía preguntar ¿qué hay que hacer? ¿dónde me apunto? ¿cómo saber más sobre la renta básica o sobre la ley hipotecaria? Nada. En estos agujeros aparece lo mejor y lo peor. Nos dimos cuenta de que por la plaza circulaban seres muy dispares y extremos: un joseantoniano que quería pegar fuego a los bancos y ahorcar a los banqueros, una sindicalista airada contra todos esos jóvenes que no quieren trabajar, un funcionario con una carpeta llena de datos de corrupción, sin saber qué hacer con ella, viejos militantes barriales al borde de las lágrimas, ahogados en la impotencia de verse ahí, haciendo nada… pero también muchos hombres, mujeres, jóvenes anónimos, que se encogían de hombros en silencio y nos daban las gracias. Agradecimiento impotente, proximidad efímera, miradas cómplices que se pierden en lo irresoluble de cada drama personal. Estábamos en uno de los bordes de la plaza. Las asambleas se hacían y deshacían por todas partes. Algunas, enormes, llegaban a engullirnos. Desde esa posición, la escucha se volvió más interesante. No sé muy bien porqué. La mesita nos daba un lugar en esa galaxia en dispersión.
Ofrecernos lugares: quizá de eso se trata. Mesitas que nos sirvan de balsa para lanzarnos al agua sin que nos ahogue la marea. O eso, o huir como ratas del barco, ya. Tonto quien corra el último… Esta misma semana, durante los días de mayo, he despedido a algunos amigos. Se marchan, muchos ya se han marchado, otros lo están planeando o deseando. Siento que hacen bien. Pero me invade una tremenda tristeza. No son ratas. Quieren vivir y no pueden. Huyen del conformismo, de la mediocridad, de los hombros encogidos, de la miseria material y mental que nos está carcomiendo. Por primera vez en mi vida he empezado a calcular mi futuro, el mío y el de mis hijos. Por primera vez en mi vida, conversación a conversación, despedida a despedida, he sentido miedo. Y me ha dado asco, sentir miedo y calcular. Pero junto a todo eso he experimentado algo muy bueno: la franqueza. Ya no hay motos que vender, ya no hay “poses” que tomar, ya no hay oportunidades que aprovechar. ¿Para qué seguir fingiendo que nos van tan bien las cosas? ¿Para qué seguir diciendo que tenemos mil proyectos en marcha? Últimamente siento que la gente dice la verdad y que yo puedo decirla también. En medio de la gran mentira, alimentada cada día en ruedas de prensa y artículos de opinión, unos y otros nos decimos la verdad. ¿No es algo muy bueno? Yo lo siento así. Tienen que empezar a pasar cosas.
La manifestación. Masiva, diversa, creativa. Gozo de la potencia de ser muchos y de interrumpir la normalidad de la ciudad. Un acto de valentía (individual y colectivo) frente a la estrategia del miedo que asocia constantemente la protesta con imágenes de despliegues policiales de ciencia-ficción, represión, detenidos, humillaciones. De nuevo lo que alguien llamó “democracia semiótica”: cada cual lleva algo a la manifestación, no se limita a ir en blanco esperando a que se lo den todo hecho (bandera, consigna, pancarta). El 99% en movimiento. No en el sentido cuantitativo o literal, sino en el de la apertura a cualquiera y el rechazo de la exclusión (sólo incluir a los que pasen el filtro de tal o cual criterio identitario o ideológico). Un año después, el nombre 15M sigue interpelando a muchos y distintos: no se ha conseguido encajonarlo en una posición (extrema izquierda, anti-sistema, etc.).
Repetición. “Nos pesa la plaza”, me dice Patri. Llevo tres días pensando esta sensación compartida: nos alegra el reencuentro, pero también circula el desasosiego y la pregunta “¿y ahora qué?” La plaza nos pesa cuando se impone como modelo a repetir. Entonces nos medimos y comparamos con el año pasado y el efecto es de frustración: “ya no somos lo que éramos”. Menos gente, menos electricidad, menos innovación, menos interrupción de la normalidad y el estado de cosas. Aferrados a una imagen mítica de potencia, nos volvemos incapaces de trabajar partiendo de lo que hay (y no de lo que debiera haber o quisiéramos que hubiera).
Saltamontes. Pepe nos cuenta: “a una amiga le asustan los saltamontes porque dice que no sabe cuándo van a saltar. Somos el saltamontes”. El saltamontes no salta cuando queremos que salte, sino cuando lo necesita.
Re-evolución. Sara escribe: “Alzo mi voz, sí, grito, protesto, me quedo, no tengo miedo. Creo en una vida diferente. Pero todo eso ya lo he ganado. Ahora tengo que dar otro paso. Ahora tenemos que seguir caminando. Hay que hacer la revolución dentro de la revolución. Esa es la única forma de evolucionar. Tenemos que pensar, tenemos que seguir pensando”.
El clima y la organización. El clima 15M -toda la gente que se siente parte del 15-M pero no participa en la organización 15M de comisiones y asambleas- no tenía mucho que hacer en la plaza. Yo el primero. Deambulamos. Álvaro lleva tres días con el megáfono metido en la mochila: es la peor señal. El año pasado había un gran vacío y hubo que inventarlo todo: metodologías, lenguajes, organización. El campamento requería y activaba todos los saberes. Cada cual encontraba o inventaba muy fácilmente la manera de aportar desde lo que sabía y quería. Este año no hay vacío, sino un simulacro de “lleno” (la organización 15-M). Muchos nos convertimos en espectadores de lo que otros hacen. Miramos el 15-M. No sabemos ni nos atrevemos a desbordar. Desbordar el 15-M como un traje ya hecho.
Traje o yo-traje. Guillermo explicaba antes del 12-15M: “La frase ‘Somos el 99%’ tiene, para mí, un sentido muy claro. No es suficiente. No somos suficientes. ¿Cómo hacemos para ser todos? ¿Cómo hacemos para estar todos? La idea del movimiento terminado es claramente insuficiente para abordar este problema. Si la respuesta del movimiento es ’99%, éste es el traje que debes ponerte, apáñate como puedas’, tendremos un problema”.
El día de la marmota. Álvaro escribe: “La energía permanece, intacta en intensidad, variable en direcciones. Nosotros también. Quizás creímos que lo nuestro eran las reglas del primer juego que inventamos y que se llamaban asamblea, grupo de trabajo, etc. Los niños cambian de juego y de reglas cada vez que se sientan, alguien debería recordárnoslo. Las reglas no son el juego ni el signo. El signo somos nosotros, un nosotros sin contorno, una frecuencia que sintonizar. Probablemente aún no estamos sabiendo nombrarnos. ¿Jugamos?”
Menos asambleas y más laboratorios.
Salir de Hobbiton. El cartel que convoca a la acción #occupymordor de ocupación de las oficinas de La Caixa en Barcelona dice: “el 99% no cabe en la plaza”.
Amar el amor. Fidelidad no es seguir ni continuar, sino recrear, inventar, traducir. Incluso “traicionando” las formas antiguas: “traductor, traidor”. ¡Qué difícil es traicionarse! Nos enamoramos demasiado de nosotros mismos. El amor al 15-M no puede ser amor a las palabras, los gestos, los lugares o las personas del 15-M, sino amor a una posibilidad abierta el 15 de mayo pasado: reinventar la vida, el mundo y qué significa luchar hoy. Con cualquiera que quiera hacerlo, de cualquier modo que valga y en cualquier sitio oportuno.
No qué hacer, sino cómo hacer. Leo escribe esto en su muro de Facebook: “Si alguien hace el esfuerzo de acudir a una plaza ocupada, si deja a sus niños a cargo de alguien, si se escapa del curro o para de buscar curro por un rato, ya sabe porqué lo está haciendo, no hace falta que nadie se lo explique. Basta de discursos públicos acerca de lo mal que está todo y lo bien que podría llegar a estar. Lo que necesitamos ahora, después de un año de lucha, no es más información (eso lo encontramos a diario a aquí, en los muros de Facebook y en Twitter), lo que necesitamos es parar los rescates bancarios y los recortes sociales. Dejar de ser mercancías de banqueros y políticos. Y lo necesitamos con urgencia. ¡Que sólo tome la palabra en la plaza aquél o aquella que tenga algo que proponer! La gente acudimos a las plazas porque estamos indignados y queremos hacer cosas contra la crisis. Queremos involucrarnos en acciones que paren esta locura, modos de intervención concretos que puedan modificar el rumbo de los acontecimientos. También queremos enterarnos de nuevas convocatorias y cosas por el estilo. Todo lo que no responda a esta necesidad, significa restar potencia. Freno. Y las cosas no están como para frenar”.
Sin modelo. Marga dice: “hay que aprender a experimentar sin modelo”. Y pone el ejemplo de la acción en Bankia, donde había varios modos de incluirse: los que iban a cerrar la cuenta, los que iban a amenazar con cerrarla si el banco no modifica su política con las personas desahuciadas, las personas pendientes de desahucio que iban a pedir la dación en pago, los que iban a apoyar. No un modelo único, sino varias vías de implicación. Acciones seguramente contradictorias desde el punto de vista de la pureza, pero más inclusivas. Pensando en el 99% y no sólo en “estos” o “aquellos” (los anticapitalistas, etc.). Lo que Santi llama “una política paradójica”. Estrategia doble o triple: denuncia y construcción, resistencia y creación, objetivos comunes y dispersión. Asumir nuestra ambivalencia: queremos que todo se hunda y al mismo tiempo no lo queremos en absoluto. Asumir las contradicciones, los cansancios, las dudas y los miedos. Una política que se haga cargo de la vida. Una política no (sólo) militante.
Estrategia. Más de Marga: “tenemos que aprender a habitar un movimiento gobernado por la incertidumbre”. El capitalismo improvisa, nosotros también. Es lo que hay. Pero hemos heredado imágenes de estrategia propias de un tiempo de estabilidad: evaluación de la relación de fuerzas, cálculo medios-fines, elaboración de una continuidad de las operaciones, valor central de la acumulación. Esa racionalidad económico-guerrera entra en bancarrota en tiempos de inestabilidad y dispersión. Aprender a habitar un movimiento de incertidumbre significa abandonar el fantasma del control y el Plan Maestro. Aprender a aportar lo que podamos (saberes, infraestructuras, herramientas) a un espacio indeterminado sin pretender dominar los usos y efectos. Proponer sin pretender dirigir. Que se abran mil flores y no sólo una.
Hay una fórmula que se aplica a la monarquía en Inglaterra: “reina pero no gobierna”. Lo mismo le pasa ahora a la Cultura de la Transición (CT): aún reina pero ya no gobierna. Es decir, ya no manda en nuestra cabeza: no vemos con sus ojos, ni hablamos con su boca, ni escuchamos con sus oídos. Mientras monologa en la televisión y los periódicos, nosotros conversamos en la Red y las calles.
La CT se presentó siempre como la única alternativa posible al desastre: golpe militar, poder de la Iglesia, ETA. Pero cada vez la percibimos menos como protección de nada y más como una amenaza a todo. Recorta, precariza y privatiza la misma posibilidad de futuro. La política del PP no es una anomalía en la CT, sino el extremo de la misma cadena. Los “demócratas de toda la vida” que se horrorizan ante el desmontaje de los restos del Estado del Bienestar son bienvenidos, pero llegan tarde y mal. Porque lo que permite al PP hacer lo que está haciendo es la subordinación de la política a las necesidades cambiantes de la economía global y la criminalización y el ninguneo de toda posición crítica. Es decir, la CT.
Por todo eso me sorprende tanto la pregunta constante por los logros del 15-M. Están a la vista y son determinantes. El clima 15-M ha logrado reabrir masivamente la pregunta política por excelencia: ¿cómo queremos vivir juntos? Es decir, cómo queremos gobernarnos, educarnos, curarnos, repartir la riqueza, etc. Una pregunta que la Cultura de la Transición ha mantenido cerrada durante décadas. “No hay pregunta, porque ya tenemos la respuesta”, nos decía. Representación, expertos, sistema de partidos y neoliberalismo.
La CT no nos enseñó a hacer preguntas. Nos enseñó a escuchar a los mayores con miedo, a repetir y conformarnos con lo que decían las voces autorizadas que aparecían en televisión: “esto es lo que hay”. La CT ha tratado de desactivar la cultura como interrogación crítica y autónoma sobre la sociedad. Nos decía quién podía hablar y de qué podía hablarse. Privatizaba la realidad. Hemos tenido que aprender a hacer preguntas por nuestra cuenta y de espaldas a la cultura oficial, en espacios de sombra. Durante años parecía que era cosa de locos, de marginales o antisistema. Pero hoy la realidad se cae a pedazos, las preguntas sobre la vida nos estallan en la cara a todos, casi me atrevería a decir que cualquiera está obligado a pensar críticamente. El 15-M pusimos juntos nuestras preguntas en el centro de todas las ciudades y de todos los debates. De golpe los consensos de la CT se vaciaron de sentido al grito de “lo llaman democracia y no lo es” y “no nos representan”.
La CT es hoy una cultura completamente desconectada de la realidad: está de cacería permanente en Botsuana. Gira en torno a sí misma, se ha vuelto loca. Política de tierra quemada y paracaídas de oro. Ignora, desprecia y teme a la gente. La realidad que aún logra configurar tiene cada vez menos legitimidad. Por eso la estrategia del miedo: meter en el cuerpo y la mente social todo el miedo posible, que aceptemos la CT como mal menor y único poder de salvación. Pero hay que leer también la estrategia del miedo como una señal de debilidad: ya no se obtiene nuestra adhesión por otros medios.
La CT nos lleva directos al desastre de la devastación económica, social, ecológica y la guerra de todos contra todos. Vaciar la CT y reabrir la pregunta política por la vida en común es lo mismo: nuestra única posibilidad de autorizar el futuro. Para todos.
Mi contribución al número extraordinario en papel de MásPúblico, editado de manera autogestionada por los propios ex trabajadores, que se distribuirá de forma gratuita este fin de semana con motivo del primer aniversario del 15-M.
Según el filósofo Alain Badiou, el amor es del orden del acontecimiento: una ruptura en la normalidad que propone una nueva manera de estar en el mundo. Es un regalo maravilloso, pero también inquietante. Porque no sabemos muy bien de qué se trata, qué nos pasa, adónde nos lleva. Es necesaria en primer lugar una apertura: dejarlo entrar. No es fácil. No podemos escoger del otro lo que nos encaja y abandonar el resto. Es todo o nada. Se pone en cuestión nuestro yo soberano: calculador, egoísta, autosuficiente. Sin generosidad y confianza no hay amor.
Pero el hecho de que el amor nos elija a nosotros, y no nosotros al amor, no significa pasividad. Somos arrebatados en las circunstancias más inesperadas (“love is an accident”), pero la recepción es una posición activa. Implica una invención. El éxtasis del encuentro no basta, no se trata de fusión. Hay que construir una relación en el elemento de la diferencia (ya no de la identidad). Es lo que Badiou llama “fidelidad”, un proceso puntuado por algunas pruebas (el sexo, los hijos, la casa, las vacaciones, etc.) que nos exigen actualizar el amor una y otra vez: volver a declararlo.
El 15-M nos hicimos entre todos un regalo parecido: la posibilidad de reinventar nuestro modo de ser y estar en el mundo. Maravillosa y también inquietante, porque nos requería cantidades desacostumbradas de generosidad con la diferencia y confianza en el otro desconocido. Las plazas eran lugares demasiado incomprensibles, demasiado extraños, ¿dónde están los líderes, los intelectuales, el programa, la organización? Hubo gente que se marchó disgustada porque había mucho de esto y poco de aquello. Como si pudiésemos diseñar los acontecimientos a nuestro gusto, con final feliz asegurado.
Ahora nos queda lo más difícil: construir una relación. Un proceso de fidelidad. Badiou explica que la fidelidad tiene dos enemigos fundamentales: renuncia y repetición. Volver a lo fácil: líderes que nos dirijan, intelectuales que nos piensen, organizaciones que nos organicen, programas que nos programen. Y volver a lo mismo: repetir sin más los gestos y las palabras de la primera vez.
Fidelidad no es seguir o continuar, sino más bien recrear, reinventar, traducir. Incluso traicionando las antiguas formas: “traductor, traidor”. Aceptar las pruebas de la realidad y actualizar una y otra vez el espíritu de las plazas: activación de la gente cualquiera (no sólo los especialistas de la política) para hacerse cargo en común de lo común (no sólo pedir o demandar) produciendo nueva realidad (no sólo criticando la que hay). Volver a declararnos.
El día antes del día 1 de mayo volvimos a comprar unas cartulinas de colores para hacer carteles, valen menos de 1 dólar cada una y las compramos en la pharmacy del barrio. Hacer esos carteles y unos “flyers” se había convertido en nuestra única obsesión: volver a hacer la lista de slogans, de la que siempre se caen la mayoría, escribir las letras primero con lápiz, después repasarlas con pintura negra, y ponerlas a secar en el suelo de la casa, en exposición. Un documento de Word con un corta y pega: la República del 99%, hoy nos mudamos. Fotocopias, también en la pharmacy, son más baratas.
Las redes ardían con planes, preparativos y llamadas, era tarde por la noche, todavía no habíamos conseguido ponernos de acuerdo, llegaríamos tarde mañana al gran día, a la resurrección de Occupy y de los movimientos. Estábamos cansados. Los main-stream media ya anunciaban el “fracaso” antes de empezar, nosotros nos refugiábamos de nuestras expectativas pintando otro cartel: “¿Quién cuida a los que cuidan?”. Nos acordamos del año pasado, cuando en Madrid hicimos producción de carteles en cadena para el 19 de Junio, en la mesa del comedor familiar, tres generaciones repasando letras y poniéndoles palitos a las pancartas (“Menos chorizo y más chuches”). Por teléfono la otra familia proponía también frases para las pancartas (“No hay camino, pero andamos”). Nos acordamos, siempre, de tu madre, que murió justo antes del 15-M, pronto va a hacer un año. Somos un taller de manualidades.
Llegamos tan tarde al 1 de mayo, que llegó él antes de que pudiéramos salir de casa: tambores que venían de Bushwick y cruzaban el puente de Williamsburg, un día de lluvia en el que los madrugadores ya se habían levantado para ir a las acciones, “no permitidas” (sin permiso del gobierno de la ciudad), los “piquetes del 99%”. En Midtown, imagino las clásicas escenas de gente joven gritando delante del Bank of America, rodeados de al menos unos 30 policías (hartos y cansados) para cada uno. Esta vez ni siquiera he buscado las imágenes de “lo que me he perdido” (Mentira: finalmente sí he visto algunas de esas imágenes y esos vídeos: los piquetes del 99% fueron gente juntándose para ayudarse ante abusos muy concretos de sus jefes: diciéndoles a la cara lo que hacen -explotar, echar a la gente a la calle, aprovecharse de los inmigrantes indocumentados. Tenían muy claro a quién y qué estaban desafiando). Ese fue el principio del día, muy parecido al final: lo que más registraron los medios, lo que mejor se entiende y lo que más se repite. Detenidos, carreras, calles cortadas.
Pero en medio de las carreras de la mañana y las carreras de la noche hubo un día que tuvo momentos de otro tipo. Volver a estar mucho, pero mucho rato (mientras todo está sucediendo y otra vez nos lo estamos perdiendo) obsesionados con hacer carteles y ahora además haciendo carteles con todos los amigos en la plaza (en dos plazas), cruzando absurdamente oleadas de gente para llegar a que nos presten una grapadora, insistiendo en que cada uno se haga el suyo, que elija su eslogan y lo pinte y se manche los dedos de pintura negra. Haber llegado a la plaza sin tener ni idea de qué palos les íbamos a poner a los malditos carteles y que aparezca este amigo tan simpático con una bolsa llena de palos para carteles, bolsa que ha traído porque se imaginaba que alguien los necesitaría. Le duele el brazo de llevar la bolsa, luego le veré varias veces en la manifestación (de 30.000 a 50.000 personas pero te encuentras con la gente no una, sino varias veces) repartiendo periódicos, al grito de “La Indignación, La Indignación”.
Pero sigo: ir de una plaza a otra a destiempo, cruzarse por el camino, perderse, llegar otra vez cuando ya todo se está acabando, asistir a la “Free University” que llena el parque de Madison sin en realidad llegar a poder escuchar ninguna de las “clases” porque estábamos pintando ¡más carteles! (ahora nos dolían a nosotros los brazos de cargar con los palos – había muchos más de los que necesitábamos). Sacar los flyers de la mochila y que la gente te los pida porque estás junto a un cartel amarillo fosforito que dice “Reinvent everything” y junto a la versión uruguaya del cartel que dice “Reinventá todo” (aunque casi no han cabido las letras). Que el flyer invite a “actuar como si la República del 99% fuese una realidad”. Que se acaben las copias.
Que el sol salga y cambie completamente el día, ni rastro de lluvia. Hablar español todo el rato, hasta con quienes no lo entienden. Empezar a ver que hoy sí, que hoy sí que está la ciudad aquí, no sólo los activistas, empezar a notar la electricidad, la presencia de esa cosa tan rara, que muy pocas veces aparece: la gente.
Ya en Union Square, lo más parecido a una plaza-plaza que hay en Nueva York.
(Me aparto un momento del grupo, hablo por teléfono con una periodista intentando ser muy amable pero no contestar a una sola de sus preguntas, y empiezo a escuchar gritos en el parque, no son gritos es como una especie de estampida, pero alegre esta vez, veo a gente corriendo como corren los niños en el patio de recreo, con mucho espacio por delante: la ciudad es grande).
Pausa para respirar: comemos frutos secos, comemos un sándwich que (¡horror!) compramos en un deli porque no hemos encontrado la comida de la People’s Kitchen, la comida del movimiento, que seguro que estaba por ahí, en alguna parte (vi otros momentos de “mutual aid” como cortes de pelo gratis –¿el pelo cortado se quedó en el suelo de la plaza?). Incumplimos nuestro deber de huelguistas, y somos debidamente regañados por nuestra amiga. Porque a todo esto, la idea de la huelga planea vagamente sobre el día, una huelga molecular donde las haya. ¿Molecular? Aquí todo el mundo curra. Precariedad es un concepto desconocido, cuando llegué aquí hace 10 años no había (supuestamente) crisis ninguna y ya todo el mundo estaba conforme con que los jóvenes trabajen sin cobrar. Porque la ciudad nunca duerme y menos un martes cualquiera en esta ciudad que son muchas ciudades. Pensándolo, yo creo que el momento más huelguístico fue probablemente ese que me contaste, cuando cruzaste la mirada con un policía y te dijo con los ojos que ojalá pudiera estar con vosotros, en vez de estar aquí, como un pringao.
Íbamos en la manifestación bailando con la marching band, andando y bailando a la vez, bailando despacio, porque la banda se paraba todo el rato. Viendo la ciudad desde el centro de las avenidas, desde el centro de Broadway, como cuando cruzas un paso de cebra en un día normal y por un momento giras la vista hacia el lado para ver la perspectiva, impresionante. Perspectiva ahora todo el rato, centro de la calle, banda, carteles ya en sus palitos, sol en la cara, atardecer sobre el 99%…
¡Todo eso no costaba ni un duro (¿centavo?)! “Nuestra venganza es ser felices”.
De pronto han pasado tres horas de manifestación, estamos en Wall Street y se acabó la diversión. Policías blancos, azules, a caballo, en coches, furgonetas, helicópteros. Silencio. Se acabo lo “permitido”. Seguimos, ya de noche, a ver qué pasa. Una asamblea enorme: ¿1000, 2000 personas? en un espacio-parque o lo que sea, el Vietnam Veteran’s Memorial que está (ja!) justo al lado de Standard & Poor’s. Tiene una especie de anfiteatro hecho a medida para la asamblea. Abierto al mar. Fue uno de los candidatos a ser Zuccoti en Septiembre, ahora hubiera sido perfecto.
Pero la policía desaloja, nosotros ya no estamos allí, tenemos miedo a que nos detengan. Y de todas maneras, ¿otro campamento? ¿Tirar el ancla ahí, otra vez tener que “defender el espacio”? De vuelta nos encontramos con unos amigos en una terraza (parece España). Unos “one percenters” (unos “de Wall Street”) les están invitando a beber, porque dicen que les apoyan pero que la vida les ha llevado por ese camino y que no pueden unirse a ellos. Lo que no entiendo es porque tienen que estar todos (unos y otros) tan metidos en su papel. ¿No hacíamos hoy huelga? Todo vuelve a la normalidad: activistas corriendo y policías detrás, golpes, fotos, espectáculo. A casa.
Y como siempre, no he contado lo que quería contar porque no sé cómo hacerlo. Los tiempos muertos. Lo que no pasó. Lo que no entendí. Pero también lo que entendí sin entender, lo que intuí, las versiones, los malentendidos. El ruido de las redes, amigo pero también infernal. Si tuviéramos tiempo para hablar de otra manera, otro tempo.
Dejamos el cartel allí, por lo menos de pie, para que se viera.
Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) va y viene entre el pensamiento crítico y la acción política, buscando siempre su encuentro. Es editor de Acuarela Libros (acuarelalibros.blogspot.com), ha dirigido durante años la revista Archipiélago y ha participado activamente en diferentes movimientos colectivos y de base en Madrid (estudiantil, antiglobalización, copyleft, "no a la guerra", V de Vivienda, 15-M). Es autor de “Filosofía y acción” (Editorial Límite, 1999), co-autor de "Red Ciudadana tras el 11-M; cuando el sufrimiento no impide pensar ni actuar" (Acuarela Libros, 2008) y coordinador de "Con y contra el cine; en torno a Mayo del 68" (UNIA, 2008). Actualmente, emite semanalmente desde Radio Círculo el programa "Una línea sobre el mar", dedicado a la filosofía de garaje. Contacto: amador@sindominio.net