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Una semana en Mordor

22 may 2012
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por Leónidas Martín Saura

 

15M: Cuando las cabezas no saben qué hacer, hay que recurrir a los cuerpos. (Gandalf)

Todo empezó la semana pasada, el mismo día que el 15M celebraba su primer aniversario. De buenas a primeras, un grupo variado de hobbits indignados abandonamos el campamento de plaza Cataluña -llámale Hobbitón si quieres-, y nos dirigimos hacia Mordor, las dos torres negras de La Caixa situadas en la avenida Diagonal de Barcelona. La travesía por la Tierra media de la clase media, fue larga y ardua, no pocos peligros nos asaltaron.
Lo primero que hicimos al llegar a las puertas de Mordor, fue organizar un juicio; un juicio popular contra la banca. Se le acusaba de estafar a la gente corriente, hobbits de a pie, como tú y como yo, de expulsarles de sus casas, de dejarles sin trabajo y sin futuro. Varios fueron los testimonios presentados: un jubilado que sufre corralito, un estudiante de la universidad pública que para seguir estudiando ha pedido un crédito, cuatro miembros de una familia que desde hace un mes no tienen donde caerse muertos… ¿El veredicto? Culpable. Muy culpable. ¿Y la pena? Cacerolazo a la banca. Ruido día y noche sin cesar, hasta que el ojo del Mal quede definitivamente sellado. ¡Occupy Mordor! Nos quedamos aquí, pues.

16M: El coraje se encuentra en sitios insólitos. (Gandalf)

¿Que cómo es Mordor? Mordor es oscuro, tenebroso, da muy mal rollo. No hay término élfico, en lengua Ent o de los hombres para describir este horror. Estar allí, a los pies de La Caixa, armado tan sólo con una cacerola, no es algo que uno elegiría como fiesta de cumpleaños, te lo aseguro. En esas dos torres habitan las fuerzas del Mal, los agentes financieros que nos han traído esta crisis. Esta estafa. Los hobbits que han dormido aquí aseguran que nunca antes habían habitado lugar tan inhóspito. Toda la noche la han pasado rodeados de Orcos d´Escuadra, vigilados por el ojo incansable de Nazgul, el helicóptero de Sauron.
Con los primeros rayos de sol, a eso de las 8 de la mañana, han llegado refuerzos y avituallamiento: agua y alimentos, sacos de dormir, paraguas y también cacerolas. Eso ha sido lo mejor: las cacerolas, que no han dejado de sonar desde ese momento hasta bien entrada la noche. Toda la mañana, toda la tarde, cientos y cientos de personas haciendo ruido contra la banca.
Hermano, acércate, este sitio empieza a no ser tan terrorífico.

17M: No habrá amanecer para los hombres. (Saruman)

Saurón no se ha quedado de brazos cruzados, claro, ¿cómo iba a tolerar que un puñado de hobbits, seres insignificantes, acampásemos a nuestras anchas en pleno corazón de Mordor? Hoy, a eso de las cinco de la madrugada, en el momento más oscuro de la noche, los Orcos d´Escuadra han desmontado el campamento.
No ha habido detenidos. Frodo, Sam, todos seguimos aquí; y las cacerolas siguen sonando más fuerte que nunca, y también las farolas, los semáforos, las barandillas…, por arte de magia todo metal es ahora ruido, «la fuerza del metal», dice Aragorn.
Aparecen las primeras pancartas: «Ladrones», «Culpables», «Rescatad a las personas y no a los bancos». La comunidad de la cacerola lejos de verse debilitada por el desalojo, se ha multiplicado por dos. Son las ocho de la tarde, formamos un corrillo y empieza la asamblea, nuestro concilio particular. Miro a mi alrededor y estamos todos: hobbits, elfos, parados, estudiantes, ents, jubilados, trabajadores precarios, todos.
Me pregunto cómo acabará esto. A saber. «Ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos», me dijo una vez Gandalf.

18M: Donde la vista falla, la tierra puede traernos algún rumor. (Aragorn)

Nos despertamos con el sonido mortecino de un Smartphone. Ring, ring, riiiing… Línea directa con el infierno. A cada tono el suelo tiembla bajo nuestros pies. Alguien descuelga por fin:

-¿Quién es?
-Soy Saurón en cuerpo y sin alma.

Esto pinta mal, hermano, pero que muy mal.

-Escúchame bien, no lo pienso repetir dos veces. Todo aquél que publique algo, cualquier cosa, acerca del cacerolazo hobbit, conocerá el poder de Mordor en sus propias carnes. Retiraré mi publicidad de todo medio de comunicación que ose mencionar este suceso, ¿entendido?

¿Qué te pasa? ¿A qué viene esa cara? ¿Acaso creías que señalar a Mordor como responsable de nuestras miserias no iba a traer consecuencias? El poder de Sauron es grande, hermano, muy grande. Más de lo que piensas. CaixaBank es acreedor de unos medios de comunicación cada día más y más endeudados, y ahora ha llegado el momento de utilizar esa baza a su favor. Si alguno de ellos abre la boca, quebrará y nunca más volverá a levantar cabeza. Así de sencillo. ¿Qué harías tú si estuvieras en su pellejo? ¿Te arriesgarías?
Silencio absoluto. Que nadie abra la boca. Los hobbits y su cacerolas no existen.
Pero, sin embargo, todo el mundo nos ve. Los habitantes de Facebook, los de Twitter, y los miles y miles de coches que pasan por la Diagonal cada día.
Por la noche, durante el concilio, un elfo alto y rubio tiene una idea genial: «No cortemos el tráfico. Dejemos circular a los coches. Cuantos más coches pasen, más gente sabrá lo que aquí está sucediendo. Convirtámoslos en nuestro medio de comunicación.».
Dicho y hecho. ¡Qué listos son los Elfos!

19M: No todo lo que es oro reluce, ni toda la gente errante anda perdida. (Aragorn)

«Si a ti también te roban, toca el pito», esa pancarta fue lo primero que vi al día siguiente, y lo segundo, cientos de coches pitando sin parar. Si el ruido de las cacerolas era estrepitoso, las cacerolas más los pitidos, ni te cuento. Te juro que por un momento pensé que se iban a derrumbar todos los paraísos fiscales del mundo. Clank-clank-clank. Piii-piii-piii. ¡Tiembla Mordor, tiembla!
Por si fuera poco, el jefe de prensa de Artur Mas (un orco de los de antes) había enviado un tweet en el que tildaba de Fill de puta a todos los hobbits que andaban manifestándose a los pies de Mordor. Pocos minutos después borró el mensaje de su cuenta, pero ya era demasiado tarde, todos lo habíamos leído. Te puedes imaginar la reacción: los pitidos se multiplicaron por cien. Mordor se convirtió en un auténtico Pitódromo, ¡Piii-Piii-Piii-Piiiiiiiiiiii…!
A La Caixa le traen sin cuidado Mas y sus orcos, para ella son sólo criaturas que sirven como soldados, poco más. Lo que a la Caixa le mantenía intranquila de verdad, es algo que por entonces los hobbits todavía desconocíamos. En apenas tres días, el martes 22 de mayo, se iba a celebrar en sus torres negras la reunión anual del consejo de administración, un auténtico concilio del Mal, y eso, por supuesto, no podía coincidir con nuestro cacerolazo.
Al enterarme salté de alegría, ¡menudo regalo nos brindaba el enemigo!, y es que como bien dijo Gandarlf: «la magia nunca llega tarde, tampoco temprano. La magia llega cuando llega el momento». Y parecía que nuestro momento estaba a punto de llegar, tan sólo teníamos que aguantar hasta el martes, tres días nada más. Suena fácil, lo sé, pero no te lleves a engaño, todavía faltaba resistir a un domingo entero, y eso siempre causa muchas bajas.

20M: Que las estrellas brillen para ti hasta el final del camino. (Gildor)

Domingo y además nublado. Misión imposible. Cuando salí del metro esperaba ver un grupo muy reducido de hobbits, los más tenaces, y juntos a ellos unos pocos elfos de esos todoterreno, nada más. Pero no fue así. Para mi sorpresa y la de mis compañeros, tras seis días de cacerolazo seguidos, la comunidad de la cacerola se mantenía casi intacta. Además, si antes eran muchos los coches que pitaban a la banca cuando pasaban por Mordor, ahora eran prácticamente todos. Algunos incluso traían preparada la cacerola de casa y al pasar por las torres negras bajaban sus ventanillas y la golpeaban con fuerza, «¡banqueros a la cárcel!».
La prensa continuaba sin decir ni mu y, sin embargo, aquí seguíamos nosotros, más vivos que nunca. «Ya casi lo hemos logrado», me repetía una y otra vez mientras golpeaba mi cacerola con fuerza. El martes está a la vuelta de la esquina y todo el sector de la enseñanaza saldrá a manifestarse por las calles. Está confirmado: guarderías, colegios, institutos y universidad, en huelga contra los recortes. Si conseguimos que vengan hasta Mordor y que hagan ruido con nosotros, tumbaremos estas jodidas torres.
A eso de los nueve, las cacerolas dejaron de sonar. Los pitidos en cambio no cesaron en toda la noche.

21M: ¡Mi tesoro! (Golum)

Hoy todo el mundo habla de mañana. Mañana es el gran día. Mañana.
Una hobbit muy simpática se ha fabricado un sello y está imprimiendo #lacaixaesmordor en cientos de billetes. Parece como si ya nadie tuviera miedo de estar aquí, como si nos hubiésemos olvidado de que estamos en Mordor, ese lugar que hace tan sólo una semana tanto nos atemorizaba. El abuelo del corralito cuyo testimonio escuchamos el primer día, sonríe ahora como un niño a punto de comerse su pastel preferido. Y el estudiante endeudado también. Todos sabemos que la batalla por la Tierra Media no ha hecho más que comenzar, y que muchos peligros nos acechan todavía (todos los cuentos buenos vienen siempre cargados de oscuridad y peligro), pero nadie quiere hablar de eso ahora.
Hemos llegado lejos, mucho más lejos de lo que imaginamos cuando echamos a caminar y dejamos atrás la plaza Cataluña. Nos merecemos celebrarlo, eso es lo único que importa hoy.
Un montón de cosas extrañas me esperan en los lindes del bosque capitalista. Cosas buenas y malas, lo sé; algo dentro de mi me llama a descubrirlas, y ya no hay vuelta atrás. A todos los que me han acompañado esta semana en Mordor, les digo lo mismo que Frodo le dijo a Sam al final del camino: «Me hace feliz que estés aquí conmigo. Aquí al final de todas las cosas».

22M: Solo atravesando la noche se llega a la mañana. (J.R.R. Tolkien)

Hasta la persona mas pequeña puede cambiar el curso del futuro. Esa es la lección principal del Señor de los Anillos.

¡Vamos!

Estas dos fotos (1 y 2) son de Bárbara Boyero. En su cuenta de flickr puedes encontrar otras fotos estupendas de las protestas en Mordor.

Otro texto imperdible de Leo: “Trazar líneas, unir los puntos: el cuento del 99%”

Leo en Fuera de Lugar

Decirnos la verdad (un mail)

19 may 2012
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amador,

he leído tus notas sobre el 12-15M, qué bueno que recojas todas esas voces… aunque confirman la sensación de vacío, de falta de fuerzas, de repetición de la jugada en un escenario lastrado por la destrucción imparable de todo lo que conocíamos, esperábamos y sabíamos.

Me impactó mucho el contraste chirriante entre la situación de estar en la calle, en manifestación y en asamblea, mientras las conversaciones con cada una de las personas, amigas, que reencontraba tras tiempo de no verlas, eran una y la misma repetidas: cambios laborales, proyectos de fuga al extranjero, malestar personal, sobrevivencia límite, giro drástico en las expectativas… Conversaciones en primera persona en un escenario (¿sólo un escenario?) colectivo. Conversaciones de sobrevivencia individual en un escenario de lucha (¿lucha?) colectiva. Las conversaciones que se repiten antes y después de los días de mayo (ya no se puede hablar de otra cosa) no se interrumpieron durante las jornadas de lucha. Este año no fueron una interrupción, no estaba empezando nada. Viví el 12M con mucha angustia.

Fue definitivo bajar a la plaza, al día siguiente, con una mesita de camping y los Pressentiments. Nos plantamos allí, con las palabras y pensamientos que habíamos estado cocinando todo este invierno, impresas, como puñetazos sobre la mesa, como regalos para tantos silencios ya cansados de decir una y otra vez la misma cosa. La mesita llena de papeles invitaba al acercamiento. Tímido, porque no se entendía bien de qué iba el juego: ni comisión, ni plataforma, ni asamblea, ni iniciativa legislativa, ni reivindicación. ¿Quién sois? nos preguntaban. ¿Qué son estos papeles? Y ante la imposibilidad de responder con palabras reconocibles, se iniciaban conversaciones nuevas, insólitas. La mesita de los pressentiments abría un agujerito para conversaciones no expertas, allí no se podía preguntar ¿qué hay que hacer? ¿dónde me apunto? ¿cómo saber más sobre la renta básica o sobre la ley hipotecaria? Nada. En estos agujeros aparece lo mejor y lo peor. Nos dimos cuenta de que por la plaza circulaban seres muy dispares y extremos: un joseantoniano que quería pegar fuego a los bancos y ahorcar a los banqueros, una sindicalista airada contra todos esos jóvenes que no quieren trabajar, un funcionario con una carpeta llena de datos de corrupción, sin saber qué hacer con ella, viejos militantes barriales al borde de las lágrimas, ahogados en la impotencia de verse ahí, haciendo nada… pero también muchos hombres, mujeres, jóvenes anónimos, que se encogían de hombros en silencio y nos daban las gracias. Agradecimiento impotente, proximidad efímera, miradas cómplices que se pierden en lo irresoluble de cada drama personal. Estábamos en uno de los bordes de la plaza. Las asambleas se hacían y deshacían por todas partes. Algunas, enormes, llegaban a engullirnos. Desde esa posición, la escucha se volvió más interesante. No sé muy bien porqué. La mesita nos daba un lugar en esa galaxia en dispersión.

Ofrecernos lugares: quizá de eso se trata. Mesitas que nos sirvan de balsa para lanzarnos al agua sin que nos ahogue la marea. O eso, o huir como ratas del barco, ya. Tonto quien corra el último… Esta misma semana, durante los días de mayo, he despedido a algunos amigos. Se marchan, muchos ya se han marchado, otros lo están planeando o deseando. Siento que hacen bien. Pero me invade una tremenda tristeza. No son ratas. Quieren vivir y no pueden. Huyen del conformismo, de la mediocridad, de los hombros encogidos, de la miseria material y mental que nos está carcomiendo. Por primera vez en mi vida he empezado a calcular mi futuro, el mío y el de mis hijos. Por primera vez en mi vida, conversación a conversación, despedida a despedida, he sentido miedo. Y me ha dado asco, sentir miedo y calcular. Pero junto a todo eso he experimentado algo muy bueno: la franqueza. Ya no hay motos que vender, ya no hay “poses” que tomar, ya no hay oportunidades que aprovechar. ¿Para qué seguir fingiendo que nos van tan bien las cosas? ¿Para qué seguir diciendo que tenemos mil proyectos en marcha? Últimamente siento que la gente dice la verdad y que yo puedo decirla también. En medio de la gran mentira, alimentada cada día en ruedas de prensa y artículos de opinión, unos y otros nos decimos la verdad. ¿No es algo muy bueno? Yo lo siento así. Tienen que empezar a pasar cosas.

amador, me he enrollado sin haberlo previsto…

un beso!!

El 99% no cabe en las plazas (apuntes 12-15M)

16 may 2012
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La manifestación. Masiva, diversa, creativa. Gozo de la potencia de ser muchos y de interrumpir la normalidad de la ciudad. Un acto de valentía (individual y colectivo) frente a la estrategia del miedo que asocia constantemente la protesta con imágenes de despliegues policiales de ciencia-ficción, represión, detenidos, humillaciones. De nuevo lo que alguien llamó “democracia semiótica”: cada cual lleva algo a la manifestación, no se limita a ir en blanco esperando a que se lo den todo hecho (bandera, consigna, pancarta). El 99% en movimiento. No en el sentido cuantitativo o literal, sino en el de la apertura a cualquiera y el rechazo de la exclusión (sólo incluir a los que pasen el filtro de tal o cual criterio identitario o ideológico). Un año después, el nombre 15M sigue interpelando a muchos y distintos: no se ha conseguido encajonarlo en una posición (extrema izquierda, anti-sistema, etc.).

Repetición. “Nos pesa la plaza”, me dice Patri. Llevo tres días pensando esta sensación compartida: nos alegra el reencuentro, pero también circula el desasosiego y la pregunta “¿y ahora qué?” La plaza nos pesa cuando se impone como modelo a repetir. Entonces nos medimos y comparamos con el año pasado y el efecto es de frustración: “ya no somos lo que éramos”. Menos gente, menos electricidad, menos innovación, menos interrupción de la normalidad y el estado de cosas. Aferrados a una imagen mítica de potencia, nos volvemos incapaces de trabajar partiendo de lo que hay (y no de lo que debiera haber o quisiéramos que hubiera).

Saltamontes. Pepe nos cuenta: “a una amiga le asustan los saltamontes porque dice que no sabe cuándo van a saltar. Somos el saltamontes”. El saltamontes no salta cuando queremos que salte, sino cuando lo necesita.

Re-evolución. Sara escribe: “Alzo mi voz, sí, grito, protesto, me quedo, no tengo miedo. Creo en una vida diferente. Pero todo eso ya lo he ganado. Ahora tengo que dar otro paso. Ahora tenemos que seguir caminando. Hay que hacer la revolución dentro de la revolución. Esa es la única forma de evolucionar. Tenemos que pensar, tenemos que seguir pensando”.

El clima y la organización. El clima 15M -toda la gente que se siente parte del 15-M pero no participa en la organización 15M de comisiones y asambleas- no tenía mucho que hacer en la plaza. Yo el primero. Deambulamos. Álvaro lleva tres días con el megáfono metido en la mochila: es la peor señal. El año pasado había un gran vacío y hubo que inventarlo todo: metodologías, lenguajes, organización. El campamento requería y activaba todos los saberes. Cada cual encontraba o inventaba muy fácilmente la manera de aportar desde lo que sabía y quería. Este año no hay vacío, sino un simulacro de “lleno” (la organización 15-M). Muchos nos convertimos en espectadores de lo que otros hacen. Miramos el 15-M. No sabemos ni nos atrevemos a desbordar. Desbordar el 15-M como un traje ya hecho.

Traje o yo-traje. Guillermo explicaba antes del 12-15M: “La frase ‘Somos el 99%’ tiene, para mí, un sentido muy claro. No es suficiente. No somos suficientes. ¿Cómo hacemos para ser todos? ¿Cómo hacemos para estar todos? La idea del movimiento terminado es claramente insuficiente para abordar este problema. Si la respuesta del movimiento es ’99%, éste es el traje que debes ponerte, apáñate como puedas’, tendremos un problema”.

El día de la marmota. Álvaro escribe: “La energía permanece, intacta en intensidad, variable en direcciones. Nosotros también. Quizás creímos que lo nuestro eran las reglas del primer juego que inventamos y que se llamaban asamblea, grupo de trabajo, etc. Los niños cambian de juego y de reglas cada vez que se sientan, alguien debería recordárnoslo. Las reglas no son el juego ni el signo. El signo somos nosotros, un nosotros sin contorno, una frecuencia que sintonizar. Probablemente aún no estamos sabiendo nombrarnos. ¿Jugamos?”

Menos asambleas y más laboratorios.

Salir de Hobbiton. El cartel que convoca a la acción #occupymordor de ocupación de las oficinas de La Caixa en Barcelona dice: “el 99% no cabe en la plaza”.

Amar el amor. Fidelidad no es seguir ni continuar, sino recrear, inventar, traducir. Incluso “traicionando” las formas antiguas: “traductor, traidor”. ¡Qué difícil es traicionarse! Nos enamoramos demasiado de nosotros mismos. El amor al 15-M no puede ser amor a las palabras, los gestos, los lugares o las personas del 15-M, sino amor a una posibilidad abierta el 15 de mayo pasado: reinventar la vida, el mundo y qué significa luchar hoy. Con cualquiera que quiera hacerlo, de cualquier modo que valga y en cualquier sitio oportuno.

No qué hacer, sino cómo hacer. Leo escribe esto en su muro de Facebook: “Si alguien hace el esfuerzo de acudir a una plaza ocupada, si deja a sus niños a cargo de alguien, si se escapa del curro o para de buscar curro por un rato, ya sabe porqué lo está haciendo, no hace falta que nadie se lo explique. Basta de discursos públicos acerca de lo mal que está todo y lo bien que podría llegar a estar. Lo que necesitamos ahora, después de un año de lucha, no es más información (eso lo encontramos a diario a aquí, en los muros de Facebook y en Twitter), lo que necesitamos es parar los rescates bancarios y los recortes sociales. Dejar de ser mercancías de banqueros y políticos. Y lo necesitamos con urgencia. ¡Que sólo tome la palabra en la plaza aquél o aquella que tenga algo que proponer! La gente acudimos a las plazas porque estamos indignados y queremos hacer cosas contra la crisis. Queremos involucrarnos en acciones que paren esta locura, modos de intervención concretos que puedan modificar el rumbo de los acontecimientos. También queremos enterarnos de nuevas convocatorias y cosas por el estilo. Todo lo que no responda a esta necesidad, significa restar potencia. Freno. Y las cosas no están como para frenar”.

Sin modelo. Marga dice: “hay que aprender a experimentar sin modelo”. Y pone el ejemplo de la acción en Bankia, donde había varios modos de incluirse: los que iban a cerrar la cuenta, los que iban a amenazar con cerrarla si el banco no modifica su política con las personas desahuciadas, los que iban a apoyar. No un modelo único, sino varias vías de implicación. Acciones seguramente contradictorias desde el punto de vista de la pureza, pero más inclusivas. Pensando en el 99% y no sólo en “estos” o “aquellos” (los anticapitalistas, etc.). Lo que Santi llama “una política paradójica”. Estrategia doble o triple: denuncia y construcción, resistencia y creación, objetivos comunes y dispersión. Asumir nuestra ambivalencia: queremos que todo se hunda y al mismo tiempo no lo queremos en absoluto. Asumir las contradicciones, los cansancios, las dudas y los miedos. Una política que se haga cargo de la vida. Una política no (sólo) militante.

Estrategia. Más de Marga: “tenemos que aprender a habitar un movimiento gobernado por la incertidumbre”. El capitalismo improvisa, nosotros también. Es lo que hay. Pero hemos heredado imágenes de estrategia propias de un tiempo de estabilidad: evaluación de la relación de fuerzas, cálculo medios-fines, elaboración de una continuidad de las operaciones, valor central de la acumulación. Esa racionalidad económico-guerrera entra en bancarrota en tiempos de inestabilidad y dispersión. Aprender a habitar un movimiento de incertidumbre significa abandonar el fantasma del control y el Plan Maestro. Aprender a aportar lo que podamos (saberes, infraestructuras, herramientas) a un espacio indeterminado sin pretender dominar los usos y efectos. Proponer sin pretender dirigir. Que se abran mil flores y no sólo una.

Seguimos sin saber muy bien qué es una victoria.

La Cultura de la Transición reina, pero ya no gobierna

12 may 2012
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Hay una fórmula que se aplica a la monarquía en Inglaterra: “reina pero no gobierna”. Lo mismo le pasa ahora a la Cultura de la Transición (CT): aún reina pero ya no gobierna. Es decir, ya no manda en nuestra cabeza: no vemos con sus ojos, ni hablamos con su boca, ni escuchamos con sus oídos. Mientras monologa en la televisión y los periódicos, nosotros conversamos en la Red y las calles.

La CT se presentó siempre como la única alternativa posible al desastre: golpe militar, poder de la Iglesia, ETA. Pero cada vez la percibimos menos como protección de nada y más como una amenaza a todo. Recorta, precariza y privatiza la misma posibilidad de futuro. La política del PP no es una anomalía en la CT, sino el extremo de la misma cadena. Los “demócratas de toda la vida” que se horrorizan ante el desmontaje de los restos del Estado del Bienestar son bienvenidos, pero llegan tarde y mal. Porque lo que permite al PP hacer lo que está haciendo es la subordinación de la política a las necesidades cambiantes de la economía global y la criminalización y el ninguneo de toda posición crítica. Es decir, la CT.

Por todo eso me sorprende tanto la pregunta constante por los logros del 15-M. Están a la vista y son determinantes. El clima 15-M ha logrado reabrir masivamente la pregunta política por excelencia: ¿cómo queremos vivir juntos? Es decir, cómo queremos gobernarnos, educarnos, curarnos, repartir la riqueza, etc. Una pregunta que la Cultura de la Transición ha mantenido cerrada durante décadas. “No hay pregunta, porque ya tenemos la respuesta”, nos decía. Representación, expertos, sistema de partidos y neoliberalismo.

La CT no nos enseñó a hacer preguntas. Nos enseñó a escuchar a los mayores con miedo, a repetir y conformarnos con lo que decían las voces autorizadas que aparecían en televisión: “esto es lo que hay”. La CT ha tratado de desactivar la cultura como interrogación crítica y autónoma sobre la sociedad. Nos decía quién podía hablar y de qué podía hablarse. Privatizaba la realidad. Hemos tenido que aprender a hacer preguntas por nuestra cuenta y de espaldas a la cultura oficial, en espacios de sombra. Durante años parecía que era cosa de locos, de marginales o antisistema. Pero hoy la realidad se cae a pedazos, las preguntas sobre la vida nos estallan en la cara a todos, casi me atrevería a decir que cualquiera está obligado a pensar críticamente. El 15-M pusimos juntos nuestras preguntas en el centro de todas las ciudades y de todos los debates. De golpe los consensos de la CT se vaciaron de sentido al grito de “lo llaman democracia y no lo es” y “no nos representan”.

La CT es hoy una cultura completamente desconectada de la realidad: está de cacería permanente en Botsuana. Gira en torno a sí misma, se ha vuelto loca. Política de tierra quemada y paracaídas de oro. Ignora, desprecia y teme a la gente. La realidad que aún logra configurar tiene cada vez menos legitimidad. Por eso la estrategia del miedo: meter en el cuerpo y la mente social todo el miedo posible, que aceptemos la CT como mal menor y único poder de salvación. Pero hay que leer también la estrategia del miedo como una señal de debilidad: ya no se obtiene nuestra adhesión por otros medios.

La CT nos lleva directos al desastre de la devastación económica, social, ecológica y la guerra de todos contra todos. Vaciar la CT y reabrir la pregunta política por la vida en común es lo mismo: nuestra única posibilidad de autorizar el futuro. Para todos.

 

* Este texto sale de unas notas que me hice para una entrevista en la radio sobre el libro CT o Cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española (Mondadori, 2012)

Esta entrada en catalán

Volver a declararnos

12 may 2012
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Mi contribución al número extraordinario en papel de MásPúblico, editado de manera autogestionada por los propios ex trabajadores, que se distribuirá de forma gratuita este fin de semana con motivo del primer aniversario del 15-M.

 

 

Según el filósofo Alain Badiou, el amor es del orden del acontecimiento: una ruptura en la normalidad que propone una nueva manera de estar en el mundo. Es un regalo maravilloso, pero también inquietante. Porque no sabemos muy bien de qué se trata, qué nos pasa, adónde nos lleva. Es necesaria en primer lugar una apertura: dejarlo entrar. No es fácil. No podemos escoger del otro lo que nos encaja y abandonar el resto. Es todo o nada. Se pone en cuestión nuestro yo soberano: calculador, egoísta, autosuficiente. Sin generosidad y confianza no hay amor.

Pero el hecho de que el amor nos elija a nosotros, y no nosotros al amor, no significa pasividad. Somos arrebatados en las circunstancias más inesperadas (“love is an accident”), pero la recepción es una posición activa. Implica una invención. El éxtasis del encuentro no basta, no se trata de fusión. Hay que construir una relación en el elemento de la diferencia (ya no de la identidad). Es lo que Badiou llama “fidelidad”, un proceso puntuado por algunas pruebas (el sexo, los hijos, la casa, las vacaciones, etc.) que nos exigen actualizar el amor una y otra vez: volver a declararlo.

El 15-M nos hicimos entre todos un regalo parecido: la posibilidad de reinventar nuestro modo de ser y estar en el mundo. Maravillosa y también inquietante, porque nos requería cantidades desacostumbradas de generosidad con la diferencia y confianza en el otro desconocido. Las plazas eran lugares demasiado incomprensibles, demasiado extraños, ¿dónde están los líderes, los intelectuales, el programa, la organización? Hubo gente que se marchó disgustada porque había mucho de esto y poco de aquello. Como si pudiésemos diseñar los acontecimientos a nuestro gusto, con final feliz asegurado.

Ahora nos queda lo más difícil: construir una relación. Un proceso de fidelidad. Badiou explica que la fidelidad tiene dos enemigos fundamentales: renuncia y repetición. Volver a lo fácil: líderes que nos dirijan, intelectuales que nos piensen, organizaciones que nos organicen, programas que nos programen. Y volver a lo mismo: repetir sin más los gestos y las palabras de la primera vez.

Fidelidad no es seguir o continuar, sino más bien recrear, reinventar, traducir. Incluso traicionando las antiguas formas: “traductor, traidor”. Aceptar las pruebas de la realidad y actualizar una y otra vez el espíritu de las plazas: activación de la gente cualquiera (no sólo los especialistas de la política) para hacerse cargo en común de lo común (no sólo pedir o demandar) produciendo nueva realidad (no sólo criticando la que hay). Volver a declararnos.

 

Algunas lecturas para el 12/15:

Carta a nuestros padres para amanecer en la plaza

12 de mayo de 2012. La República del 99%

Kit indignado y consejos para vivir un #1215M de escándalo

Sol; centro y fuga

Las pasiones del 1215M

15-M: aterriza como puedas

Un relato del 1 de Mayo en Nueva York

08 may 2012
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por L. M-C y B. S-C

 

El día antes del día 1 de mayo volvimos a comprar unas cartulinas de colores para hacer carteles, valen menos de 1 dólar cada una y las compramos en la pharmacy del barrio. Hacer esos carteles y unos “flyers” se había convertido en nuestra única obsesión: volver a hacer la lista de slogans, de la que siempre se caen la mayoría, escribir las letras primero con lápiz, después repasarlas con pintura negra, y ponerlas a secar en el suelo de la casa, en exposición. Un documento de Word con un corta y pega: la República del 99%, hoy nos mudamos. Fotocopias, también en la pharmacy, son más baratas.

Las redes ardían con planes, preparativos y llamadas, era tarde por la noche, todavía no habíamos conseguido ponernos de acuerdo, llegaríamos tarde mañana al gran día, a la resurrección de Occupy y de los movimientos. Estábamos cansados. Los main-stream media ya anunciaban el “fracaso” antes de empezar, nosotros nos refugiábamos de nuestras expectativas pintando otro cartel: “¿Quién cuida a los que cuidan?”. Nos acordamos del año pasado, cuando en Madrid hicimos producción de carteles en cadena para el 19 de Junio, en la mesa del comedor familiar, tres generaciones repasando letras y poniéndoles palitos a las pancartas (“Menos chorizo y más chuches”). Por teléfono la otra familia proponía también frases para las pancartas (“No hay camino, pero andamos”). Nos acordamos, siempre, de tu madre, que murió justo antes del 15-M, pronto va a hacer un año. Somos un taller de manualidades.


Llegamos tan tarde al 1 de mayo, que llegó él antes de que pudiéramos salir de casa: tambores que venían de Bushwick y cruzaban el puente de Williamsburg, un día de lluvia en el que los madrugadores ya se habían levantado para ir a las acciones, “no permitidas” (sin permiso del gobierno de la ciudad), los “piquetes del 99%”. En Midtown, imagino las clásicas escenas de gente joven gritando delante del Bank of America, rodeados de al menos unos 30 policías (hartos y cansados) para cada uno. Esta vez ni siquiera he buscado las imágenes de “lo que me he perdido” (Mentira: finalmente sí he visto algunas de esas imágenes y esos vídeos: los piquetes del 99% fueron gente juntándose para ayudarse ante abusos muy concretos de sus jefes: diciéndoles a la cara lo que hacen -explotar, echar a la gente a la calle, aprovecharse de los inmigrantes indocumentados. Tenían muy claro a quién y qué estaban desafiando). Ese fue el principio del día, muy parecido al final: lo que más registraron los medios, lo que mejor se entiende y lo que más se repite. Detenidos, carreras, calles cortadas.

Pero en medio de las carreras de la mañana y las carreras de la noche hubo un día que tuvo momentos de otro tipo. Volver a estar mucho, pero mucho rato (mientras todo está sucediendo y otra vez nos lo estamos perdiendo) obsesionados con hacer carteles y ahora además haciendo carteles con todos los amigos en la plaza (en dos plazas), cruzando absurdamente oleadas de gente para llegar a que nos presten una grapadora, insistiendo en que cada uno se haga el suyo, que elija su eslogan y lo pinte y se manche los dedos de pintura negra. Haber llegado a la plaza sin tener ni idea de qué palos les íbamos a poner a los malditos carteles y que aparezca este amigo tan simpático con una bolsa llena de palos para carteles, bolsa que ha traído porque se imaginaba que alguien los necesitaría. Le duele el brazo de llevar la bolsa, luego le veré varias veces en la manifestación (de 30.000 a 50.000 personas pero te encuentras con la gente no una, sino varias veces) repartiendo periódicos, al grito de “La Indignación, La Indignación”.

Pero sigo: ir de una plaza a otra a destiempo, cruzarse por el camino, perderse, llegar otra vez cuando ya todo se está acabando, asistir a la “Free University” que llena el parque de Madison sin en realidad llegar a poder escuchar ninguna de las “clases” porque estábamos pintando ¡más carteles! (ahora nos dolían a nosotros los brazos de cargar con los palos – había muchos más de los que necesitábamos). Sacar los flyers de la mochila y que la gente te los pida porque estás junto a un cartel amarillo fosforito que dice “Reinvent everything” y junto a la versión uruguaya del cartel que dice “Reinventá todo” (aunque casi no han cabido las letras). Que el flyer invite a “actuar como si la República del 99% fuese una realidad”. Que se acaben las copias.

Que el sol salga y cambie completamente el día, ni rastro de lluvia. Hablar español todo el rato, hasta con quienes no lo entienden. Empezar a ver que hoy sí, que hoy sí que está la ciudad aquí, no sólo los activistas, empezar a notar la electricidad, la presencia de esa cosa tan rara, que muy pocas veces aparece: la gente.

Ya en Union Square, lo más parecido a una plaza-plaza que hay en Nueva York.

(Me aparto un momento del grupo, hablo por teléfono con una periodista intentando ser muy amable pero no contestar a una sola de sus preguntas, y empiezo a escuchar gritos en el parque, no son gritos es como una especie de estampida, pero alegre esta vez, veo a gente corriendo como corren los niños en el patio de recreo, con mucho espacio por delante: la ciudad es grande).

Pausa para respirar: comemos frutos secos, comemos un sándwich que (¡horror!) compramos en un deli porque no hemos encontrado la comida de la People’s Kitchen, la comida del movimiento, que seguro que estaba por ahí, en alguna parte (vi otros momentos de “mutual aid” como cortes de pelo gratis –¿el pelo cortado se quedó en el suelo de la plaza?). Incumplimos nuestro deber de huelguistas, y somos debidamente regañados por nuestra amiga. Porque a todo esto, la idea de la huelga planea vagamente sobre el día, una huelga molecular donde las haya. ¿Molecular? Aquí todo el mundo curra. Precariedad es un concepto desconocido, cuando llegué aquí hace 10 años no había (supuestamente) crisis ninguna y ya todo el mundo estaba conforme con que los jóvenes trabajen sin cobrar. Porque la ciudad nunca duerme y menos un martes cualquiera en esta ciudad que son muchas ciudades. Pensándolo, yo creo que el momento más huelguístico fue probablemente ese que me contaste, cuando cruzaste la mirada con un policía y te dijo con los ojos que ojalá pudiera estar con vosotros, en vez de estar aquí, como un pringao.

Íbamos en la manifestación bailando con la marching band, andando y bailando a la vez, bailando despacio, porque la banda se paraba todo el rato. Viendo la ciudad desde el centro de las avenidas, desde el centro de Broadway, como cuando cruzas un paso de cebra en un día normal y por un momento giras la vista hacia el lado para ver la perspectiva, impresionante. Perspectiva ahora todo el rato, centro de la calle, banda, carteles ya en sus palitos, sol en la cara, atardecer sobre el 99%…

¡Todo eso no costaba ni un duro (¿centavo?)! “Nuestra venganza es ser felices”.

De pronto han pasado tres horas de manifestación, estamos en Wall Street y se acabó la diversión. Policías blancos, azules, a caballo, en coches, furgonetas, helicópteros. Silencio. Se acabo lo “permitido”. Seguimos, ya de noche, a ver qué pasa. Una asamblea enorme: ¿1000, 2000 personas? en un espacio-parque o lo que sea, el Vietnam Veteran’s Memorial que está (ja!) justo al lado de Standard & Poor’s. Tiene una especie de anfiteatro hecho a medida para la asamblea. Abierto al mar. Fue uno de los candidatos a ser Zuccoti en Septiembre, ahora hubiera sido perfecto.

Pero la policía desaloja, nosotros ya no estamos allí, tenemos miedo a que nos detengan. Y de todas maneras, ¿otro campamento? ¿Tirar el ancla ahí, otra vez tener que “defender el espacio”? De vuelta nos encontramos con unos amigos en una terraza (parece España). Unos “one percenters” (unos “de Wall Street”) les están invitando a beber, porque dicen que les apoyan pero que la vida les ha llevado por ese camino y que no pueden unirse a ellos. Lo que no entiendo es porque tienen que estar todos (unos y otros) tan metidos en su papel. ¿No hacíamos hoy huelga? Todo vuelve a la normalidad: activistas corriendo y policías detrás, golpes, fotos, espectáculo. A casa.

Y como siempre, no he contado lo que quería contar porque no sé cómo hacerlo. Los tiempos muertos. Lo que no pasó. Lo que no entendí. Pero también lo que entendí sin entender, lo que intuí, las versiones, los malentendidos. El ruido de las redes, amigo pero también infernal. Si tuviéramos tiempo para hablar de otra manera, otro tempo.

Dejamos el cartel allí, por lo menos de pie, para que se viera.

 

Más fotos del 1º de Mayo en Nueva York

 

Mayo ya está aquí

04 may 2012
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El “levantamiento de primavera” arranca en EEUU con un may day multitudinario, pacífico y creativo, rebautizado “un día sin el 99%”, silenciado mediáticamente a este y al otro lado del gran charco. Es la primera convocatoria de los movimientos de las plazas para mayo, to be continued.

 

Fotografías: Leónidas Martín Saura y Suzanne Goldenberg

The Republic of 99%

01 may 2012
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Reapropiación del texto sobre la república del 99% por parte de un grupo en EEUU con motivo de la huelga general convocada el 1º de mayo, rebautizada “un día sin el 99%”. Mola!

 

“Timber! Timber! More wood, this is war!” The runaway train in the Marx Brothers’s film Go West! has become the most accurate picture of capitalism these days. The passenger’s luggage, the on-board cargo, and then the wooden frame of the train cars themselves are hurled into the furnace to make the train run faster. In the mad rush to keep things going everything is taken away. The train of our modern social system is arriving at the station stripped of its entire structure: rights, guarantees, life, wealth, healthcare, bonds. There is neither an overall plan nor long-term prospects: resources just continue to be funnelled into the machine to fuel the fire.

Deep down something is broken. We act as if nothing happened, but we know it. Budget cuts to social programs, gridlocked political debates about the most basic of our rights, news from abroad about the imminent collapse of the Euro. We cling to the remote possibility that things will just stay the same, that we can just return to “normal.” Capitalism is improvising, but so are the movements that oppose it. No compass is of any use now, the maps that we have are falling from our hands and we just don’t know where we are headed. The only thing that we can do –or so it seems- is to follow the events of the day: Obama’s speech yesterday, Apple’s taking advantage of corporate loopholes today, and tomorrow we’ll see. Time is out of joint.

Protest seems pointless. The Greeks have made more than ten general strikes without being able to slow one bit the absurd speed of the locomotive, or at the very least to decrease its terrible power of destruction. It is as if the established powers had been disconnected from society and there was no way to reconcile them. Indeed it’s scary. The capitalist rhythm of destruction has accelerated a thousand times since 2008. Achievements that required decades of work and struggle are being cancelled in seconds. And we don’t know how to stop this.

If everything has to go down, we can at least take part in the sinking. The normal, the obvious reaction, is anger, hatred, violence. Legitimate -and indeed useless. Your head keeps banging against the wall, your anger growing more and more, blind and desperate. But the wall does not yield.

They set the agenda.
They set the timeframe.
They set the stage.
We react.

Has anyone out there have seen Michael Collins? The movie about the life of the Irish revolutionary leader opens with a recreation of the Easter Rising of 1916. The IRA has momentarily taken an official building, but the English are about to obliterate them. Not for the first time: according to the standards of conventional warfare the IRA is losing every battle. Within the organization there are those who think that continuing the “blood sacrifice” will help to bring about the birth of the Irish nation: repression will unleash energy for the cause. Worse is better.

Michael Collins thinks nothing of the sort. While in prison, he proposes a radical strategic shift: “from now on we will act as if the Irish Republic were a fact. We will defeat the British Empire by ignoring it. Not by following their rules, but by creating our own”. Thus began a historic guerrilla war, which for years made the British go mad, and ultimately forced them to negotiate for Irish independence.

What Collins decided to do was to stop banging his head against the wall. He did not simply want to be right, nor was he ready to sacrifice anyone and everyone for the sake of a better future. What he wanted was to live and win. And winning implies the creation of another reality: the real opposition has to start building a new reality, which is paradoxically based upon a fiction (we should act as if the Irish Republic was a fact).

Fictions are serious things. The eighteenth-century French revolutionaries decided to “act as if” they were no longer subjects of the old regime, but citizens able to think and write a constitution. The proletarians of the nineteenth century decided to “act as if” they were not the mules that society forced them to be, but people like all other people, capable of reading, writing, speaking and organizing themselves. And they changed the world. Fiction is a material force as soon as we believe in it and begin to organize ourselves accordingly.

Let’s not complain, resent, react, or sue, but rather: act as if the Republic of the 99% were a reality. Instead of playing their game by their rules, let’s fight to ignore those rules and create others. What could this mean?

First of all it would mean issuing a statement declaring a massive break with the rotten reality of economics and politics. A quiet sincere gesture to convey a single message: “you’re fired, we’re saying goodbye.” It would be our version of the Tennis Court Oath. Then we should decide what possible, practical consequences would derive from the impossible: if the Republic of the 99% was a reality, what would it be? We would set the timeframe, the subjects and the scene. Make them exist and be respected; make them last and grow. To put it short, inhabit here and now another country: real and fictional, visible and invisible, intermittent and continuous.

The best way to defend something is to reinvent everything.
Not for you and your folks, but for the 99% (we’re all riding on the same train).
And our revenge is to be happy.

La República del 99%

26 abr 2012
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Artículo escrito para el número 173 del periódico Diagonal.

 

 

“¡Más madera, es la guerra!” El tren de los Hermanos Marx es hoy la imagen más exacta del capitalismo. Desbocado, en fuga hacia adelante, desmantelándose a sí mismo para seguir alimentando el fogón de la máquina. Derechos, garantías, vidas, riquezas, recursos, cuidados, vínculos, el edificio entero de la civilización social moderna. La loca carrera del capitalismo amenaza con devorarlo todo. No hay ningún plan de conjunto ni a largo plazo: sólo echar toda la madera necesaria para que la máquina siga funcionando. El capitalismo se ha vuelto completamente punk: “no future”.

Algo muy profundo se ha roto. Hacemos como si nada, pero lo sabemos. La sensación generalizada es: “todo se ha vuelto posible”. Que la UE saque a España del euro, un corralito o una insurrección. Cualquier cosa. Pero nos aferramos a la posibilidad más remota: que las cosas sigan igual, que volvamos a la “normalidad”. El capitalismo improvisa, pero también los movimientos que se le oponen. No hay brújula que valga, los mapas que tenemos se nos caen de las manos, no sabemos dónde vamos. Parece como si sólo nos quedara ir siguiendo los acontecimientos del día: ayer lo del Rey, hoy lo de Repsol, mañana ya veremos. The time is out of joint.

Protestar parece inútil. Los griegos han hecho ya más de diez huelgas generales sin lograr aminorar ni un ápice la velocidad absurda de la locomotora, ni disminuir su terrible poder de devastación. Es como si los poderes hubieran desconectado de la sociedad y no hubiese modo de afectarlos. Da miedo. El tiempo de destrucción del capitalismo se ha acelerado por mil desde 2008. Se come en segundos logros que exigieron décadas de trabajo y luchas. Y no sabemos cómo se para.

Si todo se hunde, participemos al menos en el hundimiento. Un amigo de Barcelona me comenta que la tolerancia hacia la violencia callejera durante la última huelga general fue masiva: “tu recortas, yo quemo”. Una respuesta legítima. ¿Qué es quemar un contenedor en comparación con millones de vidas quemadas? Más madera, es la guerra: recortes, represión, mentiras. Lo normal, lo obvio es la rabia, el odio, la violencia. Legítima pero inútil. Cabezazos contra la pared, cada vez más furiosos, ciegos y desesperados. Pero la pared no cede.

Ellos ponen los temas.
Ellos ponen los tiempos.
Ellos ponen los escenarios.
Nosotros reaccionamos.

¿Alguien por ahí ha visto Michael Collins? La película, sobre la vida del líder revolucionario irlandés, arranca en el Levantamiento de Pascua de 1916. El IRA toma un edificio administrativo, pero los ingleses les barren. No es la primera vez: según las reglas de la guerra convencional, el IRA lleva siempre las de perder. Dentro de la organización hay quien piensa que el continuo “sacrificio de sangre” ayuda al nacimiento de la nación irlandesa: la represión provocará adhesiones a la causa y nuevos levantamientos. Cuanto peor mejor.

Michael Collins no piensa ni desea nada de esto. En la cárcel, reflexiona y propone un giro estratégico radical: “desde ahora actuaremos como si la República Irlandesa fuese una realidad. Combatiremos al Imperio Británico ignorándolo. No seguiremos sus reglas, inventaremos las nuestras”. Así dio comienzo una guerra de guerrillas histórica que volvió locos durante años a los ingleses y les obligó finalmente a negociar el primer tratado de paz e independencia con los irlandeses.

Lo que Collins decide es dejar de dar cabezazos contra la pared. No quiere simplemente tener razón, ni sacrificar a nadie en nombre de un futuro mejor. Quiere vivir y ganar. Y eso significa: crear realidad. El verdadero contraataque es crear nueva realidad. Para ello propone paradojicamente una ficción: hagamos “como si” la República Irlandesa fuese un hecho.

Las ficciones son cosas serias. Los revolucionarios franceses del siglo XVIII decidieron “hacer como si” ya no fuesen más súbditos del Antiguo Régimen, sino ciudadanos capaces de pensar y redactar una Constitución. Los proletarios del siglo XIX decidieron “hacer como si” no fuesen las mulas de carga que la realidad les obligaba a ser, sino personas iguales a las demás, capaces de leer, escribir, hablar y autoorganizarse. Y cambiaron el mundo. La ficción es una fuerza material desde el momento en que creemos en ella y nos organizamos en consecuencia.

Ya no indignarse, reaccionar o demandar, sino actuar como si la República del 99% fuese una realidad, combatir al poder ignorándolo, no seguir sus reglas, sino inventar las nuestras. ¿Qué podría significar esto?

Imagino primero en todas las plazas una declaración masiva de ruptura con la realidad podrida de la monarquía, la economía y la política. Un gesto sereno, tranquilo: “estáis despedidos, nos despedimos”. Nuestro Juramento del Juego de Pelota. Luego tendríamos que sacar todas las consecuencias prácticas posibles de un imposible: la República del 99% es una realidad, ¿qué resulta de ello? Poner nosotros los tiempos, los temas y los escenarios. Hacerlos existir y respetar y durar y crecer. Habitar ya otro país: real y ficticio, visible e invisible, intermitente y continuo.

La mejor manera de defender algo es reinventarlo todo.
No para ti y los tuyos, sino para el 99% (seguimos todos en el mismo tren).
Nuestra venganza es ser felices.

 
Este texto en inglés
Este texto en italiano
“Escapar del balance, construir la República del 99%”, por Guillermo Zapata
12 de mayo de 2012. La República del 99%
 

 

Desbordamientos culturales en torno al 15-M

18 abr 2012
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Luis Moreno-Caballud ha escrito un artículo importante. Es profesor de literatura española y estudios culturales en la universidad estadounidense de Upenn (Filadelfia) y participante de primera hora en el movimiento Occupy Wall Street. Desde esa condición doble, ensaya una relectura de la historia de la cultura española contemporánea que pone el foco en los espacios de experimentación que están transformando desde abajo el paisaje general pero pasan desapercibidos (o son directamente despreciados) en las versiones oficiales de la  realidad, tanto mediáticas como académicas. Desde el uso de las redes sociales hasta el 15-M, pasando por las formas abiertas y cooperativas de creación cultural. Un proceso de democratización de la producción de sentido que cuestiona el poder de las élites (culturales, mediáticas, políticas o económicas) para prescribir lo que podemos ver, hacer, sentir o pensar de la realidad. La Cultura de la Transición.

Una propuesta de relato de conjunto (en torno a las ideas de red y de procomún) para iniciativas y tendencias que podrían parecer dispersas. Una relectura urgente y necesaria para que percibamos (y valoremos) mejor lo que (nos) está pasando, lo que estamos haciendo y viviendo. Como ha dicho alguien, “parece sencillo pero es dificilísimo. Hacernos existir, digo”.

Es un texto largo, puedes leerlo en PDF aquí. ¡Versión 2.0, ahora con epígrafes!

Desbordamientos culturales en torno al 15-M

por Luis Moreno-Caballud

El 15 de mayo de 2011, en medio de un clima de dureza e incertidumbre provocadas por la creciente situación de crisis económica, y desafiando al coro de apocalípticas llamadas a la austeridad que instaban a quedarse en casa aguantando el temporal, aparece en las calles de Madrid una pancarta insólita: “¡Democracia real ya! No somos mercancías en manos de políticos y banqueros”. La propia existencia de esa pancarta, y del gentío que la acompaña, produce un segundo enunciado implícito, no tan evidente, que se añade al abiertamente planteado contra los políticos y los banqueros: “tampoco somos consumidores pasivos de la interpretación oficial de la realidad”. En este otro ámbito, que no es exactamente el de la economía ni el de la política institucional (aunque intersecta con ambas), se va a librar una batalla menos inmediata, pero quizás más profundamente transformadora e irreversible: es la guerra de las versiones, de los símbolos, de las creencias y de las narrativas que dan sentido a nuestras vidas. En ella, no sólo importa lo que se dice, sino quién lo dice, o más bien, quién tiene derecho a decir, quién tiene acceso a los foros en los que se producen y se debaten las ideas y los lenguajes sociales que nutren el sentido de nuestra existencia colectiva.

En ese ámbito, el movimiento 15-M puede ser entendido como un fuerte impulso a las tendencias democratizadoras de la producción del sentido que la aparición de nuevas formas de comunicación y relación social ha propiciado en las últimas décadas, amenazando a las élites que pretenden detentar el monopolio de la construcción simbólica de la realidad. En este artículo intentaremos desentrañar algunas de esas dinámicas de proliferación de prácticas y discursos que desbordan la producción de sentido ofrecida por los grandes grupos mediáticos, por los “opinadores” profesionales y por los individuos que ocupan lugares de prestigio en el “star-system” cultural del estado español. Estas otras prácticas y discursos habitan diversas redes y comunidades sociales que no se sostienen exclusivamente en el mundo digital, sino que atraviesan también espacios analógicos, privados y públicos. Todas ellas configuran una suerte de “nueva abundancia” discursiva y vital que contradice la supuesta coyuntura de escasez pregonada por las élites del neoliberalismo, ya que, con la mera existencia de sus tácticas colaborativas y de su capacidad para reproducirse exponencialmente, pone en entredicho la idea de que la vida en sociedad es siempre una guerra de todos contra todos en competencia por recursos insuficientes.

Esta nueva abundancia de formas de producir sentido no puede explicarse únicamente por la aparición de nuevas tecnologías digitales. Más profundamente, tiene que ver con una crisis generalizada de modelos de autoridad basados en el individualismo, y en su narrativa principal: “la vida es una carrera hacia el éxito individual y en esa carrera todo, incluidos los otros, debe ser instrumentalizado para alcanzar el objetivo”. La crisis de este paradigma, la creciente dificultad de seguir creyendo que la vida es eso, hace que proliferen tendencias sociales y tecnológicas que permiten explorar otros sentidos. Algunos estudiosos de los nuevos medios como Pierre Lévy, Henry Jenkins o Peter Walsh han venido rastreando las señales de estas nuevas necesidades en Internet, la cultura de masas y las redes sociales.

Historias no narrables

Recientemente, Peter Walsh, ha propuesto un símil histórico bien sencillo para comprender lo que está sucediendo: a principios del siglo XIX se inventó el “Fourdrinier”, una máquina para producir papel que abarató drásticamente los costes de producción del material impreso y posibilitó la aparición de lo que en Estados Unidos se iba a llamar “the penny press” (los “periódicos de un penique”). Antes de la existencia de este tipo de máquina de papel, las publicaciones periódicas sólo llegaban a una élite muy minoritaria (que las compraba por suscripción) y apenas contenían algo parecido a lo que hoy llamaríamos “noticias”. En EEUU, cuenta Walsh, los nuevos periódicos van a convertirse en la voz de las clases medias y a distribuir narraciones que ya estaban allí, pero que antes no hubieran podido circular en formato escrito. Son las “untellable stories” (“historias no narrables”) que desafiaban el consenso social promovido por las élites sobre cuestiones como por ejemplo la esclavitud. Cuando se produce el motín de esclavos del barco Amistad y el posterior juicio a los amotinados (1841), la penny press se encarga de narrar con toda clase de detalles estos eventos, que chocaban frontalmente con la premisa dominante de que los esclavos estaban contentos con su situación en América. Como señala Peter Walsh, sería imposible entender el auge del abolicionismo y la consecuente guerra civil americana sin atender al papel fundamental de la penny press como herramienta cuestionadora de las narraciones consensuadas por élites que entonces detentaban el monopolio de la interpretación de la realidad, y más concretamente, sin atender a la ruptura del consenso social sobre la legitimidad de esclavizar a los africanos.

Algo parecido, afirma Walsh, es lo que ha sucedido en relación con las redes sociales como Facebook y Twitter y las revueltas que se iniciaron en el año 2011 en diversas partes del mundo, notablemente en los países árabes, los mediterráneos y posteriormente en Estados Unidos. Aplicando un esquema general, Walsh explica que lo que sucede es que primero se produce una innovación tecnológica que abarata los costes de la comunicación y multiplica el tamaño de las audiencias involucradas, llegando a grupos sociales antes excluidos. Después, estos grupos sociales comienzan a intervenir en conversaciones políticas que estaban antes vetadas para ellos, e inmediatamente a contar sus “historias no narrables” que cortocircuitan los consensos previamente establecidos (1).

Sin necesidad de caer en el determinismo tecnológico ni en la fetichización del mundo digital (que en absoluto es inmune a la colonización por las élites y por el individualismo mercantilizado), este análisis nos puede ayudar a entender la importancia que tuvieron y siguen teniendo las redes sociales en torno al fenómeno 15-M, y más concretamente su centralidad en la articulación de la plataforma “Democracia real ya” que convocó la primera manifestación ese día de mayo en Madrid. De nuevo, no se trata de que la tecnología en sí misma provoque el cuestionamiento de las narrativas difundidas por las élites, sino de que, cuando existe una voluntad social de llevar a cabo ese cuestionamiento, algunas tecnologías resultan más adecuadas que otras para hacerlo. Cuando el día 21 de mayo la Junta Electoral declara ilegal la ya masiva Acampada en la Puerta del Sol, fueron notablemente Facebook y Twitter los canales que facilitaron el desafío directo a esa prohibición, que el Estado finalmente fue incapaz de respaldar. Como si de los amotinados del Amistad se tratara, esos indignados de la Puerta del Sol tienen en las redes sociales a una nueva penny press que va a difundir una versión completamente distinta a la que ofrece tanto el poder estatal, como los partidos políticos y los grandes medios de comunicación. Y la difusión de esta otra versión en las redes sociales tiene como resultado la masiva afluencia de ciudadanos a las calles para unirse a los amotinados de Sol.

A partir de estas instancias concretas de utilización de las redes sociales, es interesante pensar cómo nuevas formas de comunicación hacen posible la ruptura de consensos fuertemente asentados en la sociedad española. Guillem Martínez y Amador Fernández-Savater han utilizado el concepto de “Cultura de la Transición” para pensar precisamente todos los consensos tácitos o explícitos que se generaron en la época de la transición a la democracia y que han permanecido casi intocados hasta la aparición del 15-M (si bien Fernández-Savater propone además una genealogía de crisis previas que anticipan la irrupción de los indignados: el “no a la guerra”, el 11-M, las protestas de V de Vivienda)(2). Martínez y Fernández-Savater usan la palabra “cultura” en el sentido amplio de formas de pensar y de vivir: la “Cultura de la Transición” sería entonces un “horizonte de lo posible”, formado en este caso alrededor de la incuestionabilidad de dos elementos políticos fundamentales: el sistema de partidos y el capitalismo. Y son precisamente estos dos elementos los que están cuestionados ya en la citada pancarta de “Democracia real ya”, que abre la cabecera de la manifestación del 15 de mayo, con su referencia a los políticos y los banqueros y con su ruptura del tabú que en reinaba en España en torno a la palabra “democracia” (una palabra intocable, cuya mención servía para acabar con cualquier posible debate o disensión). De esta forma, nos damos cuenta de que lo que está en juego en el 15-M no es sólo una interpretación distinta de la crisis económica, del sistema de partidos o del propio capitalismo, sino la legitimidad de todo el engranaje elitista de producción y circulación de discursos que hacía que no se pudiera hablar de esos asuntos, o sea, la propia “Cultura de la Transición” (la CT), cuyo perfil describe así Fernández-Savater:

Cultura consensual, cultura desproblematizadora, cultura despolitizadora, la CT se aseguró durante tres décadas el control de la realidad mediante el monopolio de las palabras, los temas y la memoria. Cómo debe circular la palabra y qué debe significar cada una. En torno a qué debemos pensar y en qué términos. Qué debemos recordar y en función de qué presente debemos hacerlo. Durante años, ese monopolio del sentido se ejerció sobre todo a través de un sistema de información centralizado y unidireccional en el que sólo las voces mediáticas tenían acceso, mientras que el público jugaba el papel de audiencia pasiva y existían temas intocables.

Los intelectuales y el empobrecimiento

Esa división entre “voces mediáticas” y “público” es la que se cuestiona cada vez más con las transformaciones de la esfera pública provocadas por la crisis del modelo individualista y la proliferación de las redes sociales digitales. Las personas antes condenadas a ser espectadoras se convierten en activas participantes en la cultura que habitan, poniendo en peligro las estructuras tradicionales de acceso restringido al poder simbólico. Esto explicaría, quizás, que algunos personajes que ostentan lugares de prestigio en la esfera cultural y periodística del estado español hayan reaccionado tan agresivamente ante el 15-M, y particularmente ante su uso de las redes sociales. Notablemente, el escritor Enrique Vila-Matas publicó el 24 de Mayo de 2011 un artículo que llevaba por título “Empobrecimiento” y cuyo subtítulo ya anunciaba que “en la Spanish revolution se ha visto cómo los twits son un atentado contra la complejidad del mundo que pretenden leer”. El artículo se puede leer como una de esas reflexiones más o menos apocalípticas acerca de la crisis del lenguaje en la nueva sociedad de la información que suelen aparecer en los medios, pero con el ingrediente novedoso de que Vila-Matas detecta como un síntoma más de esa crisis el uso de la red social Twitter por parte de los participantes en el movimiento 15-M. El argumento es sencillo: la brevedad del formato de los mensajes o twits que usan los del 15-M sería un indicador más del empobrecimiento generalizado del lenguaje en nuestra época.

Sin ni siquiera entrar, por el momento, en los argumentos que podrían defender la riqueza lingüística y la extraordinaria capacidad de creación colectiva que el 15-M ha puesto en marcha, no deja de resultar sorprendente que a un escritor heredero de la vanguardia, defensor de la “literatura portátil”, de la escritura que practica la auto-restricción y los juegos con formatos auto-impuestos, maneje este tipo de crítica a un tipo de expresión lingüística motivada por su brevedad. La sorpresa aumenta cuando observamos que también el escritor catalán Quim Monzó, otro gran admirador y heredero del grupo Oulipo, de Raymond Roussel, Robert Walser, Jorge Luis Borges y otros escritores amantes de la brevedad y del reto de los formatos limitados auto-impuestos, aparece en la prensa a los pocos días criticando cuestiones relacionadas con el flujo verbal del movimiento 15-M, como el uso de la propia expresión en inglés “Spanish revolution” (que denotaría dependencia respecto a los Estados Unidos), o la aparición de una pluralidad de mensajes, que Monzó considera síntoma de confusión y de “no saber lo que se quiere”.

¿Qué está pasando? ¿Por qué escritores que practican formas de producir sentido experimentales, híbridas y abiertas en literatura las condenan cuando las encuentran en este contexto de producción colectiva de discurso? Lo primero que uno pensaría es que tal vez reclaman una separación entre la literatura y la política, que quizás son revolucionarios en literatura pero no en política. Sin embargo, la cuestión parece bastante más complicada, pues, políticamente, la crítica que hacen al 15-M parece ser más bien, a veces, la de que no es un movimiento lo suficientemente revolucionario. La sombra del mayo del ‘68 francés planea sobre las intervenciones de los intelectuales consagrados que opinan sobre el 15-M. Tanto es así que El País invita al editor Mario Muchnick y al pintor Eduardo Arroyo a una conversación directamente centrada en la comparación entre ambos movimientos: “Sol visto desde mayo del ‘68”. En ella aparece una idea recurrente: el 15-M es una “revolución de mentiras”, un simulacro de revolución, un gesto insuficiente. “Estos quieren arreglar el sistema. Nosotros queríamos volarlo”, dice Eduardo Arroyo. Para Muchnik “Sol es un hito muy pobre” en comparación con el ‘68. Quim Monzó, por su parte, afirmaba también en su citado artículo que resulta vergonzoso llamar al 15-M “revolución” porque no se trata de un verdadero cambio en las estructuras políticas y económicas, sino tan sólo de una acampada. Arroyo añade que en el ‘68, los revolucionarios no necesitaban moderadores ni turnos de palabra porque simplemente “se la arrebatabas al compañero”. También dice que eslóganes fraguados en el 15-M como “no hay pan para tanto chorizo” no alcanzan la altura poética de los del ‘68 (“bajo los adoquines está la playa”, “prohibido prohibir”, etc.).

A juzgar por las palabras de estos intelectuales, parecería que se trata de portavoces de una guerrilla revolucionaria armada emitiendo un comunicado desde la clandestinidad. Pero no: son más bien profesionales de éxito perfectamente integrados en las instituciones culturales y políticas españolas. De nuevo, más allá de lo que se dice, es preciso comprender desde dónde se dice: qué estructuras de poder, qué comunidades discursivas, qué expectativas de sentido sostienen la posibilidad de que alguien diga algo y de que sea recibido con interés. En el caso de intervenciones como las de Vila-Matas, Monzó, Muchnik y Arroyo, el paradigma del intelectual que emite una opinión autorizada por su supuesta capacidad extraordinaria para comprender la sociedad va de la mano con el acceso limitado de la población a los canales mediáticos donde se emiten esas opiniones. Pero mientras ese sistema de producción de sentido sigue activo, en otras zonas de la sociedad están emergiendo formas de hablar y de hacer completamente distintas que lo van minando, que van cuestionando indirectamente su legitimidad. Margarita Padilla ha trazado apasionantes genealogías de esas otras zonas del discurso social, como son, por ejemplo, el mundo del activismo en Internet y sus cruces con el fenómeno “fan” y otras comunidades digitales en principio no politizadas.

Mientras tanto en la Red…

Padilla explica cómo precisamente para entender el surgimiento de estas otras zonas de producción de sentido hay que retrotraerse a la generalizada decepción respecto a ese mismo periodismo de investigación que nace con la penny press y que después se va viendo arrinconado por la progresiva comercialización y concentración de los medios en pocas manos. En búsqueda de una nueva democratización de la esfera pública, a finales de los 90 aparecen los medios independientes en Internet (como Indymedia, NO-DO50 y otros), siempre alentados por el famoso eslógan “don’t hate the media, become the media”. En este momento la contra-información se entiende más bien como la labor de una serie de portales donde los movimientos sociales explican lo que hacen, pero más tarde (en 2003) aparecen los blogs, cambiando el escenario: con ellos los individuos son capaces por fin de tener su propia “penny press” personal a través de la web. Sin embargo el entusiasmo dura poco tiempo: los blogs se reducen a la mitad hacia 2006; su problema es que hay demasiados, y que al final sólo le interesan a quien los escribe. A partir de ahí el objetivo de quienes habían estado excluidos de las élites de producción de sentido pasa a ser no sólo poder escribir públicamente, sino tener también cierto impacto mediático: se ha conseguido ya un enorme acceso a la difusión pública, se ha creado una nueva esfera masiva de discurso público, pero eso mismo hace que haya una verdadera saturación de contenidos, y que sea muy difícil orientarse en la nueva plaza digital.

Es entonces cuando, siempre según Padilla, empieza a aparecer un nuevo paradigma de organización de contenidos, en el que lo importante ya no va a ser tanto la producción individual como la selección y la colaboración colectiva en la configuración de flujos discursivos. Aparecen páginas de selección de contenidos como “Menéame”, que enseguida obtienen gran éxito porque permiten generar pequeños acuerdos acerca de qué es lo que vale la pena rescatar dentro del aluvión incesante de intervenciones. También se produce la explosión del nuevo “periodismo ciudadano”, que se diferencia de los blogs en que necesita fórmulas colaborativas para funcionar. De ese caldo de cultivo nace Wikileaks, que sin duda puede entenderse como “contra-información” (la información que el poder no quiere difundir), pero que, al contrario que los clásicos “indymedia”, se basa en lo que Margarita Padilla llama “dispositivos inacabados”: Wikileaks lanza grandes paquetes de filtraciones masivas que después otros se tienen que encargar de seleccionar, ordenar e interpretar, pero que por sí mismos son sólo un punto de partida, insuficiente para que haya verdadera “contra-información”.

En general, esta idea del “dispositivo inacabado” se convierte en la nueva clave de Internet en la era post-blogs. Con la llegada y el triunfo de las redes sociales se reafirma esta nueva lógica, que por lo demás siempre había estado ya favorecida por la propia estructura rizomática de Internet: nodos con autonomía relativa comparten dispositivos inacabados, renunciando a tener todo el control sobre los procesos comunicativos en los que intervienen. Ese es el momento en el que estamos y el que hace en parte posible un fenómeno como el 15-M, fraguado lentamente en las nuevas formas de compartir y de colaborar que la gente está ensayando en Internet y que se contagian a otros espacios de relación, como son las plazas públicas.

Consumidores que comparten y se politizan

Resulta especialmente interesante observar cómo es la propia cultura de masas y de consumo la que ha desarrollado estás lógicas de colaboración que podrían tal vez llegar a socavar sus cimientos individualistas e instrumentalizadores. Henry Jenkins ha llamado la atención sobre los efectos inesperados de la proliferación inter-mediática, que se suponía debía traer antes que nada una mayor personalización del consumo, es decir, que cada individuo pudiera elegir entre una oferta mucho mayor y de esta forma trazar un recorrido completamente único por los caminos del entretenimiento, la información y la comunicación de masas a través de las múltiples pantallas y formatos a su disposición. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que ese individuo que está ante la cultura inter-mediática se ha encontrado sobre todo con otros individuos que habitan también ese universo de pantallas, y que ha comenzado a interactuar con ellos.

Ya Michel de Certeau había advertido en contra de los prejuicios a veces sustentados sobre lecturas de los grandes críticos de la cultura de masas como Adorno y Horkheimer, que tienden a entender al consumidor como alguien aislado y pasivo. Para De Certeau (que escribía en los inicios de la explosión de la “era digital”), el consumo es una forma de producción secundaria, que no se manifiesta a través de sus propios productos, sino a través de las formas de usar los que vienen impuestos por un sistema económico dominante. En esas formas de usar se condensan miles de tácticas que conforman todo un sustrato informal de producción de sentido colectiva, lo que él llamaba “prácticas de lo cotidiano”. Con la eclosión del mundo inter-mediático, toda esa riqueza vital encuentra nuevos canales y de hecho aumenta su capacidad de apropiarse de los productos que lanza la sociedad de consumo. Jenkins pone ejemplos curiosos que nacen en la cultura del entretenimiento, como son las comunidades de “spoilers” en Internet. Una de las más notables es la que se dedicaba a descubrir lo que había pasado en la grabación del reality-show y concurso de la televisión norteamericana Survivor antes de que se emitiera, movilizando toda clase de recursos investigativos (desde cámaras por satélite hasta filtraciones personales de trabajadores y habitantes de las zonas del rodaje, pasando por análisis de imágenes emitidas en anteriores ediciones en las que se adivinaban pistas, etc…). Lo interesante es que este tipo de esfuerzos colectivos, dice Jenkins, no siempre se dedican a causas tan banales; las mismas lógicas de investigación colectiva se activaron por ejemplo cuando una serie de bloggeros americanos unieron esfuerzos para enviar reporteros imparciales a Irak, con el objetivo de desentrañar el escándalo de las torturas en la cárcel de Abu-Grahib(3).

El consumo en la era inter-mediática ya no se concibe de forma individual, sino en grupo, lo cual provoca la aparición de enormes comunidades, de ámbitos de relación humana mucho más amplios y complejos que antes. Aunque se gesten en torno al consumo mercantilizado y la cultura del entretenimiento, estas comunidades son a menudo capaces de dotarse de objetivos propios que pueden chocar frontalmente con los que les marcan los estados y las corporaciones mediáticas. Pierre Lévy entendió estas comunidades en términos de “inteligencia colectiva”, y las describió como grupos en los que todo el mundo sabe algo que está dispuesto a compartir, pero nadie sabe todo lo que sabe la comunidad.

La capacidad de las “culturas participativas” que describe Jenkins y de las “comunidades de conocimiento” que estudia Lévy para aunar fuerzas y habilidades corroe lo que Walsh llama “el paradigma del experto”. Este paradigma, vigente en la “Cultura de la Transición” española, presupone la existencia de cuerpos de conocimientos asimilables por un solo individuo, lo cual es cada vez menos frecuente en un mundo que presenta creciente interdisciplinaridad, problemas abiertos, realidades cambiantes y en flujo. Se empieza a percibir, entonces, que si se dejan en manos de expertos ciertos asuntos es debido a que prevalecen privilegios injustos, no porque así se logre mayor eficiencia. El paradigma del experto crea un dentro y un afuera (normas sobre el acceso al conocimiento, credenciales oficiales) que se revelan como innecesarios e incluso contraproducentes, porque mediante la inteligencia colectiva todo el mundo puede participar, sin importar de qué manera se accede al conocimiento que después se comparte.

En el estado español uno de los momentos más importantes en los que se verifica el “contagio” de este tipo de dinámicas colaborativas desde el mundo del entretenimiento y el consumo al de la política es durante la lucha contra la llamada “Ley Sinde” (que arranca en 2009 y se extiende hasta hoy). Se puede entender toda la polémica, más allá de los detalles técnicos legislativos o de utilización de Internet, como una verdadera confrontación de mundos distintos, de concepciones opuestas de lo que es la cultura y la información, un auténtico choque entre maneras distintas de valorar el mundo, tal como Amador Fernández-Savater explicó en su artículo “La cena del miedo”. Invitado por la entonces ministra González-Sinde a una cena con personas pertenecientes a las élites de la industria cultural y del espectáculo para hablar sobre cuestiones de propiedad intelectual y usos de Internet, Fernández-Savater escribe a su regreso un informe sobre lo que ha visto, provocando un intensísimo debate en Internet. Porque lo que ha visto es, sobre todo, miedo:

Tienen miedo a la Red. Esto es muy fácil de entender: la mayoría de mis compañeros de mesa piensan que “copiar es robar”. Parten de ahí, ese principio organiza su cabeza. ¿Cómo se ve la Red, que ha nacido para el intercambio, desde ese presupuesto? Está muy claro: es el lugar de un saqueo total y permanente.

Frente a ese miedo no es que haya sólo otra forma de entender Internet, sino todo un mundo de prácticas que están ya en otro lugar, que manejan otros presupuestos al usar la Red:

la Red está hecha de un millón de esos gestos desinteresados. Y miles de personas (por ejemplo, trabajadores culturales azuzados por la precariedad) se descargan habitualmente material de la Red porque quieren hacer algo con todo ello: conocer y alimentarse para crear. Es precisamente una tensión activa y creativa la que mueve a muchos a buscar y a intercambiar, ¡enteraos!

Por eso aunque textos como este de Fernández-Savater ayudan a clarificar las diferencias y a sistematizar lo que ya está pasando (y ejercen, en este caso, de detonadores), lo que sucede es que además grandes sectores de población que se han acostumbrado a las posibilidades de colaboración, participación y de trabajo colectivo que les ofrecen los nuevos soportes tecnológicos se politizan no tanto porque “tomen consciencia” del valor de Internet, sino porque las grandes industrias culturales (y los estados que las apoyan) deciden que esas prácticas tan naturales para ellos, son, de repente, ilegales.

De este tipo de procesos de criminalización surge por ejemplo la politización de usuarios de Internet que se articula alrededor de Anonymous. Margarita Padilla ha explicado el importante papel de Anonymous en la lucha contra la Ley Sinde, en la que los hackers coinciden con activistas que vienen de movimientos sociales más tradicionales formando lo que ella llama “alianzas monstruosas”. “Monstruosas” porque unen a gentes que vienen de experiencias y redes muy distintas: Anonymous se forma a partir de la subcultura de los “anon”, adictos a la descarga de videojuegos, películas y música que en realidad son extremadamente dependientes de la industria del espectáculo, pues crecen en su seno y con una fuerte mentalidad de consumidores, pero después van adquiriendo cada vez mayor autonomía. Sus propias formas de relación les habían preparado ya para ella: son capaces de hacer “enjambre” (swarming): “autoorganización en tiempo real, coordinación sin dar ni recibir órdenes”, y después, cumplido ya el objetivo, dispersión. Cuando el objetivo pasa de ser descargarse películas a sabotear los grupos de presión que quieren privatizar Internet, la potencia política de este tipo de grupos es completamente desbordante.

En los medios de comunicación de masas, se plantea habitualmente la cuestión de Internet como una lucha entre los internautas y los “propietarios” de la cultura (autores o empresas), pero lo que Internet enseña y permite es mucho más que descargar películas o música gratis: no se trata de “poseer” sino de hacer, alterar, circular, compartir, crear toda esa “producción secundaria” de la que hablaba Michel de Certeau. En Internet se crea una esfera de cooperaciones no basadas en identidades preexistentes, sino en objetivos concretos, que primero son actividades propias de los fans, como recopilación de información, análisis de sus ficciones favoritas, juegos, apropiaciones y transformaciones de productos de la cultura de masas, pero que inevitablemente se politizan, porque, como dice Jenkins, los fans acaparan poder frente a la industria del entretenimiento, y después trasladan ese poder a otros aspectos de sus vidas.

Ese “empoderamiento” es crucial para entender fenómenos que después han traspasado los límites de lo digital para tomar las calles, como el 15-M o, quizás incluso más directamente, el fenómeno “V de Vivienda”, que tuvo lugar en 2006. Se trataba de una movilización auto-convocada a través de Internet, sin más identidad que la voluntad de denunciar el difícil acceso a la vivienda en España, pero que eligió ese nombre en referencia cómplice a V de Vendetta, el comic de Alan Moore y la posterior adaptación fílmica de James McTeigue; un elemento completamente extraño respecto al discurso político tradicional, de izquierdas y derechas, que rompía así con las identidades establecidas y resultó por ello extraordinariamente inclusivo (entre otras cosas mediante el uso después tan popularizado de la máscara de Guy Fawkes, a menudo asociada con Anonymous).

De la democratización del sentido al procomún

Más allá de la irrupción de grupos que se presentan a sí mismos como “activistas” (incluso aunque se trate de un nuevo tipo de activismo no identitario, anónimo, de “cualquiera”), lo que se juega en estas politizaciones de comunidades formadas en torno a la sociedad de consumo es algo que afecta a mucha más gente. La aparición de Internet produce una experiencia generalizada de abundancia de los bienes inmateriales que contradice el presupuesto neoliberal de la escasez de los recursos. Como señala Padilla, Internet es recursiva: es un producto y a la vez su propio medio de producción, de forma que cuanto más se usa más se reproduce. Lo mismo se puede aplicar en general al conjunto de los bienes inmateriales:

ese nuevo conjunto de bienes inmateriales, que son a la vez medios de producción y productos de consumo, no se rige por las leyes del viejo mundo capitalista: son bienes que no se desgastan, pueden ser míos y tuyos al mismo tiempo, los podemos producir tú y yo en cooperación sin mando, se multiplican a coste cero y cuanto más se usan más crecen. Ni más ni menos, la revolución digital ha puesto en el mundo la posibilidad de una nueva abundancia ¡y sin necesidad de repartirla!

Desde esta perspectiva más general no son sólo los bienes digitales, sino en general toda la experiencia, la historia, el lenguaje y el pensamiento humanos los que se experimentan como ilimitados, infinitamente reproducibles y constitutivamente no privatizables, es decir, como un legado común que pertenece a todos y a nadie, como un “procomún”. Este concepto (“el procomún” o “los comunes”) está permitiendo conectar diversas experiencias de resistencia a la privatización y a la escasez artificialmente impuesta por el neoliberalismo que van más allá de lo inmaterial, pues, como señala el científico Antonio Lafuente (uno de los creadores del “Laboratorio del procomún” en el centro cultural Medialab de Madrid), se trata en realidad de un concepto muy viejo que nombraba ya en las sociedades pre-capitalistas todos aquellos recursos naturales o humanos recibidos de las generaciones anteriores por la comunidad y que no eran susceptibles de ser convertidos en propiedad privada o estatal (el aire, el agua, los bosques, las tradiciones, los símbolos, los mitos, etc.)(4).

El paradigma del procomún resulta extremadamente útil para pensar lo que aquí estamos llamando “democratización de la producción del sentido” porque nos provee de un marco más amplio en el que plantearse qué significa esa “democratización”. Mientras la concepción de raigambre moderna y liberal que sigue predominando en el lenguaje usado por nuestras instituciones políticas tiende a pensar que democratizar es incluir a más individuos en el debate social, la tradición del procomún nos invita a considerar la sociedad no sólo como una agregación de individuos, sino como todo aquello que compartimos y sin lo cual no podríamos siquiera desarrollar diferencias individuales, empezando por el aire que respiramos y pasando por todos los recursos, cuidados y saberes que hacen posible la reproducción de la vida humana en el planeta(5). El colectivo madrileño de “investigación militante” Observatorio Metropolitano ha explicado esto con claridad en uno de sus últimos textos hasta la fecha, La carta de los comunes: desde presupuestos individualistas no se puede garantizar la vida en común, por mucho que se creen instituciones que en principio aspiren a hacerlo, porque lo primero es establecer verdaderas relaciones comunitarias. Así, explican,

la recuperación de las esferas de reproducción social que garantizan la vida en común, no puede hacerse desde una relación mediada institucionalmente, sino que ésta debe colocarse en el punto en el que se anuda la materialidad de las relaciones comunitarias. Valor de uso, sostenibilidad y gestión colectiva y transparente son algunas de sus encarnaciones. Por eso es necesario entender que lo común no se deja reducir a los estatutos de propiedad existentes, ni la propiedad privada ni la propiedad pública están hoy en condiciones de realizar este proyecto de recuperación de los mecanismos sociales de reproducción, ni por extensión, de recuperar o articular forma alguna de sociabilidad no sumisa al mercado.

Ni desde el Estado ni desde el mercado parece en efecto posible hoy articular formas de gestión y disfrute de los bienes comunes materiales e inmateriales que permitan mantener su abundancia, su capacidad de reproducirse y de llegar a todos. La experiencia de las últimas décadas nos muestra como esas dos esferas han tendido a producir una distribución extremadamente desigual de la riqueza, expoliando lo común para crear una situación de escasez artificial que afecta a la mayoría de la población. Esto no significa, sin embargo, que las prácticas de lo común como “recuperación de los mecanismos sociales de producción” a las que se refiere Observatorio Metropolitano exijan un purismo que rechace todo contacto con el Estado y el mercado. Por el contrario, en la práctica, es casi siempre en situaciones de necesaria hibridación con estructuras estatales y mercantiles, públicas y privadas, donde vemos florecer la lógica de los comunes: proyectos y recursos gestionados por los mismos grupos de personas que los disfrutan, pero que no pueden situarse completamente fuera del mercado o el estado, sino que más bien entran en formas de relación con ellos de un modo tal que no pongan en peligro su autonomía relativa. Este es el caso paradigmático, por ejemplo, del espacio cultural y multifuncional madrileño “La Tabacalera”, que desarrolla sus actividades en una antigua fábrica de tabaco cedida por el Ministerio de Cultura, pero que de hecho está gestionado de forma colectiva por quienes lo usan. También el mencionado espacio Medialab-Prado depende económicamente del Ayuntamiento de Madrid, pero su “Laboratorio del procomún” se ha convertido en un centro de referencia para la experimentación en torno a formas de compartir mecanismos de reproducción social (reproducción de cuidados, de saberes, de experiencias, de espacios, de relaciones)(6).

Poniendo un ejemplo más concreto, el laboratorio del procomún ha albergado recientemente una serie de conversaciones sobre edición y cultura libre propuestas por uno de los proyectos más interesantes surgidos del 15-M, la biblioteca abierta y colaborativa #Bookcamping. Lo interesante de las lógicas desarrolladas por proyectos como #Bookcamping es que llevan un paso más allá el desafío a la versión oficial de la crisis que se planteaba en esa pancarta fundacional del 15-M, como, por lo demás, hicieron ya enseguida las propias acampadas: no sé trata sólo de denunciar a los que la gente considera verdaderos responsables de la crisis (“políticos y banqueros”), sino también de demostrar que, frente a la inutilidad de las instituciones, los lazos comunitarios entre las personas, las redes de cooperación que se establecen para garantizar la reproducción de la sociedad, son capaces de hacer frente a esa crisis, o cuando menos son ya el germen de una recuperación de lo común expoliado por la lógica del beneficio individual y las privatizaciones. Así, #Bookcamping, en este caso, funciona como un proyecto que hace visible la gran abundancia de saberes escritos que rodean al 15-M, tomando como punto de partida la idea de recopilarlos “para entender como hemos llegado hasta aquí (porque no salimos de la nada)” (según se plantea en su página web). Desde que en su inicio lanzó la pregunta: “¿tú que libro te llevarías a una acampada?”, ha movilizado el interés y la capacidad de compartir de mucha gente que antes no disfrutaba de una plataforma de encuentro similar.

Como las múltiples bibliotecas y archivos físicos que se crearon en las acampadas, como también los múltiples proyectos de colaboración y archivo de audiovisuales que generó el 15-M (y que fueron reseñados secciones especiales de Cahiers du Cinema España y de la revista online Blogs & Docs), la biblioteca digital #Bookcamping es tan importante por su formato “procomún” (abierta a la participación, gestionada por sus usuarios, “de todos y de nadie”) como por los propios contenidos que alberga(7). En este sentido, el concepto de procomún nos ayuda también a entender que en esa profunda y larga guerra por la producción del sentido que se libra en paralelo a las batallas puntuales por los cambios en las instituciones políticas y en las decisiones macro-económicas, el 15-M y la esfera cultural que lo rodea introduce más bien un cambio en el escenario que en los actores. No se trata tanto de que aparezcan nuevos individuos o grupos sociales capaces de ser oídos en la esfera pública, sino de que la propia concepción de lo público se ve trastocada por el auge de formas de compartir que rompen con las lógicas individualistas y mercantilizadoras dominantes, sembrando una semilla que crece despacio, pero que va minando todo intento de apropiarse y de limitar el acceso a recursos que cada vez se perciben más como “del común”.

Desbordamientos: redes y calles

La convergencia de lo que se ha dado en llamar el movimiento internacional de las “tent cities” o de las “plazas” (desde Tahrir en El Cairo, pasando por Sol en Madrid, Syntagma en Atenas, hasta Liberty Square en Nueva York) con lo que David Bollier y otros llaman el “movimiento internacional de los comunes” es tal vez uno de los acontecimientos políticos con mayor potencial transformativo que puedan darse dentro de las coordenadas de la hegemonía neoliberal actual. Bollier ha caracterizado el movimiento de los comunes como “un gran gigante durmiente –un superpoder desconocido-, si tenemos en cuenta las muchas tribus transnacionales de ‘comuneros’ que existen”. Entre estas tribus Bollier menciona el movimiento de economías solidarias, el de “transition towns”, el activismo relacionado con el agua (el caso de Cochabamba en Bolivia resulta paradigmático), la Vía Campesina, el software libre, el movimiento cultura libre/creative commons, Wikipedia, la edición “open access” y los partidos piratas. Habría para él un procomún digital, agrícola, indígena, urbano y social, defendido por distintos grupos pero que operan en lógicas parecidas y que están encontrando nuevos espacios para el diálogo y la colaboración, como fue la International Commons Conference celebrada en noviembre de 2010 en Berlín o, en una escala menor, el congreso Building Digital Commons celebrado en Barcelona en octubre de 2011 y el “Making Worlds” Forum on the Commons organizado por Occupy Wall Street en Nueva York en febrero de 2012.

Pero precisamente, si ha habido hasta ahora un evento con capacidad de vivificar y reunir a todas esas tribus del procomún planetario, ese ha sido tal vez la irrupción de los nuevos movimientos de las plazas durante el año 2011, porque se trata de movimientos que lo que tienen de novedoso es su recuperación de la política como una actividad que ya no puede pertenecer sólo a los profesionales o a los expertos, sino que es de todos y de nadie. El hecho de que en las plazas no sólo se haya protestado o reclamado el derecho a intervenir en la esfera pública, sino que de hecho se hayan creado estructuras y lazos comunitarios capaces de sustentar la reproducción social de la vida cotidiana, muestra ya la conexión inherente de estos movimientos con la lógica del procomún. A nivel táctico, sin embargo, se plantea un problema muy sencillo: las plazas pueden reproducir la vida cotidiana en pequeña escala, pero no son la vida cotidiana. El campamento no es el mundo. A la larga las “tent cities” resultan insostenibles, y de ahí que en muchos casos (en la Puerta del Sol, por ejemplo) hayan sido los propios acampados quienes decidieron desmantelar sus pequeños asentamientos. La imaginación colectiva de millones de personas se ha puesto ya en movimiento alrededor de estos problemas tácticos, y sin duda pronto aparecerán otros modos de articular protesta y comunidad. Hoy por hoy, podemos decir que en estos procesos se juega una democratización del sentido que ya no consiste solamente en una mayor participación de individuos o grupos sociales en las estructuras de expresión y representación política existentes, sino más bien en la transformación de las redes de relación social que articulan lo político, entendido en el sentido amplio de vida con otros.

Por supuesto esta transformación puede pasar a veces casi desapercibida ante las manifestaciones espectaculares y las inevitables inercias de las antiguas formas de producir sentido. Después del 15-M, en España el partido conservador ha ganado unas elecciones por mayoría absoluta, las medidas de austeridad dictadas por las élites neoliberales siguen su curso y desde los grandes grupos mediáticos se siguen promulgando las mismas consignas que han vertebrado la Cultura de la Transición durante las últimas décadas: “confiemos en el consejo de los expertos, dejemos la política en manos de nuestros representantes profesionales”. En el mundo de la cultura los paradigmas banalizadores y espectacularizados se siguen combinando con la autoridad de los “opinadores” que hablan desde su supuesta genialidad o inteligencia individual excepcional. Sin embargo, la profunda democratización del sentido que está socavando el suelo bajo los pies de todo ese andamiaje socio-político y cultural continua avanzando, en paralelo. Del mismo modo que el apoyo de más del 80% de la población española al 15-M (según una encuesta publicada en El País) no se traduce de forma directa en la política de partidos ni en sus elecciones cada cuatro años, la nueva conversación colectiva que discurre a través de las redes sociales y de otras plataformas participativas no aspira a ocupar las tribunas del “star-system” cultural español. No hay tanto una confrontación directa con la CT, sino más bien un desplazamiento hacia otros formatos, que se viene re-actualizando en irrupciones puntuales callejeras (como las protestas del “no a la guerra”, el 11-M, V de Vivienda y 15-M), pero también en la propia Red, y en numerosos proyectos que atraviesan los dos ámbitos (calle y Red), como los aquí citados (Tabacalera, Medialab, #Bookcamping, Observatorio Metropolitano), que son tan sólo una muestra de las extensas redes de investigación, creación, ayuda mutua y acción política que están proliferando en torno a lógicas colaborativas, abiertas, participativas e inclusivas.

En este desplazamiento hacia formatos de producción de sentido que ponen en el centro lo común en lugar de lo individual, lo que está en juego inevitablemente es una redefinición profunda de la política, que nos vuelve a plantear una pregunta bien sencilla: ¿qué significa vivir con otros? ¿se trata de una lucha entre individuos que se disputan recursos limitados o, por el contrario, es precisamente la existencia de otros que no son yo la que hace posible una mejor gestión y reproducción de lo que tenemos en común? ¿Es el otro un competidor o un compañero en la abundancia? La reaparición de estas preguntas que la cultura individualista e instrumentalizadora del neoliberalismo había prácticamente cancelado desde los años ‘80 es, de momento, el signo de apertura y democratización de la producción del sentido que podemos dar por cierto, sean cuáles sean las respuestas que la humanidad elija darse en los próximos y decisivos años.

1. En sintonía con esta lectura, el filósofo francés Jacques Rancière ha llamado la atención sobre el potencial subversivo que tiene la intervención en política de quienes se supone que no están autorizados a hacerlo, no tanto porque vayan entonces a defender sus interese gremiales particulares, sino porque ese cambio de roles sociales pone en cuestión todo el tablero de juego político, toda la distribución del quién es quién y quién puede hacer qué en el escenario social. Ver la entrevista de Amador Fernández-Savater y otros a Rancière, “Universalizar las capacidades de cualquiera”.

 2. La Cultura de la Transición y el 15-M.

 3. Por supuesto, no se pueden obviar esos otros fenómenos de investigación colectiva que proliferan en torno a las llamadas “teorías de la conspiración”. Aunque comparten metodologías descentralizadas, quizás lo que las distingue fundamentalmente de las lógicas de “dispositivos inacabados” que venimos reseñando es que en estas otras comunidades la renuncia al control individual supone en realidad un incremento paranoico de la voluntad de control en tanto que grupo: se trata de descentralizar provisionalmente para poder llegar a una verdad absoluta, es decir, para volver a cerrar la comunidad de los que saben, de la que quedarían excluidos todos los demás. En términos más generales, es preciso diferenciar, por tanto, los procesos de democratización que reintroducen de una u otra forma identidades fuertes y excluyentes de grupo (a veces acompañadas de pretensiones xenófobas e incluso violentas, como en el caso de los grupúsculos de la llamada “Nueva derecha”) y los que realmente mantienen la capacidad de auto-cuestionar las comunidades que generan, manteniéndolas abiertas. En lo que sigue intentaremos captar estos matices de las formas de democratización posible ayudándonos de la noción del “procomún”, que es precisamente aquello que, aunque esté gestionado por un grupo, se mantiene siempre como algo (bienes, recursos, capacidades) que es “de todos y de nadie”.

4. Para otras definiciones o discusiones en torno al procomún ver los textos de Caffentzis, Federici, Negri y Hardt, Bollier y Quilligan.

5. Para una reinterpretación del propio concepto de democracia desde parámetros ajenos al individualismo liberal moderno y más cercanos a lógicas comunitarias, como eran las de la democracia ateniense, ver el texto de Pablo Sánchez León “La ciudadanía que hemos perdido: el zoon politikon en perspectiva histórica”.

6. Para un análisis de las relaciones de la esfera común con el mercado, y más concretamente de los peligros de asimilación del procomún por parte del neoliberalismo, ver el artículo de Silvia Federici “Feminism and the Politics of the Commons”. El texto es en sí mismo también una excelente aproximación al tema general de los commons, con un énfasis en la cuestión de la necesidad de la reproducción material de la vida que contrasta con la deriva más “cognitarista” de autores como Negri y Hardt en su reciente Commonwealth.

7. Otros proyectos importantes emanados del clima de colaboración del 15-M son “Fundación Robo”, que agrupa a músicos reinventando en común la canción protesta, “Asalto”, que hace lo propio con la escritura de ficción politizada y “15-M.cc”, que se plantea como un proyecto multimedia de investigación sobre el 15-M (incluirá documental, libro y página web). Algunos proyectos anteriormente existentes han resultado fuertemente reforzados por el clima 15-M, como es el caso de la “Cooperativas integrales” de Cataluña, que aspira a crear redes en las que se pueda vivir enteramente al margen de la privatización de la riqueza común ejercida por el neoliberalismo, mediante cooperativas que gestionen alimentación, vivienda, salud, educación y el resto de necesidades básicas vitales.

 

OBRAS CITADAS

Bollier, David. “Surveying Commons Activism on the International Stage”. Bollier.org. 24 Feb 2012. Web 10 Marzo 2012.

Caffentzis, George. “A Tale of Two Conferences: Globalization, the Crisis of Neoliberalism and the Question of the Commons”. The Commoner. Diciembre 1 2100. Web 10 Marzo 2012.

Cahiers du Cinema España. “Cuaderno de Actualidad”. Cahiers du Cinema España July-August 2011.

Cavero, Eva. “Sol visto desde mayo del ’68 (entrevista a Mario Muchnik y Eduardo Arroyo)”. El País. 5 Junio 2011.

De Certeau, Michel. The Practice of Everyday Life. Berkeley: University of California Press, 1997.

Federici, Silvia. “Feminism and the Politics of the Commons”. The Commoner. 24 Enero 2011. Web 10 Marzo 2012.

Fernández-Savater, Amador.  “La cena del miedo”. Acuarela libros. 2011. Web 7 Marzo 2012.

Fernández-Savater, Amador, Garcés, Marina y Sánchez Cedillo, Raúl. “Universalizar las capacidades de cualquiera. Entrevista a Jacques Rancière”. Archipiélago, 73-74.

Hardt, Michael and Negri, Toni. Commonwealth. Cambridge, Mass: Belknap Press of Harvard University Press, 2009.

Jenkins, Henry. Convergence Culture. Where Old and New Media Collide. New York and London: New York University Press, 2006.

Lévy, Pierre. Collective Intelligence. Mankinds’s Emerging World in Cyberspace. Cambridge, MA: Basic Books, 1997.

Martínez, Guillem. “¿La cultura de la transición (CT) se muere?”. El País. 11 de Junio de 2011.

Monzó, Quim. “He aquí la Spanish revolution”. La Vanguardia. 19 de Mayo de 2011.

Observatorio Metropolitano. La carta de los comunes. Madrid: Traficantes de Sueños, 2011.

Padilla, Margarita. “Politizaciones en el ciberespacio”. Espai en Blanc 9-10-11 (2011): 43-71.

Quilligan, James. “People Sharing Resources. Toward a New Multilateralism of the Global Commons”. Kosmos Fall-Winter (2009).

Sánchez-León, Pablo. “La ciudadanía que hemos perdido: el zoon politikon en perspectiva histórica”.

Vila-Matas, Enrique. “Empobrecimiento”. El País. 24 de Mayo 2011.

Walsh, Peter. “That Withered Paradigm: the Web, the Expert, and the Information Hegemony”. Henry Jenkins and David Thorburn (eds) Democracy and New Media. Cambridge, MA: MIT Press, 2004.