“Nada es original. Roba de cualquier lugar que haga resonar a tu inspiración o que alimente tu imaginación. Devora películas viejas o nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, obras de arquitectura, puentes, señales callejeras, árboles, nubes, cuerpos de agua, luz y sombras. Elige para robar sólo las cosas que te hablen directamente al alma. Si lo haces de este modo, tu trabajo (y tus robos) serán auténticos. La autenticidad es invalorable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tus hurtos -celébralos si tienes ganas. En todo caso, recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “No se trata de de dónde tomas las cosas, se trata de a dónde las llevas”.
Una entrevista que me hizo Fernando Peirano sobre el 15-M para la revista de cultura Ñ del periódico argentino Clarín, publicada junto a un texto del propio Fernando sobre los “movimientos sociales difusos”. Igual nada muy sorprendente para los que seguís el blog, pero juzgad vosotros mismos.
Amador Fernández-Savater es editor e investigador independiente. Dirigió durante años la revista Archipiélago y ahora impulsa con otros amigos la editorial Acuarela libros. Ha participado en varios movimientos sociales desde mediados de los años 90. Se presenta a sí mismo como “un escriba del 15-M” y lo explica de este modo: “desde el comienzo voy haciendo el trabajo de escuchar y registrar, de traducir algunos pensamientos latentes a concepto, de dar forma y devolver todo el rato”. Uno de los lugares donde se puede leer este trabajo es su blog en el diario Público.
Si entendemos al 15-O como la primera manifestación global de la historia, ¿se podría decir que hay un diálogo posible entre el 15-M, OWS, la Primavera Arabe, el movimiento de estudiantes chilenos, y las manifestaciones que ese día se sumaron en Londres, Tel Aviv, Atenas, Nueva Delhi, México, Moscú y Tokio? ¿En qué medida se puede hablar de la emergencia de un nuevo sujeto político?
La idea de “un nuevo sujeto político” no me parece muy útil para ponernos a la escucha de una conversación entre plazas: Tahrir, Syntagma, Sol o Zucotti. Un texto del Comité Invisible recomienda pensar mejor en una composición musical: “algo que se constituye aquí resuena con la onda de choque que emite algo que se constituyó allí y cada cuerpo vibra según su modo propio”. Aunque no supiéramos muy bien qué ocurría realmente en Egipto, la onda de choque de Plaza Tahrir atravesó las plazas del 15-M con la siguiente idea: la rebelión necesita un lugar, un espacio de encuentro y mezcla entre diferentes, con un mensaje dirigido a todos y a todas, más allá de su clase o ideología: “somos personas, no mercancías en manos de políticos y banqueros”. También entre el 15-M y el movimiento Occupy hubo diálogo. Un campo de resonancias, vibraciones y ondas de choque, no una identidad. Una conversación intermitente, frágil y precaria, no un “nuevo sujeto político”. Me parece que esto es lo que tenemos que escuchar y pensar.
Frente a la irrupción de movimientos sociales difusos como el 15-M o el OWS, que le dicen a sus gobernantes “no nos representan”, los gobiernos no encuentran una respuesta satisfactoria. Hasta ahora sus respuestas se parecen más a la impotencia que a una estrategia, como si su poder de infundir miedo y su capacidad de anularlos mediante la integración ya no fueran efectivas. ¿El Estado está perdiendo el control frente a fuerzas sociales que tienden a deslegitimarlo? ¿Cómo se resuelve esta tensión?
Los poderes operan siempre por de-limitación: ponen nombres, establecen fronteras, asignan identidades, estereotipan la realidad. El objetivo que han perseguido en el caso del 15-M es distinguir entre la gente que protesta y la gente normal, señalando a los indignados como “marginales anti-sistema”, “violentos” o “perroflautas”. Así, se trataba de neutralizar el 15-M como espacio de cualquiera mediante una operación simple: dividir mediante estereotipos impregnados de miedo, marcar una línea clara entre lo normal (que no se mueve y asume la representación) y lo sospechoso (turbio y violento). Pero el 15-M ha inventado mil formas de pinchar los estereotipos, desde el humor que ridiculiza y vacía las imágenes del miedo hasta la invitación constante a cualquiera a acercarse a ver con sus propios ojos la realidad que estábamos construyendo en las plazas, reproponiéndose a sí mismo una y otra vez como espacio de cualquiera. Esa ha sido y es su fuerza.
Lo que hacen los movimientos sociales difusos, ¿es anti-política como dicen algunos críticos o es una crítica de la política con una nueva propuesta de vida y de gobierno como dice Santiago López Petit? En tal caso, ¿dónde se ven insinuadas esas formas de vida y gobierno.
Veo las dos cosas. El 15-M tiene un enorme potencial destituyente. Dos de sus principales consignas son “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es”. Así abre el tabú por excelencia en España desde hace treinta años: qué democracia tenemos. Es ya una percepción muy extendida que la política de los políticos se limita hoy en día a gestionar las necesidades de la economía global presentada como un “destino”. Que la política no está al servicio de las personas, sino de la lógica de beneficio. El 15-M pone esa cuestión en el centro de todas las ciudades y en el centro de todos los debates públicos. En este sentido podría considerarse un movimiento “anti-político”. Pero aunque nos una el rechazo, somos más que rechazo. Esta es una verdad que intelectuales de la talla de Z. Bauman no ven pero que sin embargo es obvia para cualquiera que pasara por las plazas: a los pocos días no estábamos allí para gritar nuestra indignación contra nadie, sino por la belleza y la potencia de estar juntos, ensayando modos de participación común en las cosas comunes. Por lo tanto, redefiniendo y reinventando lo político.
El contrato social y el estado moderno se fundan sobre la base de una sospecha, donde el hombre se ve a sí mismo como su propia amenaza, ¿cuál es el fundamento de lo que hoy se llama “nuevo contrato social”?
Hay un “contrato social” en crisis, el que ofrecía derechos colectivos (salud, educación, trabajo, etc.) a cambio de un cierto consenso político. En España ese contrato se llamó Cultura de la Transición (que la verdad tuvo más de consenso que de derechos). Pero las necesidades de la economía global exigen recortes, privatizaciones y precariedad. El consenso ya no es la contrapartida de nada. El 15-M lo rompe, deslegitimando radicalmente todas las instancias de representación tradicionales (partidistas o sindicales). La izquierda que aún reivindica su nombre querría reflotar más o menos el viejo contrato. Pero me parece más interesante lo que se está pensando en torno a los bienes comunes, como un tercer término más allá de lo público y lo privado. El aire, la biodiversidad, el genoma, el lenguaje, las calles, Internet… De todos y de nadie, los bienes comunes nos atraviesan y constituyen, nos hacen y deshacen. Y exigen de nosotros la invención de nuevas instituciones y formas de gestión ciudadana para hacernos cargo en común de lo que tenemos en común.
Podemos arriesgarnos a decir que hace 10 años Argentina vivía un anticipo de la crisis que hoy vive Europa, pero no fue con menos Estado ni una subordinación de la política frente al mundo financiero que la está dejando atrás. En otras palabras, no fue rechazando las instancias de involucramiento y transformación que disponen el Estado y las estructuras políticas clásicas. ¿Qué valor de referencia tiene, por ejemplo para el 15-M, el modo en que Argentina logró salir de la crisis?
Me parece que lo que pasa ahora en Argentina no se entiende sin tener en cuenta la deslegitimación radical y práctica del neoliberalismo que operaron los movimientos en torno al cambio de siglo. Desde abajo se abrieron otras posibilidades, también para los gobiernos. En Europa estamos muy lejos de ahí. Ni siquiera nos tenemos que preocupar de que un gobierno integre reivindicaciones de los movimientos autónomos a cambio de su desactivación. Los poderes están lanzados en una fuga hacia adelante suicida, ajena a toda escucha y blindada a cualquier tipo de participación ciudadana. Pero los cambios importantes siempre empiezan por abajo. El colectivo Tiqqun dice que la base del neoliberalismo es existencial: la idea de que cada cual tiene su vida. Es lo que llaman “liberalismo existencial”. El 15-M cuestiona la hegemonía de esa idea: en las plazas hubo todo un proceso de redescubrimiento del otro, hasta ahora enemigo, obstáculo u objeto indiferente. Ojalá avancemos en una crisis mayor del neoliberalismo que abra para todos el mapa de lo posible.
La filosofía política viene ensayando aproximaciones a una nueva manera de abordar lo colectivo; el desarrollo de conceptos como procomún, multitud, comunidad son algunos de esos ejemplos. ¿Hay un nuevo “nosotros”? ¿Cómo imagina una representación posible para esa nueva acepción del pronombre con mayor capacidad de inclusión.
Hacernos invisibles para el poder y visibles para los demás. Aparecer borroso. Esa es la función de las ficciones políticas. Jacques Ranciére tiene reflexiones poderosísimas al respecto. La ficción política interrumpe el orden policial de la identidad, abriendo espacios donde cualquiera puede contarse. Frente a los estereotipos que dividen y definen la realidad, los nombres de cualquiera. Por ejemplo, “indignados”. Al principio funcionó como etiqueta mediática, pero la gente del 15-M se lo ha reapropiado. Indignado puede ser cualquiera, cualquiera que perciba como intolerable la vida bajo este capitalismo enloquecido, cualquiera que piense que sólo colectivamente podemos recuperar la dignidad (una palabra que encierra “indignados”). Indignados no son “los de izquierda”, ni “los radicales”, no son los trabajadores ni siquiera los ciudadanos. No es una identidad, sino una decisión subjetiva y posible para todos. “No es un lugar al que se pertenece, sino un espacio al que se ingresa para construirlo”, como decía Diego Tatián. Y lo mismo ocurre con otras ficciones políticas del 15-M: “personas”, “somos el 99%” o incluso la plaza de Sol como personaje colectivo.
Desde la Asamblea Popular del Barrio de Malasaña queremos invitaros a participar en la proyección de cine y posterior debate, que se celebrarán el viernes 20 de enero, a partir de las 19:00, en la Calle Santa Lucía, 10 (cercana a la Plaza del Dos de Mayo y semi-esquina con la calle San Vicente Ferrer).
En esta ocasión nos acercaremos a la atmósfera vital de Mayo del 68 y a sus resonancias con el movimiento 15-M.
Podremos ver el documental Grands soirs et petits matins (1978) realizado por William Klein durante Mayo del 68 en el Barrio Latino de París montando ese material diez años después. La presentación y moderación correrá a cargo de Amador Fernández- Savater, periodista, editor y participante activo en diversos movimientos sociales.
Grands soirs et petits matins (1978), William Klein, b/n, 98 min.
Diez años después de que, a instancias de los Estados Generales del Cine, hubiera rodado con la cámara al hombro los sucesos más relevantes que tuvieron lugar durante Mayo del 68 en el Barrio Latino de París, el fotógrafo y cineasta William Klein monta con el metraje original un documental que capta con extraordinaria intensidad la atmósfera de las manifestaciones, reuniones y debates públicos.
La memoria pesa y aburre cuando alecciona al presente en lugar de inspirarlo y hacerle preguntas. Hay toda una memoria aburrida y pesada de Mayo del 68 (“yo estuve allí, entonces sí que se luchaba”, etc.). Pero las imágenes que captó William Klein con su cámara al hombro nos muestran (directamente, sin intermediarios) un acontecimiento vivo y que conecta con nuestro presente. Vemos el 68 como una formidable toma de la palabra por parte de miles de personas condenadas hasta entonces al silencio y el aislamiento. La calle como lugar de diálogo y los muros como espacio de expresión creativa. La alegría desbordante del encuentro entre diferentes y de la interrupción de la normalidad mortífera. La política no como un asunto de partidos o profesionales, sino como la invención de prácticas mediante las cuales las personas cualquiera se vuelven capaces de hablar en nombre propio, pensar y decidir en primera persona, planteando colectivamente los propios problemas. Una pelea, no entre izquierda y derecha, sino entre arriba y abajo. Todo ello resuena muy poderosamente con el movimiento 15-M, ¿es un espejismo o existe algún tipo de relación? ¿Qué nos dice aquel pasado sobre nuestro presente? Más de 40 años después, Mayo del 68 puede seguir dándonos mucho qué pensar.
Mi amigo Leónidas Martín Saura ha realizado junto a Núria Campabadal este reportaje sobre activismo y ficción para Metrópolis (TVE 2). Se trata de un repaso por cinco experiencias de uso político de la ficción, los nombres colectivos y las máscaras: Súperbarrio, el héroe de los sinvivienda en Méjico; Unemployed Man, súperhéroe de los trabajadores precarios e invisibles; el Reverendo Billy que desde su Iglesia Contra el Consumo rompe el hechizo de las mercancías; los palestinos de Bilin que reivindican sus tierras disfrazados como personajes de Avatar; y finalmente Anonymous, que ya no necesita ninguna presentación porque somos todos. Leo me invitó a participar y aparezco por ahí dejando caer alguna cosa sobre estas experiencias cuya potencia, al modo de Ulises y Espartaco, consiste en que nos permiten a la vez hacernos invisibles al poder y visibles para los demás cómplices.
El asunto primordial de la ficción ha sido, es y será siempre la emoción, las creencias y los valores de los seres humanos. Los proyectos incluidos en este programa cumplen a raja tabla esta condición; pero lo hacen a su manera. Si los realistas franceses del siglo XIX proponían pintar lo que se veía, estas experiencias a caballo entre la ficción y el activismo social proponen hacer lo que se ve. Es como si dijesen: estamos cansados de mirar, ahora queremos vivir la imagen. Superbarrio, por ejemplo, no es más que eso, un hombre cualquiera que tras perder su trabajo y su casa en la ciudad de México, decide convertirse en su propio personaje: un luchador enmascarado capaz de enfrentarse a los responsables políticos de la especulación urbanística. Lo mismo sucede con Unemployed Man, un guión de cómic escrito por un par de chicos que cansados de sufrir la crisis económica, deciden convertirla en una historieta repleta de superhéroes sociales que rápidamente abandonan las páginas del cómic para aparecer en las manifestaciones y campamentos contra la crisis capitalista, a lo largo y ancho de los Estados Unidos.
Las experiencias artísticas contenidas en este “Activismo y Ficción”, más que intentar convencer al espectador para que acepte lo que muestran, lo que hacen es encantarlo, hipnotizarlo incluso para que suspenda la incredulidad y pase a involucrarse en el conflicto social narrado por ellas. Este es el caso de los Palestina Avatar, ese grupo de jóvenes palestinos que conmocionaron a medio mundo apareciendo en una colonia de Gaza, manifestándose contra la ocupación del ejercito israelí disfrazados de Na´vi, los personajes buenos de la película Avatar. Esos chicos se convierten en ficción, para ocupar nuestras pantallas y despertar en nosotros el deseo de cambiar este mundo. Lo mismo hace el Reverendo Billy y su Iglesia contra el consumo, que tras apropiarse de la figura de esos reverendos lunáticos que ocupan una gran parte del horario televisivo americano, logran convertir muchos de los relatos y mitologías cristianas en verdaderas flechas contra la sociedad del consumo.
Si las ficciones son proyecciones delirantes nacidas en el espacio que queda entre el autor y el que las recibe, los proyectos incluidos en este programa se centran claramente en el que las recibe: el espectador. Esta figura está entendida aquí de manera mucho más libre de lo que suelen pensar algunas corrientes críticas, para los autores de estos proyectos una imagen nunca podrá representarlo todo, por eso Anonymous realiza esta especie de ejercicio de posesión y se adueña de un rostro y un cuerpo que no le pertenecen, para operar bajo su apariencia y añadir así aquello que siempre le faltará a la imagen: la acción.
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En Una Línea sobre el Mar, el programa de radio donde participo, viajamos a EEUU para acercarnos al movimiento Occupy, los indignados americanos. Y lo hicimos de la mano de nuestro amigo Ángel Luis Lara, que vive en “el monstruo” Nueva York desde hace cinco años. Le planteamos a Ángel un juego de las siete diferencias entre el 15-M y Occupy. Y las viñetas que le mostramos son nueve frases y lemas asociados de alguna manera al 15-M:
“toma la plaza”,
“ni izquierdas ni derechas, somos puro sentido común”,
“somos personas, no mercancías en manos de políticos y banqueros”,
“somos todos”,
“vamos despacio porque vamos lejos”,
“te queremos, únete”,
“no saben lo que quieren pero lo están consiguiendo”,
“Ese es el milagroso efecto del 15M y de los movimientos en el Mediterráneo: nos hemos imbuido de una extraña y maravillosa energía, una especie de determinación colectiva que no nos abandona. Estamos aprendiendo que, a diferencia de los partidos o las instituciones, los movimientos no tienen miedo a las transformaciones, a los cambios o a los gerundios. Ser movimiento es estar en movimiento. Sabíamos que se trataba de romper la burbuja inicial, de cambiar”
“El contraste entre la violencia policial y el carácter decididamente pacífico de #OccupyWallStreet ha funcionado como un campo magnético que ha atrapado no sólo la atención sobre el movimiento, sino también los afectos. Ni uno solo de los responsables del desastre económico desatado desde Wall Street ha sido detenido y procesado. Casi novecientas personas han sido arrestadas desde que el movimiento ocupara Liberty Plaza el pasado diecisiete de septiembre. El contraste se ha hecho sencillamente insoportable para mucha gente”
“La hegemonía de la frase “We are the 99%” en el conjunto de los eslóganes del movimiento ha modificado la suerte de éste por lo menos en dos direcciones: por un lado, ha funcionado como un enunciado evidentemente incluyente que ha hecho que la gente común se sienta interpelada y se acerque al movimiento; por otro lado, nos ha obligado necesariamente a abrirnos y a devenir ese 99% que declaramos ser. Se trata de una frase reversible: We are the 99% ha conectado hacia afuera y ha modificado hacia adentro. Ahora, cuando alguien exhibe un comportamiento sectario, reproduce un lenguaje ideológico o hace una propuesta excluyente, basta con decirle “no, es que somos el 99% de la gente”. Es muy probable que sigamos sin convencerle, mucho menos que consigamos que deponga su actitud, pero lo que sí es incuestionable es que ahora está en fuera de juego”
“Nada de lo que allí sucede (en Liberty Plaza) implica la necesidad de un atrevimiento desmedido e impracticable. Conversaciones, bailes, asambleas, juegos para niños, picnics improvisados sobre la acera, talleres y reuniones constituyen actividades participables por el común de los mortales. Como decía un amigo hace unos días a voz en grito y subido a una de las jardineras de la plaza: “no tenemos que convencer a la gente, nosotros somos la gente”. “El 99%”, le contestó un señor mayor que aplaudía sus palabras”
“Ahora el movimiento es de las personas. Más de los gerundios que de los adjetivos. Su máximo logro es el hecho mismo de su existencia: Liberty Plaza representa la reconquista de la sociabilidad, la posibilidad de poner en común, el bloqueo de la soledad. Por eso lo primero que uno percibe al entrar en la plaza es una suerte de alegría contagiosa, una emoción difícil de explicar. Algunos neoyorquinos han comenzado a llamarlo “el milagro de estar juntos”. Eso ya no es la indignación, es mucho más. Eso ya es otra cosa
Banda sonora de Occupy Wall Street escogida por Ángel para el programa:
La pregunta rebota de aquí para allá: “¿dónde está el 15-M?” ¿Ha fallecido, tal y como dictaminan los medios de comunicación que sólo conceden existencia a lo que es espectacular y masivo, noticiable? ¿Se ha retirado a los cuarteles de invierno, esperando tiempos mejores (y temperaturas más altas) para reocupar su espacio natural: las calles y las plazas? ¿Se ha replegado a los barrios, fuera de la vista de los focos mediáticos y de la volátil “opinión pública”, pero construyendo al modo de las hormigas una base duradera para el cambio social?
A la comisión de Extensión Internacional de Sol, que tuvo un papel relevante en la preparación del 15-O, no le satisface ninguna de las respuestas, así que se ha declarado en huelga (!), invitando a detener la producción (los activistas también producen: activismo) para pensar a fondo lo que a su juicio es una crisis de la estructura organizativa del 15-M. En su declaración llaman la atención sobre tres problemas particularmente: la bajísima participación actual en asambleas y comisiones, la dispersión y división interna, y la burocratización de los comportamientos (automatismos, falta de imaginación).
Me gusta el gesto: se atreve a interrumpir y pienso que si no hay discontinuidad no hay creación, sólo inercias y repetición. No tengo ninguna solución que ofrecer sobre cómo podrían funcionar las cosas de otra manera. Pero voy a tratar de contribuir con algo (un poco general y abstracto, que es lo mío) sobre los problemas que apunta Internacional, por si acaso leerlos de otra manera ayuda a ensanchar el campo donde podemos encontrar respuestas concretas.
Vida y política
¿Dónde se han metido todas las personas que poblaron plazas y asambleas en primavera? ¿Se han vuelto desafectos al 15-M, son incapaces de un compromiso duradero, están ahora resignadas a su suerte? Creo que no. Sin ningún estudio a mano, generalizando simplemente a partir de los casos que conozco personalmente y de la observación de mí mismo, pienso que en general la gente ha vuelto a hacer su vida.
Las semanas de acampada en Sol fueron un tiempo excepcional, pero resulta muy complicado habitar una excepción. O sólo puede hacerlo gente fuera de lo normal: por ejemplo, los activistas, los que hacen de la política el centro de su existencia. Pero si en una asamblea o en una comisión se quedan sólo los (viejos o nuevos) activistas tenemos un problema, porque sus modos de hacer convocan y acogen sobre todo a otros activistas. Y sin menospreciar ni mucho menos su papel, me parece muy claro que la fuerza del 15-M -y algunas de sus invenciones más preciosas- no vinieron del activismo (al principio se oía a muchos militantes de toda la vida confesar, con mayor o menor alegría, “estamos completamente desubicados”), sino de personas sin experiencia política previa y gente cualquiera. La profesionalización de la política (también la activista) vacía los espacios comunes. Pasa lo mismo cuando una comisión o una asamblea se convierte en un grupo de amigos: la autorreferencialidad de los códigos y los rituales, por mucho confort y bienestar que nos ofrezca, va expulsando a todos los diferentes. Nos queda una simpática tribu, pero no un espacio político.
La vida hoy, en condiciones de inestabilidad y precariedad, nos exige el esfuerzo de hacer y rehacer constantemente todo. Hay pocas cosas que podamos considerar ya dadas: trabajo para toda la vida, casa para toda la vida, amigos para toda la vida, familia para toda la vida, amor para toda la vida, compromisos y convicciones para toda la vida, etc. De hecho, hoy no sufrimos tanto por vivir una vida demasiado hecha, como por no poder hacernos una vida. Los males contemporáneos tienen mucho que ver con la incertidumbre, la inseguridad, la dispersión, la pérdida del sentido, etc. Hacemos equilibrios todo el rato y las pelotitas con las que jugamos están siempre a punto de caerse. Si sostener vivas las relaciones afectivas o el sentido de un pequeño proyecto nos supone ya un esfuerzo agotador, ¿cómo sacar tiempo para implicarnos además en asambleas y comisiones?
El problema no son los activistas ni los grupos de amigos. El problema es la dificultad que tenemos para inventar formas de hacer política que estén a la altura de las personas y no al revés. Una política habitable para el 99%, no sólo para los activistas. Lo personal se desliga de lo colectivo cuando no somos capaces de inventar engarces entre modos de vida y modos de lucha. Entonces lo político se vacía y muere.
Pero “volver a hacer su vida” es una mala expresión. Porque después de pasar por las plazas no se vuelve igual, ni por tanto se vuelve a la misma vida. Paradójicamente, volvemos a una nueva vida: tocada, atravesada, afectada por el 15-M. ¿Qué ha hecho cada cual con esa afectación? Si crear es dar sentido, forma o figura a un cambio existencial para que no se pierda o se volatilice, ¿qué hemos hecho cada uno con lo que el 15-M ha hecho de nosotros? Me parece que ahí hay una investigación apasionante por emprender. ¿Qué aprendimos, qué descubrimos y cómo lo hemos incorporado a la vida cotidiana? ¿Qué nos llevamos del 15-M y cómo podríamos devolver algo? Hay proyectos en marcha como Robo, 15M.cc o Bookcamping en los que personas involucradas en la música, el cine o la edición se replantean su trabajo cotidiano a partir del 15-M y tratan de aportar algo de vuelta a lo común. Por las plazas pasaron también (trabajen de ello o no) maestras, enfermeros, trabajadores sociales, psicólogos, informáticas, estudiantes, periodistas, ¿en qué sentido se ha visto alterada su mirada, su práctica y su estar en el mundo tras el encuentro con el 15-M? Esos cambios micro son sin duda la base de la próxima ola.
Un nuevo clima
En el debate generado por Extensión Internacional se analiza sobre todo la situación del tejido organizativo 15-M: comisiones, asambleas, espacios de coordinación. Lo que a mí me gustaría añadir es que el 15-M no sólo es una estructura organizativa, sino sobre todo un nuevo clima social.
Hemos cuestionado juntos ese peso terrible de la realidad oficial que dice: lo que hay es lo que hay. Y así hemos podido respirar. La situación macro sigue igual, pero ahora la vemos desde otro sitio. Está todo fatal, como rezaba el título de una revista catalana, pero al mismo tiempo nos hemos demostrado capaces de producir otra realidad. Y eso genera automáticamente alegría, un nuevo clima emocional. La realidad oficial es el mapa de lo posible autorizado: lo que es posible ver, pensar, sentir y hacer. Hemos abierto ese mapa. Ahora se pueden ver, pensar, sentir y hacer otras cosas. El sistema de partidos no es más un tabú. Conspiramos para interferir en las elecciones, aunque no nos pongamos de acuerdo en cómo hacerlo, porque es vox populi que son una estafa. La identificación entre democracia y capitalismo ya no está tan clara. La realidad antes invisible de los desahucios está ahora a la vista de todos. Es posible pensar y hacer política sin estar afiliado a un partido ni ser siquiera militante de un movimiento social. Nos servimos cotidianamente de la Red para construir colectivamente otro punto de vista sobre la actualidad. Hemos aprendido que el otro desconocido no es sólo un enemigo o un objeto indiferente, sino que puede ser un cómplice. Nos hemos descubierto capaces de hacer cosas que nunca habíamos sospechado. El mapa de lo posible es otro, el clima es otro.
El hecho de que menos gente participe en el tejido organizativo 15-M no significa que menos gente se sienta concernida por la esperanza que el 15-M supone. Se demostró claramente el 15-O o, a otra escala muy distinta, en la reciente cabalgata indignada. El 15-M no es sólo el nombre de una estructura organizativa, ni de un movimiento social un poco más grande que los anteriores, sino de otro estado mental. Que no está localizado aquí o allá, sino que atraviesa la sociedad entera como un viento.
Sabíamos más o menos cómo se organiza un movimiento social, pero ¿cómo se organiza un clima? Recién empezamos a pensar esto, sólo un par de apuntes al respecto.
Hay propuestas que prenden mejor en el nuevo clima que otras. Los motivos son muy distintos, seguro. Pero entre ellos está la sintonía de la propuesta (en su manera de construirse y en lo que plantea) con las tendencias más fuertes del clima 15-M: horizontalidad (ni vanguardias ni protagonismos), inclusividad (nos dirigimos al 99%, no a un gheto), respeto (convivencia entre diferentes), noviolencia (una mezcla de conflicto y legitimidad), inteligencia colectiva, creatividad y capacidad de sorprender, “no queremos ser mercancías en manos de políticos y banqueros”, etc. Sintonizar con el clima es una cuestión de escucha y de sensibilidad.
El 15-M tiene mucho que ver con la alegría de estar juntos en una sociedad de competencia y sálvese quien pueda. Esa alegría podía palparse en las plazas, en el 15-O o en la cabalgata indignada. Pero sólo podemos estar juntos, compartiendo espacio y tiempo, en momentos excepcionales. ¿Cómo estamos juntos cuando no estamos juntos? ¿Cómo encontrarnos y sentirnos acompañados sin vernos las caras? Pensar la (auto)organización del clima pasa también por pensar los enlaces, las conexiones, los interfaces, la comunicación. Lo común circula y se construye también a partir de imágenes, narraciones y herramientas. Más comunes cuanto más abiertas, honestas y comprensibles sean. Abiertas, en el doble sentido de que den qué pensar (más que tratar de convencer) y sean reapropiables (se puedan replicar, modificar, adaptar, alterar libremente: sin propiedad). Honestas, porque no esconden la dudas, los desalientos, las contradicciones y los clarooscuros que son parte de la vida. Y comprensibles, es decir, directas y transparentes pero no banales, exigentes pero no cerradas, restringidas o reservadas a los expertos en tal jerga o saber, sino dirigidas a cualquiera.
Hay muchos ejemplos dentro y fuera del tejido organizativo 15-M, pero tengo uno a mano en el acta de la reunión de Extensión Internacional donde se decidió la huelga (que se adjunta junto la declaración). Es una gozada de texto. Abierto: expone todos los argumentos, a favor y en contra, que se dieron en aquella reunión. Honesto: no se calla las tensiones ni los desacuerdos que hubo (y recoge maravillosamente el ruido de fondo de aquella reunión celebrada en el metro: personas y situaciones que se mezclaron azarosamente con el discurrir de la asamblea). Comprensible: es una discusión donde se ponen en juego cuestiones muy profundas en un lenguaje común y accesible a todos. Y además es un relato muy divertido. Permite vivir lo que otros vivieron sin haberlo vivido, estar juntos sin estar físicamente juntos. Ensancha lo común y compartido.
¿Dónde está, pues, el 15-M? No hay que ser hiper-sensible para sentir que el clima se está cargando de electricidad. El 15-M no ha muerto ni está en repliegue. Estamos al acecho. Cada cual desde su lugar, no pasivamente a la espera, sino activamente al acecho.
El reflujo de la primera ola, rechazado por la resistencia de los objetos envestidos, dará materia a la próxima ola cuando, llegado el momento, vuelva la marea.
El aire, la biodiversidad, el genoma, el lenguaje, las calles, Internet… Los bienes comunes no nos rodean. Nos atraviesan y constituyen, nos hacen y deshacen. De todos y de nadie, sostienen el mundo, son el mundo. En el cuidado y enriquecimiento del procomún nos jugamos la vida misma. Es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos del Estado o del mercado. Nuestro desafío es hacernos cargo en común de un mundo común.
La lógica privatizadora (patentes, copyright restrictivo, industria cultural, etc.) sólo beneficia a una estrecha minoría. Desde elcrowdfunding hasta la ciencia abierta, desde el copyleft hasta las plataformas en defensa del agua, desde la Puerta del Sol hasta Zuccotti Park, una constelación amplísima de comunidades en movimiento ensayan hoy otros modos de producir, decidir y convivir. Abiertos y colaborativos, incluyentes, acogedores y sostenibles, ni estatales ni privados (aunque no necesariamente anti-estatales ni anti-mercantiles). Por y para el 99%, como dice el movimiento americano Occupy.
Pero ajenos a la belleza de la cooperación, desde arriba nos repiten que lo común es un caos y hay que regularlo, como si la alternativa estuviese entre la Ley Sinde (por ejemplo) y la guerra de todos contra todos. Hacen trampa: la constelación del procomún inventa sus propias formas de autorregulación (como Creative Commons). No autoritarias, sino horizontales, comunitarias, distribuidas. Lo que ocurre es que no tienen apenas amparo institucional, suelen ser invisibilizadas, trabadas por los marcos jurídicos, criminalizadas incluso.
Lo público-estatal sólo puede recuperar su función al servicio de las personas si deja de subordinarse al mercado y apoya los procesos de autoorganización social de lo común. Desde luego no apuntan por ahí los artículos sobre la Ley Sinde y el 15-M con los que se ha ganado los galones el nuevo ministro de Cultura. Otra vez los tópicos sobre la convivencia y la creación cultural en peligro. La torpe equiparación de la propiedad intelectual con la propiedad física y, por tanto, de la copia con el robo. Los clichés denigratorios (“nuevos bárbaros”, “papilla anarco-comunista iletrada”).
El PSOE propuso más de lo mismo y acabó como acabó. En provecho de todos, ¿por qué no atreverse a escuchar, pensar y explorar otras vías?
Ey, ey Plaza (Plaza Tahrir)
¿Dónde has estado todo este tiempo?
Contigo hemos sangrado. Contigo hemos trabajado.
Hemos combatido nuestros miedos. Y hemos rezado.
Juntos, como los dedos de una mano
Contigo no hay nada imposible
Es la voz de la libertad la que nos ha reunido
Al fin nuestras vidas tienen un sentido
No hay vuelta atrás. Nuestras voces son escuchadas
Y soñar ya no está prohibido
Ey, ey Plaza
¿Dónde has estado todo este tiempo?
Tiraste el muro y prendiste la luz
En torno a ti se reunió un pueblo roto
Hemos nacido de nuevo
Un sueño tenaz ha nacido
A veces discrepamos de buena fe
A veces las cosas no están claras
Protegeremos nuestro país y a los hijos de nuestros hijos
Y los derechos de las vidas perdidas de nuestra juventud
Ey, ey Plaza
¿Dónde has estado todo este tiempo?
Contigo nos hemos emocionado y hemos vuelto a empezar
Después de habernos alejado y desistido
Debemos transformarnos con nuestras propias manos
Tú nos has dado mucho, nosotros debemos hacer el resto
A veces me preocupa que te conviertas en un recuerdo
Que te alejes y la idea muera
Que volvamos atrás, olvidando todo lo que ha pasado
Y contemos historias sobre ti en nuestros cuentos
Ey, ey Plaza
¿Dónde has estado todo este tiempo?
La Plaza está llena de gente de todo tipo
El imprudente y el valiente
El apasionado y los que pasean
El que grita y el silencioso
Nos juntamos, bebemos té
Pero ahora sabemos defender nuestros derechos
Gracias a ti, el mundo nos escucha
Y los vecinos se encuentran
Ey, ey Plaza
¿Dónde has estado todo este tiempo?
Nuestra idea es nuestra fuerza
Nuestra arma es la unidad
La Plaza dice la verdad
Al opresor le dice NO
La Plaza es como una ola
Una ola que unos cabalgan y a otros les empuja
Los que no están presentes piensan que es un caos
Pero lo que hemos hecho ya está escrito
(la traducción del inglés es mía, se agradece revisión)
Invitado por el Goethe Institut para compartir mi visión del 15-M en un encuentro sobre “política y cultura en tiempos de cambio”, viajé a El Cairo durante la semana del 5 de diciembre acompañado de mi amigo David PM. Estas son algunas de las reflexiones que fuimos haciendo entre los dos a lo largo del viaje.
Nos cachean y nos piden la documentación antes de entrar en Plaza (Midan) Tahrir, que sigue ocupada tras las protestas en los primeros días de elecciones. Un joven revolucionario embutido en un chaleco protector nos explica la medida. Se trata de prevenir en lo posible el acceso a la plaza de los matones pagados para sembrar el caos, desacreditar las protestas y justificar así a Mubarak (antes) y al ejército (ahora). “¿De dónde venís?”, nos pregunta. Respondemos “Midan Sol”, como siempre. La Puerta del Sol es ya como otra ciudad, otro país. El mejor pasaporte que podemos mostrar en Plaza Tahrir. Se golpea el corazón con el puño y nos estrecha la mano sonriente: “contad a la vuelta la verdad de lo que pasa en Egipto”.
La verdad de lo que pasa en Egipto. El guardián de la Plaza se refiere seguramente a que la situación no ha mejorado mucho tras la caída de Mubarak. Mucha gente nos dice que casi todo lo contrario. El ejército gestiona el mismo régimen de Mubarak pero sin Mubarak: despotismo político, saqueo económico, corrupción generalizada, el miedo y la mentira como estrategias de gobierno. La represión es incluso más intensa que antes: las manifestaciones son atacadas con violencia, a veces a tiros; sigue vigente la ley de emergencia de 1981 que permite la detención arbitraria sin cargos ni juicio posterior; hay doce mil manifestantes detenidos y los civiles esperan juicios militares; se han denunciado un sinfín de casos de tortura y maltrato, por ejemplo “tests de virginidad” a las mujeres detenidas; la manipulación informativa campa a sus anchas en la televisión pública, etc.
Pero lo cierto es que el guardián de la Plaza nos hace un encargo demasiado pesado. David y yo llevamos sólo unos cuantos días en El Cairo, no nos vamos a quedar muchos más. Nuestra sensación es que estamos muy al principio de poder entender bien algo. Con toda seguridad hay fuentes mucho más fiables para informarse de lo que está pasando en Egipto. Quizá lo más valioso que nosotros podemos aportar de vuelta son los apuntes del diálogo frágil y complejo que nos empeñamos en establecer una y otra vez entre Midan Sol y Midan Tahrir, entre el 15-M y la primavera árabe. ¿Son dos mundos distintos, el mismo mundo o las dos cosas a la vez? ¿En qué sentido podemos decir que estamos en una lucha común?
Para viajar hace falta compañía. Sólo en compañía podemos franquear la distancia típica del turista: o bien demasiado perdido y asustado, o bien demasiado confortable en la burbuja de los circuitos preestablecidos. Necesitamos compañía para perdernos sin perdernos del todo, para encontrarnos más allá de los clichés y los estereotipos. En El Cairo y en la vida. Nosotros tuvimos la suerte de contar con la compañía de Olga (Rodríguez) y Rosa (Pérez). Olga ya nos venía acompañando antes, con sus crónicas y análisis sobre la realidad egipcia en Público y periodismohumano. Rosa traducía mi charla en el Goethe, viajó a Egipto hace un año para aprender árabe y ha visto cómo su vida era tocada y enriquecida por la revolución. Olga y Rosa nos han explicado y contextualizado, nos han ayudado a prestar atención y a traducir los códigos, nos han puesto en contacto con otras visiones, personas y relatos. Y nos lo hemos pasado fenomenal juntos. A las dos, pero también a Tarek (Shalaby), Hassan (Soliman), Marc (Almodóvar), Ahmed (Ebeid), Nico (Salazar), ¡mil veces sucram!
Sol y Tahrir, espacios de cualquiera
Les preguntamos a Olga y a Marc qué paralelismos ven ellos entre Sol y Plaza Tahrir y aparecen muchas conexiones. La revuelta egipcia no tiene líderes: en todo caso hay referentes. Pero si a alguno de ellos se le sube la fama a la cabeza y trata de convertirse en líder, se le recuerda enseguida que sólo es uno más. Nos cuentan que es lo que ocurrió por ejemplo con Wael Ghonim, el trabajador de Google que desde las páginas en Facebook convocó a la manifestación del 25 de enero y fue detenido en los primeros días de la revuelta. Al parecer, cuando Ghonim salió de la cárcel dio por bueno el segundo discurso de Mubarak en el que anunciaba su retirada en seis meses y llamó a la gente a volver a casa. Se agradeció mucho su aportación a la causa, pero nadie le hizo caso.
Marc nos cuenta que entre enero y febrero no había banderas en la plaza y lo que abundaban eran los carteles individuales con mensajes originales, juegos de palabras o burlas del régimen. El lenguaje de las consignas que se escuchaban en Tahrir no está muy codificado políticamente. Era (y es) directo y sencillo: pan, libertad, dignidad, justicia social (Rosa nos explica que pan y vida se dicen igual). Basta de opresión, hambre, humillación, miseria. Fuera Mubarak. Cualquiera puede reconocerse en sus consignas. Van al grano, son universales e inclusivas, como “democracia real ya” o “somos personas, no mercancías en manos de políticos y banqueros”. Menos es más, tanto en Tahrir como en Sol. Las palabras que parecen en principio más vacías, planas y abstractas son sin embargo las que tienen más capacidad de abrir la situación y reunir a muchos diferentes.
La fuerza de Tahrir durante el levantamiento de enero y febrero consistía en la pluralidad que convivía en la plaza: clases medias y populares, hombres y mujeres, adultos y jóvenes, musulmanes y cristianos coptos. “No era sólo gente de izquierdas”, nos dice Tarek, “había un poco de todo”. Olga nos cuenta que los primeros comunicados que se lanzaron desde la Plaza se firmaron simplemente como “la gente de Tahrir”. Un nombre para los que no tienen nombre, un espacio en el que cualquiera puede contarse. Todo el rato nos vienen a la cabeza algunas palabras clave del 15-M: inclusividad, respeto, personas, “somos todos”…
Aún quedan huellas en la plaza de esta convivencia entre diferentes: nos llama la atención ver pintado en las paredes el símbolo de la media luna rodeando una cruz. Más tarde, en una película que pasan en el Goethe Institut, vemos las imágenes impresionantes de los cristianos coptos protegiendo el rezo de los musulmanes en la plaza frente a la policía y marchando juntos tras una pancarta que dice “todos somos uno”. Alianzas imposibles: cuando salimos de nuestro lugar y nos engarzamos con el otro, ese otro del que todo nos separa en la organización de las cosas existente, las cosas se mueven y lo imposible se hace posible.
En las imágenes de la Plaza se pueden ver también a muchísimas mujeres. Como dice la activista Gigi Ibrahim en una entrevista de Olga, “durante los dieciocho días de las protestas en Tahrir las mujeres fuimos protagonistas indiscutibles, mano a mano con los hombres. Fuimos tratadas con respeto, escuchadas y seguidas”. Y también hay una presencia masiva de jóvenes. Marc nos lo explica así: hacerte adulto en Egipto pasa por el matrimonio. Pero las condiciones para casarse (vivienda, salario) se han complicado muchísimo en los últimos tiempos. El malestar de una juventud alfabetizada pero sin perspectivas de futuro estalló con furia en la revuelta. ¿Qué pasa, qué pasa? Pues que allí tampoco tienen casa.
Más tarde las banderas han vuelto a Tahrir, sobre todo la bandera egipcia. También las tensiones étnicas y de género. Todo depende, nos dicen, de la cantidad de gente que se junte en la Plaza: cuando hay muchas personas, el espíritu de unidad y respeto es fuerte; cuando hay pocas, afloran las divisiones latentes en la sociedad que el poder instrumentaliza a placer.
Tiempo de humus
Nos pasa una, dos, tres veces. Aquí nadie llega puntual a las citas. Se puede llegar a esperar varias horas. ¿Cómo es posible? Tarek nos lo explica muerto de risa: “el truco para quedar con un egipcio es elegir un lugar donde siempre tengas a mano un plan B o incluso C”.
David había estado en Marruecos y no le sorprende tanto, pero para mí la experiencia es un choque. Me parece que todo va muy lento, siempre con retraso. Pero esas son palabras y juicios que pongo yo, habituado al tiempo de la urgencia que domina en los países occidentales. Ese tiempo siempre ocupado. Esa carrera permanente por llegar al mismo sitio. La sensación permanente de que “no hay tiempo” y está uno descuidando mil cosas. Y el placer excepcional (pero acotado en fechas fijas) de “perder el tiempo”.
La temporalidad del activismo político siempre me ha parecido muy atravesada por esta lógica que es finalmente la lógica capitalista de la producción. Casi nunca hay tiempo para lo improductivo: los momentos bajos, la reflexión o la socialidad sin objeto ni objetivo.
Allí nos parece -o nos imaginamos- que el tiempo de la revolución egipcia es otro. Un tiempo de latencia, de humus. Algo se va preparando, en silencio, casi imperceptiblemente. Cada cual hace su aportación y contribuye desde su sitio, pero sin ponerse en el centro ni pretender arrastrar los procesos. No hay prisa, se trata sobre todo de estar atento y disponible. Atento a lo que está pasando, disponible para implicarse en lo que viene. Incluso velozmente: de pronto el humus prende y hay que actuar. Tiempo(s) de la implicación contra tiempo de la urgencia.
Por lo que hablamos con unos y otros, la revolución egipcia no parece tener estrategias a largo plazo demasiado claras. Pero hay confianza en que se ha abierto una situación y hay un proceso en marcha. A veces no se ve, pero eso no quiere decir que no exista, sino que es un proceso subterráneo y discontinuo. Confianza en que la revolución ha liberado energías, ha marcado para siempre las vidas y ya no hay vuelta atrás. Confianza, no tanto en el futuro, sino en que el presente está cargado de futuro. Quizá no sea hoy ni mañana, pero sin duda volveremos a Plaza Tahrir.
Si queremos forzar la cita con la revolución nos angustiaremos, ella tiene sus tiempos y no se deja empujar. El truco para encontrarnos es seguir moviéndonos con un plan B o C, sólo así nos cruzaremos por el camino.
La tecnología como organización
Nadie niega la importancia de las redes sociales en el levantamiento de Plaza Tahrir. Incluso quien cree que está sobrevalorada y no deja ver el papel decisivo de las luchas de fábrica en la caída de Mubarak, no le quita su valor. El uso político de Twitter, Facebook o Youtube es muy intenso. Mucho más que en España. Yo sería incapaz de citar a diez bloggeros españoles de referencia, pero los amigos egipcios nos citan uno tras otro. La tecnología puede ser la misma en todas partes, lo que difiere no es tanto la facilidad de acceso, como sobre todo la necesidad de hacer algo con ella. Esa necesidad sentida masivamente ha creado en Egipto una verdadera cultura de resistencia en Internet. Las redes sociales son una de las mejores maneras de sortear la manipulación televisiva, mostrar lo que se quiere invisibilizar, hacer oír otras voces y relatos, autoconvocarse en la calle. Nos hablan de las páginas de Facebook como si fueran organizaciones políticas. Y cuando le preguntamos a Tarek qué grupos tienen más influencia para llamar a la protesta, nos responde muy serio: Youtube. Los activistas egipcios lo graban todo, ninguna escena de brutalidad policial debe quedar impune o pasar desapercibida. Hay que registrar cada abuso, cada injusticia y darlos a conocer. La pugna contrainformativa con el relato oficial de la realidad tiene más fuerza que en España, como si aquí nuestro problema no fuera tanto el ocultamiento de lo que pasa y el desconocimiento de la realidad, sino qué podemos hacer con lo que ya sabemos.
No violencia, resistencia y legitimidad
En la conversación entre Midan Sol y Midan Tahrir quizá hay un malentendido en torno a la no violencia. O un entendimiento apresurado: se ha transmitido una imagen demasiado edulcorada de la resistencia egipcia. En la revolución no hay armas, ni grupos especializados en ejercer una violencia separada. Pero defender la Plaza les ha exigido y les exige muchas veces piedras y fuego. La novedad del 25 de enero con respecto a protestas anteriores es que la gente no se dejó disolver, ni desalojar de la Plaza y aguantó con firmeza los ataques brutales de una policía sin escrúpulos. Recordemos que ochocientas personas murieron en el levantamiento de enero-febrero, ochocientas personas… Una idea purista de la no violencia corre el riesgo de ponerse a distancia de la resistencia de los egipcios en Tahrir, cuando en general nadie duda allí de que se trata de una revolución pacífica. Alguien nos dice al respecto: “no se explica si no cómo los camelleros y matones que Mubarak lanzó contra los manifestantes en Tahrir sólo eran reducidos y luego entregados a la policía o introducidos en el metro para evitar linchamientos”. Simplemente violencia y no violencia tienen umbrales diferentes aquí y allí. Marc nos cuenta que escuchó a alguien arrojar un cóctel molotov a la policía al grito de “¡paz ahora!” Lo importante es que se trata de violencia defensiva que protege los lugares conquistados y arrebatados al poder, algo bien diferente de la estrategia de los grupos y las vanguardias armadas que buscaron durante el siglo XX una toma violenta del poder. La conversación más interesante entre Sol y Tahrir no gira en torno al carácter más o menos pacífico de las acciones, sino sobre la legitimidad que tienen a la vista de todos, el espacio que construyen, si todo el mundo se reconoce y se siente englobado por ellas, si son en definitiva acciones de consenso, entendido como “sentido compartido”.
Ochocientas personas muertas en el levantamiento. Cuesta entenderlo desde coordenadas europeas: ¿cómo la gente acudía y acude en masa a la Plaza sabiendo a lo que se expone? Tarek nos cuenta que en enero se gritaba “hoy voy a morir” pero que eso no significaba que nadie quisiese inmolarse en el enfrentamiento, sino que todo el mundo entendía que le podía tocar. Era una manera de hacerle saber al régimen que ya no podía contar para sostenerse con el miedo que nos vuelve conservadores, porque se lo había expulsado colectivamente hasta el punto de no querer ya conservar la vida a cualquier precio y de cualquier forma. “Ahora estamos vivos”, grita un manifestante en otro vídeo que vemos en el Goethe. Tan vivos que arriesgamos la vida.
Una noche cenamos con activistas de la Plaza Tahrir. Nos impresionan sus historias: uno tiene la pierna cribada por perdigones, otro fue detenido en Siria en marzo y torturado, están los que conocen desde dentro las prisiones egipcias, todos han perdido amigos, todos tienen amigos encarcelados. Pero no palpamos rencor o resentimiento por ningún lado, ni escuchamos discursos que hablen de venganza. Marcados por el dolor, los activistas de Tahrir nos transmiten más bien una extraña alegría, otra intensidad de la vida y siempre una enorme confianza en el futuro de la revolución. Como cayó Mubarak, caerán los mini-mubarak que gobiernan todas las instituciones del país.
Vemos mucha gente en Tahrir con un parche en el ojo. La policía dispara perdigones a la altura de la cara en las manifestaciones. En las paredes se repite la plantilla con el rostro de un soldado que aparece en un vídeo jactándose de su puntería para estallar los ojos de los rebeldes. El parche se ha convertido en un símbolo. Hay quien lo lleva “no por mi ojo, sino por el que ha perdido mi hermano” (o mi amigo, mi vecino, mi compañero). Se trata de mostrar las cicatrices en el espacio público frente a la voluntad oficial de olvido y la imagen de normalidad.
El recuerdo de los “mártires” de la revolución (así llaman a los caídos) está presente por todas partes: fotos, carteles, graffitis, ataúdes simbólicos en los espacios de concentración. Los familiares tienen un peso muy importante en la organización de las protestas. Prolongar la lucha del ser querido asesinado es una manera de honrar su memoria y dar sentido a su muerte. Pero también hay quien se muestra preocupado al observar en la plaza algunos comportamientos extremos que asumen a los mártires como modelo. Nos preguntamos sin respuesta por el equilibrio difícil entre la exigencia de recordar a los muertos y el riesgo de convertirlos en héroes.
La política y los amigos
Se nota que el lazo social es muy denso. Pensarse a la occidental como átomos individuales que se conectan y desconectan a los otros según les convenga les parece una idea muy extraña a los amigos egipcios. Según nos dice Hassan, uno es en, por y a través de sus vecinos, sus amigos y su familia. Un punto de cruce en una maraña de relaciones. “Estoy seguro en el barrio y en mi casa, no por la ley o la policía, sino porque confío en mis vecinos”, añade. Olga nos cuenta que es muy normal que los amigos conozcan y hagan vida con los padres de sus amigos, una cosa rarísima para nosotros. Y concluye: “no se entiende la Plaza Tahrir sin los amigos”. Se va en compañía de los amigos.
La densidad del lazo se percibe en la calle: calle vivida, poblada, habitada, proliferante, abigarrada. Un enjambre permanente de personas que van y vienen, venden, conversan, rezan, toman té y ocupan el espacio público. La calle es un espacio de vida. Nada que ver con la ciudad occidental hiper-regulada, donde un botellón, unos chicos tocando los tambores en un parque o un huerto urbano son una anomalía a neutralizar de inmediato. Para bien o para mal, El Cairo es un gran caos y todo son anomalías. ¿Aportó algo esa experiencia cotidiana de la ciudad (y los saberes que le están asociados) al enjambre rebelde de Plaza Tahrir?
Paseando un día por la calle Mohamed Mahmud, que fue escenario principal de la última protesta, nos detenemos ante el espectáculo que ofrece: las paredes llenas de graffiti, todas las ventanas que dan a la calle agujereadas o rotas, un gran muro levantado por la policía cortando la calle, rebeldes de Tahrir que pululan, trabajadores de Pizza Hut limpiando la acera bajo la atenta mirada del encargado y de pronto unas cincuenta personas de chaqueta y corbata que vienen de una boda y atraviesan la calle felices, cantando. Uno de ellos nos mira y responde a nuestra estupefacción: “Welcome to Egypt!”
La densidad del lazo social es ambivalente: el otro está atento a ti para cuidarte… o vigilarte. Frente a nuestro hotel hay un parquecito al que acuden las parejas. Las más atrevidas se cogen de la mano. El lazo social desigualitario funciona también para colocar a cada uno en su sitio. Ser expulsado del lazo es el castigo más duro: es la suerte de las mujeres repudiadas que observamos pidiendo en la calle. El mayor castigo es el aislamiento.
Se interpreta el 15-M como un “despertar” del individualismo. En Estados Unidos, donde éste es aún más intenso, hablan al respecto de Occupy Wall Street de “el milagro de estar juntos”. En Egipto el milagro consistiría quizá más bien en juntarse con el otro con una causa política en común y atravesando las divisiones sociales en pie de igualdad (hombres y mujeres, coptos y musulmanes, etc.).
Una reapertura de la historia
Dictadura, poder del ejército, religión y represión sexual… uno tiene todo el rato la tentación de pensar: “están como en España hace treinta años”. Como si la historia fuese un carril único en el que unos van más adelantados que otros. “Les sacamos treinta años de ventaja”, “están atrasados”, “uy lo que les queda”. Pero los amigos egipcios son muy claros al respecto: “queremos salir de la represión política, económica, sexual y religiosa, pero eso no significa que queramos el modelo occidental de democracia, mercado, relaciones entre géneros o (no) espiritualidad”. Mientras que occidente se plantea como juez e ideal, el deseo que nos manifiestan los amigos egipcios es inventar caminos propios, sin modelo. Si no fuera así la primavera árabe tendría muy poco que decirnos. Nos emocionaría su heroísmo contra la tiranía, pero poco más. No podríamos aprender nada de ella. No habría conversación posible.
Pero no es el caso. La primavera árabe no expresa la voluntad de los últimos del pelotón en llegar al “final de la historia”. De hecho Hassan nos dice: “sabemos que en España tampoco hay democracia”. Cada vez está más claro que el matrimonio entre democracia y capitalismo era puntual y de conveniencia en el mejor de los casos y una estafa en el peor. La primavera árabe no significa por tanto el reforzamiento de la idea de un “final de la historia”, sino por el contrario la reapertura de la historia, su “despertar” como ha escrito Alain Badiou recogiendo la metáfora que resuena hoy en tantos sitios. Sólo desde ahí se vuelve posible una conversación donde la palabra del otro nos interesa de verdad porque nos puede modificar. Y por tanto también un juego de aprendizajes recíprocos, préstamos y reapropiaciones entre Midan Sol y Midan Tahrir (y Occupy, etc.).
La onda que comienza en Túnez y Egipto ha despertado la posibilidad de luchar por otras formas de organizar la vida en un mundo globalizado y por tanto cada vez más común. Ahora depende de nosotros pensarla, cuidarla, prolongarla e inventar formas a su altura para organizarla. La situación está abierta, está todo por hacer. Quizá no es exactamente lo que el guardián de la Plaza nos encomendó que contáramos a la vuelta, pero es el mensaje que nos sentimos autorizados a traernos de Midan Tahrir.
“Consideramos un gobierno tecnocrático de unidad nacional la mejor opción para llevar a cabo las reformas y mantener la confianza de los inversores, con una composición que abarque izquierda y derecha del espectro político y cuente con líderes de confianza (…) Luchando como están las democracias modernas maduras con la crisis de la deuda soberana, los gobiernos tecnocráticos, ‘apolíticos’, pueden ser una opción imperiosa, conforme decae la confianza pública en los políticos, se afianza la resistencia a las reformas estructurales y los partidos sienten pavor por las consecuencias en las urnas de aplicar reformas dolorosas” (Tina Fordham, Citigroup)
A diario suceden mil cosas, pero ¿cómo descifrar cuáles son señales de las transformaciones que vienen? ¿Cuáles son huellas o ecos del pasado, y cuáles anuncian tendencias sociales decisivas? ¿Cómo saber cuándo hemos traspasado un umbral histórico? Me lo he preguntado estos días pensando sobre los “gobiernos técnicos” que se han impuesto en Grecia e Italia. Los veo como signos de muy mal agüero, fórmulas en experimentación que podrían luego reproducirse, rápido. Prototipos.
La verdad es que ahora mismo no me cuesta demasiado imaginar un gobierno técnico a escala europea, que se presente y justifique como única alternativa posible a un crash total inminente o incluso como el menos malo de los gestores posibles en caso de un desastre ya en curso (un corralito general, por ejemplo). Un gobierno “de transición”, sin políticos de por medio, compuesto enteramente por expertos y gestores que saben lo que hay que hacer y no tienen miedo a llevarlo a cabo, ya sin ningún vínculo por débil que fuese con la ciudadanía (voto, etc.). ¿Pesadilla?
Grecia e Italia serían los laboratorios del futuro. El experimento no va mal. Para empezar, se puede hacer. Estos dos golpes de Estado bajos en calorías militares no han provocado el escándalo en la opinión pública “demócrata”. Así me lo parece al menos. Nadie ha elegido a Monti ni a Papademos. Nadie votó los programas que van a llevar a la práctica, pero los parlamentos han refrendado ambos gobiernos y en general se percibe un clima de resignación, cuando no de entusiasmo. ¿Por qué no? Si lo que hay es lo único que puede haber, pues que al menos lo gestione alguien capaz, sin extravagancias y que sepa de cuentas, ¿no?
Hannah Arendt llamaba “Gobierno de Nadie” al dominio de la burocracia y comentaba al respecto: “no es necesariamente un no gobierno, bajo ciertas circunstancias incluso puede resultar una de sus versiones más crueles y tiránicas”. ¿Por qué? Sencillamente porque “no podemos considerar responsable de lo que ocurre a nadie, no hay auténtico autor de las acciones y de los acontecimientos. Realmente es sobrecogedor”. Lo que sigue son sólo algunas intuiciones y citas que me vienen más o menos desordenadamente a la cabeza al pensar en los gobiernos técnicos de Monti-Papademos. Notas de una pesadilla.
El Gobierno de Nadie es hijo de la crisis de la representación
“La falta de políticos nos facilita las cosas” (Mario Monti)
“Papademos nunca estuvo involucrado en política. Sabe lo que hay que hacer” (Thanos Papasavvas, jefe de Investec Asset Management)
El contexto de globalización ha hecho trizas los atributos clásicos de la soberanía del Estado-nación: fronteras, moneda, defensa, cultura, etc. Los estados se limitan cada vez más a gestionar en un territorio concreto las necesidades de la economía global. A izquierda y derecha del espectro parlamentario, se defienden en general los mismos intereses, las mismas ideas sobre el crecimiento y la competitividad. La permeabilidad de las instituciones a la participación ciudadana está bajo mínimos. A estas alturas todo esto son banalidades, secretos a voces. No son los anti-sistema, sino todo tipo de personas quienes se lanzan a la calle al grito de “lo llaman democracia y no lo es” y conspiran en la Red para hackear como pueden el sistema electoral (voto nulo, voto a los partidos minoritarios, etc.).
Los gobiernos técnicos se asimilan muy bien sobre este fondo social: rechazo masivo de la política de los políticos, inoperatividad absoluta del eje izquierda/derecha, hartazgo generalizado de la corrupción y los políticos-estrella (tipo Berlusconi), etc. Monti-Papademos anuncian gobiernos post-políticos y post-ideológicos, de pura gestión técnica. Ellos mismos sólo son máscaras como las de Anonymous, pero bajo las cuales no hay nadie de carne y hueso, sólo el poder abstracto e impersonal de los mercados financieros. No son de izquierdas o de derechas, de hecho lideran gobiernos nacionales de concentración izquierda/derecha. No son políticos, menos aún políticos-estrella, sino simples gestores, ingenieros, expertos. No están atados por fidelidades torpes a una ideología, a la gente que les votó, a su ambición personal. Aspiran a rentabilizar por su cuenta el rechazo de los políticos: son el reverso tenebroso de la crisis de la representación.
El Gobierno de Nadie, un gobierno racional
“Monti promete ser, en fin, un primer ministro mucho más normal y “aburrido” que Berlusconi. Pero lo que de él se espera es seriedad y eficacia. La fiesta ha terminado” (La Vanguardia)
“Cinco palabras definirían el programa de Monti: eficacia, urgencia, crecimiento, rigor y equidad” (Paso a paso).
A Mario Monti le llaman Il Proffesore. Tanto él como Papademos sólo hablan de eficacia en la gestión. Ambos aseguran no tener ideología: simplemente ejecutarán “lo que debe hacerse”. Lo que debe ser.
Según toda una venerable tradición filosófica que va desde Platón hasta Kant, actuar “libremente” es actuar “por deber”, es decir “necesariamente”. Es la teoría platónica de un “gobierno de la filosofía”: un gobierno de las ideas universales y necesarias, lo que debe hacerse en tanto que es racional y justo, independientemente de lo que opine o desee cada quien. Es la teoría kantiana de un “agente libre”, es decir un agente que actúa “por deber”, esto es “racionalmente”. El Gobierno de Nadie se presenta como un gobierno técnico e instrumental: pura aplicación de las verdades de la ciencia económica. Un gobierno sólido, en tanto que no actúa o decide por prejuicios o intereses privados, sino “desinteresadamente”. Un gobierno eficaz donde mandan los que saben, no los que más brillan en los medios de comunicación o los que mejor ponen la zancadilla en los pasillos del poder.
“El Gobierno de Nadie es el más tiránico de todos ya que no se puede pedir cuentas de sus actuaciones a nadie (…) es imposible localizar al responsable o identificar al enemigo” (Hannah Arendt). Quien disiente del Gobierno de Nadie no es un adversario con razones o intenciones respetables: sólo puede ser un loco o un ignorante. Porque sólo un loco o ignorante pelea contra la fuerza de la gravedad. Sería también de locos o de ignorantes pedir la opinión al pueblo sobre las políticas a ejecutar, como si la verdad de una formulación matemática pudiese elegirse por mayoría en unas elecciones. “¿Qué sabrá la gente sobre lo que le conviene?” Lo que dice la gente no puede ser más que ruido o furia. Es inútil, absurdo y altamente pernicioso escucharlo.
Por el contrario, la racionalidad del Gobierno de Nadie es la “inteligencia de lo necesario”: descifrar las leyes que rigen el mundo y actuar conforme a ellas. Pero se trata de leyes bien diferentes de las que pensaban Platón o Kant. El “imperativo categórico” de Monti-Papademos es simplemente la obediencia a las necesidades y exigencias de Goldman Sachs y los mercados financieros. Esa es hoy nuestra fuerza de la gravedad.
El Gobierno de Nadie como “potencia de salvación”
“¿Nos salvaremos? Absolutamente, sí” (Corrado Passera, súper-ministro a cargo de Desarrollo, Infraestructuras y Transportes).
“Vamos a la carrera” (Mario Monti)
“Para salvar a Italia hay que apostar por la credibilidad y la responsabilidad. Hay que ser prudentes con ir a las elecciones” (Franco Frattini, ministro de Exteriores).
El Gobierno de Nadie es el poder que nos promete el rescate de la catástrofe. El cometa de la crisis se acerca imparable a la tierra, los medios de comunicación anuncian su inminente llegada (ibex 35, prima de riesgo, calificaciones), los ciudadanos de a pie miran boquiabiertos el cielo. Sólo un puñado de héroes decididos entienden lo que pasa y actúan en consecuencia. Seguro que no pueden salvarnos a todos, eso por descontado. Hay gente que corre muy lento. Pero quién sabe, igual a mí sí, confiemos…
El poder de salvación ya no se justifica en nombre de tales o cuales valores (democracia, etc.), sino de nuestra pura y simple supervivencia como especie. Poder pastoral que vela y garantiza nuestra conservación como rebaño. Poder médico: si te rebelas contra él firmas tu propia sentencia de muerte. Poder providencial, como explica el filósofo francés Maurice Blanchot. “Nuestro destino está ahora en el poder: no un hombre históricamente destacable, sino cierto poder que está por encima de la persona, la fuerza de los más elevados valores, la soberanía, pero no de una persona soberana, sino de la soberanía misma, en cuanto que se identifica con las posibilidades reunidas en un Destino”. El gobierno técnico no es una dictadura, un poder tiránico personal: “un dictador no deja de desfilar; no habla, grita; su palabra tiene la violencia del grito, del dictare, de la repetición. (El soberano) se manifiesta, pero por deber. Incluso cuando aparece resulta como extranjero a su presencia: está retirado en sí mismo, habla, pero secretamente…”. Frente al show berlusconiano, la discreta “aparición por deber” de Il Proffesore (y señora).
Blanchot explica que el poder de salvación impone siempre una “muerte política” a cambio de la seguridad que ofrece. El soberano debe ser incuestionable, de modo que se cancela toda posibilidad de disenso (a la que se acusa además de complicidad con la catástrofe). Delegamos en el soberano todas nuestras capacidades (de expresión, pensamiento, acción) y la política queda proscrita. Porque en realidad el Gobierno de Nadie no hace política. Ni actúa, ni decide: sólo gestiona. Es decir, modula como puede un poder que le rebasa y precede. Una máquina hiper-compleja orientada por intereses económicos. Un poder inhumano que no se puede alterar, gestionar o modificar, sino simplemente obedecer lo mejor posible. Es el poder de lo automático, de lo necesario. Es nuestro Destino.
La danza de los nadie contra el Gobierno de Nadie
¿Cómo despertar de esa muerte política? Los discursos “ilustrados” que aún identifican nuestras democracias con la racionalidad política libre, voluntaria y organizada suenan cada vez más a chiste pesado. Pero todavía habrá quien aconseje, ante la amenaza del Gobierno de Nadie, que recuperemos la confianza en el sistema de partidos, la representación política, el eje izquierda/derecha, etc. Más aún. Habrá voces que responsabilicen con toda seguridad a la revolución anónima que se extiende ahora mismo por el mundo de haber allanado el terreno al Gobierno de Nadie. “Mirad, ahí está el resultado de vuestro ‘no nos representan’”.
En realidad es todo lo contrario. Entregando todo el poder a los mercados financieros, blindándose contra todo atisbo de participación ciudadana, convirtiéndose en simples gestores de lo Inevitable y lo Necesario, los políticos han cavado su propia tumba. Ya pueden quejarse todo lo que quieran Papandreu, Berlusconi o Rajoy cuando le toque: los poderes a los que se ataron han decidido de pronto prescindir de sus servicios y poner en su lugar a otros ingenieros de más confianza. Punto.
El único despertar posible de la muerte política es lo que Hannah Arendt pensó como “acción”. Actuar es interrumpir el dominio de lo automático, lo contrario de obedecer o repetir. También en la vida personal: interiorizamos los automatismos cuando hacemos lo que debemos hacer, vemos lo que tenemos que ver, decimos lo que hay que decir y pensamos lo que está prescrito pensar. Arendt lo llamó “conducta”: un comportamiento normalizado, previsible y predecible. Por el contrario, cuando actuamos “nos unimos a nuestros iguales y empezamos algo nuevo”, salimos del aislamiento y la impotencia, nos volvemos capaces.
La “política del cualquiera” de movimientos como el 15-M no es equivalente ni simétrica al Gobierno de Nadie: no confía el mando a los que saben, sino que parte del principio de que todos podemos pensar; no tiene rostro, pero precisamente para que quepan todos y cada uno de los rostros singulares; no gestiona lo que hay, sino que inventa colectivamente nuevas respuestas para problemas comunes.
Pluralidad, invención, pensamiento: así es la danza de los nadie contra el Gobierno de Nadie.
** Gracias, Ester, Álvaro, por la lectura y los comentarios!
Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) va y viene entre el pensamiento crítico y la acción política, buscando siempre su encuentro. Es editor de Acuarela Libros (acuarelalibros.blogspot.com), ha dirigido durante años la revista Archipiélago y ha participado activamente en diferentes movimientos colectivos y de base en Madrid (estudiantil, antiglobalización, copyleft, "no a la guerra", V de Vivienda, 15-M). Es autor de “Filosofía y acción” (Editorial Límite, 1999), co-autor de "Red Ciudadana tras el 11-M; cuando el sufrimiento no impide pensar ni actuar" (Acuarela Libros, 2008) y coordinador de "Con y contra el cine; en torno a Mayo del 68" (UNIA, 2008). Actualmente, emite semanalmente desde Radio Círculo el programa "Una línea sobre el mar", dedicado a la filosofía de garaje. Contacto: amador@sindominio.net