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Pedro Armestre evita que nos tapen los ojos

Por Henrique Mariño Etiquetas: ,
13 may 2012

Pedro Armestre se mimetizó hace un año con los indignados de Sol para narrar gráficamente el nacimiento, auge y desmantelamiento de la acampada más icónica del 15-M. Habíamos coincidido tres lustros antes en El Mundo y volvimos a vernos en el kilómetro cero madrileño, donde nos cruzamos un puñado de veces a las horas más intempestivas. Lo explico abajo, en el prólogo que me encargó para Plaza Tomada, la intrahistoria fotográfica del epicentro de la Spanish Revolution, documento y arte.

Hoy, el reportero gallego, que trabaja para AFP, amaneció con la instantánea de la detención de un colega tras el desalojo de la concentración del 12-M. “Prensa expulsada para tapar vuestros Ojos”, escribió en su cuenta en Twitter.

Esos ojos, mayúsculos como platos, comenzaron a parpadear en las redes sociales. La imagen del “fotógrafo agredido en Sol por la policía” me retrotrae ahora al fantástico trabajo que nos regaló hace un año. Lo que sigue es el prólogo del citado libro, que no está a la altura (Pedro mide un metro noventa y pico, todo hay que decirlo) de su impagable obra. Difícil abrirle la puerta a un profesional que no cabe por ella.

 

El castillo de cartón

Cada amanecer, la sombra espigada de Pedro Armestre en el granito de la Puerta del Sol. Aferrado a su cámara, oscilante, como un cíclope pendular, vaga entre colchonetas en busca de una alegoría con la que rematar la jornada. Madrid se despereza y el fotógrafo, ojeroso y rendido, todavía no se ha echado al jergón. Esos jóvenes que alfombran la plaza, sumidos en un sueño, son el símbolo de la resistencia. Una noche más.

- ¿Todavía por aquí?
- Sí.
- ¿En los cartones?
- Ya ves.

Pasarían tres o cuatro días hasta que decidió alquilar una habitación en el Hostal Ruano, en el número uno de la Calle Mayor, desde cuya ventana retrataría el patchwork de rabia y libertad en el que se había transformado el kilómetro cero de la capital. Porque el fotógrafo no acudió a cubrir el 15-M, sino que fue la protesta la que nos embargó a todos. Y a Pedro le pilló con un objetivo en cada mano: el de la Nikon y el de modelar, con imágenes, los albores de una revolución, el levantamiento de un pueblo, la intrahistoria de un movimiento sin precedentes en este país. “Se estaba produciendo el acontecimiento de repulsa más grande desde la Transición, sin tener en cuenta los atentados del 11-M”, sostiene Pedro Armestre (Verín, 1972). “Las discusiones de barra de bar se estaban trasladando a otro sitio. Y yo quería estar en él”.

Todo había comenzado el 15 de mayo de 2011 con una manifestación convocada por Democracia Real Ya contra un sistema electoral que, según los jóvenes organizadores, no les representa, contra los políticos corruptos y contra un mercado laboral que les excluye o explota. “Me di cuenta de que era diferente porque no veía filas y filas de autocares aparcados que alguien había pagado, como en esas protestas en las que te dan un bocadillo y un refresco gratis, te meten en un bus y te dicen: Vámonos a Madrid”, asevera con sorna el fotoperiodista ourensano. “El tono de la gente era distinto. Las consignas resultaban espontáneas, no rutinarias. Percibí la indignación sin saber que luego les iban a llamar indignados”.

Entonces, como en la caverna, captó en la sombra de una valla el alborozo de los brazos en alto y una pintada en ciernes: “Lo llaman democracia…”. Se dio la vuelta hacia la multitud, observó sus gargantas inflamadas y escuchó gritar: “Y no lo es”. Aquel lema se había convertido en el ariete verbal de la Spanish Revolution, cuyo eco terminaría propagándose por las plazas de Atenas, Londres, Tel Aviv o Nueva York. La ciudadanía pedía responsabilidad a los gobernantes, clamaba un sistema político más representativo, exigía una mayor transparencia en la gestión de la cosa pública.

Armestre olió que allí había tema y quiso darle forma, consciente de que la gesta había que retratarla a través del detalle. “El campamento que se montó en Sol era tan visual que se volvió monótono: levantabas la cámara y ya tenías algo colorido. Como trabajo en France Press, mi obligación era tomar fotografías que funcionasen aquí y en el extranjero. Pero cuando supe que quería hacer algo personal, lo que hoy es este libro, me di cuenta de que debía ir a la procura de imágenes más icónicas”.

Al igual que había representado la obstinación y la fortaleza con una escena de los indignados durmientes en la aurora, vio a un hombre que derramaba cartones de leche en un gran puchero y nos habló de cuántas bocas habría que alimentar en aquel ingente desayuno. Le puso cara a la irritación, al entusiasmo, a la solidaridad, al cansancio, a la reivindicación, al amor, a la queja, al frío y, claro, a la esperanza, simbolizada en ese rayo durante la tormenta que anegó las tiendas.

Cuando ya no pudo más, rebañó unos cartones del Museo del Jamón y armó, junto a otros colegas, un chamizo de papel bajo el andamio de un maltrecho set de televisión. “Estábamos más dormidos que despiertos. Lo forramos como pudimos para que nadie entrara y, así, proteger los equipos. Allí nos tumbamos cuatro tíos y lo convertimos en nuestro castillo”.

- ¿Qué, todavía en los cartones?
- Bueno, ahora estoy en un hostal que me he cogido aquí al lado.

Hay fotógrafos presentes y ausentes, cree Armestre. Los que buscan la mirada y los que esperan, agazapados, hasta que la encuentran. Él prefirió pasar desapercibido, compartir con los acampados la espesura dilatada de las bolsas de los ojos, colmadas, oscuras, como llenas de noche. Presionar el disparador sin que el fotografiado se dé cuenta. Cuando la cámara se tornó molesta, Pedro se acercaba al ceño fruncido y le susurraba: “Y tú, ¿cuánto tiempo llevas aquí?”. Su zoom se había mimetizado en los plásticos y las lonas desde que, la primera madrugada, pensó: “No me voy a ir ahora para volver al amanecer”. Así fue hasta que, casi un mes después, se desmontó el campamento, que dejó de ser símbolo para ejercer de instrumento.

Aquí están las estampas de Plaza Tomada, “un pueblo nuevo nacido de la nada”. Narran, precisamente, cómo transcurrió la vida en él, aunque algunas –aclara el autor– puede que no sean importantes desde una óptica periodística. Fotos de segunda que, en la retina de Armestre, pasan sin embargo a un primer plano. “Como la de ese tío apenado con una caja en la cabeza que personifica un televisor llorando. Antes, el fútbol y los toros manejaban a la población; ahora, es la televisión la que te sujeta al sofá para evitar que pienses”.

No importa lo que haya a su alrededor ni que se pierda profundidad de campo. Le interesa, más que el conjunto y el espacio, el mensaje crítico que transmite ese indignado, la unión de los cuerpos encadenados, la incertidumbre del abrazo, la reflexión del cigarrillo humeante, el revés frustrado de las manos que sujetan un rostro. Son fotos metonímicas: la metáfora por el todo. Porque detrás, ya lo sabemos, está ese otro mundo que sueña con ser posible.

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Fotografías de Pedro Armestre de la acampada en Sol difundidas por AFP en 2011.

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Desde Sol: La conquista del espacio publico + Todo por un sueño + 25 días en Sol

¿Ya ha muerto Julio Camba?

Por Henrique Mariño
28 feb 2012

Los aniversarios, efemérides y días de son las oenegés del almanaque, esa excusa de notables para trocar una jornada de buen comportamiento por un año entero de hijoputismo enmascarado. Como el que sostiene la pancarta del teléfono ese y luego llega a casa y le zurra a su señora. Julio Camba, tan vigente que acojona, cumple cincuenta años (su muerte, quiero decir). Y ya vienen los diarios –llegamos todos– con nuestros panegíricos sin tacha. Yo, por desastre, me acabo de enterar ahora de las bodas de oro del vilanovés con la flaca, de ahí que en mi camba no haya referencia al pasado, sino más bien al futuro, instalado ya en el presente. En fin, que no tengo a mano el Haciendo de República para aventar un par de citas, pero creo que si se lo regalan a su cuñado el concejal, seguro que en vez de leerlo se mira al espejo.

Yo iba a escribir en el periódico un artículo sobre el catorce ochomiles del periodismo español. (A ver: para mí, víctima de una metonimia aguda, el periódico es Público, como para la senectud el parte era la primera y no este sin dios de telediarios). Pero es que no sé qué me pasa que siempre que me pongo con Camba nos cae un ERE encima o, directamente, la persiana metálica. Como pueden suponer, no hay Camba porque no hay periódico, pero eso a quién le importa. La movida es que no hay Undargarin porque no hay Alicia Gutiérrez, no hay mujer explotada sexualmente porque no hay Óscar López-Fonseca, no hay Luis de Guindos porque no hay Pere Rusiñol y, en fin, no hay tu tía porque no hay Tudela.

Como un excomulgado que le celebra al niño la primera comunión, termino dándole bola al de Vilanova de Arousa. Y que no me vengan ahora los jacobinos biempensantes con lo del texto edulcorado que elude el racismo y la misoginia, porque me pillan con las velas y, si me explayo, termino quemándome. Cincuenta años no es nada, pero bien merecen el empacho literal en honor del resucitado. O, más bien, reencarnado: Jabois es Camba, como Gistau es Umbral. Si me pregunta quién coño es el primero, pensaré que no vive en este mundo o, peor, que este mundo no vive en usted. Ya digo, a mí lo único que me jode de Jabois es que no lleve tilde en la o.

Por cierto, ¿ya ha muerto Camba? Mañana no hablará de él ni cristo.

 

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Más: Julio Camba, el primer distópico + Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois

Menos: Cierra Público y me descalzo ante ustedes

Cierra Público y me descalzo ante ustedes

Por Henrique Mariño
25 feb 2012

La primera vez que me compré unos zapatos tenía 27 años, esa edad a la que las estrellas del rock les da por morirse, que si el Morrison, que si la Winehouse. Eran unos botines negros de dudosa calidad, pero me dolía soltar la guita teniendo la mercancía en casa, por eso me llevé un calzado de palo.

Mi abuelo Don José tuvo a bien establecerse en Carballo en los años cincuenta para cortar el cuero con la precisión de un pulidor de diamantes. Primero se instaló en un bajo que tiempo después albergaría una bodega de vinos, el Submarino, sito en la otrora Plaza del Generalísimo, la que había sido de la Libertad y ahora, por aquello del consenso, la de Galicia. Luego se trasladó a la calle Coruña, entre la plaza del pueblo y la iglesia, a un local añejo que todavía hoy regentan mis padres, quienes continuaron con la tradición zapatera, como casi todos los hijos e hijas del viejo, qué sabio. Yo me crié entre cajas de cartón y un respeto secular por el fuego: vivíamos en el piso superior. “Ten cuidado, Henrique, que si salta una chispa esto es una caja de cerillas”, me decía mi padre. El suyo, sin embargo, murió encamado y con la chusta en los labios, como el que espera la ceniza.

A uno de los hijos de Don José se lo llevó una enfermedad y a otro, la emigración. El resto, ya digo, abrazó los mocasines de ante y los escarpines de tacón de seis y medio. Sólo fue a la Universidad el varón del medio, que terminó convirtiéndose en el referente de la estirpe familiar: estudiar era sinónimo de hacer, como él, Derecho. Así pasaron los años, hasta que llegó el momento de dejar el instituto y lanzarse al mejor sitio para descansar, que diría Triángulo de Amor Bizarro. A mi madre le debo poder dedicarme a esto, o sea, al periodismo: ¿qué coño haría yo ejerciendo, en el mejor de los casos, de abogado? Saldría victorioso de algún proceso, supongo, pero por insistencia, como quien vende miniaturas de buda por los bares. Juez y mazo: “Señor Mariño, declaro a su cliente inocente, pero su lengua incesante se va directamente al calabozo”. Cloc.

Cuando llegamos a Madrid, lo primero que hizo mi madre al entrar en el colegio mayor fue preguntar dónde estaba la capilla, como anticipándose a mis pecados. Nada más irse, me sacaron de farra hasta las tantas de la madrugada y, al volver a la residencia, recordé vagamente que había pasado por El Correo Gallego, Cope, Galicia Hoxe, Radiovoz, La Voz de Galicia y EFE. Luego vino la Radio Galega y El Mundo, en el que estaría cuatro años hasta que me fui a Roma, donde compré los zapatos espurios y empecé a escribir para La Voz de Galicia. Después tocó Londres, Sao Paulo y, siempre, Madrid. Si la noche se desboca, el sueño es tan reparador que, al despertarte, te olvidas de dar las gracias: a Fernando García Pablos, Ramón Busto, Paco Pelegrín, Antonio Jiménez, Cristina Abelleira, José Manuel Casal, Pepe Ameixeiras, José Manuel Ferreiro, Ana Romaní, Paco Villanueva, Kino Verdú, Jesús Alcaraz, Alberto Luchini, Juan Manuel Bellver, Cristina de Alzaga, Miguel Ángel Mellado, Ana Rodríguez, Jesús Flores, Luís Ventoso… Y a los colegas, que no precisan cita, porque si los anteriores me enseñaron en su día de qué va el rollo, estos todavía me siguen dando hoy lecciones de amistad.

Tanta enumeración hiede a responso: para no alargarme, termino con los velatorios de ADN.es, aquel periódico digital donde fuimos felices. Seguimos celebrando cada aniversario de su defunción, pero como una vez al año resulta insuficiente encargamos una misa si nos lo pide el cuerpo, que suele ser exigente e incorrupto. Pero cuando ya nos habíamos sacudido el luto y estábamos de alivio, resulta que a Público le da un vahído y ya va uno mirando en el armario si tiene un chaquetón negro, con resultado negativo. Malo será que no sirva alguna prenda oscura, algo que te hayas puesto en los sepelios encadenados de los compañeros de profesión, que parecemos la santa compaña. Pero el jamacuco termina siendo expiración y para mí que una chaqueta de pana marrón es poco seria para un funeral como éste, visto el número de esquelas que ha puesto la gente.

Hoy habrá que ir a comprar pues un chambergo como dios manda y, de paso que bajo, también el periódico. Si tardé casi seis lustros en pagar por unos zapatos, no extrañará que después de tres años me lleve el diario de la competencia. Me imagino que no me resultará tan cómodo como el de casa. Tal vez me sobre algo, la suela resbale o hasta me salga un callo, pero calzar hay que calzarse. Si el vestir comienza en los zapatos, que son los cimientos de nuestro edificio, la democracia arranca en las rotativas. Necesitamos los periódicos como las botas en invierno y las sandalias en verano. Era un euro y veinte, ¿no? Pues a ese precio a lo mejor le digo al quiosquero que me ponga medio kilo. Aunque, en realidad, lo que me gustaría es volver a casa, quitarme los botines negros nada más entrar en el portal y, con los pies desnudos, susurrar desde el felpudo de la puerta:

- Que, mamá, ¿me regalas unos zapatos? Parece mentira, 36 años y todavía descalzo.

 

 

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Julio Camba, el primer distópico

Por Henrique Mariño
23 feb 2012

Julio Camba era un señor que aborrecía el ajo y el sufragio femenino. Lo plasmó en un lustroso tratado gastronómico, La casa de Lúculo; y en Haciendo de República, un vademécum acerado y perspicaz donde cargó contra el nuevo régimen, del que esperaba que le pusiese una embajada. La mesa y el escaño le brindaron la más jugosa nómina de su generación, pese a que en sus tiempos del ABC había que azuzarle para que se enrollase, pues el gallego sudaba la gota gorda para cumplir con sus diez artículos mensuales. Hay quien de la vida espera la muerte: Camba habría firmado poder dejar de escribir, una boutade que refleja su cuestionable reputación de vago.

Para nuestra fortuna y debido a su necesidad –que no hambre, pues el ilustre periodista no perdonó un mantel–, nunca llegó a hacerlo.

Aunque haya pasado a la posteridad por las crónicas políticas o por el arte de comer (y después contarlo), su viajado currículo oculta en un pliegue una obra que le hace merecedor de pasar a la historia no sólo del articulismo español sino también de la literatura universal. Instalado en Nueva York como corresponsal del diario fundado por Torcuato Luca de Tena, comienza a enviar un rosario de textos proféticos que darían para Un año en el otro mundo, un libro con el que se adelanta a la santísima trinidad distópica.

Editado por Biblioteca Nueva en 1917 y recuperado por Rey Lear, el supersticioso y bien plantado dandi de Vilanova de Arousa alucina un increíble mundo nuevo a partir de su experiencia en la Gran Manzana. Lo hace lustros, décadas antes de que Aldoux Huxley alumbrase Un mundo feliz; George Orwell, 1984, y Ray Bradbury, Fahrenheit 451. Incluso se anticipa a Yevgeni Zamiatin, que facturaría cuatro años después Nosotros, una novela en la que se inspiró el creador de Rebelión en la granja para engendrar la sociedad orwelliana. Camba sería, con permiso de H.G. Wells y de algún otro autor embrionario de ciencia ficción, el primer distópico.

Nueva York se presenta ante él como una “fábrica gigantesca” donde prima la cantidad y no la calidad, desprovista de “actividad intelectual” y en la que el ocio de sus habitantes –”un público infantil”– se reduce a “bailes gimnásticos” envueltos en una “música estridente y violenta”. Lo que para Huxley era la “soma” (droga de la felicidad), para Camba es la “goma” (de mascar). Pero, he aquí el mérito, su pluma visionaria no está novelando la hipotética y ulterior perversión de la utopía, ese mundo idealizado: él la concibe en tiempo presente. “El hombre va suprimiendo toda relación con el hombre para entenderse con las cosas directamente”, insistirá en La ciudad automática, escrito durante su segunda estancia en la metrópoli y reeditado por Alhena Media.

Un año en el otro mundo avanza la sociedad antidepresiva, tecnológicamente desarrollada, huérfana de bellas artes y en permanente estado de dicha imaginada en Un mundo feliz. “La mecánica y la industria van suplantando en los Estados Unidos no sólo la ternura doméstica, sino todo lo demás”, expone el corresponsal. “La alegría es puramente física, a base de montañas rusas, de toboganes y de waterchuts”. También vislumbra la omnipresencia (el teléfono como fin, no como medio; la cámara fotográfica que se cuela en la habitación donde agoniza el poeta Rubén Darío…) y el control del Estado trazados por Orwell.

“Nueva York no es una ciudad. Es un sistema, una teoría”. La urbe matemática en la que nada escapa al problema planteado por quien detenta el poder. Washington no alcanza ni de lejos la categoría pérfida, totalitaria y represora del Gran Hermano (trasunto de Stalin), pero representa al “amigo íntimo” que ejerce, a lo sumo, un “poder sobrenatural”. El vigilante ubicuo, en cambio, bien podría ser el “detective americano”, ese ojo que pasa inadvertido y todo lo ve: “Si es hombre se disfraza de mujer, y si es mujer se disfraza de hombre”.

Escéptico y cínico, Camba también alude a los grandes temas de la novela de ciencia ficción distópica: la tecnología reproductiva y el cultivo de seres humanos, el fin de la privacidad, el Estado como “laboratorio social y político”, la producción en cadena, la guerra como “salvación espiritual” y las paradojas y contradicciones que encierran las alianzas bélicas: “¿Qué harían los americanos de nacimiento alemán si las cosas llegaran a tal punto que los Estados Unidos exigieran su concurso para combatir a Alemania?”, se pregunta.

Anarquista antes que conservador, precoz en la mecanografía y tardío en la entrega, lo que Camba narra desde el otro mundo tardará en ser evocado por los grandes escritores del siglo XX. Valga como ejemplo esa civilización sin letra impresa, el ardiente objetivo deseado por los bomberos de Bradbury, que se afanaban para encontrar libros y quemarlos. “América tiende deliberadamente a suprimir toda manifestación literaria”, auguró el hombre que le presentó la dimisión a la muerte después de haber vivido sus últimos doce años en la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid. Pero antes de rubricar la instancia con la guadaña, nos recordó que en aquella Nueva York “saturada de electricidad”, colosal “hasta en sus catástrofes”, el fuego también era, como en Fahrenheit 451, todo un espectáculo.

 

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Publicado en el nº 2 de la revista Números Rojos, ya a la venta. Ilustración: Violeta Cintas.

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Embotellamiento en el Retiro

Por Henrique Mariño
13 ene 2012

No hay órdenes como las de arriba, esas que caen como chuzos, atraídas por las fuerzas de la gravedad y del propio orden. Doña Ana Botella, inversamente proporcional a la caída de las hojas del Retiro, ha comenzado el ejercicio con buen pie, aplicándolas con mano firme. Si la tierra ha de ser para quien la trabaja, el disfrute del parque madrileño corresponderá, lógicamente, a quien se jubile. Excepto que tengas polio, los bastones ejerzan de apéndices y caminar sea el heroico maratón de cada día.

Gustavo Bravo cree que las noticias, al contrario que las órdenes, tienen que partir desde abajo. Por eso ha montado un periódico de barrio que pretende denunciar los abusos que se producen a la vuelta de la esquina. La historia de José, 69 años, paraliza a cualquiera. En un Madrid asfáltico, capital del smog, su escapada diaria al Retiro se ha visto truncada por la imposibilidad de acceder al lugar tras la prohibición de circular en coche por el mismo, escribe Sandra Remón. Algo a priori lógico, si no fuese porque la barrera para un poliomelítico e impedido resulta ahora insalvable.

Siguen atravesando el parque los vehículos de los repartidores y de los jardineros. Ya no los de los ciudadanos que, pese a sus dificultades, emprendían una odisea de diez metros para sentarse en un banco junto al Ángel Caído. José está decidido a seguir contaminando el céntrico pulmón verde y para ello ha pedido un permiso especial que le permita adentrarse en él con su cuatro ruedas. Una pena que sus malos humos, que tanto afean la foto oficial de turno, amenacen con violar la transparencia del azul capitalino. Con Botella, ahora sí, de Madrid al cielo.

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Enero se caga

Por Henrique Mariño
12 ene 2012

El otoño es un paso a nivel sin barreras ante el tracatrá del invierno. Septiembre llegó con sus hojas y sus eres, más precipitados que caídos. Enero, encostado, le trajo al niño un iPad donde todavía busca qué coño es la mirra. Y nosotros, bajo el puente, mudando de etiqueta, del 20 al 30 y del 30 al 50 por ciento. No es la crisis, son las rebajas. Valemos lo que nos paguen, pero no hay quien compre: periodismo de saldo. Con el otoño llegó a Oviedo un hombre que no sabe de dónde vienen las canciones, Leonard. Con el invierno se va de Xixón un tipo que entendió que el cine alumbra en Lund o Tánger. Lukas Moodysson y Oliver Laxe en la tela de un impaís donde muchos se creyeron capitanes, aunque fuese de la escalera B.

En Madrid no llueve, pero mi cocina hace aguas. Los pobres de las favelas viven por encima de sus posibilidades. La tasa de desempleo es el nuevo sexo: paro oral, ya no nos llevamos otra cosa a la boca. Google indexa los concursos de acreedores y la tabla del ibex ha sustituido a las chavalas de los clasificados en las preferencias del lector salmón. No queda otra que nadar contracorriente, río arriba, el agua helada y los tercios de cerveza a 4,50. Los soldadores no hacen horas extras y a nosotros nos sellan los periódicos. Los departamentos de recursos humanos tienen diarrea, pero sus gabinetes de prensa prefieren llamarle gastroenteritis a la cagarría laboral. Hace diez días que no enciendo la televisión. Ni para ver el parte.

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El 15-M y la conquista del espacio público

Por Henrique Mariño Etiquetas: ,
10 ene 2012

Hace dos meses, Marcos Pérez Pena me propuso escribir un texto para un libro publicado por 2.0 Editora sobre el movimiento 15-M. En él estarían presentes tanto voces académicas (Raimundo Viejo, Víctor Sampedro o Carlos Taibo) como las de miembros de las comisiones y asambleas de barrio surgidas en las urbes gallegas.

Manolo Barreiro daría paso tras el prólogo de A praza é nosa. Quen constrúe a democracia? a representantes de Universidade Invisible, Attac, Proxecto Derriba o Democracia Real Xa, pero el coordinador de la obra también buscaba “visiones más urgentes y originales” de periodistas.

Una es la de Xosé Manuel Pereiro y la otra, ésta. Como mi experiencia giró en torno a la acampada de la Puerta del Sol, decidí escribir sobre la conquista del espacio público. Original, no lo sé, pero de la redacción apresurada doy fe.

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Para cerrar la herida, abran el periódico

Por Henrique Mariño
04 ene 2012

Esta mañana me he vestido de yonqui para bajar a comprar tabaco. Raro que le robe un par de horas al sueño, pero el despertador de la vejiga y una ligera cefalea me echaron de la cama abajo. Decía Suso de Toro que el alcoholismo es muy mala cosa, pero la borrachera es necesaria.

Cuando entré en el estanco –capucha calada, gafas de sol, pantalón de chándal y botines de serraje marrón: terrorífico–, pensé que al dueño le iba a dar un infarto, pero quien se acojonó fui yo. Me había atravesado ese sentimiento que uno padece cuando hace cola en un banco y por un momento cree que, en vez de protestarle a la ventanilla por la comisión de la tarjeta, va a gritar ¡todos al suelo!, en plan Tejero. Me sucede lo mismo con el escáner de los aeropuertos, que antes de quitarme los zapatos ya me pongo nervioso y empiezo a mirar a todas partes pensando que llevo en la maleta cuatro botes de Cola Cao Turbo colmados de caballo.

Como las desgracias nunca vienen solas y el refranero se presta a hacerles sitio, en mi cocina llueve sobre mojado desde hace tres días. No me había percatado de que la gotera premonitoria, que comenzó en año nuevo, nada más llegar a casa tras los míos, seguía allí, como un reloj de agua, chop. Con la vitro impracticable, tuve que arrastrarme a la calle de nuevo y, después de tomarme un café en una taberna regentada por una adorable pareja de emigrantes gallegos, decidí acercarme a la plaza. Público se había agotado: normalmente, venden la mitad, pero hoy habían despachado los treinta ejemplares que reciben cada amanecer.

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Rajoy, el gallego con “cara de póquer”

Por Henrique Mariño
21 dic 2011

Apaga y vámonos: la culpa de que Rajoy no haya mostrado todavía sus cartas la tiene haber nacido en Santiago. Eso no quita que puedas venir al mundo en León y sostener que la crisis no es tal sino recesión, pero ésa es otra historia. Más aburrida, claro, porque no transcurre en un terruño olvidado, pasto de meigas, donde la gente, como no tiene otra cosa que hacer, se pasa todo el día subida a una escalera esperando a que pase un mostoleño para apostarle una mariscada –tirada de precio, como la farlopa– si adivina qué está haciendo: ¿subiendo o bajando?

El hallazgo ha sido revelado por un periodista con oficio, Paddy Woodworth, en un perfil del a la tercera presidente publicado en The Irish Times, donde repasa la trayectoria del gallego. Condición –la misma que la de Franco y Fraga, recuerda– que sostiene la pieza, en la cual Rajoy es rebautizado como “cara de póquer”. En realidad, nos pasa a todos cuando salimos de casa, que nos aferramos a los tópicos porque siempre funcionan y así en el pueblo lo entiende hasta el mono del quiosco. Lo sabe bien la peyorativa Rosa Díez, ahora liada haciendo panda en el Congreso, a quien le bastó una carrera hasta los estudios de CNN+ para atiborrarse de lugares comunes.

Como estamos en campaña y hay que ir montando el árbol, no me extiendo y les dejo el artículo del rotativo irlandés, aunque GC se ha tomado la molestia de traducir parte del texto a esa lengua periférica y tullida que, si tomó nota de su padrino político, tan bien conocerá nuestro presidente (lo de nuestro lo digo por lo de gallego). Todo sea dicho, Irlanda llega tarde, pues ya lo había descubierto antes España, o sea, Aznar: “Tiene una gran experiencia y una muy buena capacidad de resolución. Lo que pasa es que tiene su personalidad, su estilo, su modo de ver las cosas, su modo de actuar, su origen gallego y su [risas] oficio de gallego”. De haberlo sabido, si yo soy Rajoy me reencarno en Ourense y me meto a afilador y paragüero.

 

Post á feira: Hasta Rajoy puede serlo + ¿Por qué Lili habla inglés? + Desván de los Monjes

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El mourinhismo y la tercera España

Por Henrique Mariño
17 dic 2011

Los medios de comunicación renquean, pero los que usan el gallego están heridos de muerte o han pasado a mejor vida, caso de Vieiros o Xornal. Los que subsisten y los que, felizmente, están por venir creen que es necesario supervitaminarse y mineralizarse, que diría Super Ratón. De ahí la campaña emprendida por diez cabeceras, Vitaminas para o Galego, para que la lengua propia –presente en la calle, secundaria en el sector– tenga un reflejo en diarios, revistas y webs. Larga vida.

A Tempos Novos, Galicia Confidencial o Praza Pública habría que sumarles iniciativas independientes de periodistas que, robándole horas al calendario, más allá de sus quehaceres laborales, labran con cariño proyectos de los que difícilmente sacarán provecho económico y que tienen por objetivo dar a conocer la cultura del país. Letra en obras, desde la humildad, promueve a los nuevos autores que se expresan en lengua gallega, poetas y escritores que dan a conocer su obra más allá de los canales institucionales.

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