Fuego amigo

Blog de Manolo Saco

Romance a ritmo de rap

09 Oct 2011
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En la antigua Grecia tuvieron mucho éxito los rapsodas, poetas que recitaban de pueblo en pueblo generalmente poemas épicos, acompañados de un bastón llamado rapdos. Supongo que el nombre de rapsoda viene dado por ese instrumento de percusión con el que se apoyaban golpeando el suelo cadenciosamente para dar énfasis a sus versos.

 

Leo en la Wikipedia que los raperos modernos, que comparten con los antiguos griegos la raíz “rap”, deben su nombre a “la palabra polisémica ‘rap’ que aparece en el inglés británico durante el siglo XVI, y a partir del XVIII se emplea como sinónimo del verbo decir”. Sea como sea, el caso es que ambos comparten un mismo estilo épico, el recitativo rítmico y la ausencia de música (bueno, ya sé que para alguno de vosotros eso es música), además de la curiosa coincidencia de que ambos contengan la raíz rap.

 

Como el rap está de moda, y para distender un debate que ha tomado un cierto tono agrio este fin de semana, os traigo lo que podría ser un rap con factura de los siglos XV y XVI, pero con temática de actualidad, un romance en versos pareados. El autor es mi cuñado, ese famoso cuñado versificador, del que ya alguna vez tuvisteis noticia, que, el muy cobarde, nunca quiere dar la cara. Le he arrancado a regañadientes el permiso de reproducción. Así que, a bailar todos con el rap conocido como:

 

EL ROMANCE DE UN JUDÍO EN PALESTINA

 

Señor del Universo, oh Gran Yahvé,

mi origen es el tuyo, soy hebreo,

y a pesar de este honor, Señor, ya ve,

me encuentro sin dinero y sin empleo,

me estremecen las bombas y el saqueo,

y estoy literalmente hecho puré.

No sé si hay solución; yo no la veo.

 

Me parece en verdad un cachondeo

ser del pueblo elegido, pues no sé

por qué nos elegiste y para qué

en un lugar tan árido y tan feo.

Que lo eligieras Tú, yo no lo creo.

Quizá fue una ocurrencia de Josué

como enseña el Talmud que siempre leo.

Por eso, desde niño yo pensé

que en vez de una elección hubo un sorteo.

 

La Tierra Prometida, oh Gran Yahvé,

debiera ser lugar de veraneo,

con playas y turistas con caché,

con fiestas, regocijo y regodeo,

como Niza, Marbella o Saint Tropez.

 

Aunque somos paisanos, Gran Yahvé

(y por este motivo te tuteo),

no sé si hablando así te ofenderé,

pero debo decir que me cabreo,

maldigo, grito y juro en arameo,

lengua que, como Tú, yo siempre hablé;

y en este mismo idioma te diré

que si esto no cambia me hago ateo.

                   ———–

 

Después de haber hablado el buen hebreo,

entre truenos se oyó: “Yo soy Yahvé,

el que todo lo puedo y todo veo.

Yo soy aquel que soy, aquel que fue

y aquel que sigue siendo y que seré.

Espero que no sea un pitorreo

lo que pacientemente te escuché.

Tienes cierto derecho al pataleo.

Quizás al escoger me apresuré

y elegí Palestina de boleo,

pero peor sería, y bien lo sé,

optar por la Siberia o por Borneo”.

 

“Ahora escucha a tu Dios, ponte de pie;

no quiero percibir ni un carraspeo:

-Que sea el Pentateuco tu abecé,

tu música, tu tele, tu tebeo.

-No tengas con mujeres galanteo.

-Abandona el tabaco y el café.

-En vez de beber vino, bebe té.

Y en vez de cerdo, sopa de fideo.

Un sitio en el Edén te guardaré

si cumples estas normas, cananeo.

Me despido de ti con un deseo:

ten poquita esperanza y mucha fe.

              ———

 

Y en su máximo brillo y apogeo

descendió de su trono el Gran Yahvé.

Se puso el triangulito en el tupé

(que utiliza en lugar de solideo).

Reanudó su litúrgico paseo,

y con igual candor que el de un bebé

y el sonido fugaz de un aleteo,

se esfumó entre las nubes, y se fue.


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