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24 jul 2010
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PAULA FARIAS

Presidenta de Médicos Sin Fronteras

Eficiencia del gasto. Este ha sido uno de los mensajes más repetidos esta semana durante la XVIII Conferencia Internacional de Sida en Viena. Lo han dicho Bill Clinton y Bill Gates. Esta es la nueva receta recomendada para una de las peores crisis de salud pública de la historia: hacer más con lo mismo… o incluso con menos. Un mensaje preocupante, porque puede llevar a recortes en los fondos destinados a la lucha contra el sida. O justificar los que, de hecho, ya se están produciendo: últimamente los grandes donantes han echado el freno y las consecuencias empiezan a sentirse en países del África subsahariana, epicentro de la pandemia, que están deteniendo la incorporación de nuevos pacientes a los programas de tratamiento y registrando rupturas de stocks de medicamentos.
La última década ha sido de grandes avances: millones de personas reciben tratamiento gracias a la masiva movilización de voluntades políticas y recursos financieros, a la aparición de las dosis fijas combinadas (que simplificaron las terapias) y a la reducción de los precios derivada de la competencia de los genéricos. Y las nuevas directrices de la Organización Mundial de la Salud para impulsar el tratamiento precoz acercarán los estándares clínicos de los países sin recursos a los de nuestros sistemas sanitarios.
Mucho se ha hecho desde que se superó la vieja retórica de que no era posible tratar el sida en los países pobres: sus víctimas eran entonces una baja asumible. Afortunadamente no todo el mundo compartía el discurso y así, gracias a ese esfuerzo global, más de cuatro millones de personas reciben hoy antirretrovirales (ARV). Pero queda mucho por hacer: otros nueve millones los necesitan con urgencia para sobrevivir.
Y sin embargo, pese los logros alcanzados y la urgencia demostrada, los principales financiadores congelan los fondos, los reducen, los derivan a otros ámbitos de la salud… en fin, incumplen los compromisos que animaron a muchos países africanos a lanzar ambiciosos programas de tratamiento. Como si ya se hubieran logrado los objetivos y no hubiera más retos por delante.
Médicos Sin Fronteras ha documentado en ocho países africanos el impacto que ya está teniendo el repliegue de los mayores financiadores: el Plan Presidencial de Emergencia de Respuesta al Sida estadounidense (PEPFAR), el Banco Mundial, el Fondo Internacional para la Compra de Medicamentos (UNITAID) y parte de los principales países donantes del Fondo Mundial para la Lucha contra el Sida.
PEPFAR, que paga el tratamiento de la mitad de la cohorte mundial de pacientes, congeló presupuesto en 2009 y 2010 y así lo mantendrá en 2011. Y pasando de la abstracción de los conceptos financieros a las consecuencias tangibles, ha comunicado a varias contrapartes en terreno que no acepten a más pacientes si no es para cubrir vacantes por fallecimiento o pérdida de seguimiento. UNITAID suspenderá en 2012 la compra de ARV de segunda línea en Zimbabue, Mozambique o Malaui. Otros, como el Banco Mundial y varios países europeos, defienden ya las estrategias de eficiencia del gasto tan aplaudidas en Viena: quieren ampliar actividades y sectores cubiertos pero sin aumentar la dotación presupuestaria. Y esto en la práctica se traduce en un recorte de los fondos destinados al tratamiento de los pacientes de VIH. Pero pretender avances en salud general sin responder con decisión al sida, cuando las tasas de prevalencia llegan al 20% en algunos países, es no querer medir la dimensión del problema.
El tratamiento del VIH es de por vida así que el número de pacientes aumenta acumulativamente: necesita por tanto un compromiso financiero creciente. Reducirlo significará que menos gente podrá iniciar el tratamiento; que llegarán a él más enfermos; que empezarán a racionar las tomas o a compartirlas, no tomarán las dosis adecuadas y aumentarán las resistencias a los fármacos; que las actividades de detección y diagnóstico se paralizarán; que el estigma volverá ahora que el sida empezaba a aceptarse como una enfermedad con tratamiento; que aumentarán las tasas de transmisión; que la tuberculosis se disparará; y que sistemas de salud ya de por sí saturados se sobrecargarán.
Es una lista de consecuencias nefasta, y no es una lista agorera: es lo que ocurría hace 15 años, cuando el tratamiento del sida se tachaba de “inviable”. Ahora nos enfrentamos al argumento de lo “no costeable”, excusas diferentes con las mismas consecuencias: volver a cuando se elegía a quién se trataba y a quién no, quién se salvaba y quién moría, a los tiempos en que las clínicas se llenaban de enfermos terminales en cuidados paliativos.
Nos encontramos ante una encrucijada, y los donantes deben decidir qué camino seguir. España es el quinto país donante del Fondo Mundial: esperemos que los recortes a la Ayuda Oficial al Desarrollo anunciados recientemente por el Gobierno no afecten precisamente a esta partida y acaben mermando el que hasta ahora ha sido un sólido compromiso.
Abandonar ahora es dejar en la estacada a millones de personas. Pretender que, en plena crisis económica –factor aducido para explicar los recortes–, sean los países afectados los que asuman la carga no es realista: hoy por hoy, el 75% de los programas de VIH depende de los fondos internacionales. El sida sigue siendo una emergencia masiva. Dar marcha atrás ahora perjudicará los avances logrados hasta la fecha, pero sobre todo pondrá millones de vidas en peligro.

Oliver Stone y sus críticos

23 jul 2010

MARK WEISBROT

Codirector del Centro de Investigación Económica y de Políticas (Center for Economic and Policy Research – CEPR)

Es estupendo hacer un documental sobre cómo los grandes medios de comunicación tergiversan la realidad y que las propias críticas de estos medios te den la razón. De hecho, su respuesta al documental South of the border, de Oliver Stone, cuyo guión yo mismo escribí junto a Tariq Ali, corrobora las tesis del filme.
La primera tesis tiene que ver con el descuido –o desconocimiento– que caracteriza las informaciones sobre las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, un problema al que los grandes medios contribuyen frecuentemente. En varias críticas hubo confusión a la hora de reconocer a los presidentes y a los países. Quizás el ejemplo más patético fue en The Washington Post, donde se publicó una fotografía de Sacha Llorenti –ministro de Gobierno de Bolivia– identificándolo como Evo Morales. Llorenti es desconocido en Estados Unidos, pero aparece en la película traduciendo al presidente Morales. Alguien en el Post debió de suponer que el tipo más blanco de los dos hablando en inglés debía ser el presidente.
La feroz crítica de Larry Rohter sobre la película acaparó la mayor parte de la primera página de la sección de arte de The New York Times, con un gran subtítulo que decía: “Surgen dudas sobre su veracidad”. Sin embargo, falló en encontrar errores fácticos en la película (a pesar de varios intentos desesperados). En una de esas incursiones, utilizó datos de las importaciones de petróleo entre los años 2004 y 2010 para tratar de refutar las declaraciones que un analista de la industria petrolífera –que aparece en una escena de televisión en el filme– realizó en abril de 2002. El corte (de unos cinco segundos) no tendría relevancia para la película en ningún caso, pero, aun así, Rother se equivocó.
Hay demasiados errores en las críticas al documental para citarlos todos aquí. Muchos juzgaron la historia en términos ideológicos, perdiéndose la mayoría (o la totalidad) de los puntos principales del filme. Por ejemplo, el documental proporciona cinco elementos que prueban que Washington estaba involucrado en el golpe de Estado que derrocó al presidente electo de Venezuela, Hugo Chávez, en 2002. Entre ellos se encuentra un documento del Departamento de Estado de Estados Unidos que reconoce que “la Fundación Nacional para la Democracia, el Departamento de Defensa y otros programas de asistencia proporcionaron entrenamiento, construcción institucional y otros apoyos a individuos y organizaciones reconocidos como activamente involucrados en la corta expulsión del Gobierno de Chávez”.
Este, junto al resto de testimonios documentales que aparecen en la película (alguno de los cuales no ha llegado nunca a los medios de comunicación), construye un argumento convincente de que Washington estuvo involucrado en el golpe. Esta conclusión fue respaldada por Scott Wilson, corresponsal de The Washington Post en el momento en que lo entrevistamos, y que informó desde Caracas durante el golpe.
Eduardo Porter, miembro de la junta editorial de The New York Times, también aparece en el filme refiriéndose al apoyo de la Administración Bush al golpe: “La implicación del Gobierno de Estados Unidos en el golpe de Estado fue la peor decisión que podía haberse tomado. No sólo forjó la eterna enemistad de la Administración Chávez, sino que hizo muy difícil que cualquiera en Latinoamérica sintiera simpatía por Estados Unidos”.
Sin embargo, ha habido miles de artículos y análisis radiofónicos sobre las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela en los últimos ocho años, pero casi nada acerca del papel que jugó Estados Unidos en el golpe. Como mucho, Estados Unidos es señalado como responsable por Hugo Chávez, una fuente que es sistemáticamente demonizada y desdeñada en una suerte de apoyo tácito de los periodistas al Gobierno de Estados Unidos. La mayoría de los que reprobaron South of the border parecen también ver esta cuestión, así como las pruebas presentadas, como irrelevantes.
Las reseñas que sí aceptaron las críticas a los medios de comunicación coincidieron en señalar como culpable a la cadena Fox. Pero el filme pone un especial énfasis en que este problema es de todos los medios, no sólo de la Fox o de los telediarios, que han venido dando a los norteamericanos una impresión más que distorsionada de los cambios históricos que han tenido lugar en la última década en Latinoamérica. Fue precisamente la junta editorial de The New York Times la que respaldó abiertamente el derrocamiento de un Gobierno electo democráticamente durante el golpe de 2002, hecho que constituye uno de los pilares del filme. Esta cuestión también pasó desapercibida, a pesar de que fue un comportamiento que uno de los periódicos más importantes de Estados Unidos no había tenido en 30 ó 40 años.
Como cabía esperar, los medios exhibieron ante el filme la misma hostilidad que caracteriza sus informaciones sobre el tema que en él se trata (aunque también hubo opiniones favorables). La de Los Angeles Times, que contenía varios y grandes errores, la criticaba por no tener suficiente sustancia. Pero parece que la sustancia del filme era demasiado para la mayoría de los medios.