Una hora con Montalbano

10 Dic 2014
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Los sábados por la noche, antes de intoxicarme con la basura tóxica de los debates políticos con su batería de “mirindas” (“marhuendas” e “indas”), suelo recalar en el remanso de la 2 para seguir las pesquisas del comisario Montalbano en un pueblo siciliano, tan alejado de los tópicos como el propio protagonista de los clichés del género policiaco en televisión. El nombre de Montalbano es un homenaje explícito a Manuel Vázquez Montalbán. Aunque ni los métodos ni las tramas del policía siciliano tengan mucho que ver con los del detective Carvalho, el comisario siciliano y el detective barcelonés coinciden, por ejemplo, en su afición a la gastronomía mediterránea. Frente a tanto devorador de donuts, hamburguesas y tacos en las series americanas, los salmonetes, la pasta con marisco y los platos fríos que le deja preparados su asistenta al comisario son una grata excepción, degustados en pequeños restaurantes frente al mar con vinos blancos y frescos de la zona. En el pueblo de Montalbano nadie, ni los asesinos, tienen prisa. Y la Mafia, presente en el trasfondo argumental como una superestructura ominosa y constante, no suele protagonizar los crímenes locales. Crímenes de familia a cuya investigación, algunas veces, contribuyen viejos mafiosos retirados con los que el comisario mantiene contactos irregulares y fructíferos. Los tráficos (de drogas o personas), las venganzas, los celos, las pasiones y las traiciones que Montalbano y su equipo desentrañan, pocas veces requieren vertiginosas persecuciones automovilísticas, ni las sufridas carreteras comarcales ni los vehículos que por ellas circulan facilitan las altas velocidades. Y las armas de fuego solo disparan en contadas ocasiones.

Camilleri, novelista y experimentado guionista de televisión ha creado unos personajes muy distantes de los ostentosos superpolicías de las series made in USA. Montalbano está lejos de los arquetipos y de los antihéroes. Tiene una ética muy personal que choca más con la de la jerarquía policial (jefe corrupto, prepotente y arribista) que con la de algunos pequeños delincuentes. El comisario y sus colaboradores están muy integrados en la comunidad. Conocen a todo el mundo y todo el mundo les conoce. Augello, su segundo de a bordo, es un seductor profesional pero algo torpe. Y sus dotes son utilizadas a menudo en una pesquisa en la que siempre aparecen bellas mujeres de generoso escote y corazón hospitalario, o bellas mujeres de corazón malvado y lencería de diseño. El sexo y la comida, el bien, el mal y sobre todo el oscuro territorio que existe entre ambos son los motores de estas historias sin concesiones a los estereotipos, a las postales o al folklore característico. La serie del comisario Montalbano no ha descubierto el Mediterráneo pero ha recreado un mare nostrum entrañable en un rincón de Sicilia. En el mismo horario programaban en la 2 hace un tiempo algunas series policiacas escandinavas, con detectives listísimas y forradas de pieles, capaces de descubrir y desentrañar un crimen todas las semanas en una isla pequeña y poco poblada en un país con muy bajos índices de criminalidad. Todo un mérito, pero ni los paisajes nevados ni los asesinos gélidos compensaban la baja temperatura emocional de las series.

La segunda cadena resiste a veces como una aldea gala sitiada por el Imperio Romano y los pretorianos del PP que tienen sometida a TVE durante 24 horas al servicio de la manipulación y de la mentira. No pido que echen a los leones al gladiador Sergio Martín, estoy contra el maltrato animal y pienso que a los felinos se les atragantaría el menú, gafas incluidas.


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