Aquí no se fía

Galán y las banderas de conveniencia

Al presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, le están zurrando de lo lindo por decir que su compañía, en razón de dónde tiene el negocio, se siente cada vez "más británica, americana o mexicana que española" y por haber anunciado un desvío de inversiones hacia otros países con un marco regulatorio más "estable".

La verdad es que no acabo de entender la escandalera que esas manifestaciones han provocado: ¿acaso cabía esperar algo distinto de una multinacional eléctrica que, como todas las empresas y en particular las grandes, no tiene su corazón ni aquí ni allá, sino donde le aconseja en cada momento su cuenta de resultados?

Por mucho que algunas enarbolen de vez en cuando una bandera por pura y simple conveniencia, hacer encendidas apelaciones al patriotismo ante esas corporaciones es una soberana estupidez, porque nadie lleva más lejos que ellas aquel aforismo tan español de que "uno no es de donde nace, sino de donde pace".

Eso exactamente vino a decir el otro día Ignacio Sánchez Galán, en un arranque de sinceridad que no van a perdonarle tan fácilmente quienes se llenan la boca, un día sí y otro también, con la palabra España y luego no ponen reparo alguno a que sus conmilitones, sin la menor consideración, se lleven el dinero a Suiza.

No seré yo quien defienda la deshumanización de las decisiones empresariales, ni mucho menos al presidente de una multinacional; pero me fastidia en grado sumo la hipocresía patológica de los que ahora, sin ver la viga en su propio ojo, han arremetido agriamente contra Ignacio Sánchez Galán.

Sobre todo cuando ellos mismos aplauden que otras empresas amenacen con abandonar sus territorios de origen porque no les convencen las políticas que llevan a cabo allí gobiernos democráticamente elegidos, como sucede desde hace varios años, por ejemplo, en Cataluña.

Dejémonos de bobadas: nos guste o no, las compañías privadas se establecen, crean empleo, operan, tributan… donde creen que más beneficio pueden obtener, y eso de la responsabilidad social corporativa, eso de devolver a la sociedad parte de lo que gracias a ella se gana, es solamente una filfa.

Ahora bien, cuando pinten bastos, que se las arreglen por sí mismas, que no les dejen socializar pérdidas, como en éste y otros países suele hacerse con frecuencia; que no hagan pagar a todos los contribuyentes sus platos rotos mientras se envuelven ladinamente en nuestras banderas.
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