Opinion · Balagán

El desplome de la izquierda

No es ningún secreto que la izquierda está en caída libre en muchos países. Israel, que en algunos casos se anticipa a lo que después ocurrirá en Occidente, es quizás el mejor ejemplo.

La evolución del voto israelí desde los años noventa no deja lugar a dudas: En las elecciones de 1992, cuando todavía vivía Yitzhak Rabin, el bloque formado por los laboristas y el partido liberal Meretz obtuvo el 44,3 de las papeletas y 56 escaños. En 2015, el Campo Sionista (laboristas) y Meretz marcaron el 22,6 por ciento de los votos y 29 mandatos, es decir la mitad que en 1992. Y en las últimas elecciones de septiembre los laboristas y Meretz solo lograron el 9,1 de los votos y 11 escaños.

Estos datos significan que en 2019 la izquierda israelí obtuvo solo la quinta parte de los votos de 1992.

El periodista Äri Shavit, que hasta no hace tanto escribía en Haaretz y ahora escribe en Makor Rishon, el periódico de los colonos y de la extrema derecha nacionalista y religiosa, habla de un «suicidio» de la izquierda.

Algunos periodistas israelíes, como Shavit, sostienen que la izquierda «ha perdido el contacto con la realidad». Puede que esto sea cierto puesto que la población israelí es cada día más nacionalista y religiosa, demasiado nacionalista para los principios de cualquier partido de izquierdas.

Está pasando también en Europa. Miremos el caso de Francia, donde la izquierda se ha hundido. Probablemente, la izquierda francesa también ha perdido el contacto con la realidad, pero los partidos de izquierda, que tienen una ideología racionalista, no pueden caer en las trampas de la religión, los nacionalismos y los populismos que campean a sus anchas por todas partes.

La izquierda no puede renunciar al racionalismo para obtener más votos, no puede seguir la dictadura que le trata de imponer una sociedad cada día más radical, incluso aunque no obtenga los votos que solia obtener, en Francia, en Israel o en cualquier otra parte.

La ideología racionalista del socialismo no debería adaptarse a las demandas de una sociedad que se ha cansado del racionalismo, pues si lo hace dejará de ser izquierda.

Da la impresión de que es más razonable decir que es la sociedad occidental, y no la izquierda, la que se está suicidando, aunque también es cierto que hay partidos de izquierda que extrañamente se están alineando con los nacionalismos y los populismos al tiempo que abjuran del racionalismo.

Sin duda se trata del signo de nuestro tiempo que no augura nada bueno.