Ya nadie hace sombra ni a la Caixa ni a Brufau

Después de haber pasado por el aro de Repsol, carecía de sentido mantener el pacto de socios que
Sacyr y Pemex firmaron a finales de agosto con objeto de segar la hierba bajo los pies del presidente de la petrolera española, ANTONIO BRUFAU. Este, al advertir el peligro, puso en marcha una estrategia dirigida a neutralizar a sus dos rivales, que culminó anteayer con el anuncio de la ruptura formal del acuerdo suscrito por ambos.

Brufau sale indudablemente fortalecido de un culebrón que se inició hace dos años, cuando Sacyr objetó en el Consejo de Repsol el recorte del dividendo a cuenta del ejercicio de 2009. LUIS DEL RIVERO, que entonces presidía la constructora, no se privó de hacer pública esa discrepancia, cosa que Brufau se tomó como una enmienda de su primer accionista a la totalidad de la gestión que estaba llevando a cabo.

Desde aquel momento, los desencuentros se sucedieron con grave riesgo para la paz social, que saltó definitivamente por los aires a raíz del acuerdo de agosto, trenzado entre Del Rivero y el director general de Pemex, JUAN JOSÉ SUÁREZ COPPEL. Un acuerdo que no sólo amenazaba a Brufau sino al statu quo de Repsol, donde La Caixa lleva años siendo el accionista de referencia, pese a que la participación de Sacyr en el capital era más alta (20% frente a 12%).

Precisamente, el apoyo de La Caixa ha sido fundamental para que Brufau devolviera el sosiego a Repsol, aun a costa de dejar en el camino el cadáver de Luis del Rivero, que en octubre fue desalojado de la presidencia de Sacyr. Su cabeza era el precio pedido al resto de los socios de la constructora para recomponer las relaciones y que Repsol les echara una mano en la refinanciación de la deuda.

Una vez fuera de la circulación Del Rivero, todo fue coser y cantar: Brufau compró un 10% del capital de Repsol que estaba en poder de Sacyr, cuyo peso en la petrolera ha disminuido sustancialmente, y contentó a Pemex con un reforzamiento de su alianza industrial. Las aguas han vuelto a su cauce y, gracias a ello, ya no hay quien tosa en Repsol ni a La Caixa ni a Brufau.