Viva Antrobus

CON CEDILLA// SEBASTIÀ ALZAMORA  

Mi descubrimiento de este verano –vía consejo de un buen amigo— se llama Antrobus: ése es el nombre con el que Lawrence Durrell bautizó al protagonista de una serie de relatos francamente memorables. El bueno de Antrobus es un diplomático del Foreign Office británico de la más vieja escuela, uno de esos personajes con bombín y paraguas, que en cada relato explica a su interlocutor –un antiguo compañero de embajada de rango inferior, trasunto del propio Durrell— alguna anécdota referente al cuerpo diplomático, a cual más divertida, cuando no descacharrante. Las historias de Antrobus se encuentran recogidas en diversos libros, pero existe un The Best of Antrobus traducido al castellano. Lo editó Tusquets hace un montón de tiempo, pero se encuentra aún en catálogo, de modo que sólo es cuestión de pedirlo en la librería habitual.

Antrobus y la cultura
Aparte de sus hilarantes historietas, que tienen toda la pinta de ser más o menos verídicas, lo mejor del gran Antrobus son sus observaciones sobre cualquier asunto de la vida, ya se trate de comida, religión, ideologías o países. Pero entre todas, las mejores son las que dedica a la cultura: “Se considera que debemos estar más bien a favor que en contra”, le confía Antrobus a su amigo, para añadir a continuación “pero, con absoluta sinceridad, yo odio la cultura. Me saca de quicio; me pone, no me importa confesarlo, la carne de gallina”. Después de esta conmovedora confesión, resulta difícil no estar completamente de acuerdo con el viejo Antrobus cuando afirma “Si hay algo peor que una soprano es una mezzo-soprano. Quizá chilla en tono menos agudo, pero con mayor potencia”, o bien cuando dice una verdad tan rotunda como la que sigue: “Tota la cultura corrompe, pero la cultura francesa corrompe absolutamente”. Hay reflexiones inolvidables, compuestas, por ejemplo, a partir de una velada poética en una embajada holandesa tras el Telón de Acero: “Amigo mío, la herencia cultural de los holandeses no es asunto de mi incumbencia. Quiera Dios que gocen de ella tanto como deseen. Pero que no me obliguen a escuchar poemas de quinientos versos que empiezan diciendo Oom kroop der poop (…) Quizá quiere decir algo, ¿cómo puedo saberlo?”

Durrell humorista
Y así sucesivamente. Desconocía este registro abiertamente humorístico y tan british style en el muy lírico autor del Cuarteto de Alejandría, que de hecho obliga a recordar al otro Durrell, Gerald, y en el que Lawrence, en cualquier caso, demuestra moverse como pez en el agua. En fin, sólo quería empezar la temporada con una recomendación entusiasta: háganme caso como yo se lo hice a mi amigo y se lo pasarán en grande con Durrell y su Antrobus. Y vayan con cuidado en su regreso de vacaciones, según parece hay mucha cultura por ahí suelta.