Usos familiares

YO TAMPOCO ENTIENDO NADA// CAMILO JOSÉ CELA CONDE

Mi padre, que llegó bastante lejos en el mundo de la cultura en general y la novela en particular, solía decir que la familia es algo que sólo sirve para algo cuando estás enfermo. Creo que se equivocaba. Un ciudadano de origen asiático le ha encontrado una utilidad añadida secuestrando a su propio nieto.

Lo que vale un crío
El caballero de talante creativo en cuanto a los usos familiares puso precio al rescate del crío: 50.000 euros; una cantidad apreciable en estos momentos en que hay que apretarse el cinturón. Verdad es que tal cifra, equivalente a menos de diez millones de pesetas, no da para sacar adelante a un hijo si hay que alimentarlo, vacunarle, vestirle, llevarle al colegio y quién sabe si hasta a la universidad. Añadamos el que haga deporte, algunos libros, la factura del móvil, dinero de bolsillo, cines, vacaciones y viajes, y los cincuenta mil euros se quedan en una cantidad ridícula. Pero como el crío secuestrado era un bebé, se ve que la valoración de mercado tira a la baja.

Pagando vicios
Lo mejor del episodio del señor Jintuan, que es como se llama el individuo en cuestión —el secuestrador, no el niño— es que el dinero lo quería el pollo para gastárselo en tragaperras. Como nunca experimenté tal placer, no sé para cuánto da una cantidad así pero teniendo en cuenta los detalles técnicos, el hecho de que, según creo, en tales máquinas hay que echar monedas y la de valor más alto disponible es de dos euros, el abuelo desaprensivo pensaba tener crédito para cerca de veinticinco mil jugadas. Diez al minuto, y salen poco más de cuarenta horas, sin contar lo recuperado con los premios que, por necesidad, serán pocos. Vaya fiasco.

Maximizando la inversión
Pedir más dinero por el secuestro de un bebé tiene el problema de que los padres pueden verse incapaces de pagar tanto. Una vez dado el primer paso, hay que maximizar las posibilidades. En la línea de Jonathan Swift, quien realizó su modesta y célebre proposición de comerse a los niños pobres de Irlanda para hacerlos útiles al público y evitar que fuesen una carga para sus padres, digo yo que cabría considerar a la familia como una fuente de proteínas o, en estos tiempos transmodernos, un suministro perfecto de órganos para trasplantes. Así seguro que conseguíamos las monedas necesarias para acudir al tragaperras todo un mes seguido y quien sabe si hasta para esnifarnos, de propina, una rayita de coca o dos.