Punto de Fisión

Oro negro

Desde que Jesse Owens logró que Hitler casi se arrancase todos los pelos del bigote de rabia, la raza negra ha ido copando poco a poco todas las disciplinas olímpicas hasta transformar el mito de la supuesta superioridad aria en una película de Walt Disney. Concretamente, Blancanieves y los siete enanitos. Este verano, cuando Owens ha alcanzado la estatura de Bolt, entre los chinos y los negros se han llevado tres cuartas partes del medallero olímpico y encima las más vistosas, dejándonos a los pobres caucásicos rebañar esas disciplinas absurdas donde la maestría depende del acceso a un club náutico o a la posesión de un caballo. Dijo una vez Emilio Sánchez Vicario (aquel ilustre tenista de dobles que tuvo la virtud de ocupar innumerables tardes de mi infancia sin llevarse ni un solo gran torneo en solitario) que los negros no destacan en el tenis porque es un deporte donde se requiere mucho la inteligencia, afirmación temeraria que podría rebatirse, aparte de la maestría de las hermanas Williams, con un solo argumento: la maestría de Sánchez Vicario.

Aunque el tenis, amén de repetitivo, es un deporte bien caro, sospecho que no tardaremos mucho en asistir a la eclosión de otro Tiger Woods con raqueta que le haga compañía a las hermanas Williams. Una variante incruenta de la lucha de clases se dirime poco a poco entre esos deportes cuyo entrenamiento consta únicamente de una calle, una pelota y una pista de tierra frente a esos otros cuya práctica supone una inversión millonaria. Una vez más el espectro de Jesse Owens se paseó por Londres desde los cien metros lisos hasta los diez mil, desde los ochocientos hasta el baloncesto. Durante muchos kilómetros y salvo una excepción brasileña, el grupo de cabeza de la maratón parecía una representación diplomática del cuerno de África.

Sin embargo, pensar en una supuesta superioridad física de la raza negra es tan racista como lo contrario, una muestra de paternalismo cultural en que a los hombres de piel oscura les permitimos brillar en esos bonitos pasatiempos para adultos: el jazz o el atletismo. De cualquier modo, al creyente ario le quedan sólo la piscina y Michael Phelps como últimos reductos donde defender las tesis bíblicas; pero yo tampoco estaría muy orgulloso de esa preponderancia que consideraba inexplicable hasta que un día, en los vestuarios de una piscina pública, vi a un negro guineano bajo la ducha y comprendí lo difícil que debe ser nadar con un ancla.