Punto de Fisión

La malvada inercia, señor juez

En una decisión casi sin precedentes en España, el juez instructor Luis Aláez ha decidido imputar a alguien más aparte del conductor de tren implicado en la tragedia ferroviaria de Santiago. Decimos casi sin precedentes porque aquí las pocas veces que un juez se ha atrevido a demandar responsabilidades más allá del cargo de cabo, la cosa no ha acabado muy bien para el juez. Que se lo pregunten a Garzón o a Eldipio Silva, que se atrevió a enchironar a un banquero y al día siguiente vio cómo uno de sus informes médicos se paseaba tranquilamente por las televisiones y periódicos de la ultraderecha, como si en vez de un señor juez el hombre fuese un invitado de Sálvame.

El juez Aláez ha pedido que Adif le informe sobre los responsables de la seguridad en ese tramo de la vía, y lo hace apenas un día después de que, también en Galicia, un tractor estuviera a punto de provocar otro accidente ferroviario en un paso a nivel peor señalizado que una caca de perro. En España la realidad es concienzuda: para colocar un semáforo en una esquina peligrosa hacen falta tres muertos y dos parapléjicos por lo menos. Pedir responsables en este país es complicado porque aquí no hay término medio: pasamos de culpar al conductor a culpar a Dios Padre por no estar atento y evitar la colisión con un buen milagro. Adif (que en este caso parece estar un escalón por debajo de Dios, dos por encima de la ministra de Fomento, Ana Pastor, y uno por encima de Pepiño Blanco) ve la imputación como algo perfectamente normal, del mismo modo que resulta perfectamente normal que un tren de alta velocidad circulando a más de cien kilómetros hora por encima de la velocidad permitida acabe espachurrado en una curva e inaugurando un cementerio.

Ignoramos que van a responder los responsables de seguridad de Adif ante la sencilla pregunta de si no había un sistema de frenado alternativo que paliara un posible despiste del conductor (por no hablar de un infarto, un desmayo o una diarrea); ante la duda de por qué un solo hombre es responsable directo de tantas vidas sin que a la compañía se le ocurra siquiera la posibilidad de contratar un copiloto como los aviones; ante el hecho incontrovertible de que se han sacrificado ochenta personas a cambio de doce mil euros en una baliza de seguridad. A la postre todo puede acabar derivando en una discusión sobre física elemental y una revisión a fondo de la ley de la inercia. La culpa fue de Newton o de Descartes o de Galileo, ahora mismo no me acuerdo. La culpa fue de la malvada inercia, señor juez, que es así de puñetera.