Opinion · Punto de Fisión

Boyer en sus metamorfosis

Miguel Boyer era un señor con cara de gafa cuya vida siempre estuvo unida a los libros y los papeles. Podía haberse quedado en un simple intelectual, es decir, un señor de esos que los leen, los escriben y a veces hasta los opinan, pero prefirió pasar a la acción y convertirse en papel él mismo. O mejor dicho, en varios papeles, una editorial que ha ido de El Capital al Hola pasando por el BOE. El primero fue una orden de detención, en 1962, cuando estaba manipulando una multicopista, imprimiendo pasquines contra la dictadura; la policía lo sorprendió y lo llevó directamente al primer capítulo de su biografía: una estancia de seis meses en la cárcel de Carabanchel. Veinte años después, en 1982, estrenó su segundo gran papel: ministro de Economía con el ejecutivo de Felipe González. Y algo más tarde, en 1988, la prensa rosa le ofreció el tercero y definitivo: el de príncipe consorte de Isabel Preysler, el único asiduo de las revistas del corazón que nunca enseñaba la casa ni sonreía en las portadas.

Del BOE al Hola Boyer hizo la revolución al revés, como tantos otros socialistas de la época pero en un estilo más vistoso y formal; él casi nunca se quitaba la corbata, como esos otros líderes que iban a dar un mitín a la cuenca minera y por el camino se iban vistiendo de pana rigurosa. Tras el aprendizaje carcelario, como todo buen revolucionario que se precie, Boyer empezó por tomar el Palacio de Invierno, luego se casó con una criada filipina y al final adquirió el status de príncipe ruso. El último Boyer era más Charles que Miguel, un señor de la jet que salía mucho en las fotos con cara de yo ya no aguanto más, me voy a leer a Hegel, pero a la semana siguiente salía en otro cóctel con muchas señoras de Porcelanosa y se ve que todavía no había encontrado el libro.

Mientras Felipe el Hermoso se quitaba y se ponía la chaqueta para seguir siendo él mismo, Boyer prefirió ir cambiando de partido pero con la misma chaqueta impecable. Su camaleonismo político es todo un ejemplo de escalada libre en una época en que el panorama variaba de un día para otro y a veces de la mañana a la noche. Se afilió al PSOE en la clandestinidad, pero lo dejó en 1977 para intentar sacar una plaza de senador en una cosa llamada Rioja Independiente; tras el fracaso subsiguiente, aprendió rápido la lección y volvió a pillar la ola del PSOE en plena efervescencia felipista. Desde entonces, al rostro adusto de intelectual, se le sumó la cara pétrea de ministro, una esotérica seriedad que no lo abandonaba ni en las fiestas más locas de Marbella. Al poco de cesar en el ministerio, también le dejó de gustar el socialismo y se apuntó a la FAES para ayudar a Aznar en su campaña presidencial. Cuando Jose Mari decidió hacerse una selfie en las Azores al lado de Estados Unidos y Gran Bretaña (tradicionales aliados españoles desde Gibraltar y la guerra de Cuba), el fino olfato de Boyer detectó el olor a petróleo en el ambiente y se bajó de la moto facha justo antes del batacazo para dedicarse de lleno a los hidrocarburos. Todo con la misma chaqueta. Y aún tuvo tiempo de hacerle la pelota a Zapatero.

Sin embargo, la imagen por la que pasará a la historia no es la pose ministerial, ni el bonito camafeo filipino, ni siquiera sus múltiples metamorfosis, sino el capón justiciero de Ruiz Mateos disfrazado de Superman a la entrada de los juzgados. El grito aquel de “Que te pego, leche”, resumen de su único diálogo platónico, es el epitafio de un intelectual que siempre estuvo en el momento correcto en el lugar preciso, un hombre que paseó su maniquí de pensador marbellí después de patentar el socialismo de los trece retretes.