Opinion · Punto de Fisión

Nos gustan las mujeres poco hechas

En Instagram puedes colgar la foto de una niña vestida como una puta pero no la foto de una mujer tumbada con una pequeña mancha de sangre menstrual. El período sigue siendo un tabú tan antiguo como el mundo. Tanto que la artista paquistaní Rupi Kaur se encontró con que la célebre red social había censurado una serie de fotos que intentaban precisamente normalizar el hecho de la menstruación. Las redes sociales se rigen por un criterio moral tan estricto como el Concilio de Trento en los tiempos en que ordenó alfombrar de túnicas y velos las entrepiernas de El Juicio Final de Miguel Angel. Allí donde colgaba una polla o asomaba un cojón, Daniele da Volterra y Girolamo da Fano corrían pincel en mano para añadirles un calzoncillo al óleo.

El culo más famoso de Instagram es el de Jen Selter, una fanática del fitness que cincela sus carnes a golpe de ejercicios y luego las fotografía para compartir en la red la gloria de sus nalgas. Es un culo acrobático, exagerado, hipnótico, un culo con curvas de nivel, mapa topográfico y vida propia, tan hiperbólico que parece irreal. Por eso mismo puede exhibirse sin pudor ni censura, porque no hay peligro de que nadie lo tome por un culo auténtico. No es como el de Rupi Kaur, que es un culo bello y modesto, casi velazqueño en su perspectiva, pero del cual gotea puntualmente el licor rojo de la vida.

En otra cosa no, pero en esto de la ignorancia de los procesos fisiológicos, Instagram recuerda un poco a Hitchcock que, cuando estaba rodando una de sus primeras películas, se enfadó mucho porque una actriz, con la excusa de que tenía la regla, se negaba a meterse en una bañera. Hubo que explicarle al bueno de sir Alfred -que por entonces aún no era sir pero que ya tenía 26 añitos- lo que era la menstruación. La represión sexual, fruto a medias del ambiente victoriano y de su educación católica, hirvió a cámara lenta en el cerebro de aquel gordaco genial, que en las siguientes décadas se hinchó a filmar tobillos y canalillos, y a matar señoras rubias en la pantalla, hasta que al fin logró el culmen de la violación en el séptimo arte: el brutal asesinato del frutero en Frenesí, quien, al terminar, se zampa a bocados una manzana, como si fuese Adán.

Aunque en Facebook hay docenas de páginas dedicadas a peleas de perros con fotos de animales destrozados a dentelladas, y docenas de páginas repletas de imágenes eróticas de adolescentes menores de edad, pobre de ti como se te ocurra subir una honesta y cuarentona teta. A Facebook, como a Instagram, le molestan las mujeres hechas y derechas; ellos prefieren seguir creyendo en los culos ingrávidos y en los bebés que vienen de París. En El escándalo de Larry Flint hay una escena hilarante donde Larry Flint, el editor de Hustler, interpretado con fogoso brío por Woody Harrelson, le pide a una preciosa modelo desnuda que se abra de piernas y luego le ordena al fotógrafo que saque “un primer plano del conejo”. El fotógrafo se niega, escudándose en la ley que marca esa extraña y nebulosa frontera entre el erotismo y la pornografía. Flint le pregunta: “¿Eres un hombre religioso? ¿Crees que Dios hizo a la mujer?” El fotógrafo asiente. “¿Y cómo hizo Dios a esta mujer? ¿Con coño o sin coño? ¿Y quién diablos crees que eres para corregir la obra de Dios?” Lo mejor de todo es que Milos Forman tampoco se atrevió.