Punto de Fisión

El Daesh mató a Kennedy

Hay un punto más allá del cual una película de terror se pasa de frenada y en vez de dar miedo, te descojonas. El Daesh -grupo terrorista anteriormente conocido como ISIS- tenía todos los ingredientes para preparar un apocalipsis como Dios manda, incluidos el armamento, la ideología, la parafernalia y las ganas. Reinventaron el cine snuff filmando y editando sus propias ejecuciones, degollando prisioneros como si fuesen ovejas, ahogándolos, quemándolos vivos, arrojándolos desde lo alto de torres y edificios. Al mismo tiempo, para no perder comba, iban destrozando monumentos y obras de arte milenarias pero con tal saña que empezó a cuajar la sospecha de si no serían terroristas del método.

Cuando se descubrió (y se descubrió casi enseguida) que detrás de estos genocidas sin fronteras estaban la CIA, el Mossad, el ejército turco y el dinero saudí tampoco hacía falta darle muchas vueltas al asunto. No se trata más que de otro monstruo de Frankenstein desencadenado y a su bola, un pitbull enloquecido que se puso a destrozar cosas sin permiso de su amo, como Bin Laden, que dio el salto de Afganistán y Yemen hasta las Torres Gemelas. De hecho, el jefazo del ISIS, el califa Al Baghdadi, se doctoró en yihadismo en Camp Bucca, el campo de prisioneros clandestino del ejército estadounidense situado en las afueras de Basora. El coronel Kenneath King recuerda que, cuando fue liberado, el futuro califa se despidió de sus guardianes al estilo Bin Laden: "Chicos, nos vemos en Nueva York". Más claro, nitroglicerina.

A pesar del presupuesto millonario, del entrenamiento por fuerzas especiales y de los monos color naranja clavados a los de Guantánamo, la monstruosidad del Daesh ya no es lo que era. El exceso de casquería, ese in crescendo del horror imposible de sostener sin caer en el ridículo, les ha obligado a reivindicar cualquier atrocidad con tal de inspirar miedo. Las dos últimas no pueden ser más dispares: un doble homicidio a cuchillo en Magnanville, cerca de París, y una masacre a tiros en el club gay de Orlando que se llevó por delante a cincuenta personas. En el primero, donde las víctimas son un policía y su esposa, el asesino dijo que pertenecía al Estado Islámico mientras negociaba con las fuerzas de seguridad francesas. En el segundo, el pistolero, Omar Mateen, se sumó al carro yihadista en el último minuto aunque todas las evidencias apuntan a que se trataba de una cuestión más personal.

Para empezar, varios amigos de Omar aseguran que solía acudir al club gay Pulse -donde luego realizaría la matanza- en busca de solaz nada espiritual. Esta esquizofrenia entre la mezquita y la discoteca venía reforzada de familia, ya que su padre, Seddique Mir Mateen, acaba de publicar un video donde dice estar apenado por la matanza perpetrada en pleno Ramadán y porque la venganza contra el colectivo homosexual no correspondía a su retoño sino al propio Alá. Por suerte, Omar Mateen estaba bajo vigilancia del FBI cuando compró el rifle de asalto y la pistola con la que realizó la masacre; no lo llegan a vigilar y a lo mejor habría comprado un tanque a plazos. Obama zanjó el tema calificando el ataque de "extremismo autóctono", el típico de universidades y hamburgueserías, antes de que el Daesh se apunte también el asesinato de Kennedy y la muerte de Manolete.

 

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