Opinion · Punto de Fisión

Los santos inocentes

No es fácil explicar por qué hay gente pobre, gente en paro, gente que vive al límite, gente con hijos exiliados, que sigue votando al PP con fidelidad perruna, sin cuestionarse ni por asomo la posibilidad de cambiar de opción política, a ver si la cosa mejora. Diversas razones ilustran esa decisión, aunque ninguna la explica. Unos, como Mercedes Milá, dicen que es mejor lo malo conocido, lo cual, en el caso particular de Milá, señala la profundidad abisal del insondable pozo de mierda televisiva donde lleva décadas embarrancada. Otros creen a pie juntillas que los populares siguen siendo los mejores gestores, a pesar de las evidencias -no sólo policiales- presentadas durante la pasada legislatura en materia de fraude, corrupción, malversación de caudales públicos, asociación con criminales y saqueo del fondo de pensiones.

Con todo, la más común de las excusas es el miedo, un miedo alimentado con destreza y cabezonería desde los púlpitos audiovisuales y eclesiásticos, un miedo precocinado y envasado al vacío que el público cautivo deglute junto a cada nueva cucharada de propaganda: Venezuela, Corea del Norte, Irán, comunismo, España se rompe. La historia da miedo y da asco. Es la misma mecánica psicológica de ciertas mujeres maltratadas, esas esposas que aparecen un día con un ojo hinchado y al otro con un pómulo roto, pero se resisten a aceptar la verdad, la certeza de que están casadas con un sádico, una escoria, una mala bestia que algún día acabará arrojándolas por la ventana. No pueden creer que exista vida ni libertad más allá de ese contrato matrimonial que han confundido con el amor y que no es otra cosa que esclavitud consentida.

“Voto al PP porque aquí en Valencia han hecho mucho bien”. Esta aseveración increíble, pronunciada por un taxista con dos hijos y la mujer en paro, revela no sólo hasta qué punto alguien puede estar ciego, sordo y desinformado, sino con qué facilidad los grandes poderes domestican a un pobre hombre hasta su raíz, hasta convertirlo en un muñeco de ventrílocuo. El amaestramiento viene de lejos, se hizo a base de golpes y de hostias consagradas durante los largos decenios del franquismo, una táctica de palo y zanahoria en la que la zanahoria sigue a la misma distancia y ya casi no hace falta enseñar el palo.

He aquí la España de los santos inocentes; la España de Azarías, aquel tonto de pueblo que era feliz con su milana bonita; la España de Paco el Bajo, aquel labriego analfabeto que sólo sabía garrapatear su nombre y al que el señorito usaba de sabueso para que le rastreara las perdices cazadas. La película, la cumbre más alta del cine español, honra la novela de Delibes a tal extremo que, de no ser por la escena del tren, no habría manera de fechar el espanto de ese país neofeudal donde el médico advierte al señorito que no se lleve a su secretario otra vez de caza o el hombre podría quedarse cojo para siempre:“Tuya es la burra”. Exactamente. Podría estar ambientada en los cincuenta, en los sesenta, en los setenta. Podría rodarse otra vez pasado mañana.