Opinion · Punto de Fisión

Casado abre la boca

Basta oír hablar a Pablo Casado cualquier día en el Congreso para comprender por qué Mariano solía estar tan callado en la misma situación. Nunca pensamos que ocurriría alguna vez (salvo por los chistes que brindaba a porta gayola), pero cada día lo añoramos más, como si se hubiera marchado un estadista de primer orden en lugar del Señor de los Hilillos, aquel que ignoraba el efecto que las cuchillas podían causar sobre las personas. Quienes decían que Mariano era un gran parlamentario mientras aplaudían sus intervenciones a boca cerrada, todavía no habían escuchado a Casado discursear a pleno pulmón; al lado de su sucesor, Mariano parecía un cóctel entre Pericles, Metternich y Chiquito de la Calzada.

Sin embargo, ya advirtió el propio Mariano con su estilo oracular que es el vecino quien elige al alcalde y es el alcalde quienes quiere que sean los vecinos el alcalde. Es decir, que cuando los compromisarios del PP eligieron a Casado en lugar de a Santamaría, el plebiscito popular estaba decidido a quemarse a lo bonzo, al escoger la desfachatez en lugar de la astucia. A poco que se lo propusiera, Soraya podía haber sido la versión cañí de Cersei Lannister, pero Casado no necesita ni maquillaje para hacer de dragón e incendiarlo todo según abre la boca. Poco más podía esperarse de una gente que, cuando borra el disco duro de un ordenador, lo hace a martillazos.

En el PP, el silencio y la ausencia equivalen a una virtud: por eso Mariano duró el tiempo que duró sin apenas moverse del asiento y por eso Casado sacó varios sobresalientes sin acudir siquiera a clase. Ahora que ha vuelto a hablar, se comprende que se atascara durante siete años en unas cuantas asignaturas. No obstante, que el niño bonito de Aravaca, incendiario, retrógrado y grotesco, haya sido la opción de la derecha para recobrar el cetro de la Moncloa está en sintonía con los movimientos tectónicos que han colocado en el poder a Putin, a Salvini y que el domingo podrían aupar a Bolsonaro.

En esas coordenadas hay que situar la intervención de Casado ayer en el Congreso, en un pleno dedicado a debatir el Brexit y la venta de armas a Arabia Saudí, y que él dedicó íntegramente a pegar fuego al presidente Pedro Sánchez. Lo llamó golpista, acusándolo de ser responsable directo del áspero divorcio del indepentismo catalán, como si hubiera sido Sánchez el que envió a las fuerzas de choque de la policía para reprimir a porrazos un referéndum de cartón-piedra. Como si hubiera sido Sánchez el que se cerró en banda ante cualquier conato de diálogo. Sólo le falta pedir que envíe los tanques a la Diagonal, cuando podían haber mandado los tanques ellos.

La lógica de este diálogo entre gobierno y oposición recuerda mucho aquel chiste de vascos en el que uno le decía al otro: “Joder, Pachi, para qué estamos discutiendo cuando nos podíamos estar dando de hostias”. Después de esta exhibición de lanzallamas, desde la directiva del PP ya comparan a Casado con Cánovas del Castillo, uno de los mejores oradores de la historia del Congreso, aunque debían de referirse a esos momentos en que el discurso le pillaba cagando.