Opinion · Punto de Fisión

Albert Rivera, Ciudadano Caín

El domingo Albert Rivera fue a hacer la campaña andaluza en Alsasua, ya que en la mente integradora del líder de Ciudadanos cualquier punto de España está conectado con cualquier otro punto y por eso Andalucía es parte de Navarra y viceversa. Un día antes, el sábado, había cancelado un acto de apoyo a su partido en las elecciones autonómicas andaluzas por culpa de una lesión en la pierna que se hizo jugando al tenis el día anterior. Según explicó en un video dedicado a sus seguidores, el médico le había dicho que tenía que cuidarse, que nada de excesos, de ahí que no pudiera acudir el domingo a Málaga. Inmediatamente preparó una manifestación multitudinaria en apoyo de la Guardia Civil en Alsasua y allá que se fue, a abrazar a España.

A nadie que esté al tanto, siquiera por encima, de los alegres virajes de timón de Rivera le habrán sorprendido lo más mínimo ni la repentina mejoría locomotriz ni el cambio de demarcación geográfica. Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, pero Rivera, cojo y todo, subió a la red para rematar una espléndida volea en Alsasua. No fue la única trola que le trincaron, puesto que, durante su emotivo discurso, dijo que habían tirado piedras contra la furgoneta en la que llegó. No se vio una sola piedra en los videos grabados durante los incidentes en que varios grupos de jóvenes encapuchados abucheaban e insultaban a los simpatizantes de Ciudadanos, pero eso qué más daba. Goebbels decía que sólo hace falta repetir una mentira mil veces para que se convierta en verdad, pero a Ciudadano Caín le basta con que la repitan radios, televisiones y periódicos.

Rivera vive desde hace años en varias versiones simultáneas de la realidad donde la mentira y la verdad son opiniones que él va cocinando a su gusto mientras arrea la burra hacia delante. Para él, la corrupción, el feminismo, la ideología, la inmigración, son únicamente herramientas de trabajo, llaves Allen con las que va ajustando la maquinaria electoral que le permita un día alcanzar el poder junto a la caterva de veletas que lo acompaña. Así, como el que no quiere la cosa, un día abomina de Mariano y al día siguiente le pega un abrazo, aunque siempre por el bien de España, la brújula moral de Rivera en los momentos difíciles y en los fáciles.

Ayer, en Alsasua, fue un momento difícil y Rivera tuvo que echar mano del patriotismo, que en su caso no es el último refugio de los canallas, como decía Samuel Johnson, sino el primero e incluso el único. Habla de “enemigos” en el más puro estilo cainita, guerracivilista, alentando la confrontación, provocándola, inventando una piedra donde ayer hubo balas y donde mañana, quizá, invente una navaja. Dice que el nacionalismo es el gran problema de este país y lo dice, siempre que puede, detrás de una bandera española bien gorda. Su brújula moral -el bien de España- es un espejo de cuerpo entero donde se refleja aquel antiguo cartel electoral en el que aparecía tal cual, en pelotas, pura ambición desnuda, un mamífero hambriento dispuesto a ponerse cualquier traje. Ha seguido al pie de la letra el consejo de Bruce Lee, “be water, my friend“, hasta el punto de convertirse en una cascada de agua de váter que arrastra lo que sea: banderas, vientres de alquiler, neandertales de Vox y millonarios del Ibex. La pierna bien, gracias.