Opinión · Punto de Fisión

20 años sin Torrente Ballester

Hace 20 años y unos días, concretamente el 27 de enero de 1999, moría en Salamanca uno de los mejores narradores del siglo XX, Gonzalo Torrente Ballester. Nunca tuvo el reconocimiento que merecía, ni del público ni de la crítica, y eso a pesar de los premios que jalonan su trayectoria, entre los que se cuentan el Cervantes y el Príncipe de Asturias, y de la efímera fama que disfrutó gracias al éxito de Los gozos y las sombras, adaptación televisiva de su gran trilogía realista y una de las grandes teleseries producidas en este país. “La gloria me importa un pito” llegó a decir una vez, aludiendo al hecho de que la fama le había llegado demasiado tarde.

Después de medio siglo de indiferencia hacia sus libros, a Torrente Ballester no le quedó más que remedio que acostumbrarse a vivir y escribir en las sombras más que en los gozos, un casi anonimato del que emergió a raíz de la publicación en 1973 de La saga/fuga de J. B., novela fabulosa que lo colocó a la cabeza de la narrativa en castellano y recordaba cuánto tenía que ver Galicia con el realismo mágico latinoamericano. En la magnífica entrevista que le hizo Soler Serrano en su programa A fondo, Torrente Ballester atribuía el silencio en torno a su obra a su trabajo como critico y, en un rapto de pudor, regañó al presentador por mostrar a las cámaras la portada del libro, como si le pareciera una obscenidad enseñarla a la audiencia o le molestara vender algún ejemplar más.

Siempre le sorprendió el éxito de esa novela (“un éxito mediano, tirando para abajo” decía), en comparación con el fracaso de su Don Juan, otra de las cimas de su narrativa, un libro pleno de inventiva y seguramente la más original y extraordinaria revisión del mito. Su escritura siempre se movió entre dos fuerzas centrífugas, el realismo y la fantasía, del mismo modo que sus esfuerzos se repartían entre sus labores docentes y los diversos frentes de su ajetreada vida familiar. Los Cuadernos de un vate vago, transcripción de las cintas en las que tomaba notas para sus novelas, es uno de los libros más fascinantes que un escritor haya dedicado a las penurias de su oficio, sobre todo cuando las dificultades de un argumento se trababan con las preocupaciones del día a día y las acrobacias malabares para llegar a fin de mes.

Su temprana adscripción al falangismo, a la que se afilió por consejo de un sacerdote amigo suyo, no le sirvió de mucho, a pesar de que en plena contienda se integró también en el Grupo de Burgos, junto a Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco y Luis Rosales. Sin embargo, muchos años después, alguien tan poco sospechoso de inclinaciones derechistas como José Saramago dijo que hubiera merecido el premio Nobel, que La saga/fuga de J. B. era una novela equiparable al Quijote y que si un novelista merecía sentarse al lado de Cervantes era Torrente Ballester.

Quizá su gran pecado fue el sentido del humor, ese impulso profundo e irónico a la vez, serio y endiabladamente divertido que mueve a sus criaturas inolvidables, una cualidad que es la esencia misma de la novela y que tampoco le perdonaron en su día a Cervantes, menos aun en un país que ha confundido el aburrimiento con la seriedad. De Quizá nos lleve el viento al infinito, una fantástica novela de espionaje que indaga en el misterio de la identidad, lo menos que puede decirse es que está a la altura de las mejores creaciones de Italo Calvino. Por eso causa asombro el eclipse que ha vuelto a caer sobre su nombre, ni homenajes ni reconocimientos públicos, ni siquiera en su tierra natal, como si el demiurgo que inventó la quinta provincia gallega, Castroforte de Baralla, hubiera ascendido a los cielos junto con ella y aun esperase desde ahí la hora del regreso.