Opinion · Punto de Fisión

Toni Cantó again

Un año detrás de otro, la gala de los Goya resulta un ritual plagado de contradicciones vivientes, una ceremonia de la confusión donde nada es lo que parece y casi todo parece lo que es. De ahí que muchos invitados de alto copete decidan no acudir un año y después el siguiente, escudándose en peregrinas excusas de agenda, como la reina Letizia, que aún no ha tenido ocasión de asistir a una sola gala. Ella dice que le encanta el cine, aunque no ha especificado si no va precisamente por eso. Para una vez que asistió, en el año 2000, el entonces príncipe Felipe tuvo que aguantar que Almodóvar le organizara una versión improvisada a capella del “Cumpleaños feliz” que deslucía bastante al lado de la que le ronroneó Marilyn a J.F.K.

Con los políticos sucede que pasan de la gala al llegar a presidentes pero pierden el culo para atrapar un ramalazo de glamour cuando todavía están en la oposición, todos excepto Zapatero, a quien no le importó sentarse entre los invitados en vez de ver los premios desde La Moncloa. Claro que no hay que olvidar que Zapatero dijo que le habría gustado sentarse en las asambleas del 15-M sin que le importara que el 15-M se lo hubieran montado a él. El pasado domingo tuvimos la oportunidad de contemplar a Pablo Casado aplaudiendo una tras otra las estatuillas que le iban cayendo a El reino, como si la película fuese ficción y como si él fuese un actor.

A Toni Cantó con los Goya le ataca una esquizofrenia parecida: entre el papel de político y el de actor no sabe a qué carta quedarse. Este arduo problema de personalidad es típico del organigrama de Ciudadanos, donde ha recaído gente de la farándula como Felisuco y Agustín Bravo, demostrando una vez más que la política es la continuación de la comedia por otros medios. Por si fuera poca competencia, Toni lo tenía aun más difícil para desbancar a Albert Rivera en el rol de histrión oficial del partido, quien viajaba a Venezuela con el único propósito de ponerse a abrazar a muchedumbres de niños hambrientos. Tenía mucho más cerca a los niños hambrientos de los campos de refugiados europeos o incluso a los niños hambrientos deshauciados en diversos hogares españoles gracias a las políticas neoliberales de su partido, pero entonces no iba a haber abrazos para todos.

Otra de las paradojas de los premios Goya es que el colectivo de actores españoles aprovecha para criticar las actuaciones criminales de Estados Unidos, y no les falta razón, lo que pasa es que lo hacen en una ceremonia calcada de los Oscar de Estados Unidos. Siempre que llega ese momento reivindicativo con la pajarita puesta, a la estatuilla de los Goya (apodada familiarmente “el cabezón”) se le va poniendo una cara rara, lo mismo que a Toni, como si no supiera si es pintor o cineasta, político o actor. Este año ni siquiera alcanzó a entender el boicot a Israel en Eurovisión que reclamaron algunos premiados, cuando en realidad a Israel le estaban haciendo un favor.