Punto de Fisión

Villalobos: game over

Celia Villalobos abandona la política y al momento las malas lenguas se preguntan si alguna vez estuvo metida en ella. Una pregunta injusta. De inmediato, según se publicaba la noticia, sus ondas concéntricas desbancaban en las redes sociales al romance entre Albert Rivera y Malú mientras los buscadores de internet echaban chispas con los términos "Candy Crush", "zángano", "bella durmiente", "parásito" y "tardígrado". Es una vergüenza que se recuerde a una diputada únicamente por sus ronquidos, especialmente cuando sus ronquidos son, con toda seguridad, lo mejor que ha salido de su bancada en las últimas décadas.

En realidad, Villalobos hizo muchas cosas buenas por España, aunque es dificil acordarse de alguna más aparte de su retirada. Creo recordar que votó contra la reforma de la ley del aborto de Gallardón y a favor del matrimonio homosexual, saltándose en ambas ocasiones la disciplina de partido. Sin embargo, es difícil elucidar si esos votos tuvieron lugar al despertarse repentinamente de una siesta o si fueron descuidos entre pantalla y pantalla. Su larga y mullida estancia en los sillones del hemiciclo evoca la figura del contrabajista de una orquesta de provincias británica, un conjunto de rascatripas tan espantoso que un malvado crítico escribió que conseguían que el Vals del minuto de Chopin pareciera más largo que dos sinfonías de Bruckner. "Muchas tardes" -continuaba el crítico-, "lo único digno de respeto en aquel pandemonio era el silencio de uno de los contrabajistas que dormía tranquilamente el sueño de los justos".

Efectivamente, muchas veces a lo largo de la historia, nos olvidamos de esos grandes gestos que consisten precisamente en no hacer nada. Muchos de los delincuentes del PP que saturan las cárceles y atascan los juzgados podían haber imitado a Celia Villalobos hibernando a pierna suelta en el escaño en vez de forrándose los bolsillos y quizá ahora no tendríamos una deuda equivalente al 8% del P.I.B., unos noventa mil millones de euros de dinero público laboriosamente amontonados en retretes de Suiza, Andorra, Panamá y otros paraísos fiscales. Es lo que tiene el latrocinio estajanovista, que deja cualquier país tiritando, por serio que sea. No digamos ya si en vez de un país serio se trata de una monarquía bananera.

A finales de los ochenta, cuando empezaba en esto de la política, Villalobos se definió a sí misma como uno de los "ojitos" de Manuel Fraga, concretamente el que estaba cerrado. No se abría más que entre ronquido y ronquido para soltar exabruptos sobre los parados, llamar "tontitos" a los trabajadores discapacitados de la cámara baja, recomendar la abstinencia de solomillo a la gente que no pudiera pagarlo, mejorar la receta del caldo con un hueso de cerdo, abroncar a su chófer por llegar tarde o ciscarse en la huelga de taxistas que la dejó varada en Torremolinos. Dijo que si Pablo Casado alcanzaba la jefatura del PP, ella se dedicaría a cargar cebollinos, pero probablemente era una exageración. También dijo que todavía estaba esperando a que en su partido apareciese un joven más progresista que ella, pero, tal como anda el patio, mejor que espere sentada.