Opinion · Punto de Fisión

Trump contra los chinos

Hay algo verdaderamente anómalo en el hecho de que Donald Trump haya declarado la guerra comercial a China cuando, a simple vista, lo primero que le viene uno a la cabeza al pensar en Donald Trump es en un presidente comprado en los chinos. Hay estanterías donde Trump podría estar colocado entre el gato de la suerte y las bombillas de colores, en la sección de rebajas además, y sin rebuscar mucho. La teoría de que las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos fueron torpedeadas por los servicios secretos rusos se cae por su peso cuando uno percibe el sospechoso aire de familia que hay entre Trump, una bolsa con cien kilos de naranjas y el mocho de una fregona. A los chinos apenas les habría costado introducirlo en el país pieza a pieza, entre sacos de panochas y juguetes estropeados.

Con todo, lo sorprendente es que Donald Trump sea un presidente de verdad, a pesar del aura de falsificación que destila desde la última hebra del bisoñé hasta las suelas de los zapatos. Cuesta creer que su llegada a la Casa Blanca estuviera profetizada en un episodio de Los Simpson en lugar de venir cifrada en setecientas cuartetas de Nostradamus. Dicen que el adivino francés le dedicó un par de ellas, pero parece poca cosa si uno piensa que este señor tan bien peinado tiene al alcance de su mano el botón rojo.

Las distancias entre ficción y realidad se difuminan al pensar que Kevin Spacey -presidente en una teleserie- fue defenestrado bajo la acusación de abusos sexuales, mientras que Donald Trump -candidato oficial republicano- recibió un espaldarazo en las urnas después de decir que las mujeres son objetos estéticamente agradables y que, cuando eres una estrella, te dejan agarrarlas del coño. La diferencia entre Trump y Kim Jong-un, Mobutu o cualquier dictador de ésos que parece un supervillano de tebeo es que a Trump lo han elegido los estadounidenses, lo cual, bien mirado, no se sabe si será peor todavía.

Hablando de ficción y realidad, lo que llama la atención en el bloqueo impuesto por Google a la compañía china Huawei es que el liberalismo y el libre comercio es una fantasía que se evapora a la primera de cambio. No existe más libre comercio que el de los chinos, con sus horarios a la carta, sus precios irrisorios, sus productos manufacturados por esclavos y sus menores de edad trabajando a tiempo completo. Ya puede andarse con cuidado Trump o China le va a meter un embargo de pelucas que va a tener que ponerse a despellejar mofetas para cubrirse el occipital.

En el comienzo de Los energéticos, una comedia española hoy lamentablemente olvidada, hay una escena que profetiza la guerra comercial entre Estados Unidos y China, cuando dos paletos en mitad de un páramo, últimos vástagos de los Mondongos y los Bellotos respectivamente, la emprenden a tiros de escopeta para aclarar de una vez por todas a cuál de las dos familias pertenece un pozo. Hablan un castellano tan cerrado que necesitan subtítulos, aunque para el caso podrían estar hablando en chino.