Opinion · Punto de Fisión

Junqueras y el juego de gordos

Ando estos días mosqueado, pasando de puntillas por las redes sociales, intentando esquivar como puedo los destripes sobre el final de Juego de tronos. Al igual que me sucede en el periodismo, en mi carrera literaria y en la vida en bruto, también ahí llevo unos cuantos capítulos de retraso. Soy de esos tipos que no fumaba cuando fumar era el colmo de lo cool y que se puso a fumar cuando a los fumadores empezaban a mirarlos como a asesinos sueltos por las calles. Obedeciendo ese decalaje generalizado, me enganché a la saga televisiva de George R. R. Martin tarde, demasiado tarde para entender los chistes sobre el invierno que se acercaba en pleno agosto o las familias que siempre pagan sus deudas sin soltar un duro.

Hay varias cosas que me incomodan en Juego de Tronos, empezando por los dragones innecesarios, siguiendo por la magia arbitraria y terminando por los frigozombis del otro lado del Muro, que ya me parece demasiado cachondeo con la extinta Unión Soviética. Aun así, he de confesar que cuenta con bastantes puntos decididamente originales, especialmente la despiadada alegría con que el guión va decapitando a los protagonistas y -como me hizo ver la traductora de Martin al castellano, Cristina Macía- la exuberancia de caracteres femeninos fuertes y nada convencionales. Tampoco abundan las ficciones donde el personaje más inteligente, elocuente y atractivo sea un enano, para colmo borrachín y putero.

Con todo, más que a dragones y a frigozombis, a quien de verdad no puedo soportar de Juego de tronos -aparte de la insufrible Daenerys- es a Samwell Tarly, ese gordo odioso que va sobreviviendo a batallas, tempestades, escaramuzas, ataques a traición, incendios inverosímiles y familiares jodidos. Como si la grasa lo protegiera de todo. Probablemente me siento identificado con él, ya que en un tiempo no muy lejano yo también era un gordo listillo y pusilánime que buscaba refugio en las bibliotecas, aunque debo advertir que mi hostilidad no viene por lo gordo, ni por lo sabelotodo, ni siquiera por lo cobardica, sino porque me resulta odioso a más no poder. A pesar de todas sus arrobas o precisamente gracias a ellas, el tío va sobreviviendo a todos los eres y jubilaciones forzosas con que los guionistas han despoblado la teleserie, recordando aquella frase inmortal con que Juan Manuel de Prada le pidió la mano a su actual esposa en riguroso directo televisivo: «Los gordos también tenemos nuestras chances«.

La gordura es esférica, de modo que existe un punto en donde la animadversión por el gordo da la vuelta completa y se transforma en una especie de simpatía por ósmosis, un sentimiento del que me he ido empapando al contemplar la metamorfosis de Samwell en padre o el viacrucis judicial de Junqueras. Oriol Junqueras, el gordo oficial del procés, tuvo ayer su momento de gloria en el Congreso, una jura de Santa Gadea en modo promesa, en términos de preso político, por imperativo legal y con ecos republicanos. Tengo ciertas dudas sobre si a Junqueras le va mejor el papel de Samwell Tarly, sobreviviendo a todas las catástrofes, o si va a acabar como Hodor, aguantando la puerta para permitir la huida de sus amigos. El tiempo lo dirá, pero lo cierto es que los Siete Reinos de Poniente de república tienen poco y España, por desgracia, menos todavía.