Opinion · Punto de Fisión

Los azules de Fra Angélico

El otro día mi chica se empeñó en que fuéramos a visitar la exposición que el Museo del Prado ha inaugurado en torno a la restauración de La Anunciación de Fra Angélico, una de las grandes joyas de la pinacoteca. No tengo nada contra las exposiciones ni contra los museos, sólo que me pongo algo nervioso delante de algunos cuadros, como si fuesen un fotograma de una película detenida por alguna razón, o de un cómic con una sola viñeta y todas las páginas arrancadas. Por eso prefiero la novela, el cine o la música sinfónica, porque necesito que me cuenten una historia. Sospecho que mucha gente en la Edad Media también lo necesitaba y de ahí esos frescos que son como tebeos de vidas de santos en las que todas las acciones van sucediendo a la vez en diversos rincones de la pintura.

Me pongo aún más nervioso en cuanto empiezo a mirar vírgenes renacentistas, sobre todo si son esas vírgenes rubias y suavísimas que tienen al lado un niño Jesús con toda la pinta de un enano enfurruñado. De inmediato recuerdo una frase de mi tía Carmen un día que echaban por la tele La Pasión según San Mateo de Pasolini: «Qué mujer más fea, por Dios. La Virgen María era mucho más guapa, dónde va a parar». Mi tía hablaba de la Virgen María como si hubiera ido al colegio con ella. No te digo nada de la que le cayó al Jesucristo que había escogido Pasolini, que tenía una sola ceja y sólo le faltaba una boina.

En el Prado, mi nerviosismo iba en aumento a medida que iba oyendo los comentarios del público que había acudido en masa a la exposición. Parecía que todos tuvieran un doctorado en Historia del Arte y anduvieran refrescando sus conocimientos, mientras que yo únicamente entendía las explicaciones que una señora iba dando a sus nietos y el comentario de un tipo con gafas que le dijo a su novia: «Pues hay un licor que se llama Frangélico«. Tuve que consultar en Wikipedia para ver si tenía algo que ver con el gran pintor florentino, pero por lo visto no, el nombre del licor proviene de un monje eremita del Piamonte aficionado a los combinados silvestres.

En cualquier caso, lo primero que me voló los ojos en la exposición fue un San Miguel arcángel con un azul que no era de este mundo. Vete a saber dónde conseguía los pigmentos Fra Angélico, pero los azules, los dorados y los verdes todavía brillan cinco siglos y pico después como si se los hubiera prestado Dios ayer mismo, como si los acabara de pintar hace un momento. Resulta asombroso cómo un artista tan antiguo resulta tan absolutamente moderno, aunque a lo mejor la cuestión está mal formulada y lo que habría que preguntarse es cómo tantos artistas pretendidamente novedosos se convierten en caspa apenas pasan dos décadas. Hay un cuadro llamado 18 beatos dominicos que no sólo es actual hasta en el título (parece el nombre de un grupo de la Movida madrileña) sino que, si te fijas bien, uno de los beatos es un retrato de Andy Warhol. Quizá por la misma razón, un San Juan Evangelista, con larga melena rubia y cara de pocos amigos, sale clavado a Ozzy Osbourne.

Ya les digo que no tengo mucha idea de pintura pero en la obra maestra de Fra Angélico, La Anunciación, yo descubrí al menos cinco pinturas de cinco estilos diferentes yuxtapuestos. Está la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, que en la exuberancia plana de la selva preludia la mirada primitiva y naif de Henri Rosseau, el Aduanero. Está el toque impresionista en el remolino de colores del mármol del suelo. Está la Anunciación propiamente dicha, de una delicadeza sobrehumana, en la que los ojos hablan y las manos miran. Está la habitación del centro, huérfana y viuda, extraña como ella sola, que augura la desolación de un interior de Hopper. Está el rayo de luz descendiendo del cielo con una paloma prisionera, sólido y líquido a la vez, como recién aterrizado de una época de la pintura que no ha llegado todavía.