Opinion · Punto de Fisión

11-S, no apto para magufos

Como todo el mundo sabe, el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, dos aviones de pasajeros se estrellaron con un lapso de veinte minutos contra cada una de las Torres Gemelas del World Trade Center, provocando un derrumbe colosal y el mayor atentado terrorista de la historia. La pregunta que todavía colea más de quince años después, y que ha dado lugar a teorías conspiranoicas de lo más florido -desde que no hubo ninguna víctima judía hasta que se trató en realidad de una demolición controlada encubierta- fue cómo Al Qaeda pudo organizar semejante masacre en el corazón del territorio estadounidense y ante las mismas narices de sus servicios secretos. No es una cuestion baladí y a responderla exhaustivamente se dedican los diez episodios de The Looming Tower, una miniserie que concluye precisamente con la tragedia del 11-S.

Por lo demás, será mejor que no sigan leyendo si no soportan los destripes o si les gustan las ucronías al estilo de Brad Pitt ganando la Segunda Guerra Mundial con un bate de béisbol. The Looming Tower está basada en el libro de investigación de Lawrence Wright, con el que ganó el premio Pulitzer en 2007. Periodista especializado en Oriente Medio, Wright había estudiado a fondo el auge del terrorismo islámico, y concretamente el funcionamiento interno de Al-Qaeda.

En Los años del terror, una extraordinaria colección de reportajes, ya aparecía la figura heroica y trágica de John P. O’Neill, jefe del Escuadrón I-49 del FBI, un experto de la lucha antiterrorista que lucha en varios frentes a la vez al tiempo que mantiene varias relaciones simultáneas con diversas mujeres. O’Neill parecería un personaje de ficción de no ser porque el giro final de su vida no puede permitírselo ningún novelista. Obsesionado por dar caza a Bin Laden, molesto por las presiones de sus superiores y los roces con sus colegas, con problemas fuera y dentro del trabajo, presentó su renuncia oficial y aceptó un puesto en la sector privado: jefe de seguridad del World Trade Center en el verano de 2001.

Aparte de su veracidad histórica y de su atención a los detalles, uno de los grandes aciertos de The Looming Tower es su formidable reparto, encabezado por Tahar Rahim en el papel de Ali Soufan, el agente del FBI de origen libanés protegido de O’Neill, y por Jeff Daniels como el propio O’Neill. El éxito brutal de los atentados fue posible debido a la falta de coordinación entre las agencias antiterroristas del FBI y la Estación Alec de la CIA, dirigida por Martin Schmidt, al que da vida un mercurial y pantanoso Peter Sarsgaard. En The Looming Tower el espectador asiste en primera fila al terrible espectáculo del contraespionaje sin trampa ni cartón, a las miserias y servidumbres de los auténticos terroristas y de los verdaderos agentes. Por mucho que uno se imagine cuán perversa y estúpida puede ser la CIA, la pedestre realidad va mucho más allá de las teorías conspiranoicas y de las fantasías más delirantes de los magufos. Y también de ficciones como Homeland, esa sobrevalorada payasada donde a la protagonista le falta un tornillo y el antihéroe cambia de bando como de chaqueta.