Punto de Fisión

Tiroteo a la americana

En Estados Unidos, cuando la gente protesta por un tiroteo injustificado de la policía, las protestas van subiendo de tono hasta que culminan en varios tiroteos injustificados. En un país donde todo hay que hacerlo a lo grande, ya sean rascacielos, bombas nucleares o pasteles, una protesta no se considera acabada hasta que hay un montón de tiendas saqueadas, automóviles quemados, escaparates rotos y unos cuantos cadáveres recientes adornando las calles. Igual que lo de la marmota meteoróloga que profetiza el fin del invierno o los niños disfrazados en Halloween, lo de disparar a los negros por la espalda es una tradición típica estadounidense, una mejora de los linchamientos multitudinarios de principios del pasado siglo, que solían terminar con uno o varios negros ahorcados de un árbol.

No es nada fácil comprender un país donde la reacción natural de un chaval menor de edad a los disturbios en una ciudad vecina consiste en agarrar un fusil de asalto y un botiquín de primeros auxilios, coger el coche y conducir hasta Kenosha para ayudar en la tarea de atender heridos y limpiar los muros de pintadas. A la caída de la noche, la hora de los vampiros, cuando las hordas de alborotadores volvieron a hacer acto de presencia en las calles, el joven Kyle Rittenhouse se vio envuelto en una algarada, los manifestantes lo tiraron al suelo, empezó a disparar y el enfrentamiento se saldó con dos muertos y un herido con un boquete en el brazo. El alcalde de Kenosha se quejó de que no necesitaban más armas y el jefe de policía dijo que los voluntarios estaban ejerciendo su derecho constitucional a llevar armas. Después todo el mundo se preguntaba cómo la policía había permitido a un muchacho de 17 años ir tranquilamente por la calle armado con un fusil de asalto. La respuesta, muy sencilla, es que Kyle Rittenhouse tiene la piel blanca.

Para comprender el amor indiscriminado a las armas de fuego de la sociedad estadounidense no hace falta remontarse a la época de los pioneros: basta pensar, por ejemplo, en una lista de obras mayores del cine hollywoodiense e intentar encontrar una sola película donde no aparezca una pistola. Si uno se pone a repasar las mejores películas del cine italiano, español, francés, japonés o sueco, sucede exactamente lo contrario, pero las pocas netamente americanas que se me ocurren no son exactamente americanas. Luces de la ciudad y Ciudadano Kane, dos de las pocas obras maestras libres de tiroteos que se me ocurren, fueron dirigidas por dos genios, Chaplin y Welles, a los que Hollywood repudió y exilió sin miramientos; eso sin mencionar que el primero de ellos, en realidad, era inglés. La tercera que fácilmente podría completar el podio, El apartamento, la dirigió Billy Wilder, un emigrante austriaco. En cuanto a la película fundacional del cine americano, baste señalar que los villanos son todos de raza negra y los héroes llevan capuchas del Ku Klux Klan: se llama El nacimiento de una nación por algo.

En fin, todavía no se han apagado los ecos de los siete balazos por la espalda que recibió Jacob Blake, cuando otro negro, Dijon Kizzee, cae fulminado tras encajar más de veinte balazos por la espalda, después de salir huyendo tras abandonar su bicicleta después de que los agentes le dieran el alto por una supuesta infracción de tráfico. Uno puede examinar los detalles, las circustancias y la letra pequeña del suceso todo lo que quiera, pero veinte balazos por la espalda, después de los siete de Wisconsin, son muchos balazos, aparte de que siempre se los lleva la misma raza. Es lo que sucede cuando crees que vives en una película, concretamente en un western, en el papel de sheriff impune y todopoderoso, y la realidad te dice que tranquilo, tú a lo tuyo, que es matar negros.