Punto de Fisión

Nos quedamos sin la sopa

En un mundo bien hecho, Mafalda habría sido una niña de carne y hueso, habría crecido, se habría dedicado a la política y habría salvado a Argentina de su trágico destino de gorilatos y corralitos. En ese mundo que imagino, Argentina nunca hubiera tenido que librar y perder una guerra absurda por las Malvinas para zafarse de una dictadura sanguinaria, porque a Mafalda, la Mafalda presidenta, le importarían una higa las banderas, los portaaviones y los desembarcos, y además porque en ese mundo que imagino, Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, nunca habría salido de las dos dimensiones del papel, nunca habría pasado de ser un ridículo personaje de tira cómica.

Es lamentable vivir en un mundo donde Thatcher es un personaje histórico y Mafalda una criatura de ficción, un mundo en que las guerras, los corralitos y las dictaduras sanguinarias son de verdad mientras que la paz, la inteligencia y los buenos sentimientos siguen condenados a su triste destino de utopías e hipótesis. Si al mundo lo moviera el amor en vez de la maldad, la generosidad en lugar de la codicia, la colaboración y no la competencia, entonces Quino no habría sentido el deber de dibujar una versión de don Quijote en femenino singular, una niña rebelde y contestataria que va señalando una a una las vergüenzas de la sociedad, las podredumbres del sistema y las fallas de la educación, un Buda pequeñito.

Tiene gracia que Mafalda, la niña anarquista y revolucionaria, naciera del encargo de una agencia de publicidad, cuando la marca de electrodomésticos Mansfield le propuso a Quino una tira cómica al estilo de Charlie Brown en la que los nombres de los protagonistas tenían que comenzar por la letra M. La campaña publicitaria no prosperó, pero en 1964, primero en el suplemento humorístico de la revista Leoplán y después en Primera Plana, hizo su aparición Mafalda, luego su padre, después su madre y poco a poco fueron brotando Felipe, Manolito, Susanita, Miguelito y el resto de los personajes de la saga.

A través de tres o cuatro viñetas se desarrollaba una parábola, un acertijo, una paradoja en la que la realidad se ponía cabeza abajo, un teorema inflexible en que se demostraba la sinrazón de la pobreza, la brutalidad, el hambre y la miseria. No lo sabíamos entonces, porque éramos más jóvenes aun que ella, pero Mafalda ya era nuestra feminista de guardia, la primera ecologista, la pacifista convencida de que las cosas podían ser de otra manera, aunque no lo fuera. Era progre en todos los sentidos, en el sentido primigenio del término, ese que detestan los Manolitos y las Susanitas del mundo, los tenderos y las Margaret Thatcher, los generales y los burócratas, los fachas de postín y los bobos de todos los colores.

En 1973 Quino publicó la última tira de Mafalda, temeroso de repetirse, convencido de que la pequeña iba a seguir sus andanzas sin necesidad de que su mano le mostrara el camino, trasbordando a otros idiomas, multiplicada en el cariño de sus admiradores. Parece mentira que haya estado casi medio siglo sin ponerle el lápiz encima, derramando sobre el papel sus deslumbramientos e intuiciones, pero Mafalda ya había echado a andar, siempre con la misma edad, esperando que un día los chavales aprendieran a ver el mundo tal y como debería ser: con Mafalda en la presidencia y la Thatcher en una viñeta. No importa porque la dibujó lo bastante lista, lo bastante madura y lo bastante audaz como para no tener que preocuparse si algún día se quedaba sola. Sí, los huérfanos somos nosotros.