Punto de Fisión

Cosidó, otro que tampoco sabe nada

Ignacio Cosidó durante su comparecencia en el Congreso de los Diputados.- EFE

La Policía no es tonta, vale, pero a veces lo parece. Quién sabe, tal vez lo de la tontería sea una estrategia policial para que los delincuentes se confíen, pero basta ver tres o cuatro documentales de Netflix, con sus sheriffs paletos, sus inocentes enchironados y sus asesinos seriales sueltos durante décadas, decapitando mujeres tan campantes, para poner el tópico en cuarentena. Edgar Allan Poe, el padre del relato detectivesco, inventó al chevalier Dupin, un aficionado a los crímenes sanguinarios que resolvía misterios impermeables a los agentes uniformados, y Arthur Conan Doyle perfeccionó el invento con la creación de Sherlock Holmes, un detective consultor al que los oficiales de Scotland Yard iban a visitar cuando se les acababan los sospechosos.

En España lo más cerca que hemos estado nunca de parir un Sherlock Holmes es Villarejo, otro detective consultor que iba entrevistando a todo el mundo en secreto, desde ministros a querindongas reales, para hacer un programa de audios de primera. Para hacerse una idea de la información privilegiada que maneja Villarejo, basta ver esas fotos donde se le ve tapándose la cara con un maletín, anticipando con años de adelanto el auge de la mascarilla. Con Villarejo podría escribirse una serie de novelas a lo Sherlock Holmes sólo que con mierda del Manzanares en lugar de niebla del Támesis, aparte de que iba a ser difícil encontrar un doctor Watson que pudiera vivir para contarlo.

Villarejo conocía a todo el mundo, pero lo verdaderamente increíble es que nadie lo conoce a él, hasta el punto de que cuando montaron una rueda de reconocimiento para ver si había participado en el apuñalamiento de la doctora Elena Pinto, no se presentó, no fuese a ser que alguien pudiera identificarlo. Miguel Ángel Bayo, facultativo de la Policía Nacional ya jubilado, admitió que fue él quien libró a Villarejo del mal trago, y cuando le preguntaron el porqué, respondió que no podía recordar quién le había dado la orden, algo lógico si se tiene en cuenta que en el apuñalamiento de Elena Pinto estaba acusado el empresario López Madrid, amigo íntimo de Felipe VI y compiyogui de la reina Letizia.

Este preámbulo viene al pelo porque en la comisión de investigación de la operación Kitchen, Gabriel Rufián le ha preguntado también por Villarejo a Ignacio Cosidó, ex director de la Policía Nacional, y efectivamente, también lo desconocía casi todo sobre este buen señor: nunca despachó, ni habló, ni comió, ni intercambió mensajes con él. Y entre las innumerables cosas que ignoraba, estaban la medalla y la pensión concedidas a Villlarejo, o los 71 policías de Asuntos Internos dedicados exclusivamente a espiar a Luis Bárcenas en plena alerta antiterrorista. Lo de Luis "el cabrón", se ve que no iba de broma.


"Yo conocía lo que tenía que conocer", repuso Cosidó en un alarde de retórica mariana, lo cual llevó a Rufián a darle a elegir entre "negligente" y "culpable", una disyuntiva ante la que, como buen jerarca del PP, Cosidó se aferró a la primera hipótesis. Con ex ministros del Interior como Jorge Fernández Díaz, que tenía línea directa con la Virgen de Lourdes, y ex presidentes como Mariano Rajoy, que no reconoce ni su propia letra, era lógico colocar al frente de la Policía Nacional a un perfecto ignorante como Ignacio Cosidó, que dirigía las fuerzas del orden españolas como un niño jugando a los Click de Famobil. En Recién nacido y ya coronado, título premonitorio donde los haya, John Cleese interpretaba a un inspector a quien le preguntaban qué estaba pensando. "Soy agente de policía" decía él, muy serio, "yo no pienso nada".