Punto de Fisión

El Endurance y un huevo de pingüino

Vista de la popa del 'Endurance', hundido con el nombre y el emblema de la estrella polar. EFE/ Falklands Maritime Heritage Trust And National Geographic Caption
Vista de la popa del 'Endurance', hundido con el nombre y el emblema de la estrella polar. EFE/ Falklands Maritime Heritage Trust And National Geographic Caption

Como si hubiera decidido asomarse a presentar sus respetos el año del centenario de la muerte de sir Ernest Shackleton, el Endurance ha sido localizado en el Mar de Wedell, a más de tres mil metros de profundidad, en pleno Océano Antártico. Los restos, que fueron hallados esta semana dentro del área de búsqueda programada por una expedición sudafricana denominada Endurance22, se encuentran en un asombroso buen estado, teniendo en cuenta no sólo los cien años que el navío ha pasado bajo el agua sino las condiciones en que se hundió, atrapado por la banquisa y triturado por la presión de los hielos. El jefe de la expedición, John Sears, ha declarado que se trata "del pecio de madera de mayor calidad que jamás haya visto. Está erguido, bien orgulloso en el lecho del mar, intacto y en un estado de preservación brillante".

El Endurance partió en 1914, poco antes de declararse la Primera Guerra Mundial, con veintisiete hombres a bordo, el último de ellos un inesperado polizón y el primero, Ernest Shackleton, un tozudo explorador polar que sólo estaba feliz lejos de casa y que había ido fracasando en un negocio tras otro, desde una compañía de tabaco hasta una concesión minera, intentando financiar sus viajes. Shackleton ya había participado y dirigido diversas expediciones al continente blanco cuando en 1914, dos años después del triunfo del noruego Amundsen y la hecatombe de su compatriota Scott en el Polo Sur, concibió la Expedición Imperial Transantártica, en la que pretendía cruzar la Antártida de punta a punta en una travesía sin precedentes.

Sin embargo, el ambicioso proyecto se malogró desde el momento en que el Endurance encalló en la bahía de Vashel, bloqueado por una impenetrable capa de hielo. No hubo manera de romperla y varios meses después, tras los partidos de fútbol y las obras de teatro que intentaban mantener alta la moral de sus hombres, la tripulación abandonó el Endurance poco antes de que los hielos lo devorasen camino a su solemne tumba abisal. Fue entonces cuando la exploración cedió el testigo a una asombrosa odisea de supervivencia en la que durante tres años y, tras incontables penurias, proezas y sacrificios (hubo que matar a los magníficos setenta perros de trineo canadienses), Shackleton logró rescatar a sus hombres sin perder uno solo.

Quizá porque, como sugiere Zweig, a la Historia le gustan las fechas redondas y las coincidencias, 2022 también es el centenario de la publicación del mejor libro sobre exploraciones polares jamás escrito: El peor viaje del mundo. Su autor, Apsley Cherry-Garrard, uno de los supervivientes de la trágica expedición del capitán Scott, escribe en estado de gracia, en un tono prodigioso donde la épica no está reñida con un sentido del humor típicamente británico: "La exploración polar es la forma más radical y más solitaria de pasarlo mal que se ha concebido". Y unas pocas líneas más abajo: "En el Polo Sur se está más solo que en Londres". El libro, cuajado de sentencias y citas inolvidables ("la exploración no es más que la expresión física de una pasión intelectual") concluye con un canto de nostalgia por esa edad de los descubrimientos de la que él fue uno de los últimos representantes, lamentando el espíritu mercantil de nuestra época que sólo piensa en ganancias materiales y que no valora el deseo de saber, "algo completamente inútil para una nación de tenderos".

Junto a dos compañeros, Wilson y Bowers (que morirían más tarde en la tienda de Scott), Cherry-Garrard emprendió una caminata durísima hasta cabo Crozier, soportando ventiscas alucinantes y temperaturas de más de 50 grados bajo cero, todo para encontrar tres huevos de pingüino emperador que Cherry-Garrard llevó al Museo de Historia Natural de Londres y donde pueden contemplarse todavía hoy. Pensaban que podía tratarse del ave más primitiva que existe, el eslabón perdido con los reptiles, una hipótesis que resultó errónea y que, entre las congelaciones y las gafas rotas, por poco le cuesta la vida. En la última frase de este libro irrepetible, Cherry-Garrad escribió: "Si hace usted su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino".

El barco 'Endurance', rodeado por el hielo de la Antártida, fotografiado en 1915 por Frank Hurley
El barco 'Endurance', rodeado por el hielo de la Antártida, fotografiado en 1915 por Frank Hurley

Shackleton murió el 5 de enero de 1922 fulminado por un infarto el día siguiente a su desembarco en las Georgias del Sur. El Jefe, como lo llamaban cariñosamente sus hombres, había regresado a la isla remota que unos años atrás supuso la salvación junto a su lugarteniente Frank Wild y otros veteranos de la Expedición Imperial Transantártica que lo acompañaban en este viaje conmemorativo. En su tumba, una hermosa lápida de piedra inscrita con un verso de Browning ("Yo sostengo que un hombre ha de luchar hasta el último aliento por el precio en que ha fijado su vida"), mucho tiempo después un equipo de Al filo de lo imposible filmó a un pingüino que estaba de pie, inmóvil, como si montara guardia. Tuve el honor de colaborar en aquel guión y años más tarde escribí este poema:

Shackleton abandona el Endurance

he aquí, entre la banquisa, todos mis sueños rotos
todas las horas perdidas, el sextante,
los palos, la gran travesía antártica,
he arrojado a la nieve dos guineas de oro
y una Biblia de la que salvé una página
del libro de Job, aquella dónde dice
¿de qué vientre sale el hielo?
y la escarcha del cielo ¿quién la da a luz?
para no cargar con demasiado peso
también dejo atrás mi corazón
no volveré por él

nunca

hemos tocado el alma desnuda del hombre

el límite helado de la tierra

más allá de las rutas de los balleneros
en un páramo blanco donde no crecen
ni siquiera fantasmas ni microbios
he fracasado en todas mis empresas
he vuelto a perder la última batalla
estos ojos ya no verán el polo sur
Amundsen me ganó por la mano
no quise dejar para la posteridad
un cadáver ultracongelado de héroe
quizá mi esposa hubiera preferido
un león muerto a un burro vivo
a pesar del título de sir
y de la torpe estela de la gloria

por eso me despido de ti
viejo barco, viejo camarada
lo que queda de tu costillar carcomido
será pasto de los hielos esta noche
eterna que dura ya tres meses
he traído en tu vientre veintisiete hombres
conmigo y juro que los devolveré
sanos y salvos a Inglaterra

pero no creo que pueda
salvar los perros