Desenredando

Devuélvannos nuestro legado

El entonces ministro Manuel Fraga el 11 de octubre de 1968 en Bata.- EFE

La semana pasada, en el acto de apertura del Foro Humboldt en Berlín, la escritora nigeriana Chimananda Ngozi Adichie autora de las novelas Medio sol amarillo y Americanah, entre otras, y autora de las famosas charlas TED Todos deberíamos ser feministas y El peligro de la historia única— propiciaba un simbólico tirón de orejas a los gobiernos alemán y británico (y me atrevería decir que a Occidente en general), con su discurso.

El discurso, que puedes ver completo desde la cuenta de Instagram de la propia escritora, dividido en dos partes (aquí puedes ver la primera y aquí la segunda) es una llamada de atención al hecho de que, bajo la pretensión de que el arte es universal, muchos objetos artísticos africanos con significado religioso, espiritual y sagrado fueron arrebatados de sus territorios de origen para ser colocados dentro de vitrinas en museos europeos considerando que se tenía todo el derecho a saquear esos territorios y arrebatar objetos que, además de tener una simbología, también tienen una historia.

Como dijo Adichie durante su discurso, «la cuestión es que los sistemas de creencias varían, y siempre que alimenten las necesidades espirituales de las personas, son válidos. No podemos desdeñar un sistema de creencias principalmente porque no nos es familiar, del mismo modo que no podemos desdeñar la historia porque nos sintamos incómodos con ella».

Y este es el problema que tenemos con la historia en Occidente: que como hay una parte de la historia con la que Europa se siente incómoda, prefiere ignorarla y borrarla, o explicarla según le fue en la feria, como dice el dicho. Esta parte incómoda se refiere a la colonización y a cómo (no) se explica. Y pese a que Chimamanda hacía alusión a una anécdota que una mujer congoleña le explicaba sobre su hijo, de padre belga y nacido en Bélgica, sabía la historia de Bélgica, pero no sabía nada de la historial del Congo, podemos traernos el ejemplo para casa y hablar de cómo en España no se sabe nada sobre la historia de Guinea Ecuatorial.

Las nuevas generaciones que estudian en el sistema educativo español no saben que Guinea Ecuatorial fue antaño un territorio colonizado por España que devino provincia española y que recuperó su independencia hace solo cincuenta y tres años, el 12 de octubre de 1068. De hecho, me pareció muy curioso que en la Universidad de Viena se venga celebrando desde hace diez años la semana de la literatura guineoecuatoriana, y que en España, su antigua metrópolis, no se dé apenas crédito a sus escritores y escritoras.

Como decía Adichie en su discurso, «no es que Europa haya negado su historia colonial. Eso sería demasiado crudo. En cambio, Europa ha desarrollado una forma de contar el relato de su historia colonial que, en última instancia, busca borrar esa historia». Y a partir de ahí, Europa se cuenta a sí misma una historia que la exonera de cualquier responsabilidad sobre cualquier acto relacionado con la colonización.

Dentro de esos actos relacionados con la colonización, como decía, el expolio de las obras de los territorios colonizados no se considera. Y, sin embargo, ahí está. El pasado mes de abril el gobierno alemán comunicaba su intención de empezar a devolver a Nigeria los bronces de Benin a partir del año 2022. A raíz de esa noticia, Adichie instaba al Museo Británico, ya que el director estaba en ese acto, a que Gran Bretaña haga lo mismo.

Las reliquias, los tesoros y el arte africano, pertenece a los territorios africanos. Y creer que todas esas piezas de arte están mejor custodiadas en museos europeos habla de las dinámicas de poder perpetuadas desde la colonización. Por esto el grito «Devuélvannos el oro», va más allá de lo material y de la riqueza. Es un «devuélvannos nuestro legado», porque eso es lo que nos fue arrebatado a los territorios habitados por cuerpos negros. Nuestro legado, nuestras creencias, nuestras reliquias. Nuestra historia.

Como dicen desde el Colectivo Ayllu en la presentación de su obra colectiva Devuélvannos el oro, «al gritar "Devuélvannos el oro" queremos la recuperación de lo arrancado, la presencia de lo no existente, de lo que intentaron borrar, de las vidas fugitivas, los cuerpos desterrados, los penachos, elekes y dioses secuestradxs, las ánimas perdidas, los frutos prohibidos, los manatíes y aves enjauladas, la sangre derramada, los cantos silenciados, el oro, la plata, los diamantes, la caña de azúcar, la papa, los bicios, las idolatrías extirpadas». Es una cuestión de recuperar lo que nos conecta con nuestra ancestralidad a través de todos esos objetos. 

Ahora lo que me pregunto es: ¿el Estado español se dará alguna vez por aludido y emprenderá alguna acción de restitución y devolverá las piezas que se exponen, por ejemplo, en el Museo de América de Madrid o en el archivo de las Indias? Me temo que conozco la respuesta. Y de un Estado y una sociedad que no se plantean dejar de celebrar el doce de octubre o que consideran que retirar las estatuas de Colón y el resto de conquistadores es un insulto, no se puede esperar, por el momento, un paso del calibre que implica la devolución de piezas artísticas a su lugar de origen. Solo hay que ver lo que costó la repatriación del cuerpo del bosquimano expuesto en el Museo Darder de Banyoles. Tras la denuncia del médico haitiano Alphonse Arcelin, la repatriación fue posible en 1992, y con una Olimpiadas en Barcelona mediante, que obligaron al gobierno catalán a ponerse las pilas y lavar un poco el asunto ya que, de cara al mundo, tener a un hombre negro disecado hubiera sido un escándalo.

España todavía no está preparada para reconocer las sombras de su pasado colonial. Ni el exterminio de los pueblos de Abya Yala, La Gran Redada contra el Pueblo Gitano ni ninguna atrocidad cometida. Mientras estos temas levanten tantas ampollas y apelen tanto a la españolidad no habrá nada que hacer. Y si esa españolidad apela a acciones que tienen que ver con el expolio y la colonización de otros territorios, tenemos un problema.