Opinion · El desconcierto

Ni herejes, ni renegados, ni traidores

Los resultados de la votación de los inscritos de Podemos, toda una lección democrática en un escenario político donde brilla por su ausencia la democracia, dejan bien claro que en la formación morada los poderosos, muy bien instalados mediáticamente, no van a poder encontrar los herejes, renegados y traidores que llevan promoviendo sin cesar desde que tanto Pablo Iglesias como Iñigo Errejón presentaran a Podemos en el Teatro del Barrio, pronto hará tres años. Muy al contrario. Es en el PSOE donde Sánchez es presentado como uno de sus herejes, es en el PP donde José María Aznar aparece como renegado. Es en el PSOE donde los militantes no pueden votar desde primeros de octubre y es en el PP donde nunca han votado. Mientras tanto, los morados acaban incluso de votar sobre cómo votar entre diferentes propuestas.

No ha vencido Iglesias, ni ha perdido Errejón. Ni hay victoria, ni derrota. Por la sencilla razón de que se ha votado sobre el sistema de votación. Iñigo Errejón es el involuntario protagonista y la víctima inconsciente de una aviesa maniobra ajena destinada a intentar crearle un contra altar opuesto al altar de Iglesias, como si la guerra que desean sus promotores hubiera estallado en las mismas bases de Podemos. No deja de ser paradójico que los mismos que recalcan que la opción ganadora sólo ha ganado por algo más de dos mil votos, la hemeroteca nunca perdona, saludaban hace algún tiempo el triunfo de Zapatero en el PSOE por unos nueve votos; pese a que se trataba entonces de elegir un secretario general y no como ahora una técnica electoral. Una vez más se han quedado sin poder titular: la derrota de Iglesias.

La heterogeneidad de Podemos es genética. Iglesias, Errejón y Urbán proceden de culturas políticas distintas, sus biografías no son nada coincidentes, sus criterios ideológicos son plurales y sus métodos electorales diversos, sin más común denominador que la defensa de los intereses populares. Sería un milagro, peor toda una mala tentación, que sus procedimientos electorales fuesen ahora unánimes para las próximas votaciones de Vistalegre II. Combinar el máximo de proporcionalidad con el minimun de eficacia es siempre un problema permanente de todos los sistemas electorales. Quienes hoy presentan estas diferencias como unas contradicciones antagónicas están proyectando sobre Podemos sus propias contradicciones insalvables. No es en Podemos donde las bases se han sublevado, como en el PSOE, ni tampoco donde el fuego amigo estalla, como en el PP.

La técnica electoral votada por los inscritos favorece a las listas que pacten entre sí. Puede favorecer a Iglesias si pacta con Urbán o Errejón tanto como a Errejón si pacta con Iglesias o Urbán. E incluso cabe que favorezca a las tres corrientes, si Iglesias, Errejón y Urbán pactan entre los tres. No hay aquí una gestora que coopta como el PSOE, ni un dedo que selecciona como el PP. No hay más que la necesidad de pactar entre todas las tendencias para poder formar una dirección encargada de transformar un movimiento social en el partido de los sectores de las clases medias  y trabajadoras. Quedan sólo unos cincuenta días para que los dirigentes de cada una de estas corrientes negocien. Por ahora, no hay más acuerdo que el de elegir a Pablo Iglesias como secretario general dado que es reconocido como tal por todas las tendencias.

Pese a que el prestigioso historiador Josep Fontana advierte sobre la dificultad de aunar a todas las fuerzas políticas que hoy emanan de la protesta social -en una interesante entrevista publicada en las mismas páginas de este diario-, hay que señalar que esa adversidad era mucho mayor antes de que surgiera Podemos. Asimismo, su pronóstico, sobre la imposibilidad de dirigir las fuerzas sociales «desde arriba para hacer un nuevo partido»,  solo se cumpliría si los actores políticos, concretados en la pluralidad de Podemos, no supieran estar a la altura de las circunstancias muy graves por las que atraviesan la mayoría de los españoles muy golpeados por la política económicosocial de los poderosos. Es ciertamente un riesgo, pero nada es más arriesgado que dar por perdida una batalla que no se da.

Acostumbrados los poderosos a la cuota anual de herejes, renegados y traidores procedentes del PSOE –a través de las puertas giratorias o de las gestoras– los buscan ahora con ahínco en Podemos y, como no los encuentran, presentan a algunas corrientes moradas como si fuesen los «susanitos». Animados por el cuadro cainita socialista, los más estrechos colaboradores de Pedro Sánchez arrojándole por la ventana, tratan de vender una imagen análoga en espera de que pasado mañana reviente Podemos. No acaban de entender bien que si Iglesias, Errejón y Urbán discuten no es para integrarse en el sistema de los poderosos, sino para terminar con  la hegemonía de los poderosos. Aunque, probablemente, lo que persiguen es fomentar el desaliento, el desencanto y el desánimo de todos los de abajo justo cuando del Guadiana de la historia va a emerger Podemos como partido.