Opinion · El desconcierto

La soledad de Sánchez

Sánchez se dispone a tomarse las doce uvas en la Moncloa para asombro de los que vienen, desde primeros de junio, pronosticando su caída. Tanto que hasta más de un dirigente creyó en diciembre que la legislatura estaba prácticamente agotada. Son los que el próximo lunes van a atragantarse con las uvas amargas de la ira porque el líder del PSOE continúa en la Moncloa desmintiendo la crónica de su muerte anunciada, una y otra vez, a lo largo del último semestre. No es que se hayan equivocado o se equivoquen, dado que se quedan cortos en la descripción de la soledad del presidente del Gobierno, sino que la lógica formal con la que buscan enterrar a Sánchez choca de bruces con la lógica dialéctica que lo resucita. Veamos.

El Gobierno de Sánchez no parece existir como órgano colegiado, salvo quizás con el vicepresidente Ábalos, ni coordinado, donde brilla por su ausencia la vicepresidente Calvo, ni con unidad de criterio, evidente en la incomodidad territorial de Borrell o la económica de Nadia Calviño. Seis meses después de su formación, que fue muy bien recibido, aparece como muy desgastado, sin peso político, limitado a gestionar técnicamente lo que decide la Moncloa. Pese a este cuadro, ninguno de los ministros dimite o es cesado. Por mucha que sea su desasosiego, nadie quiere abrir una crisis política e intenta contribuir al objetivo presidencial de mantenerse en el poder hasta finales de 2019, e incluso si fuera posible hasta verano de 2020.

El PSOE, sobre todo en las principales autonomías, es mucho más un partido de oposición que de gobierno. Solo las triples urnas del próximo superdomingo 26 de mayo impide que esta crítica socialista a Sánchez se haga pública. El temor a las muy probables repercusiones electorales de una imagen de división interna socialista antes de las urnas, frena la más que evidente insurrección territorial contra toda su política de distensión del conflicto catalán. Hasta que se recuente el voto de las elecciones generales, ni uno solo de los 84 diputados del PSOE se alejará ni un milímetro de Pedro Sánchez, pese a que en el grupo parlamentario más de una cuarta parte de ellos está sotto voce en contra del diálogo con la Generalitat.

No digamos de los independentistas catalanes que están hasta el gorro de Sánchez como lo manifiestan su continuos emplazamientos, amenazas y movilizaciones sin que la Moncloa muestre algún gesto, mediante la Fiscalía General, que aligere la situación de los dirigentes soberanistas encarcelados. A pocos días del inicio de la vista oral en el Tribunal Supremo, nadie en Barcelona puede ignorar que la suerte está echada desde que el artículo 155 puso en manos de los jueces el problema político de Cataluña. Nada o muy poco puede hacer el Gobierno y es de temer que si pudiera tampoco lo haría por su muy elevado coste electoral. No parece, sin embargo, que rompan la mesa del diálogo.

Ni Podemos, con vocación no atendida de ser socio leal, parece dispuesto a poner pie en pared ante el PSOE. Pese a haber sido sistemáticamente ninguneado, desde la elección del Consejo de Administración de RTVE en la que el PSOE rompió el acuerdo con Podemos al día siguiente de firmarlo, a la posterior elaboración de los Presupuestos, pasando por la limitación de los alquileres, los morados han reconvertido el apoyo crítico al Gobierno de Sánchez en apoyo a secas. Aún a costa de la incesante sangría de votos que sufren, con la vuelta a la casa común del PSOE de muchos electores de Podemos, sus dirigentes actúan como si fueran el Correo del Zar de la Moncloa.

Salvo el Orfeón vasco de Urkullu, nadie en la mayoría parlamentaria que sostiene a  Pedro Sánchez rentabiliza este apoyo al Gobierno del PSOE. Si pudieran, reeditarían la moción de censura que votaron contra Rajoy. No por corrupción, Sánchez es un hombre decente, sino por usar y abusar del cheque en blanco indefinido que entonces le entregaron. Pero Sánchez no vive de los amigos de los que carece,  sino de los enemigos que le acechan. Si ha llegado hasta 2019, es gracias a esos cuatro jinetes del apocalipsis de la involución -Aznar, Casado, Rivera y Abascal- que cabalgan guadaña en mano contra el Estado de las Autonomías y el Estado del Bienestar. Si cae Sánchez, caen todos. Por ello nadie lo remata hoy, no se hunde el Gobierno, ni revienta el PSOE.