El desconcierto

Peter Pan en la Generalitat

Tomo prestada la  lúcida metáfora con la que Joan Coscubiela, uno de los principales referentes políticos de la izquierda catalana, describe la doble alma histórica de Esquerra Republicana: Ave Fénix en la adversidad y Peter Pan en la prosperidad, que ha caracterizado frecuentemente este inestable partido en Cataluña. Tanto es así que la inmediata pregunta sobre cuál de ellas prevalecerá, tras los resultados electorales del próximo 14 de febrero, domina la campaña electoral. Es bastante obvio que ni siquiera sumando los escaños de los Comunes de Ada Cola podría Salvador Illa formar un gobierno progresista sin la participación de Oriol Junquera.  Por lo tanto, la cuestión es: ¿Superará Esquerra el complejo de Peter Pan?

No parece que existan motivos para el optimismo. Ayudar a Casado en su ciega estrategia de acoso y derribo al gobierno progresista de Sánchez, para que no pueda Illa entrar en el Palau de San Jaume, supondría continuar por la senda del infantilismo que caracteriza a los republicanos catalanes. O, lo que sería peor, apoyarse en la derecha española para seguir apoyando a la derecha catalana en su anunciado objetivo independentista, como si con el Partido Popular en la Moncloa no se reeditaría mañana el choque de trenes nacionalistas que persiguen las derechas patrioteras. El precio de esa política aventurera, ensayada en otoño de 2017, se ha concretado en la potente irrupción de Vox.

Ni siquiera la existencia de contradicciones en la izquierda, calificadas por Mao como contradicciones en el seno del pueblo, puede explicar hoy las reacciones infantiles de Esquerra ante la presentación del candidato Illa y la convocatoria del día 14 de febrero para ir a las urnas. Para contradicción al por mayor, la que protagonizan socialdemócratas y morados en los Consejos de Ministros, sin que ninguno de ellos apuñale al socio aunque lo descalifique día sí y día también.  Cataluña no es ningún latifundio social propiedad de ninguna  fuerza política  y , por lo tanto, de las dos izquierdas soberanistas y de las otras dos constitucionalistas que se enfrentan en las urnas solo Esquerra se niega aclarar si gobernará con la derecha catalana.

La pregunta del 14 de febrero es clara: ¿podrá Salvador Illa contar con los escaños de Oriol Junquera para reeditar los tripartitos progresistas que presidieron Maragall y Montilla?  El problema es que el carnaval de Esquerra, donde abundan los disfraces patrioteros, no responde a esta interrogante. Todo lo más, en petit comité, no lo descartan, pero públicamente no se atreven a imitar a Pedro Sánchez cuando se la jugó con el rotundo no es no a gobernar con el Partido Popular. Ese complejo de inferioridad con Puigdemont se desvela en el día a día de la campaña electoral. De todas la izquierdas nacionalistas del Estado, de Bildu al BNG, es la única que mantiene un cordón umbilical con su propia derecha.

A la vista de la jugada que hicieron cuando votaron con Casado en contra de la gestión del Gobierno de los 140.000 millones de euros que necesitan tanto los empresarios y  trabajadores de allí como los de aquí, son muchos los que se plantean si con amigos como Esquerra Republicana sobran enemigos. Ayer la larga sombra de la inestabilidad del Gobierno progresista de Pedro Sánchez, borrada con la aprobación de los Presupuestos, vuelve a proyectarse de nuevo sobre la Moncloa, dado que la mayoría de izquierda sobre la que se soporta cuenta con  el eslabón débil catalán que puede dar mucho juego a la derecha, tal y como se acaba de ver en el Congreso. Habrá, pues, que rezar a San Valentín mientras, como  se suele decir en Barcelona, Oriol Junquera simula y  disimula.