El desconcierto

Las tres derechas y los nueve indultos

Miembros de la organización política de extrema derecha "Bastión Frontal" asisten a una protesta contra la inminente aprobación de los indultos a los líderes independentistas del "procés", este lunes en Madrid. EFE/Rodrigo Jiménez
Miembros de la organización política de extrema derecha "Bastión Frontal" asisten a una protesta contra la inminente aprobación de los indultos a los líderes independentistas del "procés", este lunes en Madrid. EFE/Rodrigo Jiménez

La primera consecuencia de los próximos nueve indultos a los presos catalanes independentistas, que hoy mismo se aprobará en el Consejo de Ministros, es la antagónica reacción de las tres derechas españolas a la apuesta de riesgo de Pedro Sánchez. El firme apoyo de la derecha económica,  bastante elocuente en las declaraciones de  Garamendi, la hostilidad abierta de la derecha política, no menos patente en las intervenciones de Casado, intentan borrar el escepticismo de la derecha social, evidente en el  claro hastío ante las convocatorias en Colón, para engancharla con el optimismo empresarial o el pesimismo político. Desde este verano se inicia la cuenta atrás para dilucidar si este primer paso adelante en Cataluña irá acompañado o no de dos hacia atrás.

La buena relación de Sánchez con la derecha económica no es de hoy, pero nunca como hoy se ha puesto tan de relieve como con los nueve catalanes indultados. La condición establecida por Antonio Garamendi, bienvenidos si ayudan a la normalización, se alinea con las tres virtudes teologales que el presidente del Gobierno practica con los independentistas. Fe, en sus palabras, esperanza, en sus  hechos, caridad, abriendo sus celdas. No cabía esperar lo contrario, dado que Pedro Sánchez rechaza derogar la reforma laboral de Rajoy, aplaza la subida del salario mínimo sine die y  ofrece una amplia participación empresarial en la cogestión de los fondos europeos.

Pablo Casado no puede permitirse el lujo de esperar a ver si se normaliza la situación en Cataluña porque siente en su cogote el aliento de Abascal a la vez que Aragonés siente el de Puigdemont. Ni tampoco ayudar a Sánchez a permanecer en  la Moncloa ayudándole en la cuestión catalana. Abascal le acecha desde fuera, Ayuso desde el interior mismo del Partido Popular. A la vez, Garamendi tiene mucho mejor feeling con Núñez Feijóo o Moreno Bonilla que con el inquilino que todavía hoy ocupa provisionalmente Génova. Su problema verdadero es Vox, que es al PP lo que ahora es Junts per Catalunya  a Esquerra Republicana. Su rechazo al status quo les conduce a  la alternativa de las patrias en lucha, Cataluña contra España o España contra Cataluña.

La bajada de asistentes al acto de Colón y de los abajo firmantes contra el indulto, pese a que según todos los sondeos casi un 70% de los españoles son reticentes a esta medida de gracia, indica que derecha social es tan escéptica con  Casado como con Garamendi.  No cree ni a uno, ni a otro. Ni coincide con la visión positiva de Garamendi, ni con la negativa de Casado. Espera a ver si la arriesgada apuesta personal de Pedro Sánchez es algo más que un sueño de verano y, sobre todo, si alguien en la Generalitat va a recoger la mano tendida por la Moncloa. El genético infantilismo político del que hace buena gala casi diariamente Esquerra Republicana multiplica el escepticismo social.


Que Pedro Sánchez esté hoy jugándose a cara o cruz su futuro político y el de su propio partido contribuye a tensar  la ya muy tensa polémica de las tres derechas. Ya está ocurriendo. Cada vez más de lo que se trata en Madrid  es de echar a Sánchez para unos, o de colocar a Casado para otros, mientras que en Barcelona no son pocos los independentistas que  crucifican a quienes ahora les ayudan como el PSOE, a la vez que ayudan políticamente a quienes le crucifican como el PP. Bajo la clara consigna del enemigo de mi enemigo es mi amigo, se dispara fuego amigo más allá y más acá en ambas trincheras políticas de esta nueva batalla del Ebro que ayer mismo inició Sánchez desde el Liceo.