Jose A. Pérez

Pájaros del terror

Los Pájaros, la obra maestra de Hitchcock, acaba sin que nadie sepa qué demonios le ocurre a las aves en cuestión. Sólo sabemos que son peligrosas, que destruyen ciudades y comunidades, que atacan a los niños y, en definitiva, que representan el mal. Revisando ahora la película, me percato de la metáfora: esos malditos pájaros son unos descarados progres. Son gays y liberales, son izquierdistas antitradición. Esas aves buscan destruir la familia tradicional, quieren joder la vida a Rod Taylor y a Jessica Tandy, tan católicos ellos, atacándoles a la salida de la iglesia y reventando sus barbacoas.

Lo desconocido da miedo, sea en forma de pájaros locos, de hombre en la oscuridad o de susurro en la noche. A Rouco le aterran los progres porque, para él, son un fenómeno extraño e incomprensible. Teme que, igual que los pájaros del terror, destrocen el concepto católico de familia, que dejen Europa rota sin remedio y que despueblen el mundo por su malsana afición a los condones y al aborto.

A mí, sin embargo, me da miedo la gente como Rouco. Para mí, el pájaro es él y los suyos, apostados en las cornisas, mirando desde arriba, prestos al ataque. Me aterra cuando grita que recemos, que nos casemos y tengamos retoños, cuando mezcla nacionalismo y Dios, cuando exige que abracemos la fe en Cristo y la Virgen y el Espíritu Santo. Cuando grita que pidamos perdón por nuestros pecados, cuando nos avisa de que el Gran Señor Barbudo nos dará una patada en nuestro progre culo si no nos arrepentimos sinceramente de actuar con sano libertinaje.

Será que, a fin de cuentas, el hombre es un pájaro para el hombre. Sólo que algunos, reza Rouco, pajarean más que otros.