Opinion · Fuego amigo

Una visita oficial graciosamente graciosa

El principado de Liechtenstein es uno de esos estados delincuentes a los que graciosamente llamamos paraísos fiscales. La cueva de Alí Babá financiera cuyos bancos albergan 100.000 millones de euros en depósitos extranjeros, donde los 35.000 habitantes tocan a 75.000 zulos, eso que ellos, también graciosamente, llaman fundaciones, instituciones ideadas exclusivamente para evadir impuestos. Algo parecido a Gibraltar, pero con príncipe. Un príncipe de cuento conocido como Hans-Adam II, que gobierna sobre un territorio de 160 kilómetros cuadrados, y donde las mujeres no tenían derecho a voto hasta la década de los ochenta del siglo XX.

Lógicamente, a ningún presidente de gobierno español en su sano juicio se le ocurriría jamás girar una visita oficial a este chiringuito financiero.

Por su parte, el Vaticano es un lugar todavía más minúsculo: ni siquiera medio kilómetro cuadrado. Lo gobierna un príncipe, no en nombre del pueblo, sino en representación de un dios que nadie ha visto. Es, pues, una teocracia electiva donde sólo tienen voto otros príncipes electores, y donde la mujer sólo existe para cumplir con sus funcionas subordinadas de servicio doméstico. Un régimen terrorista, pues su poder se basa en el terror que infunde en los católicos, a los que amenaza con la tortura eterna si no cumplen con sus leyes supranacionales (entre otras cosas, sosteniendo las finanzas vaticanas), estado juguete al que, también graciosamente, le llaman Santa Sede.

Y sin embargo, el próximo 10 de junio, el presidente del gobierno español va a rendir pleitesía al presidente del Vaticano, un antiguo militante de las Juventudes Hitlerianas, al que, también graciosamente, llaman Papa.

Es todo tan graciosamente gracioso…