Otras miradas

La unidad popular de Mélenchon: un éxito del que aprender

Naiara Davó

Diputada de Podem en les Corts Valencianes

A la izquierda, el candidato francés Jean-Luc Mélenchon. A la derecha, la vicepresidenta del Gobierno Yolanda Díaz.- IMÁGENES DE EFE

Mélenchon ha vuelto a ser noticia tras lograr un resultado histórico. Con más de un 25% del voto emitido, es el mejor resultado de los últimos cuatro años para cualquier fuerza política a la izquierda de la socialdemocracia en Europa (con el permiso del Sinn Féin). Incluso es un resultado que se acerca a los que cosechan los históricos partidos socialdemócratas europeos como el SPD o el PSOE. En medio de una ola reaccionaria a escala europea, y de unos consensos del neoliberalismo que se tambalean, este resultado arroja luz y da fuerza para el resto de las fuerzas que aspiramos a transformar nuestras sociedades desde una vertiente popular.

Mélenchon ha hecho una apuesta muy poderosa por la paz, contra la OTAN, crítico con la deriva neoliberal de la UE e incluso se ha presentado con un programa electoral que aspira a romper con el capitalismo. No estamos hablando de una moderación del discurso para conseguir más votos, sino de un auténtico proyecto constituyente que supera la socialdemocracia más clásica.

Pese a que Francia es un país distinto al nuestro (en este mismo medio los artículos de María Corrales y Elizabeth Duval explican de forma maravillosa las claves de estas victorias en el contexto francés), hay un aspecto muy importante que me gustaría destacar del éxito electoral de Mélenchon y que dialoga con los retos que tenemos en el espacio del cambio: el proceso de unidad que ha liderado Francia Insumisa.

Hay dos formas de construir unidad: a la defensiva o a la ofensiva. En España, tras un periodo de irrupción ciudadana, se está tendiendo a construir una unidad a la defensiva. En el caso de Francia tenemos la apuesta contraria: una unidad a la ofensiva. Una unidad construida desde una posición de fuerza de Mélenchon, que ganó claramente al resto de fuerzas de izquierdas en las presidenciales del pasado mes de abril (con un 22% del voto), y que ha permitido marcar el sentido político del conjunto de los acuerdos. Así, el gran resultado cosechado el pasado domingo se ha levantado sobre una candidatura muy amplia con un objetivo claro (Mélenchon primerm inistro) y un programa político valiente y transformador (con medidas como la jubilación a los 60 años o la capacidad de desobedecer a las reglas financieras europeas).

Mélenchon ha vuelto a las preguntas esenciales: qué rumbo político y qué horizonte de transformación. Solo desde ahí es posible activar la movilización popular y la ilusión por construir algo nuevo, superador y con capacidad de volver a ganar elecciones. Sólo desde ahí tiene sentido la unirse y sumar.

No sirve la unidad si no es para poner de nuevo el proyecto político encima de la mesa. No sirve la suma si no es para tener los debates políticos (suspendidos por la imposibilidad de tener honestidad y sinceridad interna) que nos permitan reconectar con los malestares de la ciudadanía e identificar esas demandas constituyentes que siguen estando ahí y que ahora tienen otras expresiones. Proponer un modelo de Estado, de qué España queremos (plurinacionalidad, federalismo republicano), cómo ganar la soberanía democrática, reforzar el feminismo popular que interviene en las relaciones de poder para equilibrar la balanza y profundizar en la línea laboralista para seguir ampliando derechos frente a los abusos de las elites económicas.

Yolanda Díaz tiene un reto enorme por delante, y quizás ayude ese primer aprendizaje de Mélenchon: no rendirse. Pese a las dificultades que existen, hay objetivos políticos por encima que deben siempre ejercer de brújula en la más oscuras de las noches.

Y aunque en nuestro país, no estamos en la oposición a un gobierno ni tampoco ha habido un descalabro electoral del principal actor de la socialdemocracia, que se mantiene bastante fuerte, no debemos hundirnos en la desesperanza ni debemos tirar la toalla. No lo olvidemos, Mélenchon tenía enfrente un panorama político peor: una Le Pen al 23% del voto en primera vuelta y un Zemmour al 7%, sin olvidar al propio presidente Macron como brazo de las elites más neoliberales. El ambiente político francés está, según todos los analistas, mucho más escorado a la derecha y extrema derecha que el de España.

Yolanda es el liderazgo mejor valorado de España y tiene un nuevo estilo con capacidad para conectar con amplias capas de la sociedad. Ambas dimensiones son dos palancas de lanzamiento para proponer una nueva herramienta con capacidad de enganche popular. La expectación que ha despertado con el anuncio de Sumar así lo prueba.

Ahora la clave pasa por hacer un diagnóstico compartido del contexto social y político en el que nos encontramos, tras entrar en el gobierno, una pandemia y la guerra en Ucrania (balances, objetivos cumplidos, objetivos por cumplir) y desde ahí armar un proyecto popular y plurinacional potente, saliendo del conformismo más institucional. Yolanda Díaz ya ha demostrado que es capaz de gestionar mejor que la derecha y ha generado confianza en la ciudadanía por ello. Ahora toca inscribir esa capacidad de gestión en un proyecto político nítido, movilizador, esperanzador. No se gestiona únicamente por gestionar, sino que se gestiona para aterrizar un proyecto más amplio.

Porque la política, que siempre debe estar por encima, es lo que debe guiar el proceso de unidad que Yolanda ha empezado. Ese es el segundo aprendizaje que Mélenchon nos ha mostrado: cuando hay una apuesta política desacomplejada, fresca, popular, que no se subordina culturalmente a ningún otro espacio, tiene la fuerza por si misma de tirar adelante, de aglutinar en torno a ella sin generar demasiadas fricciones. Cuando se supera desde lo político, el resto viene solo.

Al final, el objetivo no es tanto recoser lo que se rompió en 2017. No podemos encajonar a Yolanda como la que reconstruye las piezas sueltas, sino como la que abre un nuevo espacio en el que todo el mundo está incluido (recuperar a los que se fueron) pero que debe ir mucho más allá (incorporar a los que vienen).

Miremos a Francia, por sus éxitos, y apliquemos la vía propia adaptada a nuestro contexto, sin perder nunca de vista a nuestro pueblo.