FOTOGRAFíAS – Que no llegaron a hacerse.

Berto Romero

En 1952, mi tío Antonio, hoy ya fallecido, se hizo fotografiar durante el transcurso de una operación de apéndice. Encontré el extraño retrato en una caja de zapatos que guarda los tesoros icónicos de mi historia familiar. Una rareza impresa en blanco y negro sobre papel de marco blanco recortado en ondas. Ajada, con las esquinas descompuestas y un desgarrón transversal amenazando su integridad, parece un fotograma de una vieja película de la Hammer.

En el centro, en escorzo hacia la cámara, mi tío, tumbado en la camilla, cubierto por una tela blanca y gasas sobre los ojos. En su abdomen, una brecha en el sudario, asegurada por pinzas: la zona a operar. A ambos lados de su cuerpo, de pie, ligeramente inclinados, dos doctores, en bata también blanca, con peinados recortados a cuchilla y caras antiguas. Guantes de tela. Detalle inquietante: no aparece por ningún lado aparato alguno. Simplemente, en la esquina inferior se ve un pedazo de suelo, baldosines rayados típicos de piso de abuela. Y un par de zapatos tirados en él. Detrás de la foto, mi tío apuntó para la historia: “Operación que se me hizo de la apendicitis, el día 1º de junio del año 1952 en el hospital de San Jaime de Cardona. Antonio Romero”.

Hacía mucho que una imagen no estimulaba tanto mi imaginación. Seguí buscando, buceando por los recuerdos de la familia, cada vez más escasos a medida que retrocedía en el tiempo. Y cuantas menos imágenes, mayor era mi interés en aquellas personas.

En mi propio caso, sin ir más lejos, logré recopilar no más de 20 fotos de mi niñez. Hechas siempre en momentos clave, dos o tres veces al año. Aún pertenezco a una generación, probablemente la última, que vivió parte de su vida en un mundo en que las fotos se hacían cuando se debía, con una cámara, posando, y encomendándose al revelado. Las he escaneado y las miro de vez en cuando. No sólo disfruto viéndome junto a mis familiares. Aún lo paso mejor fabulando lo que apenas recuerdo y no quedó registrado.

Pienso en esto cuando me topo una y otra vez con la carpeta de mi ordenador titulada “Japón”. Contiene las más de 2500 instantáneas y videos tomados en mis vacaciones de hace dos veranos que, seguramente, no volveré a ver jamás.