Opinion · El repartidor de periódicos

Que no había franquistas

Llevábamos décadas presumiendo de que ya no quedaban fraquistas en España. Nuestra modélica Transición había hecho desaparecer a la ultraderecha con el bálsamo borbónico de la concordia. Y mira por dónde han aflorado fascistas a miles en cuanto el maléfico gobierno de Pedro Sánchez ha osado tocarle su único cojón a La Paquita, que es como apodaban a Francisco Franco algunos de sus más leales condotieros. En parte, uno se alegra. Es difícil vivir en un país que se engaña tanto a sí mismo.

Francisco Marhuenda, director de La Razón y hagiógrafo perenne de Mariano Rajoy, nos llamó ayer “ignorantes” a los que consideramos a Franco un dictador: “Me parece delirante cuando se dice que Franco fue un dictador fascista. ¿Se puede ser más ignorante? Franco era un militar católico que hizo un régimen totalitario y ya está”.

Al día siguiente, en su periódico, sacó en portada la foto de la vicepresidenta Carmen Calvo metida en una burbuja roja, que le da aire de gorgona cautiva dentro de su bola de cristal: espejito, espejito, ¿quién es la bruja más piruja de la política española?

En su editorial de hoy —La izquierda rompe el consenso–, el periódico de Planeta califica de “indigno” y “distorsión de la realidad” el discurso socialista sobre los motivos del desalojo de Franco: “Es una artimaña legal que no está a la altura de la sociedad española”, un “ejercicio de tergiversación histórica en el que la izquierda, una vez más, culpará a sus adversarios de todas las causas de la Guerra Civil”.

En ABC, más de lo mismo: “Franco lleva 43 años allí enterrado sin que ese hecho haya sido durante este casi medio siglo motivo de especial preocupación para la inmensa mayoría de los españoles”. Ítem más: “El PSOE se ha empeñado en reescibir la historia de la Guerra Civil desde solo uno de los bandos (lo mismo de lo que se acusó al franquismo)”. De todos es sabido que Europa está plagada de historiadores que han estudiado la guerra mundial desde el punto de vista de los nazis. Los asesinos franquistas ya ofrecieron su versión de la guerra y la dictadura caligrafiada con mucha sangre. La democracia nos ofreció después otra versión escrita con mucho miedo. Ya va siendo hora de que nuestra historia deje un hueco a la verdad.

El Mundo, sorprendentemente, ha eludido editorializar sobre el tema que hoy colapsa las tertulias y ensordece las ondas hertzianas. Sus columnistas llevan los artículos al periódico escritos en papel de fumar. Ninguneando la decisión de Sánchez y minimizando el horror asociado al franquismo: “La distancia histórica ha reducido al dictador a la condición de caricatura”, escribe brioso Manuel Arias Maldonado en el periódico de la bola. Tal caricatura, tengo entendido, no hace mucha gracia a los habitantes de nuestras cunetas. Ni del Valle de los Caídos (vale: yo también me invento mayorías sociológicas, como Marhuenda).

Habla también Maldonado del “descontento con nuestra propia historia”, como si hubiera que alegrarse de que España sea el único lugar donde las guerras europeas de mitad del siglo las ganó el fascismo.

Esa conciliación entre vencedores y vencidos que nos venden en los zocos mediáticos es, fue y será imposible. Un demócrata no tiene ni derecho a conciliar con un fascista. Otra cosa es que el fascista, haciendo mucho ruido de fusiles y soldados para acojonar, te obligue a olvidar lo imperdonable, que es lo que sucedió en nuestra modélica y borbónica Transición.

Pero la Historia es terca y se transmite por generaciones, como un ADN cabezota y rabioso. No había franquistas en España, se decía hinchando al viento la española bandera. Triste trapo.