El repartidor de periódicos

Los monárquicos censuran al rey

Siempre he admirado con honda sinceridad a los exégetas que, cada cierto tiempo, se ven obligados a explicarnos al vulgo lo que realmente quisieron decir nuestros borbones en sus dos o tres discursos anuales. Donde el plebeyo de a pie solo escucha lo que pudiera parecer una sarta interminable de tópicos y banaderías que convierten a Paulo Coelho en un autor satánico, estos zahoríes del significado oculto que pueblan nuestros periódicos monárquicos encuentran oro, incienso y mirra política e intelectual, y nos deslumbran con su sobresdrujulada interpretación de una oratoria de apariencia yerma. Cuántos masters por harvardavaca adivino tras tanta semántica parda.

Hay patronos en los discursos reales que se repiten, y que con años de estudio y confinamiento he aprendido a desentrañar. Por ejemplo, el de la cohesión de España. Sea donde fuere, cuando sea y como sea, allá donde leyeres el más inopinado sintagma abrileño de un borbón, subyace la idea de la unión de nuestra patria. Si el rey refiere "un único camino en el desierto" no está hablando del AVE a la Meca de papá, sino de la unidad de España. Si alaba "este cielo que nos protege a todos", no está aludiendo al poder judicial y a su inviolabilidad real, sino a la unidad de España. Y así hasta el infinito. Está tan comprometido este hombre con la indisolubilidad de la España invertebrada, que ya se le bautiza por las tascas de la Corte como Felipe VI EL Superglú.

También es recurrente en los discursos reales la alusión a "aquellos que desprecian nuestra convivencia", que no son otros, traduciendo a vulgo, que los "putos catalanes" o los "putos vascos", dependiendo más o menos de la década.

Pero no hay ciencias exactas. En el discurso de ayer, premios Princesa de Asturias, Felipe VI pronunció una frase que, de forma inexplicable, ha pasado inadvertida entre los exégetas mediáticos de la áurea corte. "Sabemos que [los profesionales de la sanidad] trabajan en muchas ocasiones con medios insuficientes", dijo el rey al entregar el galardón de la concordia.

Aquí los gramáticos no estuvieron finos. Ningún periódico monárquico dedica titular alguno a señalar que, a su sedoso modo, el rey ha criticado contundentemente una sanidad precarizada por la voracidad privatizadora de ciertos partidos y personajes que hoy no deseo nombrar.

Podrían haber titulado nuestros periódicos: "Felipe VI se apunta a la Marea Blanca"; "El rey carga contra los recortes del PP en Sanidad"; "La familia real acudirá a la manifestación de sanitarios frente el Hospital Reina Sofía"; "Cuando me rompa una cadera como papá, me curaré por la pública" (OK Diario).

O sea que, para una cosa decente que dice el rey, van los monárquicos y se la acallan, amordazan, encubren. La insulsez de los titulares cortesanos en insultante: "El Rey pide un 'gran esfuerzo nacional de entendimiento' ante la crispación" (La Razón); aunque os parezca imposible, ABC titula exactamente igual; "Felipe VI pide 'un gran esfuerzo nacional de entendimiento y concordia" (El Mundo); "Los sanitarios reciben un emotivo Princesa de Asturias" (El País). Qué solpor.

Al hablar de "todos los profesionales de la sanidad que han fallecido" trabajando con "medios insuficientes", el jefe del Estado reconoce que nuestra democracia ha sido incapaz de garantizar un derecho básico como es la salud. Conociendo la meticulosidad entomológica con que elabora la Casa Real cada discurso (que después, durante días, es revisado por el Gobierno antes de ser aceptado), es inevitable dudar de la inocencia del mayestático apunte. El rey dijo lo que dijo.

Pues yo insisto: para una cosa chula y sinceramente patriótica que suelta el rey, van sus heraldos negros de tinta vasalla y se la silencian, se la censuran, la ningunean. No tiene el rey ni siquiera poder sobre sus palabras. Es inaceptable, majestad. Con esta gente que defiende a su persona, los republicanos españoles, que tanto amamos la derrota, estamos trágicamente abocados a una inevitable república.